lunes, 20 de octubre de 2008

Al idioma castellano*

A los humanos nos cabe el desafío de ir asumiendo, o rechazando quizás, aquellas cosas que nos fueron dadas con la vida. La herencia -física, espiritual, familiar, cultural, epocal- sólo se muestra fecunda en la medida que logramos aceptarla.

Lo mismo pasa con la fe y el bautismo. Damos un salto cualitativo cuando brusca o imperceptiblemente, elegimos ser cristianos. Es el momento de maduración en que tomamos las riendas y nos salimos de la inercia inconsciente.
Una realidad evidente, y muy poco cuestionada por el hombre de la calle es el lenguaje. Como herencia que reúne y separa atraviesa toda nuestra existencia configurando nuestra misma forma de pensar. Porteños como somos estamos siempre de cara al Atlántico husmeando las correrías del viejo continente y fascinados por aquellas culturas venerables.
Pero he aquí que el otro día desperté. ¡Qué sabrosa es nuestra lengua! Otras tendrán sus riquezas pero la nuestra no es menor. ¡Qué intraducible es la prosa de Teresa de Ávila o la poesía de Juan de la Cruz! [Se verá que España y América Latina no dejar de ser parientes.] Ciertos pillos, hay que reconocerlo, poseen un manejo descomunal del idioma. A los dos españoles ya nombrados sumo otros dos contemporáneos: Pérez Reverte y Martín Descalzo. Hay en ellos una amplitud de vocabulario, un ida y vuelta de la calle a la biblioteca, que les permite jugar naturalmente con las palabras. Frescos y efectivos sus relatos acercan al lector, lo hacen amigo, y, aunque uno aprecia sus estaturas, no apabullan con frívolas erudiciones.
"En el principio existía la Palabra" (Jn 1,1). La Palabra eterna que tuvo que elegir un idioma -perdido ahora para siempre- estalló una mañana en Jerusalén. Se abrió católicamente a múltiples variantes en un inusitado derroche de expresividad. "¿Cómo cada uno de nosotros los oye en su propia lengua nativa?" (Hch 2,8). El idioma castellano lo dice a su modo, también con sus límites. Por eso, así como los cristianos adoramos la cruz en cuanto insrumento de salvación, no está fuera de lugar este humilde, sentido, y hasta devoto homenaje, a la lengua que nos "entregó" (Lc 22,19; Rm 10,17) la salvación.
* Borges escribió un poema "Al idioma alemán", y justo es reconocer su dominio del castellano, tantas veces gozado; pero su figura está ausente de estas líneas porque en su precisión puntillosa no contagia, no hace vibrar... y esto da que pensar.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Exaltación de la Cruz 2008

El evangelio de este domingo nos trae una certeza. “Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Es el centro, el corazón de nuestra fe. ¡Y qué bien nos hace esta certeza en medio de tanto desconcierto! La alegría de la salvación, del Dios que ama “hasta el extremo” (Jn 13,1) marca –o debiera marcar- la tonalidad de nuestra prédica. Nuestro anuncio es evangelio: buena noticia. Lejos quedan la condena y la desesperanza. Jesús quiere liberarnos de cierto clima de asfixia que siempre amenaza: “no hay salida”. No, no somos derrotados, no somos hijos de la tristeza.

Acá entra la fe. Jesús sorprende nuestra expectativa con su cruz. Lo mismo que en el desierto, cuando a aquel pueblo impaciente se le ordenó mirar la serpiente de bronce. La vida a través de la muerte: Dios nos espera y nos salva en el lugar menos pensado. Dios transforma, renueva –“Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Hace del mal una bendición. Pero exige la mirada de fe, la apuesta de ir hacia donde nuestro instinto nos aleja. Como cuando Jesús intuyendo su pasión “se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (Lc 9,51).

La clave de este pasaje, en la fiesta de la exaltación de la cruz, está en el “ser levantado” (Jn 3,14). Hay un paralelo explícito con la serpiente de bronce que refuerza y esclarece la paradoja. Jesús es elevado para la burla, para que todos puedan reírse de él. A la crueldad no le alcanza la maldad, sino que necesita de un auditorio cómplice. Y en ese ser señalado, Jesús aparece como un hombre digno de lástima; un “don nadie” como dice Isaías. Pero en realidad se abre paso otro sentido más profundo. “Levantado para que todos los que crean en él tenga vida eterna”. Junto al desprecio emerge la mirada de fe que ve más allá, y que descubre un misterioso poder. Desde el madero Jesús reina y él también mira nuestras pobres vidas. Esa elevación no se detiene hasta ser exaltación: entrada en la gloria eterna de Dios. Con la resurrección de Cristo la cruz ha sido clavada en el cielo, y desde entonces, todo sufrimiento tiene acceso a una nueva luz.

