domingo, 19 de abril de 2026

Rumbo a Emaús

 Domingo III de Pascua – Ciclo A – 2026

  

La Pascua es tiempo de Resurrección. Celebramos la Resurrección de Cristo, queriendo resucitar como Iglesia. Es muy significativo cuánto les costó a los apóstoles y discípulos creer. Y es admirable cómo los Evangelios muestran esa dificultad con toda honestidad.

 

El domingo pasado el Evangelio de Juan nos hablaba de una comunidad encerrada por el miedo. Hoy san Lucas nos muestra otra variante, otra forma de estar muertos: aislarse por desencanto. 

 

Tenemos dos discípulos que rompen la comunión. Cuando uno profundiza, su decisión no parece muy sensata, muy razonada, pero es lo que hicieron. Se ve que no aguantaron la espera. Habían escuchado que las mujeres habían ido al sepulcro, que se les habían aparecido unos ángeles diciéndoles que Jesús estaba vivo. Incluso estuvieron con Pedro y otros que fueron a comprobar esa versión y encontraron todo como las mujeres habían dicho. 

 

Nosotros somos esos discípulos cuando pegamos un portazo y cortamos el diálogo; cuando nos evadimos de la realidad que nos duele aturdiéndonos de mil maneras; cuando no tenemos paciencia para esperar que los acontecimientos se aclaren. No sabemos perseverar en la prueba, sino que nos vamos. No nos vamos lejos –Emaús está a diez kilómetros–, pero nos vamos. Ese es el punto.

 

La Buena Noticia es que nosotros abandonamos, pero Jesús no. Jesús es fiel. Él se acerca a nosotros como el samaritano se acerca al que está medio muerto al borde del camino. Se acerca como el Buen Pastor que busca a la oveja perdida. Y si la oveja está lejos, la busca igual. Jesús se acerca a los discípulos y camina con ellos, aunque vayan en la dirección equivocada. [Tanto es así, que descendió a los infiernos para rescatarnos]. Camina como uno más, sin apabullarlos con su gloria de Resucitado. Ellos no lo reconocen: algo les impide verlo, algo en los ojos pero que nace del corazón. Jesús les pregunta con inocencia de qué hablaban. Pasa por un forastero, por un ignorante, por un don nadie. Y así ellos se explayan. Hacen catarsis. Su gran drama es el desencanto. Ellos esperaban otra cosa. Esperaban un Mesías Rey, un Mesías liberador en sentido político. Tanto se habían aferrado a su ilusión que no les importaba si en verdad había resucitado, o no. Dios estaba mostrado algo más grande, pero ellos preferían seguir anclados en su idea, aunque fuera menos luminosa. El capricho es un veneno ciego. 

 

Jesús los dejó desahogarse. Los escuchó con suma paciencia, como quien tiene todo el tiempo del mundo, como Resucitado que respira la misma eternidad. Y una vez que ellos lo contaron todo, empezó a explicarles la verdad. Les interpretó las Escrituras mostrándoles cómo hablaban del Ungido y de los eventos de los últimos días. Todo estaba contemplado. Ya el asunto no parecía tan turbio, tan triste, tan absurdo, y eso les devolvía el alma al cuerpo. El corazón les ardía por dentro, pero todavía no se daban cuenta. 


 Quédate, Señor / Emaús | nicodemoblog


Entonces llegados al destino, Jesús hizo ademán de seguir. Pero ellos le pidieron que se quedara, que no los dejara. Ellos que habían abandonado la comunidad empezaban a sentir nuevamente el deseo de comunión, de estar, de pertenecer. Y Jesús se sentó a la mesa como el que preside, que es una forma de servir. Su autoridad era evidente. Tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio. Los cuatro verbos, los cuatro pasos que corresponden a cualquier comida. Pero los discípulos supieron que era Él. Porque nadie tenía ese modo de tomar, bendecir, partir y dar. El Resucitado se da a conocer en lo ordinario de una caminata, de una charla, de una cena. 

