domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Pascua 2026

María Magdalena y la otra María fueron de mañana a visitar el sepulcro, fueron a ver nomás, como dice el texto griego. Una acción inútil a los ojos de muchos que piensan solamente en términos de rédito. Pero ocurre que, como enseñó Pascal, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Las dos Marías obran movidas por la lógica del amor que busca estar, como sea; que quiere permanecer, que hace todo lo posible por mitigar la distancia. Es también la lógica de la encarnación que honra la carne, incluso cuando ya no está animada, porque sabe que la memoria necesita hacer pie en lo concreto. El amor no olvida, sino que recuerda, vuelve a pasar por el corazón lo vivido, no para ceder a la nostalgia o el resentimiento, sino para intensificar la gratitud que fortalece el espíritu para la misión.

 

Fue precisamente en ese contexto y a esas mujeres que se manifestó el Ángel del Señor. Fueron ellas y no los calculadores, escépticos y mezquinos, las destinatarias del gran anuncio. Fueron ellas las que presenciaron el temblor; un temblor literal, sin duda, pero que habla de cimientos más hondos que se conmovían. Cristo resurgía de los infiernos, de los abismos insondables, y ellas estaban allí, asistiendo al parto de un mundo nuevo. La tierra estaba dando a luz una vida nueva; pero nueva con mayúscula, nueva en un sentido que nadie antes había conocido jamás. 

 

Y la piedra fue corrida. Ese obstáculo maldito que clausuraba la esperanza, que impedía la comunión. Pensemos en nuestras piedras, grandes o pequeñas, pero que al fin y al cabo interrumpen el flujo de la vida y de la gracia. Piedras en los zapatos, diminutas pero molestas, que dificultan la marcha y la respuesta solícita ante la necesidad del prójimo. Piedras medianas en nuestras manos, que nos arrojamos con descaro para condenarnos mutuamente. Piedras enormes de culpas no asumidas o dramas injustos que nos tocó padecer. Ya está. La piedra no tiene la última palabra. Cristo no duerme entre los muertos, sino que reina entre los vivos. ¿Lo creo realmente? 

 

Las mujeres reciben el encargo de avisarles a los discípulos que Jesús los espera en Galilea. Y ellas obedecen, por eso se ponen en camino. Corren con la noticia quemándoles en el pecho, y es entonces cuando ocurre lo mejor: Jesús mismo, Jesús resucitado sale a su encuentro y les dice “Alégrense”. Él las sorprende mientras cumplen su misión. Ellas no exigieron más signos, sino que confiaron, y el Señor las colmó con su presencia.

 

El cristiano vive inmerso en esta alegría pascual, que es alegría de resurrección. La muerte está vencida porque los pecados fueron expiados. Es la alegría del cara a cara, sin ya tener que bajar la mirada. En esta mañana queremos seguir a estas mujeres sabias que tanto nos enseñan. Queremos hacer como ellas, que se acercaron a Jesús, se arrojaron a sus pies y lo adoraron. Queremos renovar nuestra adhesión a Él, nuestro único Señor, y entender que si en verdad hubo encuentro tenemos el deber de seguir adelante, corriendo hasta llegar al último de los hermanos, para decirle: Está vivo y nos espera en Galilea. 

 

Queridos hermanos: en la primera lectura san Pedro anuncia la resurrección como un hecho cierto. Eso es lo que importa, es allí donde tenemos que centrar el corazón. Lo demás es secundario, por eso la Escritura no da detalles. Es hora de reconocer y agradecer el inmenso don de la fe. Nosotros somos los testigos elegidos de antemano por Dios. Elegidos sin mérito alguno para comer y beber con Jesús resucitado. Eso es la misa: sentarse a la mesa del cordero inocente que se inmola por nosotros para alimentarnos con su cuerpo y con su sangre. Por eso no podemos salir de acá indiferentes, sino encendidos en el amor y la esperanza, con la alegría de querer llevar la luz de la fe a todo el mundo.