No hay cruz sin crucificado. Celebramos a Aquel que se dio en la cruz. El madero es tan sólo -¡y nada menos que!- el instrumento, la ocasión de su entrega. Sólo el amor, sólo el sello personal de un corazón generoso y de un rostro manso pueden transfigurar el dolor. De modo que la herida misma adquiere fuerza medicinal. Por eso nos animamos a enarbolar la cruz y hacer de ella un estandarte, aunque ciertamente difícil: bandera discutida, “signo de contradicción” (Lc 2,34). San Pablo lo entendió perfectamente: “si hay que gloriarse, en mi flaqueza me gloriaré. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 11,30; 12,10).

Nos cuesta, y resistimos, el hecho que la victoria acontezca en la derrota. Si tan sólo fuera en otro lado… pero “la locura de Dios es más sabia que los hombres” (1 Co 1,25). La cruz y el árbol del Edén son uno: “para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido” (Prefacio).

Claro que quien atravesó la cruz sabe que el cáliz es amargo, y que no se puede edulcorar. “¿Cómo volver a hablar de la noche haciendo juegos florales?” (Martín Descalzo). Si la serpiente connotaba tentación y muerte, la cruz no deja de ser –¡quién lo duda!- escándalo, debilidad, maldición, repugnante sufrimiento. La Palabra de Dios, el mismo Jesús, nos interpela. ¿Cómo miramos la realidad? ¿Qué lectura hacemos de nuestras pequeñas y grandes tragedias? ¿Qué lugar tiene la cruz en nuestro anuncio?

Con la audacia prestada de un autor espiritual, decimos que nuestra fe es la lanzada del centurión romano al Cristo pendiente. La mirada creyente atraviesa el misterio del dolor y hace brotar vida –agua y sangre- del cuerpo exánime de su Señor. Es una enseñanza que no se estudia sino que se padece. Sólo la entienden los que se deciden a entrar. Y cuando nos dé pudor y temor predicar esta causa “pasada”, escuchemos y confiemos en este viejo cristiano que nos dice: “Parece que la cruz no puede sino provocar escándalos, y he aquí que no sólo no escandaliza, sino que atrae”[1].

Nosotros somos de esos que sentimos la atracción y la verdad de la cruz. Pedimos hoy la fe para vivirla y anunciarla con coherencia. Llegue ahora, como suave bálsamo conclusivo, la poesía de san Juan de la cruz:

Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada”[2].

[1] S. Juan Crisóstomo, In ad 1 Cor, Hom. 4,3: PL 61,34: citado en: Tillard, La salvación, misterio de pobreza, Sígueme, Salamanca 1968, 39.
[2] S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual 23.

domingo, 20 de julio de 2008

Trigo y cizaña… ahora y hasta el fin

Sabiduría 12, 13.16-19; Sal 86(85), 5-6.9-10-15-16a; Mateo 13, 24-43
Una de nuestras contradicciones está en que, mientras preferimos evitar (o ridiculizar) lo referido al Juicio final, vivimos sentenciándonos mutuamente. No hay que ser muy lúcido para descubrir que, detrás de nuestras reticencias hacia el Juicio, existe una proyección de esas escenas que nuestra flaqueza cotidiana representa burda, ligera, y hasta maliciosamente. Pero en el fondo, la imagen distorsionada del Juicio acaba siendo una imagen distorsionada del mismo Dios.

La parábola que este domingo se nos ofrece contribuye a volver –como tantas veces- al Dios vivo y verdadero. El dueño del sembrado, el Señor de la Historia, siembra “buena semilla”. El Evangelio es la propuesta, la única. La alternativa [rechazo] no se plantea, aunque sea de hecho posible. Es un matiz sutil, pero relevante. Dios habla en positivo, concibe y subraya la salvación.

