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domingo, 25 de enero de 2015

Y un día la Palabra habló

Mc 1,14-20 - Domingo III B

En ciertas ocasiones, perderse el principio es perderlo casi todo. ¿Cómo no prestar atención a las palabras con las que Jesús empieza su ministerio público? En ellas queda cifrada toda su misión. Recordemos que es la Palabra de Dios la que empieza a develarse. Una Palabra que, humanamente, ha ido madurando su entrada en escena. Treinta años de silencio no se rompen al azar. Jesús sabe muy bien lo que quiere decir.

El anuncio gira en torno a una Buena Noticia. El Evangelio es sinónimo de alegría; aunque no siempre lo vivamos así. “El tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué está diciendo Jesús? La salvación es aquí y ahora: tiempo y espacio no son un problema sino una respuesta. Dios está presente, se deja ver, oír y tocar. Él es Emmanuel, Dios con nosotros. No sólo para sus contemporáneos en Tierra Santa sino para todos. Especialmente para el bautizado: Jesús vive en mí y yo vivo en Jesús. ¿Acaso podría pensarse una cercanía mayor? Como dijo Agustín: “Tú eras más íntimo que mi propia intimidad” (Conf. III,6,11).


“Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. No solemos asociar la conversión a una buena noticia. Y sin embargo, ahí está todo el secreto. Se trata de cambiar para ser cada vez más uno mismo. Cambiar para estar a la altura de las circunstancias. Jesús nos dice que estamos para más. Quien no se convierte se estanca y queda fuera de juego. Va envejeciendo espiritualmente y deja de dar frutos. Entonces reina la insatisfacción de haber pactado con la mediocridad. La conversión es permanente porque el Evangelio siempre nos queda grande. Pero es preferible morir en camino a la santidad antes que simular haber llegado a destino.

La conversión está en creer, en abrirse al poder de Dios. ¿O no es el bautismo una regeneración? Sabemos que la gracia de Dios nos hace nuevas criaturas. Dejar entrar al Espíritu dilata la mirada y el corazón. La obra no la hace uno sino que la hace Dios. Tal vez resistimos la conversión porque son pocas las veces que nos tiramos a la pileta. Si lo intentáramos más seguido nos daríamos cuenta del bien que nos hace. Quien ha recibido la absolución sabe de qué se trata. Desear la conversión es situarse en el terreno de la verdad que libera: esto no me convence y no quiero resignarme. Convertirse es creer en la misericordia de Dios y encontrar la paz de luchar sin tregua por la propia identidad. ¿Será verdad que Él me ama tanto? ¿Tanto valgo a sus ojos?


Jesús pasa y llama en lo cotidiano. Los apóstoles no estaban en el templo sino en medio del trabajo. Ahí los encuentra y los llama. Ellos dejan las redes y lo siguen. Pedro, Andrés, Santiago y Juan, como tantos otros, son un ejemplo de libertad interior. Saben discernir prioridades y no se equivocan en lo único que de verdad cuenta. Reconocen los encantos de este mundo pero no se aferran a ellos. Al contrario, sin dramas, dejan a un lado lo que impide ir tras las huellas de Jesús. No se dejan envolver en las redes de lo inmediato sino que guardan fresco el olfato de la eternidad.

Lo que quiero decir, hermanos, es esto: queda poco tiempo. Mientras tanto, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran nada; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo es pasajera (1 Co 7,29-31).


martes, 24 de diciembre de 2013

Ejercicio navideño

Será esta noche. O quizás mañana temprano. Me pondré delante del pesebre para adorar a Jesús. Al principio, sin palabras, sin cantos, sin pensamientos. Sólo mi presencia y un silencio reverente. Luego le diré que lo quiero y que lo necesito. Y le daré gracias por haber venido de tan lejos, por haberse molestado (esta vez sí que hacía falta). 


Pediré a María y a José que me enseñen a cuidarlo; a defenderlo, sobre todo, de mis propias salvajadas. Tomaré conciencia del regalo de la fe y alabaré a Dios por el don del bautismo, de la eucaristía y de la confirmación. Y por todo lo demás. ¿Qué tengo que no me haya sido dado en Cristo? (1 Co 3,21-23). Finalmente, me arrodillaré. Me haré chiquito y pobre como un bambino. Dejaré a un lado toda mi soberbia y mi prepotencia mundana. Por un instante estaré indefenso y desearé ser humilde como un lactante. Entonces, le daré un beso tierno. Y en ese beso cabrán todos: la Trinidad y los santos, familiares y amigos, vivos y difuntos, la gente que defraudé y la gente que me hirió. No habrá cuentas pendientes sino comunión profunda y reconciliación. Será un ósculo de paz sincera y fuerte: una nueva creación. Ya lo dijo Pablo: "él es nuestra paz "(Ef 2,14). 

Ahora te invito a que te sumes a esta gimnasia navideña.

domingo, 31 de marzo de 2013

Pascua 2013


El evangelio de hoy comienza en la madrugada, “cuando todavía estaba oscuro”. Esta oscuridad (skotía) también puede traducirse por tiniebla. Es la sombra de la muerte en que se mueve María Magdalena y todos aquellos que viven sin saber de Cristo resucitado. Es la tiniebla que quiere rivalizar con Jesús, tal como lo atestigua repetidamente Juan evangelista (Jn 1,5; Jn 8,12; Jn 12,35.46; 1Jn 1,5). En esa tiniebla andamos cada vez que pecamos, cediendo a las redes del Príncipe de este mundo. Por eso la Vigilia Pascual se inicia de noche y con las luces apagadas, para significar esa doble hora: cronológica y espiritual. Hora de amargura y pesar en que Cristo desaparece de nuestras vidas y todo se desdibuja.

Pero Magdalena va. Y yendo, aún a tientas, se topa con la sorpresa. “Vio que la piedra había sido sacada”. Entonces pone en juego un reflejo típicamente cristiano. Vuelve a la comunidad para compartir su desconcierto. "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". Sea desazón o ilusión, ella no se erige en instancia última sino que pone su experiencia a disposición de la Iglesia. No corre en vano sino que sabe bien a quién recurrir. Corre hacia Pedro y Juan, columnas de la Iglesia. Corre hacia la fe y el amor, hacia el misterio del primado y de la amistad incondicional. A su vez, ellos también corren, en una suerte de preludio de vida nueva.  