sábado, 4 de abril de 2026

Vigilia Pascual 2026

Esta noche, la más santa de todas las noches, cantamos la Verdad; la Verdad de Dios, del hombre y de todo lo creado. Somos fruto del amor, de una decisión libre, inteligente y cariñosa. Fuimos formados a imagen de Dios, para reflejar en el tiempo y el espacio su misterio de comunión. Pero en el medio hubo una caída, un traspié, algo que no debería haber sido pero fue. La serpiente, el antiguo adversario, se introdujo en el jardín y sedujo a nuestros padres. Ellos quedaron enredados en su mentira e hicieron, como tantas veces nosotros, lo que es malo a los ojos de Dios. Cruzamos un límite, desobedecimos la voz del Padre, nos salimos del camino y desbarrancamos hasta quedar tirados, lastimados y medio muertos, como dice la parábola del buen samaritano.

 

Esa transgresión significó la expulsión del paraíso. Empezamos a vivir exiliados, fuera de la presencia de Dios, lejos de esa mirada que es la razón de ser de nuestra vida; esa mirada que nos ubica, nos serena y nos dice que es bueno que existamos. 

 

Esta es la noche en que volvemos a conectar con esa mirada. Es la noche en que nuestros ojos se encuentran con esos ojos que todo lo ven, no para condenar sino para rescatar. Los ojos de un Padre misericordioso reflejados en las pupilas de un Hijo inocente, de un Cordero Pastor que se entregó generosamente por nosotros, por cada uno de nosotros, sin exigir nada a cambio. 

 

Esta es la noche del regreso, la noche del retorno al jardín de Dios. Pasamos de la muerte a la vida, como quien pasa de la oscuridad a la luz, del silencio a la palabra, de la aridez al agua, del hambre al pan. 

 

Pasamos por Cristo que es la Puerta y el Camino, la Verdad y la Vida. Porque en medio de ese tránsito bendito había un obstáculo que nos parecía insalvable: una piedra, la piedra. El evangelista Mateo cuenta que el sepulcro estaba sellado con una piedra enorme, símbolo de la dureza de nuestros corazones. Piedra de los muros que levantamos para no tener que encontrarnos. Piedra de las palabras y los gestos que nos arrojamos con violencia como proyectiles. Piedra de la indiferencia que obtura la gracia y la comunión. Esa piedra era demasiado pesada para nosotros. Pero Dios quiso removerla, quiso quitarnos esa carga de la espalda, quiso liberarnos de ese peso que nos doblegaba, que nos mantenía encorvados, incapaces de mirarnos a los ojos y mucho menos de mirar al Cielo.

 

La Piedra ha sido removida - Worldssps


El anuncio del ángel llega a nosotros con la autoridad y el consuelo de aquella primera mañana: “No teman… Él resucitó” (Mt 28,5.7). Y así se enciende nuestra alegría, como se encendieron nuestros cirios: iluminando la iglesia, descubriendo rostros y disipando las tinieblas que suscitan miedo, amargura y confusión. Es hora de sacudirnos la modorra. No en vano uno de los versos más antiguos de nuestra fe reza así: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará” (Ef 5,14). Somos luz en el Señor, llamados a irradiar el amor en el gran templo de la creación.

 

La muerte suele imponer silencio. Es un misterio grande que nos obliga a callar. Cuando irrumpe se nos quiebra la voz, porque ante ella todas nuestras palabras resultan vanas. Lo mismo ocurre con el pecado, que nos hunde en la vergüenza. Pero en esta noche resuena con fuerza una Palabra de vida; una Palabra autorizada, que surge victoriosa de los abismos regalándonos la paz; una Palabra que vence nuestra sordera voluntaria, el ruido torpe en el que nos zambullimos para vivir al margen de la ley de Dios. “Señor, Tú tienes palabras de vida eterna”. Gracias por seguir hablándonos. Gracias por rescatarnos del odio mudo. Queremos escucharte. Queremos responderte. Queremos anunciarte hasta el último rincón del mundo.

