domingo, 2 de agosto de 2009

Jn 6, 24-35

Tras el milagro de la multiplicación de los panes, las lecturas de este domingo revelan la necesidad de profundizar lo que nos toca vivir. Un poco por vértigo, y más por superficialidad, la vida puede pasársenos sin que nos demos cuenta. No basta presenciar, sino que hay que entender. Y eso llega dedicando ratos de silencio, cultivando una actitud contemplativa, leyendo la historia desde la fe. 

La primera lectura vuelve a ponernos en clima. El libro del Éxodo es la síntesis de nuestra fe: esclavitud y liberación; alianza y pecado; desierto, pruebas y tierra prometida. En este pasaje se nos dice que los israelitas “comenzaron a protestar”.[1] La queja, que es distinta de la lamentación,[2] es siempre señal del mal espíritu. Porque trasluce inconformismo y rebelión, y hace amarga a la gente. 

“Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea”.[3] Todas las comparaciones son odiosas, pero ésta, además, peca de injusticia. Mala memoria la de Israel... que rápido olvidó lo mal que la había pasado, las humillaciones a las que fue sometido, el trato inhumano y los pesados trabajos. También nosotros acostumbramos elegir la seguridad de esclavos, a la incertidumbre del hombre libre; las muchas cebollas de Egipto, al frugal maná del desierto.[4] ¿O acaso vamos a decir que no nos asusta la santidad? 

Pero Dios escucha y responde. Ante la amenaza de hambre y muerte, hace caer “pan del cielo”. Misterioso alimento que no pide más esfuerzo que ser levantado del suelo; como nosotros en la misa, que no tenemos más que acercarnos al altar. El maná dura lo que el día y ya no sirve para mañana. Es alimento de peregrino; pan que enseña a vivir el presente, a no evadirnos de la realidad, a gustar la única dependencia que libera: la de Dios. “Danos hoy nuestro pan de cada día”.        

Sobre este trasfondo, comienza el llamado “discurso de pan de Vida” de Jesús. Luego de la multiplicación, el magnetismo de la persona de Jesús va en aumento. Cada vez que la multitud le pierde el rastro, se empeña en volverlo a encontrar. Pero Jesús no es un demagogo. Él, que es “la” Verdad, sabe por qué están ahí. “Les aseguro que ustedes me buscan no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”.[5] El reproche, aunque duro, es un favor. Abre los ojos y nos lleva al terreno de las motivaciones. ¿Por qué estamos acá? ¿Qué espero de Jesús? Preguntas que hay que hacerse, y que hay que tratar de responder sin frases hechas.[6] La conducta exterior no alcanza por sí sola, eso también pueden los fariseos. Dios sondea las entrañas; quiere “misericordia, no sacrificios”.[7] Purificar intenciones es tarea permanente y necesaria para una piedad sincera. 

En el fondo, Jesús alerta sobre la incapacidad para ver el signo. No fueron más allá de la multiplicación. Hay una vieja expresión latina,[8] todavía muy vigente, que describe bien lo precario que puede ser el hombre cuando se “animaliza” y olvida su dignidad. “Pan y circo”. A veces criticamos la chatura de ciertas propuestas, pero íntimamente, tenemos que admitir que nuestras propias expectativas suelen ser muy básicas. La nuestra, es una cultura de lo inmediato. 

“Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna”.[9] Cuánto esfuerzo y cuánto tiempo al servicio de la vanidad, de la gloria del mundo, de lo que san Pablo llama “pensamiento frívolo”.[10]  Y qué frustración el ver cómo todo eso se escurre. Hoy manda la imagen: el físico, el currículum, la aceptación social, la pilcha… Nada de eso “permanece” en el sentido fuerte de la palabra. Trabajemos en cambio en los planteos de fondo: atendiendo nuestra sed de trascendencia, respondiendo a la vocación de hijos de Dios. “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?”.[11] 

Jesús nos habla de un pan que permanece; distinto del maná, que también se echaba a perder. ¿Cómo conseguirlo? Este pan de vida eterna, dice Jesús, lo da el Hijo del Hombre. Hay que dejarse regalar, es pan que “desciende del cielo” y que ninguna obra humana logra conquistar. La santidad no se fabrica ni se arrebata, se mendiga. Los discípulos siguen sin entender. “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Todavía, probablemente con buena intención, están enfrascados en sus cálculos humanos, en sus deseos de lucirse, de “hacer” y “cumplir”… la trampa de la auto-redención. Ese ensimismamiento explica la miopía ante el signo de los panes, y la pregunta torpe: “¿Qué signos haces para que creamos en ti?”. Como si no hubieran comido hasta saciarse.[12]   