En el sepulcro todo es ambigüedad. Hay signos pero nada concluyente. La piedra, las vendas, el sudario… Creer o no creer; ésa es la cuestión. El Evangelio invita pero no fuerza. Es apertura misteriosa y delicada que respeta la libertad. Ellos creyeron aunque “todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”. Creen de modo imperfecto, incipiente, germinal. Amanecen a la fe. Es sólo el alumbramiento, no la madurez. Toda nuestra vida consiste en ir progresando desde la iniciación bautismal hacia la consolidación eucarística. ¡Y cómo nos cuesta!

Todo esto aconteció “el primer día de la semana”. La primicia de Dios, día de un nuevo comienzo, de una nueva creación. Día primero en importancia para nuestras vidas lastimadas que reconocen en Cristo el esplendor de un Sol nunca visto. “Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él”. ¿No deberíamos acaso replantear nuestro modo de vivir el domingo? La resurrección inaugura el octavo día; día nuevo hecho por el Señor, no por el hombre. Tiempo de gracia que se extiende hasta la eternidad, tiempo radiante de un Sol sin ocaso. Día doblemente feliz – en futuro y en presente–; porque nunca se acaba y porque nos trae ya la Vida Nueva de hijos de Dios.

Dios nuestro,
que hoy has abierto para nosotros las puertas de la eternidad
por la victoria de tu Hijo unigénito sobre la muerte,
te pedimos que quienes celebramos la Resurrección del Señor,
por la acción renovadora de tu Espíritu,
alcancemos la luz de la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

martes, 25 de diciembre de 2012

Sol invictus

Año tras año, los festejos de Navidad me dejan la sensación de una alegría torpe. Es demasiado poco para una noticia tan excelente. ¿Qué queda? No el desengaño sino volver humildemente a la meditación de la Palabra, a la eucaristía bien celebrada, al silencio que dé lugar a la verdadera comunión: encontrarse con Jesús y el misterio de su Presencia. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).
 
La Iglesia celebra la Navidad el 25 de diciembre porque, en el hemisferio norte, era la antigua fecha del solsticio de invierno. Este día marca un cambio importante en el cielo; pasado el día de mayor oscuridad del año, el sol empieza a ganar terreno y su resplandor brilla cada día por más tiempo. El cristiano sabe que Cristo es el “sol de justicia” que ilumina nuestras tinieblas y a partir del cual nuestra vida toda adquiere color (Mal 4,2; Is 9,2; Lc 1,78). Cristo nos visita en nuestro punto más bajo, en nuestra noche más cerrada, en nuestra condición más apremiante. Él, solo Él, revierte nuestra tendencia decadente revelándonos progresivamente un fascinante horizonte de eternidad.
M. Chagall
 
En la misma línea, la primera lectura habla de una alegría que irrumpe en “las ruinas de Jerusalén” (Is 52,9). Ahí nace Jesús; en el que acepta su condición devastada. La Navidad significa el regreso del Señor, su consuelo, su reinado. Esta reivindicación inesperada se grafica con la imagen del brazo que se desnuda (también el salmo va por ahí). Es como si Dios se arremangara para poner en orden los tantos. Pero del AT al NT hay un giro decisivo. La autoridad del poder cede lugar a la del amor. En vez del brazo poderoso nos topamos con un niño recién nacido, tierno e indefenso. El niño crecerá pero la marca será la misma; primero como carpintero, luego como predicador, finalmente como crucificado. Jesús nos revela al Dios (libremente) vulnerable como camino a seguir.
 
El evangelio de hoy no deja dudas al respecto. Por un lado escuchamos que la Palabra de Dios, Aquella poderosa “por quien todo fue hecho”, es “la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,3.9). Por otro se nos dice –¡tres veces!– que “las tinieblas no la percibieron… que el mundo no la conoció; que vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Jn 1,5.10.11). En la Navidad se nos invita a hacer de modo especial lo que intentamos cotidianamente. Aceptar a Jesús como Dios hecho carne. No como un profeta más, sino como Creador, Salvador y Juez del universo. Que hoy al rezar el credo, podamos doblar la rodilla del corazón y someter nuestras vidas al único Señor. No será pérdida, sino ganancia; no será humillación sino gloria. Porque sólo así llegaremos a ser lo que más deseamos pero sabemos nos excede:
 
“A todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios” (Jn 1,12-13).
 
Los primeros cristianos bautizaron la antigua fiesta pagana del Sol invictus. Más allá de todo drama Jesús permanece como el "Sol no vencido". Es la Luz indomable que se anima a las tinieblas, se expone y sufre el desprecio pero triunfa en la derrota. Así en la humildad del pesebre vislumbramos ya el misterio de la pascua; la de la noche que, contra todo pronóstico, engendra la luz.

miércoles, 13 de junio de 2012

La oración, intérprete de la esperanza


Petitio est spei interpretativa (ST II-II, 17,2)


El oficio de Lecturas de hoy trae un fragmento de la carta de Pablo a los filipenses: “Estaba él [Epafrodito] suspirando por verlos a todos, y muy preocupado porque había llegado a ustedes la noticia de que había caído enfermo. Y de hecho estuvo a punto de morir, pero Dios tuvo misericordia de él, y no sólo de él, sino también de mí, para que no tuviese yo penas y más penas” (Flp 2,26-27).

El pasaje expresa muy bien lo de los últimos días: el riesgo de muerte y la misericordia de Dios para con el enfermo que acaba siendo misericordia hacia los que lo rodean. “¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría” (1 Co 12,26-27).

En Roma, Jerusalén y Calcuta. En Luján, San Nicolás y Santos Lugares. La oración por Tomás llegó a esos lugares emblemáticos de nuestra fe, tanto a nivel universal como nacional. Desde la Alemania financiera hasta el conurbano bonaerense; en labios de los más ancianos y de los niños que apenas hablan. Laicos y consagrados, ricos y pobres, activos y contemplativos. “Y la oración de la fe salvará al enfermo” (St 5,15).