La cizaña inquieta, lastima, y suscita la pregunta. “¿Cómo es que…?”. La respuesta es breve. “Esto lo ha hecho algún enemigo”. Clarifica pero no agota. Nos dice que el mal no viene de Dios, que no está querido en su plan. Asevera que hay un enemigo, pero no se explaya. Así es con el misterio del mal… las preguntas siguen en pie. Pero al menos tenemos un poco de luz para continuar nuestro camino. Es un avance de lo que vendrá: hay que aprender a vivir a media luz, tolerando el claroscuro.

Entonces la voluntad, la laboriosidad de los peones de ayer y de hoy. “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Nuestra naturaleza se rebela contra el caos y quiere reaccionar, quiere enderezar lo torcido. Pero el dueño tiene sus criterios. Tiene sus tiempos. Y sabe que la prisa es mala consejera. La paciencia, hija de la sabiduría, permite una mirada más penetrante e integral. Al hombre de campo le gustan los procesos, la maduración, los ritmos. Confía en la espera, y entiende que es una forma de fortaleza.

Detengámonos un poco en este asunto de arrancar la cizaña. La intención es buena. A lo sumo, un poco precipitada. Pero por debajo, anida algo más hondo y más perverso. Hay una variante de la soberbia que es la ansiedad. [Adán y Eva tomaron –por mano propia- un fruto que no supieron dejarse regalar]. Es una suerte de apuro existencial que nos lleva desaforadamente hacia delante. Desconocemos el límite temporal, nuestra condición de peregrinos siempre en camino. Los peones se anticipan, y crece entonces la figura del Jesús manso y paciente que ordena todo en función de su Hora (Jn 2,4; 7,30; 8,20; 12,23.27; 13,1; 17,1). Y mientras, la brecha intermedia. Ellos quieren resolver, quieren protagonismo y resultados. No hay tiempo porque no se capta que ellos mismos están inconclusos.

Aquí se hace necesaria una puntualización. Que Jesús tolere no quiere decir que apruebe. El mal sigue siéndolo, y lo será. Pero lo que acontece es una transfiguración de la mirada. Desde la atalaya divina contemplamos según Aquél que es “compasivo y bondadoso, lento para el enojo, rico en amor y fidelidad” (Sal 86,15). En la aparente debilidad, en la inacción que asiste a mucho decaimiento, subyace una tremenda fortaleza. “Como eres dueño absoluto de tu fuerza, juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia” (Sab 12,18). La liturgia católica ha ido más allá diciendo: “Señor Dios que manifiestas tu poder de una manera admirable sobre todo cuando perdonas y ejerces tu misericordia”[1]. En otro contexto, vale lo de Pablo: “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10).

Evidentemente es una lógica distinta. Un reino distinto. “Venga a nosotros TU reino”. A nosotros nos gustan las revoluciones, los cambios bruscos. La espectacularidad nos seduce, nos llena de adrenalina y nos hace sentir dueños de la situación (omnipotencia). Pero en muchos golpes de timón, en mucha severidad, hay una fragilidad espantosa. El desconocimiento de la condición humana termina siendo inmadurez. Y muchas veces –sobre todo donde no hay simpatía- manejamos parámetros de cuentos de hadas. Aquel contraste blanco-negro tiene sin duda un valor pedagógico, pero no deja de ser muy infantil. La realidad es compleja y complica. Por eso preferimos la regresión al universo adolescente, donde todo es idealismo y no hay lugar para los matices. Jugamos a todo o nada en trivialidades para, so pretexto de rectitud, camuflar nuestra pusilanimidad.

Jesús, en su corazón grande y sagrado, hace lugar para todos. Él nos espera y, en tanto, “carga con nuestras flaquezas”. Si la misericordia es un corazón que se llega a la miseria, eso tiene su precio. Benedicto XVI lo dijo magistral y audazmente: “Sufrimos por la paciencia de Dios”[2]. Duele. Entonces percibimos que Dios espera y resiste y sufre porque ama. “Dios es amor”. Su fortaleza descansa en su cariño. “Al obrar así, tú enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo de los hombres y colmaste a tus hijos de una feliz esperanza, porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento” (Sab 12,19). He aquí de vuelta en la identidad de Dios y nuestra expectativa final. Cuando llegue el momento de la siega se hará el discernimiento. Pero sabremos que será un acontecimiento de verdad. Habrá sinceramiento y liberación. No danzarán preceptos y normas, sino que –como dice Juan de la Cruz- seremos examinados en el amor. Ahora descansamos en la certeza que nuestro juez es nuestro hermano. La cizaña arrojada al fuego será todo aquello que no supimos (o no quisimos) entregar.

“Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, «como a través del fuego». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios (…) A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros”[3].

Por eso el cristiano vive en la esperanza y no tiene tabúes. Por eso clama, adelantando lo definitivo, “ven Señor Jesús” (Ap 22,20). Y mientras el Cristo aguarda la señal del Padre, repiquetea la parábola y su punzante final: “¡El que tenga oídos, que oiga!”.

Julio de 2008

[1] Oración colecta, Domingo XXVI.
[2] B. XVI, Homilía del solemne inicio de su pontificado (24 de abril de 2005). Transcribimos el párrafo entero, que bien vale la pena: “No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”.
[3] B. XVI, Spe salvi 47.

viernes, 11 de julio de 2008

Variaciones sobre Mt 13,3

I
Todas las tradiciones religiosas se ocupan de unir al hombre con la realidad trascendente. Casi todas van elaborando un discurso sobre Dios mediante sus experiencias, muy ricas y, algunas veces, incluso milenarias. Este es un camino en que no sólo se avanza muy lentamente, sino también a tientas, con riesgos de error.

En soledad se yergue el judeocristianismo que se atreve a la palabra revelación. Él cree –y lo hace en un sentido fuerte- que Dios ha hablado. Aún más, cree que Dios es Palabra; que su mismo ser es comunicación. En la mirada propiamente cristiana, esta visión crece hasta afirmar que Dios es diálogo tripersonal, y que su vocación expresiva tocó el colmo de la encarnación: La Palabra (Dios) se hizo carne (hombre).

Con tal de hacerse comprensible hasta el extremo se abajó y, tomando nuestra naturaleza, habló al modo humano: con gestos y palabras. [Claro que esto dicho en perspectiva humana. Porque la misma carne que nos acerca la Palabra eterna es la que, en cierto modo, la oscurece y la expone a la ambigüedad de los malentendidos]. De entre aquellas palabras que aprendió -¡paradoja!- la Palabra hecha carne, destacan las parábolas. Cuentos sencillos sacados de la vida ordinaria que transmiten un mensaje de lo alto. Así, sin más, vienen a ser una perfecta imagen de la encarnación: el maridaje entre una historia del montón, vulgar como todas, y el contenido inaudito del reino que ningún humano hubiera podido vislumbrar.

“El sembrador salió a sembrar” dijo una vez junto a las orillas de Galilea. Aunque sus oyentes lo ignoraran, era su misma experiencia la que narraba. Salido del seno del Padre, había emprendido su recorrido con el fin de sembrar su semilla. Sembrar es compartir, y es siempre una apuesta, una jugada de esperanza. Hay un riesgo de esterilidad que amenaza, y que volvería truncos los esfuerzos y la fatiga al sol. Sin embargo, peor que esa frustración es la amargura de haberse retaceado.

He aquí algo digno de mención. Nosotros que tan sensibles somos a los desprecios, tenemos que aprender de este sembrador que generosamente esparció sus semillas. Porque nadie más consciente que él sobre el valor de lo que ofrecía. Y aunque probablemente supiera que muchas caerían en lugares no aptos, no dejó de darse… porque sabía que cada fruto lo vale, y que hay gozo en dar sin esperar a cambio.

Pero la grandeza, la mansedumbre de este sembrador que no se ofusca no puede hacernos perder de vista una lección. En cuanto tierra que recibe esa Palabra llegada de lo alto tenemos una responsabilidad. La siembra –y por eso, cuanto más profundizamos más certera es la parábola- entraña una lógica de alianza. Se trata de la semilla y de su terreno fértil. El fruto sólo acontece en el encuentro que nunca es violencia, sino docilidad.

El manuscrito se interrumpe aquí abruptamente, y empieza esta otra reflexión que reproducimos. Desconocemos si se trata del mismo autor. Lo que es seguro es que se las ha unido por su temática común.
II
Dios es Palabra.

Y el hombre es imagen de Dios.

Por tanto, el hombre –a su modo- también es palabra. Esto significa que, no sólo tiene la capacidad de articular sonidos inteligentes, de expresar su parecer puntualmente, sino que toda su vida es una palabra. Su existencia misma es un mensaje. Se va configurando muy lentamente a través de una infinidad de palabrejas, acciones y sentimientos; pero espera la línea de llegada, inexorable, como una suma de matemáticas. Lo más curioso es, que son raras las veces en que un hombre tiene una idea acabada de la palabra que está pronunciando. Como el pintor de un inmenso mural impresionista debe estar en los detalles sin perder la perspectiva global.