Son acentos, y Jesús los capta. Por eso, más que hablar de las obras de los hombres prefiere hablar de la única obra de Dios: “que crean en el enviado”. La fe es lo primero, y es don de Dios. Podremos colaborar, pero es una gracia, un favor inmerecido, un milagro.[13] La obra de Dios, su proyecto, es que el hombre se abra a la Vida verdadera, al Pan verdadero. En esto consiste la fe. Por eso dice san Ireneo: “la gloria [obra] de Dios es el hombre que vive [cree]”. 

Los discípulos parecen entender. Ahora despierta su sed de trascendencia y reconocen que no está a su alcance dar una respuesta. “Señor, danos siempre de ese pan”. La súplica llega como un dardo de alegría al corazón de Dios. Justamente para eso está ahí. Lo que ellos todavía no saben es que lo tienen delante. “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el crea en mí jamás tendrás sed”. 

Cuenta un mito griego, que el rey Tántalo desespera de hambre y de sed rodeado de agua y frutas.[14] Es una imagen triste de la insatisfacción, de anhelos sin futuro. El evangelio revela en esto porqué es buena noticia. Jesús viene a colmar los deseos más hondos. Pero que no nos pase como a Tántalo; que no se nos vaya la vida ignorando a Jesús, desperdiciando a Cristo, desnutridos de sentido, muriendo de hambre con el Pan Vivo entre las manos.                                                                                                 



[1] Ex 16,2

[2] La lamentación -género bíblico- no pierde el horizonte de fe, sino que es una expresión sincera y sentida de la situación que al creyente le toca vivir. Es más un desahogo que una protesta.

[3] Ex 16,3

[4] Este pasaje es muy iluminador para entender toda lucha espiritual, todo camino serio en la virtud, como bien lo vemos en el conocido “síndrome de abstinencia” de tantas adicciones.

[5] Jn 6,26

[6] En parte, es la cuestión del libro de Job, puesta en boca de Satán: “Extiende tu mano, y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te maldecirá en la cara!” (Jb 1,11; 2,5).

[7] Mt 9,13

[8] Del poeta romano Juvenal (siglo I): “Panem et circenses”; Sátira X (81).

[9] Jn 6,27

[10] Ef 4,17

[11] Mc 8,36

[12] Acá hay un paralelo con la actitud de Israel en el desierto: habiendo escapado milagrosamente a través del Mar Rojo, no acaban de confiar en Dios, no se abandonan porque no lo conocen; falta inteligencia en el sentido de intus-legere (“leer dentro” del signo).

[13] De las “últimas conversaciones” de s. Teresita: “Me siento muy contenta de irme pronto al cielo. Pero cuando pienso en aquellas palabras del Señor: “Traigo conmigo mi salario para pagar a cada uno según sus obras (Ap 22,12), me digo a mí misma que en mi caso Dios va a verse en un gran apuro: ¡Yo no tengo obras! Así que no podrá pagarme “según mis obras”… Pues bien me pagará “según las suyas…”; 15 - V - 1897.

[14] Borges lo pinta en estos versos: “De hambre y de sed (narra una historia griega)/ muere un rey entre fuentes y jardines”; Poema de los dones.


sábado, 1 de agosto de 2009

Caritas in veritate

Supongo que después de leer la última encíclica de Benedicto XVI (Caritas in veritate), las reacciones pueden variar según sea el lector. Pero hay algo que imagino podría ser compartido por la mayoría. ¡Qué admirable es la fe católica! Porque logra elaborar, y sostener en el tiempo, un corpus doctrinal sólido, coherente e integral. A lo largo de las páginas, y mediante citas permanentes, se ve una total unidad con el magisterio de otros papas; cuyas citas, ahora, siguen siendo actuales al grado de adquirir ribetes proféticos.