Un par de días atrás escuchamos cómo Jesús enviaba a sus apóstoles: “Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios” (Mt 10,8). Cierto que en la Iglesia existe el carisma individual de la sanación y de los prodigios (1 Co 12,28-30); pero no hay que olvidar que también la oración de intercesión obra los milagros. Cuando la Iglesia se reconoce como cuerpo y ora como tal, Cristo está a la cabeza asumiendo esa súplica como propia.* No que siempre resulte lo que pedimos; sabemos que en Getsemaní Jesús mismo no recibió lo que pedía. Lo que sí sabemos es que siempre somos escuchados (Hb 5,7), aunque la respuesta llegue de modo sorprendente y enigmático (1 Co 13,12). Porque la gracia desconcierta (Lc 1,29) ya que siempre es, en última instancia, gracia que brota de la cruz. Jesús en vos confío. 

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* “Nuestra cabeza intercede por nosotros. Nuestra cabeza sin pecado y sin poder ya morir, ruega a Dios por nuestros pecados (…) Ya está en el cielo, y, con todo, sufre aquí abajo, mientras la Iglesia sufra aquí abajo. Aquí abajo sufre hambre Cristo, aquí abajo sufre sed, está desnudo, es forastero, enfermo, preso. Pues lo que su cuerpo sufre, esto –nos dice él- lo sufre él también (cf. Mt 25,42-45)”; S. Agustín, Sermón 137,I-II. 

viernes, 8 de junio de 2012

Crónica de unos días intensos

4-6 de junio de 2012


Me despierto y todavía es de noche. Mi parte racional me dice que necesito descansar, pero mi cabeza y mi cuerpo sienten los ecos de la adrenalina de la víspera. Entonces, todavía horizontal, en la oscuridad de la noche, vienen a mi boca las palabras de esa poesía-oración de un cardenal inglés: Lead kindly Light. Y las digo en voz alta. No sólo las digo sino que las repito: Lead kindly Light, amid th’encircling gloom, lead thou me on. The night is dark and I am far from home. Lead thou me on! I do not ask to see the distant scene, one step enough for me.

Hace ya dos días y dos noches que Tomás se ha vuelto un ciudadano del Fleni. Fui el único hermano testigo de su desmoronamiento. Lo vi doblegado por el dolor, literalmente derrumbado. Nunca olvidaré su tez pálida y esa gota de sudor frío corriendo por su mejilla izquierda. “Estás transpirando”, le dije. Él confirmó lo que me temía. Ese sudor no tenía nada que ver con el ejercicio que había hecho. Era la reacción de un cuerpo en jaque.

¡En estas horas pasaron tantas cosas! Los sacerdotes no siempre somos conscientes del privilegio de vivir junto al sagrario; poder visitar a Jesús eucaristía  a cualquier hora. Tras la oración en el santuario, me llego a la computadora ávido de encontrar las palabras que me permitan expresarme y canalizar así algo de todo esto que estamos viviendo. Una frase se clava en mis pensamientos resistiéndose a ceder terreno. En mi familia y para mí en particular, los mellizos son, como dice la Biblia, “la niña de mis ojos” (Sal 17,8). Ellos son la debilidad, los que me pueden. ¿Cómo olvidar esa madrugada del 17 de mayo de 1988 cuando oí que papá llegaba del sanatorio? Me levanté y corrí. Quería saber cómo había salido todo pero quizás mejor, quería saber si otra vez se trataba de mujeres. El Señor me regaló dos varones… dos hermanos, dos amigos, dos pilares con los cuales contar.

La operación se programó para las tres de la tarde. La hora de la Misericordia: Jesús en Vos confío. La capilla del sanatorio es prolija y más bien chica: el sagrario, un Cristo crucificado, un ícono de la Virgen de la ternura y una buena imagen de Jesús Misericordioso (parroquia en la que sirvo). No puedo evitar sentir una sensación de familiaridad, un guiño cómplice que desde el cielo me da una palmada. Algo así como el orgullo futbolero del hincha visitante que copa la parada y se sabe “local en todas las canchas”. Lo llamo a Santiago y le digo que nosotros nos hacemos cargo de la estrategia espiritual… es que el partido de Tommy se juega en varios frentes. Celebramos la Misa con la certeza de que es lo  mejor que tenemos. Es nuestra mejor carta, la única que cuenta. Porque esa carta es Cristo. Y la Misa es Cristo dándose, manso y generoso. Es el Inocente, el indefenso que conmueve desde un amor que no sabe de regateos. La desnudez del amor. Nos atenemos al evangelio del día porque la providencia ofrece lo que necesitamos: el pan de cada día que pedimos en el padrenuestro. “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,17). Así es: daremos a la ciencia lo suyo, el crédito por su pericia y excelencia; pero no olvidaremos jamás a Dios, ni dejaremos de reconocer que sólo Él es el Señor de la Vida, el que tiene siempre la última palabra (y la primera también); es, para decirlo con el salmista, “el que guarda nuestras entradas y salidas, ahora y por siempre” (Sal 121,8).

Tomás entró al quirófano y sólo dijo una frase: Jesús (Misericordioso) en Vos confío. Un par de horas antes le había dado la eucaristía, como el día anterior, cuando lo ungí con los santos óleos. Nada de temor. El sacramento es fuerza y caricia, sostén y consuelo. Quiso Dios que todo saliera bien. No es una frase piadosa para la tribuna. El caso siempre se presentó riesgoso. El neurocirujano lo hizo saber desde el primer momento. En nuestro primer encuentro me miró fijo y adivinando mi estado clerical preguntó: “¿Usted es sacerdote?”. Al escuchar mi confirmación, agregó: “Vamos a necesitar ayuda”. Con el correr de las horas, la frase sonó más de una vez.