 

El pecado reseca el alma. No por nada Cristo rezó en la cruz el salmo que dice: “mi garganta está seca como una teja y mi lengua se me pega al paladar”. Esta es la noche en que toda esa sed recibe por fin el agua viva que Jesús anunció a la samaritana. Es el Espíritu Santo que llega a nosotros purificando nuestras conciencias sucias. Es el bautismo que sepulta nuestras faltas para resucitar con Cristo. “La santidad de esta noche aleja toda maldad, lava las culpas, devuelve la inocencia a los pecadores y la alegría a los afligidos”. En esta noche seremos rociados con el agua pura de la pascua, el agua del costado de Cristo, el agua de la nueva creación. Y nos comprometemos a llevar esa agua a los demás, porque son muchos los que ansían un poco de cariño, una gota de ternura; son muchos los que todavía no conocen el perdón de Dios ni experimentan la frescura de la salvación.

 

La celebración de la pascua culmina en la mesa del altar. En el destierro, lejos del jardín, lejos de casa, se come mal; incluso peor que los animales, como nos enseña el hijo pródigo de la parábola, que ni siquiera podía tomar las bellotas destinadas a los cerdos. El hambre y la desnutrición son dos caras de un mismo drama que azota a nuestra nación, tanto en la dimensión física como espiritual. Cristo se ha hecho pan para nosotros. En la eucaristía encontramos la fuerza y la sabiduría de los hijos de Dios. En ella experimentamos la comunión con el cielo y con la tierra. Y por ella se consolida en nosotros el deseo de entregarnos, de no vivir para nosotros mismos, sino para los demás, y en especial para Él, que murió y resucitó por nosotros. 

 

Todo está dispuesto. La mesa está servida. Y nosotros, los comensales hemos sido debidamente invitados. Honremos a Jesús, nuestro Salvador, viviendo la fe como lo que es: una fiesta de familia, en la que nadie tira piedras porque todos nos sabemos pecadores perdonados. La única piedra de la que hablamos es la piedra del sepulcro, que ya no contemplamos angustiados, sino admirados del poder de Dios. “Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno su amor”.

viernes, 3 de abril de 2026

Viernes Santo 2026

        Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto. / Anda una mosca por la carne quieta. / ¿De qué puede servirme que aquel hombre / haya sufrido, si yo sufro ahora? (Borges, Cristo en la cruz).

 

Estos versos de Jorge Luis Borges son una provocación, pero no necesariamente una falta de respeto. El poema termina con una pregunta, que siempre cabe interpretar como una puerta abierta o una mano tendida. Quiero empezar a responder esa pregunta: ¿qué hay de bueno en la muerta espantosa de Jesús?  

 

Cuando uno piensa en Jesús, en su vida y en su muerte, es evidente que se trata de la historia de un hombre, del designo singular de un judío nacido en Belén, criado en Nazaret, de oficio carpintero, que en cierto momento comenzó a predicar el reino de Dios. Sus palabras cautivaban porque transmitía una sabiduría y una autoridad excepcionales, propias de quien se presentaba como el Hijo de Dios. Pero la adhesión de las multitudes contrastaba con la incomodidad de los jefes del pueblo, que resolvieron acabar con él, aunque eso implicara violar escandalosamente la Ley de Dios, en nombre de la cual decían obrar. Luego está el hecho de que sus discípulos aseguraron, contra viento y marea, que este carpintero-profeta resucitó de entre los muertos. 

 

Hasta aquí la crónica histórica, la mirada plana de los acontecimientos. Pero la fe, que suscribe cada unos de estos puntos, nos regala una comprensión más profunda. La historia de Jesús no es un episodio marginal, aislado, acotado en el tiempo y el espacio, sino el corazón del mundo, del que todo surge y al que todo tiende. San Pablo lo dijo muy bien: “Me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20). Ser cristiano es creer, o sea, aceptar y gozar que mi vida está ligada a su muerte. Porque en su muerte Él cargó con todos los pecados de la familia humana. Pasado, Presente y Futuro: todo fue asumido por el Cordero inocente, que en silencio y sin alarde cumplió la ingrata pero noble tarea del buen Pastor, que enfrenta al lobo para salvar al rebaño. 

 

Isaías lo había anticipado: “Todos andábamos errantes como ovejas extraviadas, siguiendo cada uno su propio camino” (Is 53,6). La liturgia es más contundente: Padre, “aunque en otro tiempo estábamos perdidos y éramos incapaces de acercarnos a ti, nos amaste hasta el extremo: tu Hijo, que es el único Justo, se entregó a sí mismo a la muerte, aceptando ser clavado en la cruz por nosotros” (Plegaria Euc. sobre la Reconciliación I).