 

En ese momento recapitularon y todas las piezas encajaron a la perfección. Los ojos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista. Volvieron corriendo a Jerusalén, sin que les importara la noche, el cansancio o los peligros. Estaban vivos. Ellos estaban vivos porque Jesús estaba vivo en medio suyo.


 Queridos hermanos, la experiencia de esos discípulos nos resulta grandiosa, extraordinaria; y en verdad lo es. Pero es la misma experiencia que Jesús nos regala en su Iglesia en cada eucaristía. Cada misa Jesús se acerca misericordiosamente y nos pregunta cómo estamos, cuáles son nuestros pensamientos, y nos invita a descargarlos sobre Él, que lleva sobre sus hombros todas las preocupaciones, todas las frustraciones y todos los pecados de este mundo. 


Después nos regala su Palabra y nos la explica de tal manera que, junto a Él, las tinieblas no son tinieblas, sino luz del mediodía. Nos enciende el corazón en el amor de Dios Padre y en la comunión del Espíritu Santo. También parte el pan para nosotros, y nos alimenta con su cuerpo haciéndonos gustar sacramentalmente, sensiblemente, que somos uno. Finalmente nos envía, nos impulsa a salir de la queja y de la frustración para contarle al mundo entero que Él está vivo. Y si vive todo tiene sentido, aunque no lo podamos entender acabadamente.

 

Padre, enseñanos a celebrar la misa, toda misa –sea en una humilde capilla o en una espléndida basílica–, de tal manera que, por la gracia del Espíritu, cada eucaristía sea para nosotros encuentro renovador con tu Hijo, Jesús Resucitado.

domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Pascua 2026

María Magdalena y la otra María fueron de mañana a visitar el sepulcro, fueron a ver nomás, como dice el texto griego. Una acción inútil a los ojos de muchos que piensan solamente en términos de rédito. Pero ocurre que, como enseñó Pascal, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Las dos Marías obran movidas por la lógica del amor que busca estar, como sea; que quiere permanecer, que hace todo lo posible por mitigar la distancia. Es también la lógica de la encarnación que honra la carne, incluso cuando ya no está animada, porque sabe que la memoria necesita hacer pie en lo concreto. El amor no olvida, sino que recuerda, vuelve a pasar por el corazón lo vivido, no para ceder a la nostalgia o el resentimiento, sino para intensificar la gratitud que fortalece el espíritu para la misión.

 

Fue precisamente en ese contexto y a esas mujeres que se manifestó el Ángel del Señor. Fueron ellas y no los calculadores, escépticos y mezquinos, las destinatarias del gran anuncio. Fueron ellas las que presenciaron el temblor; un temblor literal, sin duda, pero que habla de cimientos más hondos que se conmovían. Cristo resurgía de los infiernos, de los abismos insondables, y ellas estaban allí, asistiendo al parto de un mundo nuevo. La tierra estaba dando a luz una vida nueva; pero nueva con mayúscula, nueva en un sentido que nadie antes había conocido jamás. 

 

Y la piedra fue corrida. Ese obstáculo maldito que clausuraba la esperanza, que impedía la comunión. Pensemos en nuestras piedras, grandes o pequeñas, pero que al fin y al cabo interrumpen el flujo de la vida y de la gracia. Piedras en los zapatos, diminutas pero molestas, que dificultan la marcha y la respuesta solícita ante la necesidad del prójimo. Piedras medianas en nuestras manos, que nos arrojamos con descaro para condenarnos mutuamente. Piedras enormes de culpas no asumidas o dramas injustos que nos tocó padecer. Ya está. La piedra no tiene la última palabra. Cristo no duerme entre los muertos, sino que reina entre los vivos. ¿Lo creo realmente? 

 

Las mujeres reciben el encargo de avisarles a los discípulos que Jesús los espera en Galilea. Y ellas obedecen, por eso se ponen en camino. Corren con la noticia quemándoles en el pecho, y es entonces cuando ocurre lo mejor: Jesús mismo, Jesús resucitado sale a su encuentro y les dice “Alégrense”. Él las sorprende mientras cumplen su misión. Ellas no exigieron más signos, sino que confiaron, y el Señor las colmó con su presencia.