Tras el primer paso en firme no aflojamos. Santiago convocó a una vigilia de oración. Sus amigos y conocidos se acercaron a rezar. Jesús eucaristía en el centro y todos nos rendimos a Él. Juan Pablo II enseñó que el misterio del sufrimiento llama al misterio del amor. Precisamente eso. Esta pequeña revolución anónima, casi insignificante para los parámetros de una megápolis como Bs. As., es un fruto tangible de que este trago inesperado (¿es realmente amargo?) no ha sido en vano. No descarto que haya otros frutos en danza aunque ignorados por todos nosotros. Lo que sí sabemos es que nos dio la oportunidad de valorar la vida aceptándola en toda su precariedad. La oportunidad de dar gracias por Tomás y todas sus riquezas puestas al servicio de Jesús; porque como el del evangelio, este Tomás también es amigo, mellizo y apóstol. Nos dio la oportunidad de constatar cuánto nos queremos y nos necesitamos y de que nuestra alianza con el Señor no se negocia. Somos tuyos Jesús… ahora y siempre. La vigilia se acaba y el coro, por su cuenta, elige la última canción. Nunca la había escuchado. Tampoco sabía que existiera. Me amaste, me diste nombre, yo soy tu niña, la niña de tus ojos. El día termina como empezó: el mismo templo, la misma idea. La emoción volvió a embargarme y supe, una vez más, que Él lo preside todo.

sábado, 7 de abril de 2012

Vigilia pascual 2012 (Mc 16,1-8)

¡Qué lindo es verse reflejado en la Escritura! Descubrirse en el texto sagrado es en cierto modo sentirse descubierto. Alguien conoce mi misterio y me regala la clave para entenderme mejor. Y si todo eso ocurre en pascua, ¡cuánto más lindo!

El pasaje de la resurrección nos habla de unas mujeres. Gente corriente con nombres concretos: María Magdalena, María (la madre de Santiago y José) y Salomé. A lo largo de todo el evangelio han estado en segundo plano, sin siquiera ser nombradas. No tuvieron el protagonismo de los apóstoles ni pueden presumir gran cosa. No estuvieron en la transfiguración ni en Getsemaní. Pero sí supieron acercarse al misterio de la cruz. Es en la recta final donde ellas toman la delantera por la fuerza de su amor. De manera casi imperceptible, sin gran despliegue, se acercaron a Jesús. Por dos veces se dice que ellas miraban lo que pasaba (15,40.47). Aunque a distancia, supieron estar. Miraban no por curiosidad o morbo, sino por compasión. Y en el deseo de hacerle compañía pudieron no sólo ver sino contemplar. Pasaron de la literalidad de la escena al misterio escondido.

Esa contemplación explica lo que siguió. El amor es inquieto, es indomable. Siempre busca y encuentra la forma de seguir manifestando cariño. Ellas se mueven y compran los perfumes (algo no precisamente barato). Quieren ungir a Jesús. La unción es sinónimo de delicadeza y reverencia. Ellas no se siguen una lógica de conveniencia sino que dan rienda a las mociones del corazón.

Después de los preparativos se ponen en marcha. Salen bien temprano; el texto dice “muy de madrugada”.[1] Según los cómputos de la época, antes de la seis de la mañana.[2] Sin embargo, el texto dice también que “había salido el sol”. No se trata de una contradicción sino de un contraste. Marcos nos ofrece dos planos y nosotros sabemos que no miente. Las mujeres andan a oscuras porque creen que Cristo está muerto. Lo que no saben es que el sol, que es Cristo resucitado, ya brilla en lo alto. Todo el pasaje consiste en esa transición: en poder pasar de las sombras a la luz y de los ritos fúnebres a la celebración de la vida.


Llegan al sepulcro y reciben el anuncio. A Jesús no lo ven, sólo un anuncio. “Ha resucitado”. Tienen que confiar en la palabra de otro testigo… como nosotros. La resurrección no se prueba, se cree.

Ahora entramos en el corazón de la pascua. La resurrección pone en marcha el universo, enciende el motor de la historia. Porque con la muerte de Jesús no había muerto sólo un hombre sino todos los hombres y todas las cosas. En la muerte de Cristo todo se detuvo y todo parecía perder sentido.[3] Pero ahora que Él está vivo todo reverdece. Los nacimientos y las muertes, las alegrías y las angustias, los trabajos y las liturgias… todo se abre a nuevos horizontes y sabemos que la esperanza no defrauda.

Por el bautismo, cuya hora privilegiada es la de esta noche santa, somos sumergidos en este misterio de muerte y resurrección. Celebramos como nuestra la victoria de Jesús porque su resurrección es inclusiva –como todo lo suyo. Qué bien lo dice el salmo: “la trampa se rompió y escapamos” (Sal 124,7). Esa trampa evoca tanto la mentira de una doble vida como el engaño fantasioso del maligno. La trampa se rompió, se hizo pedazos. Nosotros escapamos con Cristo y conocimos la libertad.

La imagen de la trampa nos devuelve al relato de Marcos y a la clausura del sepulcro. Se trataba de una piedra “muy grande”.[4] Por eso, mientras iban de camino, las mujeres se preguntaban quién las ayudaría a correrla. Preocupaciones humanas que consumen mucho de nuestro tiempo y de nuestras energías. Nos angustiamos para nada, “inútilmente nos fatigamos” (Is 45,4). ¡Cuántos esfuerzos estériles, cuántas discusiones de más! Cristo se anticipa y lo hace fácil. “Vieron que la piedra había sido corrida”. Hay que despertar a la lógica de Dios que es providente.[5] El cristiano sabe contar con la variable de la sorpresa, de lo insospechado, del milagro.

La piedra removida y el sepulcro abierto dan lugar a una imagen poderosa: la de una inmensa boca abierta. En un sentido, son las fauces de la bestia que no pudo aprisionar la Vida. En otro, es la boca del cristiano. La que antes callaba amordazada por el fracaso y el dolor, ahora se ve liberada. Ya no hay impedimentos. Está despejada para cantar y reír y gritar a los cuatro vientos que Él está vivo.

La consigna del Maestro es ir a Galilea. Allí se dejará ver. ¿Por qué Galilea? Porque en Galilea comenzó todo. Se trata de releer la historia a la luz de Cristo resucitado. Él es la llave que abre los cerrojos, la clave que desentraña los enigmas, la pieza faltante que encaja en el rompecabezas.