 

En este día santo entramos en el silencio de Dios, que calla cuando tendría tanto para decir. Calla porque elige no avasallar, sino respetar nuestra libertad. Calla para manifestar, ya no con palabras sino con la carne lacerada, que su amor por nosotros no tiene límites. Una vez dentro de ese silencio, si nos atrevemos a permanecer, entendemos que en el centro del sufrimiento del Hijo, que misteriosamente toca al Padre y al Espíritu, vibra el gozo del amor, la certeza de la comunión, de una pertenencia mutua irrevocable que ningún eclipse emocional puede desbancar. Y eso es lo que celebramos hoy: el amor más fuerte que la muerte, la grandeza del Hijo que no sólo deja de lado sus privilegios divinos, sino que se ubica en lo más bajo de la escala humana. Como dijo alguna vez un célebre predicador: Jesús ocupó de tal manera el último lugar que nadie pudo ni podrá arrebatárselo jamás (Huvelin).


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Es verdad que la muerte en cruz nos mueve al arrepentimiento, porque en ella queda patente el mal de nuestros pecados; un mal cuyo poder de daño solemos minimizar. Pero la contemplación del Crucificado nos mueve con mayor fuerza al amor y la gratitud. “El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados” (Is 53,5). Este es el secreto. Este es el misterio. En el destino de Jesús se está jugando nuestro destino. “Creo, Señor, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24)

 

Todo esto lo dice San Juan de manera genial, refiriendo un detalle que no pasó desapercibido en la tradición cristiana. Cuando el soldado romano atraviesa con su lanza el costado de Jesús, el agua y la sangre brotan de él como signos de vida; pero no de cualquier vida, sino de la vida de Dios regalada misericordiosamente en Cristo (cf. Jn 19,34). Sí, su herida es nuestra salud, nuestra salvación. Y eso tiene que ser proclamado como una verdad fundamental, que no pierde vigencia jamás. Hagamos nuestro, hoy y siempre, el verso de un antiguo himno escrito hace casi 1.500 años: Salve Cruz, única esperanza nuestra. 

 

Querido Jesús, mi hermano y mi amigo, mi Señor y mi Dios. Perdón por mis pecados que desfiguran tu rostro y marcan tu espalda. Gracias por tu misericordia que lava las culpas y restaura la imagen estropeada. Gracias por devolverme el lugar de hijo en la mesa del Padre. Gracias por tu Espíritu, entregado como un suspiro débil, insignificante, pero que tiene la virtud de hacer nuevas todas las cosas. Dame la gracia de entrar en tu inocencia, en tu mansedumbre, en tu dinámica de entrega, y de entender que hoy la Iglesia celebra tu muerte no en sí misma, sino por ser ofrenda amorosa que es germen de vida eterna y puerta estrecha pero segura de salvación. Amén. 

martes, 27 de enero de 2026

¿Cansarse de Jesús?

En su libro En defensa de la Teología, Ángel Cordovilla ofrece unas líneas dignas de comentario.

"Porque mientras que la palabra define y fija, imponiendo a la criatura las duras aristas de la finitud, esta añora, por el contrario, la total ausencia de límites, lo sin nombre. Para el cristiano, eso se traduce en un cansancio de la positividad del acontecimiento de la revelación, del realismo de los sacramentos, de la institución jerárquica, del texto de la Escritura. El cristiano está sujeto a hechos y palabras" (p.12).

Creo no interpretar mal al teólogo de Comillas si digo que la redacción conlleva un aire pesimista que no refleja adecuadamente su sentir. Porque luego de un rato, el hombre también se cansa de caminar sin rumbo, sin referencia, y entonces añora la contención que ofrecen los límites. Como fuera, Cordovilla señala con claridad una verdad elemental de la fe cristiana y expone a la vez el desafío que supone. El cristiano está "sujeto" a hechos y palabras. Y eso es hermoso pero a la vez difícil, porque la realidad puede cansar como puede cansarse el esposo de convivir con su esposa. Lo que el párrafo presenta como un hecho es más bien un riesgo inherente a la gracia. 