 

El cristiano vive inmerso en esta alegría pascual, que es alegría de resurrección. La muerte está vencida porque los pecados fueron expiados. Es la alegría del cara a cara, sin ya tener que bajar la mirada. En esta mañana queremos seguir a estas mujeres sabias que tanto nos enseñan. Queremos hacer como ellas, que se acercaron a Jesús, se arrojaron a sus pies y lo adoraron. Queremos renovar nuestra adhesión a Él, nuestro único Señor, y entender que si en verdad hubo encuentro tenemos el deber de seguir adelante, corriendo hasta llegar al último de los hermanos, para decirle: Está vivo y nos espera en Galilea. 

 

Queridos hermanos: en la primera lectura san Pedro anuncia la resurrección como un hecho cierto. Eso es lo que importa, es allí donde tenemos que centrar el corazón. Lo demás es secundario, por eso la Escritura no da detalles. Es hora de reconocer y agradecer el inmenso don de la fe. Nosotros somos los testigos elegidos de antemano por Dios. Elegidos sin mérito alguno para comer y beber con Jesús resucitado. Eso es la misa: sentarse a la mesa del cordero inocente que se inmola por nosotros para alimentarnos con su cuerpo y con su sangre. Por eso no podemos salir de acá indiferentes, sino encendidos en el amor y la esperanza, con la alegría de querer llevar la luz de la fe a todo el mundo.

sábado, 4 de abril de 2026

Vigilia Pascual 2026

Esta noche, la más santa de todas las noches, cantamos la Verdad; la Verdad de Dios, del hombre y de todo lo creado. Somos fruto del amor, de una decisión libre, inteligente y cariñosa. Fuimos formados a imagen de Dios, para reflejar en el tiempo y el espacio su misterio de comunión. Pero en el medio hubo una caída, un traspié, algo que no debería haber sido pero fue. La serpiente, el antiguo adversario, se introdujo en el jardín y sedujo a nuestros padres. Ellos quedaron enredados en su mentira e hicieron, como tantas veces nosotros, lo que es malo a los ojos de Dios. Cruzamos un límite, desobedecimos la voz del Padre, nos salimos del camino y desbarrancamos hasta quedar tirados, lastimados y medio muertos, como dice la parábola del buen samaritano.

 

Esa transgresión significó la expulsión del paraíso. Empezamos a vivir exiliados, fuera de la presencia de Dios, lejos de esa mirada que es la razón de ser de nuestra vida; esa mirada que nos ubica, nos serena y nos dice que es bueno que existamos. 

 

Esta es la noche en que volvemos a conectar con esa mirada. Es la noche en que nuestros ojos se encuentran con esos ojos que todo lo ven, no para condenar sino para rescatar. Los ojos de un Padre misericordioso reflejados en las pupilas de un Hijo inocente, de un Cordero Pastor que se entregó generosamente por nosotros, por cada uno de nosotros, sin exigir nada a cambio. 

 

Esta es la noche del regreso, la noche del retorno al jardín de Dios. Pasamos de la muerte a la vida, como quien pasa de la oscuridad a la luz, del silencio a la palabra, de la aridez al agua, del hambre al pan. 

 

Pasamos por Cristo que es la Puerta y el Camino, la Verdad y la Vida. Porque en medio de ese tránsito bendito había un obstáculo que nos parecía insalvable: una piedra, la piedra. El evangelista Mateo cuenta que el sepulcro estaba sellado con una piedra enorme, símbolo de la dureza de nuestros corazones. Piedra de los muros que levantamos para no tener que encontrarnos. Piedra de las palabras y los gestos que nos arrojamos con violencia como proyectiles. Piedra de la indiferencia que obtura la gracia y la comunión. Esa piedra era demasiado pesada para nosotros. Pero Dios quiso removerla, quiso quitarnos esa carga de la espalda, quiso liberarnos de ese peso que nos doblegaba, que nos mantenía encorvados, incapaces de mirarnos a los ojos y mucho menos de mirar al Cielo.