Sin embargo, el pasaje nos depara otra sorpresa. Un final enigmático que desconcierta y sirve como advertencia. Las mujeres huyeron espantadas, corrieron “temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo”. Hasta en esto último podemos sentirnos identificados. Cuántas veces callamos el evangelio siendo que Jesús nos ha elegido para darlo a conocer. Quiera el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que por la acción del Espíritu Santo, lleguemos a ser testigos convincentes de Jesús resucitado.

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[1] …lían prõï

[2] La última vigilia nocturna iba de 3 a 6 de la mañana.

[3] “¿Habéis pensado que si Dios muriese todas las cosas moriríamos con Él? ¿Puede acaso morir un Dios? Tengo miedo, algo está crujiendo en mis entrañas, algo como en el día primero en el que Dios, soplando, me arrojó al mundo (…) Si Él muriese, ¿para qué serviría vivir?”; J. L. Martín Descalzo, “Las cosas tuvieron miedo” en Id, Siempre es viernes santo, Madrid, Planeta Agostini, 1995, 110.

[4] “Extremadamente grande” (mégas sfódra).

[5] No por nada en esta noche se proclama doblemente: “Dios proveerá” (Gn 22,8.14).

Dejen que los niños

Dejen que lo presente. Agustín no llega a los tres años y concurre a la parroquia desde que estaba en el vientre de su madre. Desde entonces no ha faltado ningún domingo. Forma parte de la tropa de feligreses más perseverantes. Es evidente que no lo entiende todo, pero sí capta lo esencial: que esa casa es de Dios, que el sacerdote está haciendo algo importante, que es bueno guardar silencio y no molestar, que dentro de esas cuatro paredes no hay nada que temer. Resumiendo: Agustín en miembro activo de la comunidad. Participa a su modo; corretea durante la misa, se hace sentir, pero nunca gritando ni abusando de su libertad. Incluso, cuando termina la misa, tiene la delicadeza de acompañar al sacerdote en su procesión de salida al atrio; y lo lleva de la mano, no sea cosa que se olvide el camino.

Agustín en 2011

Ocurrió durante el via crucis. Los jóvenes lucían sus disfraces y los mayores avanzaban compungidos. En el medio estaba Cristo: espigado, sangrante y con la cruz a cuestas. Los soldados romanos le hacían sentir su autoridad. Ellos lo golpeaban una y otra vez mientras María y las otras mujeres observaban con impotencia. Los chicos del barrio abrían los ojos y registraban cada detalle. Las antorchas por encima de sus cabezas completaban la escena. Entre las meditaciones y los cantos llegaban los ecos de una blasfemia, de un quejido o de un sollozo. Entonces ya no aguantó más. No se pudo contener. Agustín tuvo que enseñarnos que eso estaba mal. En el colmo de la sensatez grito: “No le peguen más”. Su débil voz apenas llegó a los oídos de su padre, pero la pureza de su corazón rasgó la noche y atravesó las nubes. Qué bien lo oyó el Padre del cielo. Cuánto le agradó esa piedad inocente y cristalina, certera y profética.

“Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Yo les aseguro: el que no recibe el Reino de Dios como niño no entrará en él” (Mc 10,14-15).


Mandamos a los niños a la escuela, dice Dios.

Creo que para olvidar lo poco que saben.

Mejor haríamos en mandar a la escuela a los padres.

Ellos sí que lo necesitan.

Pero, naturalmente, haría falta una escuela mía.

Y no una escuela de hombres.


Creemos que los niños no saben nada.

Y que los padres y los adultos saben algo.

Pero Yo os digo que es al contrario.

(Siempre es lo contrario)


Son los padres, los adultos, los que no saben nada.

Y los niños los que lo saben.

Todo.


Pues saben la inocencia primera.

Que lo es todo.

Ch. Péguy, El misterio de los santos inocentes

miércoles, 4 de abril de 2012

Miércoles Santo 2012

El pasaje de san Mateo que la Iglesia proclama el miércoles santo revela una escena de máxima tensión. Las horas corren y se acerca el final. En la intimidad de la cena Jesús deja ver sus sentimientos: algo de tristeza, quizás también decepción.
Hay un verbo que se impone. Judas ha puesto en marcha su decisión de entregar al Maestro. Es una traición, un golpe por la espalda, una estocada que hace abuso de confianza. Judas es uno de los Doce. Es un elegido. Su llamado fue fruto de un amor de predilección que maduró en aquellas largas vigilias de oración de cara al Padre. No, no fue un error. Y sin embargo, he aquí la oveja que parece perderse.
El dramatismo de la entrega de Judas no tiene que confundirnos. Porque esa entrega se inscribe en el marco de otra entrega más honda: la del propio Jesús que se ofrece a sí mismo. “Cuando iba a ser entregado a su pasión voluntariamente aceptada” (Plegaria Eucarística II). Jesús pone su vida en nuestras manos y es así como nosotros, cual niños traviesos, cebados, nos sentimos importantes malgastando el don precioso que nunca merecimos.
De todo esto se desprende un pensamiento consolador. Si Judas, si cada uno de nosotros llegamos tan lejos, es porque nuestro hermano mayor así lo permite. Hacemos diabluras, es verdad. Pero ellas no tienen la última palabra. Tampoco la primera. Por delante y por detrás, Cristo anticipa y envuelve. Él es alfa y omega, principio y fin. Nuestros golpes le duelen, ciertamente. Pero prima ese amor inexplicable por el cual se puso a tiro y por el que ahora elige permanecer. Lo suyo es un servicio, una misión. Así lo vislumbró durante siglos la profecía de Isaías, que hoy se presenta como primera lectura:
“Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían” (50,5-6).
No se vuelve atrás por elección, por amor. Y eso es lo que desarma nuestras rabietas. No somos más que unos mocosos pataleando. Él lo soporta y espera, paciente, hasta que ya cansados de llorar y golpear, rendidos y doblegados por una misericordia tan larga, nos entreguemos al ansiado abrazo del perdón.

sábado, 25 de diciembre de 2010

25 de diciembre de 2010

A muchos otros les habrá pasado lo que a mí. Se acercaba la Navidad y los acontecimientos parecían desdecir la noche de paz. Primero, las tomas de tierras en Villa Soldati. Violencia, desidia, mezquindad, manipulación política, confusión mediática... La flagrante decadencia de un país, mi país. Luego, los desmanes en Estación Constitución y la sensación de una historia recurrente que no logra plasmar la sana convivencia. La constatación hasta el hartazgo de que el orden demócrático rige más en el papel que en los hechos, y que, mal que les pese a algunos, vivimos sumidos en una neodictadura: la fuerza prima sobre la razón. Dos ejemplos entre muchos otros que afectan a la vida nacional.