Como dice Menke, la sacramentalidad es la esencia y la llaga del catolicismo -entendido este como la confesión cristiana que lleva la ley de la encarnación hasta sus últimas consecuencias. La carne de Cristo fascina pero también exige una fidelidad sin tregua, un respeto sin concesiones a su cuerpo bien definido. 

Pienso que la Iglesia debería tener más presente esta advertencia de Cordovilla al momento de evangelizar. Los primeros cristianos eran bien conscientes del escándalo de la encarnación, pero aun así insistían en la carne y todas sus consecuencias, por más arduas que fueran. Hoy en día, sobre todo en Occidente, el hombre vive demasiado disperso, evadido, como náufrago de infinitos mundos virtuales, saturado de una sobre-estimulación que le impide con-centrarse. El déficit de atención no es un asunto meramente pedagógico sino existencial. Entonces la tentación eclesial puede ser la de relajar la bendita positividad del cristianismo, es decir, la contundencia de la carne. Pero sin la carne nuestra fe no es nada, porque la carne -como dice Tertuliano- es el quicio de la salvación. Sin la carne de Cristo, o sea, sin la Iglesia y sus sacramentos, nos hundimos, nos perdemos en un Cristo fantasmagórico que es mero espejismo. 

Todos podemos cansarnos y hasta sufrir el cuerpo de Cristo, que peregrina en la historia no sólo con el sudor de la caridad sino también con el hedor del pecado. Pero ese cuerpo es irrenunciable porque hace a nuestra identidad tanto como a la de Cristo. 

Quizás nos sirva el consejo de San Juan de la Cruz: "el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa" (LB 2,18).


martes, 2 de diciembre de 2025

El cardenal Newman: Maestro de vida

1.   Biografía teológica-espiritual 

En línea con la propuesta de autores contemporáneos,[1] se trata de leer la vida desde Dios, intentando desentrañar lo que el Espíritu Santo obró y dijo en esa persona. Newman es, sin duda, un gran pensador; pero lo más inspirador es la forma en que vivió: comprometido con la verdad, buscando ser fiel a Dios y a sí mismo por encima de todo. Una persona sensible que acepta perderlo todo con tal de hacer lo correcto: el cariño de su familia, la conversación con sus amigos, la cátedra en su amada Universidad de Oxford, por dar solo unos ejemplos. Y todo eso no sintiéndose un campeón, sino confiado en que Jesús lo sostiene en su debilidad.

 

“La característica del gran Doctor de la Iglesia, en mi opinión, es que enseña no solo a través de su pensamiento y sus palabras, sino también con su vida, porque en él, el pensamiento y la vida se interpenetran y se definen mutuamente. Si esto es así, entonces Newman pertenece al grupo de los grandes maestros de la Iglesia, porque nos conmueve el corazón y nos ilumina el pensamiento”.[2]

 

 

2.   Epitafio como clave de lectura

Tomamos como clave de lectura su epitafio, o sea la inscripción sepulcral.[3] En esta frase, compuesta por el mismo Newman, se revela el hilo de oro que guio su existencia. Ya anciano, el cardenal inglés ensaya una mirada recapituladora que no sólo asume el pasado sino que también lo lanza hacia el futuro. 

 

Desde las sombras y las imágenes hacia la verdad

Ex umbris et imaginibus in veritatem

 

 

3. De la oscuridad a la luz

La imagen está tomada de Platón, que en su alegoría de la caverna describe el paso de un mundo de sombras a un mundo de luz. Los símbolos permiten pensar simultáneamente en diversos niveles: tanto intelectual como moral. De hecho, para Newman la inteligencia y la voluntad, pensar y sentir son inseparables: se condicionan mutuamente. Lo importante aquí es descubrir que Newman es un peregrino, un buscador, alguien que no se conforma con lo que hay, sino que aspira siempre a la plenitud. En este sentido, puede decirse que toda su vida es conversión, seguimiento de Jesús.[4] No se trata sólo de pasar del mal al bien, sino de lo que es bueno a lo que es mejor. Y esa tensión nos impulsa al Cielo, donde nuestra experiencia de Dios ya no será “a media luz”, sino que lo veremos cara a cara.[5]