 

La Piedra ha sido removida - Worldssps


El anuncio del ángel llega a nosotros con la autoridad y el consuelo de aquella primera mañana: “No teman… Él resucitó” (Mt 28,5.7). Y así se enciende nuestra alegría, como se encendieron nuestros cirios: iluminando la iglesia, descubriendo rostros y disipando las tinieblas que suscitan miedo, amargura y confusión. Es hora de sacudirnos la modorra. No en vano uno de los versos más antiguos de nuestra fe reza así: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará” (Ef 5,14). Somos luz en el Señor, llamados a irradiar el amor en el gran templo de la creación.

 

La muerte suele imponer silencio. Es un misterio grande que nos obliga a callar. Cuando irrumpe se nos quiebra la voz, porque ante ella todas nuestras palabras resultan vanas. Lo mismo ocurre con el pecado, que nos hunde en la vergüenza. Pero en esta noche resuena con fuerza una Palabra de vida; una Palabra autorizada, que surge victoriosa de los abismos regalándonos la paz; una Palabra que vence nuestra sordera voluntaria, el ruido torpe en el que nos zambullimos para vivir al margen de la ley de Dios. “Señor, Tú tienes palabras de vida eterna”. Gracias por seguir hablándonos. Gracias por rescatarnos del odio mudo. Queremos escucharte. Queremos responderte. Queremos anunciarte hasta el último rincón del mundo.

 

El pecado reseca el alma. No por nada Cristo rezó en la cruz el salmo que dice: “mi garganta está seca como una teja y mi lengua se me pega al paladar”. Esta es la noche en que toda esa sed recibe por fin el agua viva que Jesús anunció a la samaritana. Es el Espíritu Santo que llega a nosotros purificando nuestras conciencias sucias. Es el bautismo que sepulta nuestras faltas para resucitar con Cristo. “La santidad de esta noche aleja toda maldad, lava las culpas, devuelve la inocencia a los pecadores y la alegría a los afligidos”. En esta noche seremos rociados con el agua pura de la pascua, el agua del costado de Cristo, el agua de la nueva creación. Y nos comprometemos a llevar esa agua a los demás, porque son muchos los que ansían un poco de cariño, una gota de ternura; son muchos los que todavía no conocen el perdón de Dios ni experimentan la frescura de la salvación.

 

La celebración de la pascua culmina en la mesa del altar. En el destierro, lejos del jardín, lejos de casa, se come mal; incluso peor que los animales, como nos enseña el hijo pródigo de la parábola, que ni siquiera podía tomar las bellotas destinadas a los cerdos. El hambre y la desnutrición son dos caras de un mismo drama que azota a nuestra nación, tanto en la dimensión física como espiritual. Cristo se ha hecho pan para nosotros. En la eucaristía encontramos la fuerza y la sabiduría de los hijos de Dios. En ella experimentamos la comunión con el cielo y con la tierra. Y por ella se consolida en nosotros el deseo de entregarnos, de no vivir para nosotros mismos, sino para los demás, y en especial para Él, que murió y resucitó por nosotros. 

 

Todo está dispuesto. La mesa está servida. Y nosotros, los comensales hemos sido debidamente invitados. Honremos a Jesús, nuestro Salvador, viviendo la fe como lo que es: una fiesta de familia, en la que nadie tira piedras porque todos nos sabemos pecadores perdonados. La única piedra de la que hablamos es la piedra del sepulcro, que ya no contemplamos angustiados, sino admirados del poder de Dios. “Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno su amor”.

viernes, 3 de abril de 2026

Viernes Santo 2026

        Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto. / Anda una mosca por la carne quieta. / ¿De qué puede servirme que aquel hombre / haya sufrido, si yo sufro ahora? (Borges, Cristo en la cruz).