No sería honesto frenar allí. También las comunidades más reducidas sufren este anti-climax navideño. Lo digo de mi familia y lo digo de mí mismo. ¡Cuántas traiciones hacia Aquel que viene en Nombre del Señor! Todo parecía empañar la Navidad. Pero ¿era realmente así? De pronto entendí que, aunque ese razonamiento tenía su cuota de verdad, no era del todo cierto. Toda la mugre, toda la lacra del hombre no empañaba el misterio de la Navidad sino todo lo contrario... lo resaltaba. La Navidad no es del hombre sino de Dios. En medio de la noche y de la vergüenza de una humanidad que no logra escapar al lodazal, brilla con más fuerza el amor de Dios que se empeña en visitarnos. Qué desmesura. Qué locura la de Dios. En un mundo desquiciado donde la supervivencia nos lanza a la evasión -que las hay más y menos refinadas-, Jesús no toma distancia sino que visita. Se adentra. Arraiga. Nace.

"Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Habitó entre nosotros no como de paso, tampoco con privilegios. Plantó su tienda, armó su carpa. Gustó la fragilidad y se decidió por una fraternidad real. "En todo semejante a nostros, menos en el pecado" (Hb 4,15).

Ante el mutismo de la superficialidad, en el dolor abierto de las grandes preguntas, para los balbuceos de los confundidos, en medio del llanto sin consuelo y de la impotencia de los violentos... La Palabra se hizo carne. En ella está la vida y la vida es la luz de los hombres. Más que indignidad y tristeza sintamos hoy la alegría de sabernos elegidos así como somos. Necesitábamos al Salvador y Él se hizo presente. "Invoqué al Señor y me dio una respuesta".


***
Todo visita sin embargo, alcanza plenitud en la medida en que es acogida. Y acá sí que la Navidad nos reclama. Nuestra preparación puede haber sido desastrosa pero, una vez nacido, tenemos que hacerle lugar. Como con el buen ladrón... no se nos exige impecabilidad previa pero sí un instante de lucidez para dejarlo entrar. He aquí un segundo aspecto misterioso de la Navidad. Existe la posibilidad del rechazo. La débil luz de un niño tierno en la noche de Belén puede perecer a causa de nuestra indiferencia. Jesús viene inerme para que nadie le tema, para que todos se acerquen y se sientan animados al encuentro con Dios.

Pero el abuso de confianza puede arruinar las cosas. Misterio de un Dios desconcertante que entrega lo mejor de sí -su propio Hijo-, y corre el riesgo de no ser comprendido. Riesgo cierto que deviene muchas veces en diálogo truncado. Tres veces advierte el Prólogo de Juan sobre este misterio de inquidad que es el abroquelarse ante Dios. (¡Oh calamitosa modalidad piquetera que también Dios debe padecer!). "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron... El mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron". Que la conciencia de esta fragilidad, de hecho vulnerada, nos lleve a un mayor amor del Señor y a una mayor delicadeza para con sus visitas.

***

La visita de Dios no es un mero gesto de buena voluntad. No es la simpática compañía del que simplemente está. Jesús viene para transformarnos y tiene con qué hacerlo. "A los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de ser hijos de Dios".

En la nochebuena solemos regalarnos cosas. Es una práctica que, hay que reconocerlo, tiene mucho de comercial. Sin embargo, en lo esencial expresa algo muy profundo. En cada regalo uno "se" regala. Y eso es la Navidad. Dios que se regala, que se brinda, que viene... en persona. Dios que no simplemente dice palabras sino que "se" dice, de modo definitivo, en Jesús. Así como nosotros intercambios paquetes, también en la Navidad se da un "admirable intercambio". El Hijo se hace hombre, para que los hombres seamos hijos. Dios desciende para que el hombre ascienda. Él comparte nuestra humanidad para que nosotros participemos de su divinidad. "El que tenga oídos para oir que oiga".

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Hoy quiero tomarme en serio ese intercambio y pedir para todos una gracia especial. La pido para el mundo y los grandes líderes, la pido particularmente para la Argentina, pero también para los míos y para mi propia vida. Necesitamos recuperar la Palabra. Necesitamos volver a hablar ya que es lo más propio del hombre y aquello que nos asemeja a Dios. Estamos saturados de piquetes y mentiras, de tanta confusión premeditada y de los violentos estallidos, de las descalificaciones y las riñas decadentes. ¡Jesús enseñanos a hablar! Instaurá el sentido en nuestras relaciones. No una lógica fría y desencarnada, sino tu sentido cordial de Verbo del Padre que respira Amor. ¡Feliz Navidad!


















viernes, 11 de junio de 2010

11 de junio de 2010

Meditación en tres pasos

En la fiesta del Sagrado Corazón
los ministros de la comunión adoramos a Jesús eucaristía
en el marco del año sacerdotal que concluye hoy


Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.
El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: "No le quebrarán ninguno de sus huesos". Y otro pasaje de la Escritura, dice: "Verán al que ellos mismos traspasaron" (Jn 19, 33-37).



a. Fiesta del Sagrado Corazón

“El golpe de lanza, aparentemente rutinario, en el costado de Cristo ya muerto, se convierte en el símbolo real del acontecimiento insondablemente misterioso: lo aparentemente cerrado de quien asumió en sí y sobre sí lo nuestro, se abre y se hace asequible a los redimidos para ser, precisamente, su más recóndita morada: «Dentro de tus llagas escóndeme». Tomás, quien puso las manos en las llagas, es el primero en buscar esta morada; debería querer hacerlo con la sola fe, no con la mirada y la experiencia” (Balthasar).