¿Tartamudeamos? ¿Pronunciamos mal? ¿Gritamos? ¿Callamos? Lo peor que le puede pasar a uno que habla, es no tener conciencia de ello. ¡Cuántas veces vivimos así! Como quien desvaría. Claro que para elaborar un discurso coherente hay que tener claridad mental, que en el plano existencial viene a ser lo espiritual. “In my beginning is my end”, decía T.S. Eliot. La plenitud está escondida en el origen, en la identidad. No sólo somos imagen de la Palabra sino que fuimos -¡somos!- modelados por ella.

En este contexto, el pecado es la mentira. Mentir es falsear, decir lo que no se es, cortar con la Palabra que nos hace ser. Desdibujamos el sello de la eterna Palabra, y degeneramos en sonidos inconexos.

Pero justamente porque Dios es Palabra, en el pleno sentido del término, sale a nuestro encuentro. ¿Qué es la Palabra sino una mano tendida? Y la Palabra se hizo carne. En el colmo de su amistad la Palabra se abajó hasta nosotros. Y la Palabra se hizo carne y habló entre nosotros… como nosotros. Se valió de nuestros fonemas, rústicos y ordinarios, para decir la realidad suprema.

viernes, 4 de julio de 2008

DOMINGO XIV durante el año (2008 - A)*

Zac 9, 9-10; Sal 145(144), 1-2-8-11.13c-14; Mt 11,25-30

La oración es, sin duda, ese espacio único en que el hombre –de cara a Dios- se encuentra con su verdad. En la intimidad de la conciencia se abre al que es “más íntimo que su propia intimidad”[1]. Tener acceso a la oración es por tanto llegar a la clave, al núcleo de la persona. Este domingo se nos invita a descubrir la oración del mismo Jesús. ¿Qué vemos? Un diálogo franco con el Padre, pero sobre todo, un gozo desbordante que es alabanza. “Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra”[2]. Las palabras de Jesús transmiten una frescura contagiosa. Alaba, se siente ágil, y libre de ataduras. No es una oración forzada. Jesús vive la oración -que es, en el fondo, su relación misma con el Padre- como una alegría incontenible que se expresa casi como una necesidad.

Por su parte, el salmo que acompaña las lecturas viene a ser como una síntesis de todos los salmos. Con sus 150 palabras (ni una más ni una menos) representa el compendio de los 150 salmos que trae la Biblia. Y al empezar cada verso con una letra distinta del alfabeto, quiere enseñar que lo que ahí se dice es tan esencial como el alfabeto hebreo lo es al idioma. Este salmo 145 (144), que por lo dicho caracteriza toda la vida espiritual de Israel, es también una gran alabanza. Pero ¿tenemos alguna idea de lo que es la alabanza? Es un grito irresistible, es un canto del alma imposible de reprimir, es bailar y agitar. Nuestra experiencia más cercana –muy pobre por cierto- estaría en el fútbol o en los recitales. La hinchada explota con el gol y festeja. Es un instante pero la intensidad marca a fuego. ¿Podemos imaginar una vida así de plena? ¡Cuánto quisiéramos!

¿Somos una sociedad alegre? ¿Somos personas alegres? ¡Qué pobre es nuestro vocabulario en torno a la fiesta! Ya no usamos palabras como gozo, júbilo, algarabía, exultación, alborozo, algazara. ¿Y nuestra oración? ¿Acaso no hemos perdido la alabanza? Alabar es mirar a Dios y ensalzarlo, es reconocer su presencia y cantarle agradecido. Pero cuando la oración cae degenera en monólogo, y se hace rutina. Y así andamos por la vida… como rezamos. Sintiendo el peso de una obligación que no colma porque no le encontramos mucho sentido. Cargamos con un yugo que aflige y nos tiene abatidos. Bien se podría decir que la depresión es la enfermedad de nuestro tiempo. Tanta gente gastada, fundida. ¿Cómo es que nuestros mayores no llegaron al Spa? Sin duda hay mucho por rever. Vivimos entre los excesos -algunos más socialmente tolerados que otros- y la apatía.