 

Estos versos de Jorge Luis Borges son una provocación, pero no necesariamente una falta de respeto. El poema termina con una pregunta, que siempre cabe interpretar como una puerta abierta o una mano tendida. Quiero empezar a responder esa pregunta: ¿qué hay de bueno en la muerta espantosa de Jesús?  

 

Cuando uno piensa en Jesús, en su vida y en su muerte, es evidente que se trata de la historia de un hombre, del designo singular de un judío nacido en Belén, criado en Nazaret, de oficio carpintero, que en cierto momento comenzó a predicar el reino de Dios. Sus palabras cautivaban porque transmitía una sabiduría y una autoridad excepcionales, propias de quien se presentaba como el Hijo de Dios. Pero la adhesión de las multitudes contrastaba con la incomodidad de los jefes del pueblo, que resolvieron acabar con él, aunque eso implicara violar escandalosamente la Ley de Dios, en nombre de la cual decían obrar. Luego está el hecho de que sus discípulos aseguraron, contra viento y marea, que este carpintero-profeta resucitó de entre los muertos. 

 

Hasta aquí la crónica histórica, la mirada plana de los acontecimientos. Pero la fe, que suscribe cada unos de estos puntos, nos regala una comprensión más profunda. La historia de Jesús no es un episodio marginal, aislado, acotado en el tiempo y el espacio, sino el corazón del mundo, del que todo surge y al que todo tiende. San Pablo lo dijo muy bien: “Me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20). Ser cristiano es creer, o sea, aceptar y gozar que mi vida está ligada a su muerte. Porque en su muerte Él cargó con todos los pecados de la familia humana. Pasado, Presente y Futuro: todo fue asumido por el Cordero inocente, que en silencio y sin alarde cumplió la ingrata pero noble tarea del buen Pastor, que enfrenta al lobo para salvar al rebaño. 

 

Isaías lo había anticipado: “Todos andábamos errantes como ovejas extraviadas, siguiendo cada uno su propio camino” (Is 53,6). La liturgia es más contundente: Padre, “aunque en otro tiempo estábamos perdidos y éramos incapaces de acercarnos a ti, nos amaste hasta el extremo: tu Hijo, que es el único Justo, se entregó a sí mismo a la muerte, aceptando ser clavado en la cruz por nosotros” (Plegaria Euc. sobre la Reconciliación I).

 

En este día santo entramos en el silencio de Dios, que calla cuando tendría tanto para decir. Calla porque elige no avasallar, sino respetar nuestra libertad. Calla para manifestar, ya no con palabras sino con la carne lacerada, que su amor por nosotros no tiene límites. Una vez dentro de ese silencio, si nos atrevemos a permanecer, entendemos que en el centro del sufrimiento del Hijo, que misteriosamente toca al Padre y al Espíritu, vibra el gozo del amor, la certeza de la comunión, de una pertenencia mutua irrevocable que ningún eclipse emocional puede desbancar. Y eso es lo que celebramos hoy: el amor más fuerte que la muerte, la grandeza del Hijo que no sólo deja de lado sus privilegios divinos, sino que se ubica en lo más bajo de la escala humana. Como dijo alguna vez un célebre predicador: Jesús ocupó de tal manera el último lugar que nadie pudo ni podrá arrebatárselo jamás (Huvelin).


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Es verdad que la muerte en cruz nos mueve al arrepentimiento, porque en ella queda patente el mal de nuestros pecados; un mal cuyo poder de daño solemos minimizar. Pero la contemplación del Crucificado nos mueve con mayor fuerza al amor y la gratitud. “El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados” (Is 53,5). Este es el secreto. Este es el misterio. En el destino de Jesús se está jugando nuestro destino. “Creo, Señor, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24)

 

Todo esto lo dice San Juan de manera genial, refiriendo un detalle que no pasó desapercibido en la tradición cristiana. Cuando el soldado romano atraviesa con su lanza el costado de Jesús, el agua y la sangre brotan de él como signos de vida; pero no de cualquier vida, sino de la vida de Dios regalada misericordiosamente en Cristo (cf. Jn 19,34). Sí, su herida es nuestra salud, nuestra salvación. Y eso tiene que ser proclamado como una verdad fundamental, que no pierde vigencia jamás. Hagamos nuestro, hoy y siempre, el verso de un antiguo himno escrito hace casi 1.500 años: Salve Cruz, única esperanza nuestra. 