Mirar a Jesús. Querer entrar. Esconderse. Morar. Mirar su costado abierto.
Manando. Brota profusamente. Sangre y agua… el misterio de la Vida.
Corazón es intimidad. Fuego. Acercarse al calor del misterio.
¿Cómo estoy rezando? Aprender a callar. Escuchar. Dejarme envolver.
Ser otro Cristo. De corazón a corazón.


b. Adoración eucarística de los ministros de la comunión

La sangre del costado abierto es la eucaristía: vida que se derrama para la salvación, aceite de consuelo para los enfermos, palabra de aliento para los deprimidos. El corazón traspasado de Jesús nos habla de un amor que se abre. Esa apertura es acogida fraterna y búsqueda generosa... también abajarse y lavar los pies. La lanza que punza y desgarra pero que trae la gracia. La pascua es un tajo. Sólo el grano de trigo que muere se hace espiga, sólo la hostia partida en el altar llega a los comulgantes.


Estar en Su presencia. Adorar. Valorar a Quién sirvo.
Ministro significa servidor.
Pensar en los sufrientes que me encomendó Jesús a través de la Iglesia.
Eucaristía es comunión. Comunión es tender puentes.



c. Año Sacerdotal: 2009 - Sagrado Corazón - 2010

El sacerdocio nace con la eucaristía. El jueves santo Jesús nos deja esos regalos.
El sacerdocio nace para la eucaristía. Para santificar la existencia y elevar una permanente “acción de gracias”, que eso significa eucaristía.

“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, solía decir el santo cura de Ars.

Tenemos un tríptico perfecto: del corazón traspasado brota la eucaristía. Eucaristía y sacerdocio se reclaman mutuamente. El sacerdote expresa y reconduce al corazón del Salvador.


EL sacerdote es Cristo. Los demás son sus ministros. Cristo bautiza, Cristo absuelve, Cristo consagra.
No acostumbrarse al misterio.
Ayudar a Jesús en el cura de mi barrio.
Tener mirada de fe. No idealizar. No desengañarse.

Rezar por mis pastores:
Memoria agradecida. Perdón mutuo.
Súplica por la fidelidad y el aumento de las vocaciones.

sábado, 3 de abril de 2010

Jueves santo 2010

La memoria hace a la identidad. El que no sabe de dónde viene en el fondo no sabe quién es.


Hay una memoria que lastima y destruye, como la del rencor y la venganza. O como la de la vanidad y el narcisismo. Pero hay otra memoria que suma y edifica; la de la gratitud, el perdón y la fiesta.


Toda la vida de la Iglesia, y muy especialmente el triduo pascual, es una gran memoria del Señor. Memoria de lo que Él ha hecho (y hace) "por nosotros". Cuando los judíos celebran la pascua, el niño de la casa pregunta al padre de familia: "¿Qué estamos celebrando?". Entonces el padre aprovecha la ocasión para recordar a todos las gracias recibidas por Dios.


El jueves santo es un día particularmente fuerte en este sentido. Los sacerdotes nos congregamos por la mañana en la catedral junto al obispo para renovar nuestras promesas sacerdotales. Allí, todos juntos, imbuidos en la conciencia de formar parte de un "cuerpo presbiteral" hacemos memoria de quiénes somos, del inmenso don recibido en la ordenación, y de la misión que eso supone.


Por la tarde fijamos nuestra mirada en la última cena. A la primera memoria del sacerdocio, sumamos la de la eucaristía y la del mandamiento del amor.


Jesús se reúne con los suyos a celebrar la pascua. Se inscribe en la tradición de su pueblo: llega como peregrino a la ciudad santa, dispone los preparativos necesarios, se sienta a la mesa al caer el sol... Pero esta pascua marca un punto de inflexión. Ya no será el animal sin defecto el que se inmole para ofrecer una sangre liberadora. Ahora Cristo es el cordero de Dios: la perfección del cuerpo es suplantada por la inocencia del alma, la liberación del yugo político cede lugar a la santidad interior de la gracia. Él es "el que quita el pecado del mundo". Todo el misterio del rescate del hombre condensado, apretado, en una cena ritual: cuerpo entregado y sangre derramada. Vida que se exponde y no se reserva. "Hagan esto en MEMORIA mía". Jesús manda que "hagamos esto". Que lo sigamos, que lo perpetuemos, que lo presentemos... pero "en memoria mía". Bíblica y técnicamente: memorial (zikkaron). Mucho más que un recuerdo subjetivo y sujeto a las deformaciones del individuo. Se trata de una memoria viva y real, memoria eficaz que actualiza el misterio en toda su fuerza haciéndolo presente sin más, es decir, en un sentido literal. Cada eucaristía nos sitúa en el misterio de la pascua, nos incrusta -por decirlo un poco fuerte- en el corazón del traspasado, en el drama del combate ineludible, en el amor que sangró no sin angustia.

Concluyamos esta primera parte. "En memoria MÍA" significa que Jesús se asume Cordero inmolado y Dios liberador. Tradicionalmente el sacrificio de pascua era memoria de YHWH, ahora pues, será memoria de Jesús. Se trata de una polarización de la fe israelita. Jesús reivindica para sí (aunque en contexto trinitario) la gracia de salvación. Y en esto ha ido más bajo y más alto que ningún hombre.