Y en eso, Zacarías nos anuncia la venida de un Rey justo y humilde: viene montado sobre un burro. Promete paz. Profunda. Es Jesús, quien no grita ni alza la voz. Enseña con mansedumbre y nos quiere de su parte. Nos invita a su corazón paciente y humilde. Era costumbre en esa época que los maestros impusieran rigores a sus discípulos, y el prestigio se jugaba por las exigencias. Los alumnos podían entonces jactarse por haber soportado el pesado yugo de tal o cual escriba. Algo así como nuestra mirada de los curriculums. Jesús se para en la vereda de enfrente y reclama el yugo suave. “Misericordia quiero y no sacrificios”[3]. No se trata de dientes apretados y puños cerrados. Dejemos a un lado esa competencia feroz de la jungla de cemento en que nadie puede mostrarse débil. Olvidemos esa vieja mentira de que los hombres no lloran. Saquémonos la mochila (el yugo) de los que viven angustiados, como si la vida fuera un examen. Todos percibimos la ansiedad, la histeria colectiva que domina nuestras agendas; y sin embargo, no logramos zafar. La presión nos vuelve impacientes, la impaciencia nos vuelve irritables, y la ira nos amarga y enmudece nuestra plegaria.

Jesús está para aliviar. Toma sobre sí nuestra culpa y nuestra impotencia. Claro que esto sólo lo aceptan los pequeños; los que aceptan la cruz y la mano amiga de Dios. Los sabios y prudentes en cambio, los grandes y poderosos del mundo no entran en esta lógica. Y por eso quedan tristemente presos del solitario repliegue de quien sólo confía en sus fuerzas, y no es capaz de elevar los ojos al cielo. Ser soberbio es agotador, porque sólo cuenta ganar. Y para colmo ninguna alegría es gratis.

[Contra esto, Zacarías señala a la discreta Jerusalén como morada real. “¡Alégrate, hija de Sión!”. Con esta expresión se designa al pueblo de Dios en su condición de “resto fiel”, de pequeño puñado de pobres que esperan contra toda esperanza. Serán pocos y débiles, pero en su autenticidad simbolizan la ciudad toda. Y es esta misma voz, resonando en el saludo del ángel, la que identifica a María como la genuina hija de Sión. Ella, insignificante jovencita, recibe como nadie a ese que llega ‘justo y victorioso’. La salvación acontece en el encuentro de dos humildades. Y en la pequeñez de una esclava germina y estalla el canto supremo, la magnífica alabanza. María, siempre madre, nos enseña la paradoja: sólo hay corazón grande desde la sencillez de los desposeídos.]

Pasan los siglos y el Rey sigue viniendo en los detalles de cada día: en la belleza de la naturaleza, en cada hermano que vemos, en la Palabra que salva, y en la eucaristía que se hace presente sobre el altar. Viene humilde, como siempre. No quiere violentarnos, pero ruega que lo recibamos. Descansemos en él y hagamos fiesta… de la buena. “Te alabaré, Dios mío, a ti, el único Rey”[4].

* Dedicado a Anna en el día de su ingreso a la comunidad de la nueva alianza. ¡Dios te conceda un corazón grande, humilde y alegre!
[1] S. Agustín
[2] Mt 11,25
[3] Mt 9,13
[4] Sal 145 (144), 1

domingo, 4 de mayo de 2008

Otra vuelta de tuerca en torno a Jn 1,14


La ambigüedad es una variable ineludible de la comunicación humana. Habrá personas –con sus respectivos discursos- más diáfanas que otras. Pero tarde o temprano sobreviene una sombra de duda, un margen para el malentendido.

Es que los hombres somos de por sí peregrinos; nunca acabamos de decirnos, y mucho menos en una sola entrega. Somos portadores además, de una cierta opacidad que brota de un doble manantial.

Está el viejo y conocido pozo de mal que anida en las capas más profundas de nuestra alma. De allí surgen las mezquindades que insisten en regatear verdad, luz, ser. El tantas veces olvidado pecado original es, al fin, una herida que supura demasiado como para ser ignorada. Por eso no es raro que a menudo nos traicionemos siendo víctimas de nuestras propias contradicciones.

Pero también está aquella indescriptible cantera de bien. Apenas intuida en el común de los mortales, irrumpe en algunas vidas con inusitado vigor. Y es tal la fuerza de ese chorro cristalino que nos impide llegar a su origen. Podemos entonces hablar de una cierta tiniebla luminosa que nos deja en vilo y con el corazón en ascuas. Ella sana y contagia su medicinal virtud, pero no llegamos a aprehender.