 

En un mundo superior es de otra forma, pero aquí abajo vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado frecuentemente.[6]

 

 

La santidad antes que la paz, 

y el crecimiento como única evidencia de la vida. [7]

 

 

Como se ve, no se trata de cambiar por cambiar, sino de madurar. Crecer es progresar en el bien y en la verdad. Newman asume esta convicción a los 15 años, influido por Thomas Scott, un autor que “seguía la verdad donde quiera que lo llevara”.[8] Y así fue hasta el final: comprometido con la verdad sin medir consecuencias. Es difícil darse una idea de lo que significó para él entrar en comunión con la Iglesia católica en 1945. Por un lado, sin duda, el gozo de la verdad y la paz de vivir en plenitud el misterio de Jesús y la Iglesia. Pero, por otro, el desgarro de dejar la Iglesia anglicana y sufrir una muerte social: sentir que era una vergüenza para su familia, sus amigos y su querida Universidad de Oxford. Él, que había recibido la admiración y el afecto de tantos ahora era considerado un traidor. Para colmo, tampoco los católicos lo hacían sentir en casa, sino que lo miraban con desconfianza, como uno que llega de fuera y no se sabe si es de fiar. ¡Cómo no ver en Newman alguien que vivió en serio el certa bonum certamen (fidei)! Luchó la buena lucha de la fe, que es la lucha del amor.[9]

 

4.   El papel de la conciencia 

En todo este camino la conciencia juega un rol fundamental. La conciencia es la voz de Dios en nuestro interior. Una voz que no es nuestra, porque según el caso nos aprueba o nos reprueba con una cierta independencia de lo que nos gustaría escuchar. Tan importante fue este desarrollo que cuando el Concilio Vaticano II habló sobre la conciencia lo hizo con expresiones claramenre inspiradas en Newman (en realidad, casi calcadas). Pero el propio Newman advertía que no debe confundirse la conciencia con “el derecho a actuar según el propio querer”.[10]  La conciencia no justifica el relativismo, sino todo lo contrario: me libera de él invitándome a razonar más allá de mi subjetividad, aunque asumiéndola.  

 

5. Un credo definido

El compromiso con la verdad fue para Newman su primera conversión. Pero esa verdad era la verdad de Dios, una verdad revelada; y la convicción de que la fe no es mero sentimiento lo acompañó durante toda la vida, como él mismo reconoce cuando León XIII lo crea cardenal. 

 

A mis quince años (en otoño de 1816) hubo un gran cambio en mi pensamiento. Caí bajo la influencia de un credo definido y recibí en mi inteligencia impresiones de lo que es un dogma, que, por la misericordia de Dios, nunca se han borrado ni oscurecido.[11]

 

Me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión. (...) El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religión, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas porque todas son asuntos opinables. La religión reveladas no es una verdad, sino un sentimiento y un gusto.[12]

 

El dogma no implica intolerancia, sino un punto de apoyo firme que nos permite hacer pie. Sin verdad nos hundimos en la confusión y nos aislamos en el reino infinito de las opiniones. Las reglas de un partido de fútbol son dogmas, ¡y cómo las honramos! Si no fuera así, sería imposible jugar y divertirnos. Newman buscó siempre la verdad, entendiendo que ella era ante todo una persona: Jesús.

 

 

6.   Dejarse guiar por La Luz

Para terminar, una anécdota y una oración. En 1833 Newman hace un viaje por Italia donde se encuentra con una idiosincrasia distinta de la inglesa. En determinado momento enferma gravemente cerca de Sicilia. Su asistente le pide que le de las indicaciones finales, puesto que se acercaba la hora de su muerte. “Se las di, como quería, pero dije «No voy a morir». Y repetí: «no voy a morir, porque no he pecado contra la luz, no he pecado contra la luz». Nunca pude entender del todo que quise decir”.[13] Una vez repuesto, pocas semanas más tarde, escribió el famoso poema-oración: Lead kindly light. Transcribo los primeros versos:

 

Lead, Kindly Light, amidst th’encircling gloom,

Lead Thou me on!