 

Querido Jesús, mi hermano y mi amigo, mi Señor y mi Dios. Perdón por mis pecados que desfiguran tu rostro y marcan tu espalda. Gracias por tu misericordia que lava las culpas y restaura la imagen estropeada. Gracias por devolverme el lugar de hijo en la mesa del Padre. Gracias por tu Espíritu, entregado como un suspiro débil, insignificante, pero que tiene la virtud de hacer nuevas todas las cosas. Dame la gracia de entrar en tu inocencia, en tu mansedumbre, en tu dinámica de entrega, y de entender que hoy la Iglesia celebra tu muerte no en sí misma, sino por ser ofrenda amorosa que es germen de vida eterna y puerta estrecha pero segura de salvación. Amén. 

martes, 27 de enero de 2026

¿Cansarse de Jesús?

En su libro En defensa de la Teología, Ángel Cordovilla ofrece unas líneas dignas de comentario.

"Porque mientras que la palabra define y fija, imponiendo a la criatura las duras aristas de la finitud, esta añora, por el contrario, la total ausencia de límites, lo sin nombre. Para el cristiano, eso se traduce en un cansancio de la positividad del acontecimiento de la revelación, del realismo de los sacramentos, de la institución jerárquica, del texto de la Escritura. El cristiano está sujeto a hechos y palabras" (p.12).

Creo no interpretar mal al teólogo de Comillas si digo que la redacción conlleva un aire pesimista que no refleja adecuadamente su sentir. Porque luego de un rato, el hombre también se cansa de caminar sin rumbo, sin referencia, y entonces añora la contención que ofrecen los límites. Como fuera, Cordovilla señala con claridad una verdad elemental de la fe cristiana y expone a la vez el desafío que supone. El cristiano está "sujeto" a hechos y palabras. Y eso es hermoso pero a la vez difícil, porque la realidad puede cansar como puede cansarse el esposo de convivir con su esposa. Lo que el párrafo presenta como un hecho es más bien un riesgo inherente a la gracia. 

Como dice Menke, la sacramentalidad es la esencia y la llaga del catolicismo -entendido este como la confesión cristiana que lleva la ley de la encarnación hasta sus últimas consecuencias. La carne de Cristo fascina pero también exige una fidelidad sin tregua, un respeto sin concesiones a su cuerpo bien definido. 

Pienso que la Iglesia debería tener más presente esta advertencia de Cordovilla al momento de evangelizar. Los primeros cristianos eran bien conscientes del escándalo de la encarnación, pero aun así insistían en la carne y todas sus consecuencias, por más arduas que fueran. Hoy en día, sobre todo en Occidente, el hombre vive demasiado disperso, evadido, como náufrago de infinitos mundos virtuales, saturado de una sobre-estimulación que le impide con-centrarse. El déficit de atención no es un asunto meramente pedagógico sino existencial. Entonces la tentación eclesial puede ser la de relajar la bendita positividad del cristianismo, es decir, la contundencia de la carne. Pero sin la carne nuestra fe no es nada, porque la carne -como dice Tertuliano- es el quicio de la salvación. Sin la carne de Cristo, o sea, sin la Iglesia y sus sacramentos, nos hundimos, nos perdemos en un Cristo fantasmagórico que es mero espejismo. 

Todos podemos cansarnos y hasta sufrir el cuerpo de Cristo, que peregrina en la historia no sólo con el sudor de la caridad sino también con el hedor del pecado. Pero ese cuerpo es irrenunciable porque hace a nuestra identidad tanto como a la de Cristo. 

Quizás nos sirva el consejo de San Juan de la Cruz: "el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa" (LB 2,18).