Por otra parte está el intérprete, quien a su vez puede sufrir una suerte de miopía espiritual. Cuanto más lejos en el afecto se está de alguien, más difícil es entrar en su sintonía. Y no es tan fácil decidirse a escuchar, con paciente fidelidad, a quien habla. De hecho, los ansiosos prejuicios -no necesariamente corrosivos- pueden acabar tergiversando el mensaje.

* * *

Que Dios se ha hecho hombre, significa que ha querido entrar en esta compleja trama comunicacional. La Palabra penetrante y sin doblez ha aceptado, en su afán de hacerse más accesible, el reto de la carne. Siendo espíritu –Dios, en efecto, es espíritu- se hace concreta. Así, inserta, pero jamás cautiva, se expresa en los cánones del hombre, que no sólo usa sino que goza con la sensibilidad de lo material. Asible, a la mano de todos, Jesús es el cercano. Pero en su misma condescendencia reside su debilidad. La vulgaridad que le viene de estar sometido al tiempo y al espacio, lo expone a la incomprensión de sus paisanos.

Hechos y palabras también en él, como en cualquiera, se potencian en un círculo hermenéutico clarificador. Pero ello no alcanza para despejar toda duda o error. Es cierto que por una parte Jesús no sufre el pecaminoso gris que suele teñir nuestras expresiones. Pero por otra, dándose a conocer presenta una luz tan fuerte que ciega a cuantos queremos mirarlo de frente. Con todo, es gracias al escándalo de la carne que -en delicado y desmesurado favor- ese fulgor se amilana para nosotros. De ese modo, se exhibe humilde y nos da la oportunidad de hacer nuestra elección.
* * *
Están –ayer y siempre- los que escuchan, creen, adhieren, contemplan, adoran, y siguen. Y están también los que se niegan, rechazan, blasfeman, y abandonan. La ambigüedad a su vez, se manifiesta en nosotros mismos. Porque nunca acabamos de ser fieles a nuestro bando.

Finalmente, la Iglesia. Según lo dicho hay diversas razones por las que ella peregrina en una incomprensión resultante de la ambigüedad. Primero, ella no escapa a las generales de la comunicación humana. Segundo, ella -la semper purificanda, la siempre necesitada de purificación- acoge en su seno a pecadores que la vuelven una siembra en donde conviven el trigo y la cizaña. Tercero, ella está bajo la lupa de muchos inquisidores carentes de empatía, fríos espectadores externos que, en su falta de fe, no acceden al calor del misterio. Cuarto, ella es la esposa del Señor; y como tal, comparte su suerte. Si Jesús fue una bandera discutida, un signo de contradicción, un mensajero en claroscuro, un traspasado que dice gloria en su anonadamiento, no puede extrañarnos que ella también reciba el descrédito y el rechazo que sabemos un día tendrá fin.

viernes, 18 de abril de 2008

"Vengan a descansar un poco"

Mc 6, 31


Conozco tus luchas y tus fatigas. Las conozco incluso mejor que vos. Sé que te cansás a diario y que muchas veces te preguntás a qué tanto correr. Sí; sé que otras veces reprimís la pregunta y la sepultás en ese viejo cajón de asuntos pendientes. No tengas miedo… Yo ya lo sé.

Conozco tus sueños y tus alegrías. Sé que estás hecho para las pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana, y que a menudo rumbeás por lados que no te hacen bien. Puedo decirte qué es lo que más deseás, dónde encontrarías tu felicidad. Puedo aconsejarte. No tengas miedo… Yo ya lo sé.

Conozco tus frustraciones y tus incoherencias. Sé que te cuesta volver a intentarlo, volver a desear en serio. Sé que te amarga y te humilla tropezar siempre con la misma piedra. Hoy quiero perdonarte. No tengas miedo… Yo ya lo sé.

Conozco tus huidas, tus fugas de amor. Sé que tu cariño se ha entibiado y que tu oración vive de rentas. Sé que hace rato que no nos encontramos de verdad, y que no sabés –o no te animás- a dar el primer paso. Tranquilo. Yo lo doy. No tengas miedo… Yo ya lo sé.

Hacía rato que te estaba invitando y hoy estás acá. ¡Bienvenido! Quiero que descanses. En el fondo, no te podés imaginar lo feliz que me hace que hayas venido. Llamaba a la puerta de tu corazón y esperaba que me abrieras. Ahora puedo cumplir mi palabra: voy a entrar en tu casa y cenaremos juntos (Ap 3,20).