The night is dark, and I am far from home,

Lead Thou me on!

Keep Thou my feet; I do not ask to see

The distant scene; one step enough for me.

 

I was not ever thus, nor prayed that Thou

Shouldst lead me on;

I loved to choose and see my path; but now

Lead Thou me on!

 

 

Guíame luz bondadosa, las tinieblas me rodean,

¡Guíame más!

La noche es oscura y estoy lejos de mi hogar,

¡Guíame más!
Guarda mis caminos, no te pido ver 

el lejano paisaje,  un paso me basta.

 

No siempre fui yo así, ni oraba 

que fueras Tú quien me guiara;

amaba elegir y ver mi sendero; pero ahora, 

¡Guíame más!

 

 



[1]Hans Urs von Balthasar o Michael Schneider.

[2]Card. J. Ratzinger, Discurso del 28 de abril de 1990.

[3] La inscripción fue grabada en 1890 en la lápida del cementerio. Una vez abierta la tumba para trasladar los restos al oratorio, pensando en su veneración, se optó por reproducir el epitafio en el sarcófago que está dentro del oratorio de Birmingham. 

[4] “Durante toda su vida Newman fue un converso, uno que se transformó, y de ese modo siguió siendo siempre el mismo, y llegando a ser cada vez más él mismo”; J. Ratzinger, Discurso del 28 de abril de 1990. 

[5] “Al presente estamos en un mundo de sombras. Lo que vemos no es sustancial. Será rasgado en dos repentinamente y se desvanecerá, y aparecerá nuestro Hacedor. Y entonces, esa primera aparición será nada menos que un encuentro personal entre el Creador y cada creatura. Él nos mirará mientras nosotros le miramos”; J.H. Newman, Parochial and Plain Sermons V, 1: El culto: preparación para la venida de Cristo.

[6] J.H. Newman, Essay on the Development of Christian Doctrine, I,1,7: “In a higher world it is otherwise,  but here below to live is to change, and to be perfect is to have changed often”.

[7] J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 1: “Holiness rather than peace, and Growth the only evidence of life”. Esta idea la toma de Thomas Scott, “a quien prácticamente debo mi alma”; Ibid. 

[8] J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 1: “He followed truth wherever it led him”.

[9] J. H. Newman, Sermones Universitarios XII,20: “Creemos porque amamos. ¡Qué verdad tan evidente!”.

[10] J.H. Newman, Carta al Duque de Norfolk, cap. 5 (1874). “Cuando los hombres apelan a los derechos de la conciencia, no entienden en absoluto los derechos del Creador, ni el deber que, tanto en el pensamiento como en la acción, tiene la criatura hacia Él (…) La conciencia tiene derechos porque tiene deberes; pero al día de hoy, para buena parte de la gente, el derecho y la libertad de conciencia consisten precisamente en desembarazarse de la conciencia, en ignorar al Legislador y Juez, en ser independientes de obligaciones que no se ven. Consiste en la libertad de abrazar o no una religión (…). La conciencia es una consejera severa, pero en este siglo se ha reemplazado con una falsificación de la que los dieciocho siglos precedentes jamás habían oído hablar o de la que, si hubieran oído, nunca se habrían dejado engañar: es el derecho a actuar según el propio querer”.

[11] J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 1.

[12] J.H. Newman, Biglietto Speech. “Mi batalla era contra el liberalismo, y por liberalismo entiendo el principio antidogmático y sus consecuencias (…) no puedo hacerme a la idea de otra especie de religión; religión como mero sentimiento es para mí un sueño y una burla, sería como tener amor filial sin la realidad de un padre, o devoción sin la realidad de un ser supremo”; J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 2.

[13] J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 1: “My servant thought that I was dying, and begged for my last directions. I gave them, as he wished; but I said, «I shall not die». I repeated, «I shall not die, for I have not sinned against light, I have not sinned against light». I never have been able quite to make out what I meant”.