La memoria de la cena incluye el gesto del lavado de pies. Es una parábola en acción. El amor como clave de lectura. Este año quisiera apenas subrayar un incidente que parece marginal: la reacción de Pedro. El pescador protesta, impetuoso como siempre. Y esto le vale una corrección. "Si no te lavo no tienes parte conmigo". No se puede compartir la suerte de Jesús sin esta suerte de humillación. Humillación del discípulo que tiene que aceptar la humillación de Jesús. Podemos imaginar a Pedro ruborizado, teniendo que soportar este momento en que su Maestro se agacha y se dobla para cumplir con él -un simple pe(s)cador- el servicio de los esclavos. En el fondo, la crisis de Pedro es una buena señal. Es el despertar de una conciencia adormecida y acostumbrada que no discierne el misterio escandaloso de Dios. ¿Acaso los otros once entendían algo? Cuántas veces hablamos y nos bañamos en el amor de Dios con ligereza. Cuántas veces el silencio y la obediencia reverente proceden menos de un amor consumado que de una superficialidad (o un temor) incapaz de misterio.

Primer mandato de la cena: "Hagan esto en memoria mía". Segundo mandato: "Hagan lo mismo que yo hice con ustedes" (Jn 13,15) . Culto y vida, eucaristía y amor, adoración a Dios y servicio concreto a los hermanos. Ésta es la memoria del Señor. "Que el hombre no separe lo que Dios ha unido" (Mt 19,6).

domingo, 28 de marzo de 2010

Ramos 2010

La Iglesia comienza hoy una nueva semana santa, y lo hace envuelta en escándalos. Entonces quiero apelar a nuestra fe cristiana para ver algo más. Quiero ver en esto una oportunidad providencial para acompañar al Señor en su pasión.

La Iglesia tiene sus culpas y por eso entra en la "semana mayor" con espíritu penitente y ánimo de conversión. Así es siempre, sólo que quizás hoy se nota un poco más. Ella sabe que está en un constante camino de purificación, y que sólo la sangre de Jesús puede hacer el milagro. También es verdad que a las culpas reales y dolorosas, que no queremos disimular, se suman otras que vienen de la calumnia. Puedo oler revancha y carroña en muchos comentarios. Vemos con tristeza cómo se manipula la información, sacándola de contexto y proporción.

A un cristiano todo esto le duele, pero no le sorprende. "Si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?" (Lc 23,31). Ya tenemos nuestro via crucis. ¿Y qué diremos? ¿Líbranos de esta hora? (Jn 12,27).

Muchas veces hubo intentos -dentro y fuera de la Iglesia- de instaurar una era inmaculada. La Iglesia de Dios no cedió nunca a ese engaño. Ella sabe mejor que nadie de las miserias de los hombres y sabe que en todo corazón conviven el trigo y la cizaña. Por eso día y noche pide ser librada del maligno, y día y noche -incansable en sus rosarios- se incluye entre los pecadores.

Sentimos vergüenza, pero no flaquea la fe. De estas humillaciones públicas brota una Iglesia más humilde y orante, más sabia y compasiva, más genuina y fiel en su abandono. Vapuleada, sigue adelante como su Señor (Lc 19,28). También ella encara hacia Jerusalén donde todos buscan un pretexto para la condena (Lc 22,1). Y, como puede, sigue hablando. Porque no vive por sí misma, sino que respira para su Señor. Y a Él le place mostrar Su fuerza en la debilidad. Sí. Para confundir a los poderosos y sabios de este mundo (1 Co 1,27), a los que se regodean en la bajeza y hacen fiesta por el adulterio in fraganti (Jn 8).

No temas pequeño rebaño (Lc 12,32).

Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falta la fe. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma en la fe a tus hermanos (Lc 22,31). Adelante Benedicto, confirmanos en la fe.

Finalmente, quisiera transcribir lo que para mí es una de las páginas más conmovedoras de la literatura cristiana. Es una glosa del Evangelio, y que se ponga el sayo al que le quepa. No es apología ni mirar al costado. Es el Evangelio, el que nos supera siempre y nos pide conversión.

“Pero si hemos llorado alguna vez honradamente sobre nuestros pecados y los pecados de la Iglesia, si nos hemos percatado en la confesión de nuestra culpa de que toda santidad verdadera es gracia y milagro de Dios, y no evidencia engreída, entonces se aclarará nuestro ojo, limpio en las lágrimas del arrepentimiento, para el misterio santo de Dios en su Iglesia que se hace nuevo cada día: que sus manos hoy como siempre y a pesar de todo rebosan de gracia; que ahora y siempre administra la gracia de los sacramentos de Cristo; que de su corazón remonta permanentemente el suspiro del Espíritu y su inefable gemido (…) Una y otra vez podremos rezar entre lágrimas, ya sean las lágrimas del arrepentimiento o las lágrimas de la alegría: creo en la santa Iglesia.
Los eruditos de la Escritura y los fariseos –tales los hay no sólo en la Iglesia, sino por todas partes y con todos los disfraces- arrastran otra vez ante el Señor a ‘la mujer’ y la acusan con el oculto e hinchado sentimiento de que -¡a Dios gracias!- ‘la mujer’ no es mejor que ellos mismos: ‘Señor, esta mujer ha sido atrapada in fraganti en adulterio. ¿Qué dices sobre ello?’. Y la mujer no podrá negarlo (…) Y está ante aquél a quien ha sido confiada, ante aquél que la ha amado y que se ha entregado por ella para santificarla, ante aquél que conoce sus pecados mejor que los que la acusan. Pero calla. Él escribe sus pecados en la arena de la historia del mundo que pronto se apagará y con ella su culpa. Calla un pequeño instante que nos dura que parece miles de años. Y condena a la mujer sólo con el silencio de su amor que da gracia y sentencia libertad. En cada siglo hay nuevos acusadores junto a ‘esta mujer’ y se retiran una y otra vez comenzando por el más anciano, uno tras otro. Porque no había ninguno que estuviese sin pecado. Y al final el Señor estará solo con la mujer. Y entonces se levantará y mirará a la cortesana, su esposa, y le peguntará: ‘¿Mujer, dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?’. Y ella responderá con humildad y arrepentimiento inefables: ‘Ninguno, Señor’. Y estará extraña y casi turbada porque ninguno lo ha hecho. El Señor empero irá hacia ella y le dirá: ‘Tampoco yo te condenaré’. Besará su frente y hablará: ‘Esposa mía, Iglesia santa’”. [K. Rahner, Escritos de Teología VI, Madrid, Cristiandad, 1969, 312-313].