 

lunes, 17 de noviembre de 2025

2007 - 17 de noviembre - 2025

Humillación y Gloria. Estas dos palabras surgieron con fuerza esta mañana en la oración. Los mártires rioplatenses murieron de manera violenta en 1628, pero ahora los celebramos con honores dando gracias por su testimonio de amor a Jesús y su Iglesia. Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan Del Castillo eran jesuitas misioneros que se encontraban evangelizando una zona de lo que actualmente es Brasil, no demasiado lejos de la provincia argentina de Misiones. La crónica dice que un “cacique hechicero y falso dios” los mandó matar: acercándose por detrás, los golpearon con piedras hasta destrozar sus cabezas, les abrieron el pecho para arrancar sus corazones y luego echaron los cuerpos al fuego. Trato bestial. Soledad extrema. Triste final. ¿Qué madre desearía ese desenlace para su hijo?  Sin embargo, en esa desolación, una Presencia discreta pero inequívoca. Una mirada tierna que infunde confianza. Un oído atento que recoge las plegarias mudas. No está mal pensar que en esa hora los curas evocaron con la velocidad de un rayo las palabras de la consagración. Esas palabras que, de tanto ser pronunciadas, acaban o deberían acabar tallando la identidad más profunda de un presbítero: esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes – esta es mi sangre, que será derramada por ustedes y por muchos. Y así la pérdida se trocó en ganancia. La humillación devino gloria por el amor del Padre revelado en Jesús y donado con el Espíritu. 

 

En cada eucaristía celebramos la vida, no la muerte. Una vida que se abre paso desde las entrañas mismas de la muerte. Por eso nuestra alegría respira libertad. Para ser felices no tenemos que recortar la realidad. No tenemos que hacernos los distraídos negando el mal que nos rodea y el mal que obramos. Porque a menudo somos cómplices. También nosotros somos verdugos. En la primera lectura escuchamos que no pocos renegaron de Dios con tal de ser como los demás. Cuando los vientos de la moda soplan fuerte no es fácil permanecer en el Señor. Pero siempre hay testigos que inspiran; es cuestión de buscarlos. El texto dice que muchos israelitas se mantuvieron firmes, prefiriendo la muerte a quebrantar la santa alianza. El desprecio de los poderosos no pudo doblegar la esperanza de los pequeños. Esa esperanza que despunta en el Evangelio, con el grito limpio del ciego que estaba al borde del camino. Qué importante no sentir vergüenza en decir: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Más aún: ese grito que parece humillación es nuestra gloria. Gloria de los rescatados, de los perdonados, de los resucitados, una y mil veces. 

 

En este aniversario de ordenación sacerdotal concluyo con dos pensamientos. Primero. Me gusta pensarme como ese ciego que recupera la vista en el encuentro personal con Jesús, dialogando con Él de corazón a corazón; cuya vida entera es seguimiento del Maestro en la gratitud de la curación. Una gratitud que contagia, como lo narra Lucas: “al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios”. Quiera el Señor que mi ministerio, aun con sus pasos en falso, o incluso con motivo de ellos, sea, por la misericordia divina, alabanza del rebaño que el Buen Pastor me confía. Segundo: en otro lugar del Evangelio Lucas habla de una mujer que estuvo encorvada durante dieciocho años. La teología describe nuestra condición caída con esta imagen del ensimismamiento: centrarse en uno mismo sin poder alzar la vista a Dios. En esa mujer estamos todos: también mi ministerio, que hace dieciocho años desea enderezarse en tantos sentidos. Y no es casualidad, sino un patrón propio del encuentro con Jesús, que esa mujer reaccione de la misma manera que el ciego: glorificando a Dios. Te pido Señor que mi sacerdocio esté al servicio del paso más importante en la vida de todo ser humano: el que va de la humillación del pecado a la Gloria de la santidad. Amén.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

El secreto del amor verdadero

"Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo»" (Lc 14,25-27).

Si me amo más que a Jesús, me amo menos de lo que me amaría si lo amara a Él más que a mí mismo.

Si te amo más que a Jesús, te amo menos de lo que te amaría si lo amara a Él más que a ti.

En resumen: sólo cuando amo a Jesús por encima de todo, me amo o te amo de la mejor manera, es decir, con la mayor intensidad.