Desconozco, y lo digo honestamente, alguna otra institución -¡ni hablar de autor individual!- que pueda realizar una propuesta semejante. A diario leo o escucho críticas a la Iglesia y sus posturas... muy bien. ¿Cuál es entonces la contrapropuesta? ¿Quién se anima a presentar una visión distinta, y creíble, que articule en un mismo discurso los temas de Dios, del hombre, del mundo, etc., bajando incluso a los detalles más cotidianos? Muchas veces se trata de meros ejercicios “abolicionistas”, olvidando que al genuino profeta no sólo se lo manda “para extirpar y destruir, para perder y derrocar”, sino también “para reconstruir y plantar” (Jr 1,10).

La Iglesia puede presentarse con su mismo mensaje en todas las áreas que competen al ser humano, y dar así “razón de su esperanza” (1 Pe 3,15). Una esperanza que afecta a todos los hombres y a todo el hombre. Las críticas que recibe –no me refiero aquí a su conducta sino a su enseñanza- suelen ser acotadas: se limitan a cuestiones puntuales; en cierto sentido, son escaramuzas. En general, los interlocutores no pueden hilvanar una visión de conjunto, o porque no la tienen o porque descubrirían sus falacias. A esta inconsistencia de nuestro tiempo, a esta ausencia de mirada sapiencial, a esta fragmentación en la que vive y piensa el hombre de hoy, se dirige Benedicto XVI. Y lo hace explícitamente, con coraje, como quien no tiene nada que ocultar. Es la misma doctrina de ayer respondiendo a las imprevisibles exigencias del hoy.

* * *

La Encíclica versa “sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad”. Usando lenguaje clásico, la integridad está en relación con la verdad y la solidez; usando lenguaje contemporáneo, y políticamente correcto, la integridad está en relación con la pluralidad y la coherencia. Acá tenemos un primer hallazgo. Benedicto tiene la osadía de señalarle, a un mundo que alardea de plural, su olvido del desarrollo integral. En el fondo, ¿cómo compaginar pluralidad y fragmentación? Si se marginan dimensiones del ser humano, si se niegan todas las implicancias (sea por descuido o por convicción) de determinadas opciones, ¿hasta qué punto se puede seguir hablando de pluralidad?

Por otra parte está el tema del desarrollo. Todos hablamos de él, sin saber con certeza hasta qué punto estamos de acuerdo en lo que significa. La encíclica toma partido y abre una puerta al debate filosófico. ¿Qué es desarrollo?

A mí me parece que esta encíclica está muy ligada a la primera: Deus caritas est. Allí ya se había mostrado la relación entre la caridad como realidad teologal y la caridad como asunto de los hombres. Respecto de esto último, Benedicto llegó incluso a ser muy concreto (2ª parte), exhibiendo así un sano realismo.

En Caritas in veritate se retoma la cuestión del amor como motor de la historia, pero trazando un panorama más amplio. Para empezar, existe una “economía de la caridad” (nº 2). ¿Qué se quiso decir? Que la caridad tiene sus leyes: es dispensadora, tiene capacidad de administrar. O sea que la caridad entrega a todo el que esté dispuesto a recibir, pero que también plantea exigencias. Es muy fácil hablar de caridad si se olvida esto. Pero la caridad tiene su fuerza: urge y doblega. Obliga porque tiene una convicción, y esa convicción se percibe como verdad, es decir, como instancia superior que interpela la conciencia.

Llegados a la conciencia afirmamos al hombre como ser ético. Sus decisiones no son neutrales sino que poseen una carga de valor: lo que llamamos moralidad. Un balance de la encíclica consiste en descubrir la centralidad de la persona. La persona está por encima de su actividad particular: religiosa, intelectual, cultural, económica, política, laboral, social, jurídica, educativa, empresarial, técnica, científica, bioética, sindical, mediática, ecológica, migratoria, turística, diplomática… Siempre la persona humana y su dignidad como punto de referencia. El egoísmo es viejo y seductor. El desafío es no privilegiar intereses sectoriales y ser capaz de mirar al conjunto humano (todo el hombre-todos los hombres). Es preciso recuperar una “visión macro”, “ensanchar la razón” (nº 33), “ampliar nuestro concepto de razón y de su uso” (nº 31). ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo integrar todo este espectro sin que degenere en caos? ¿Cómo fundamentarlo de manera que sea válido más allá de los cambios de turno?

Benedicto relanza la metafísica, la perennidad de la verdad, la apertura a lo trascendente. Sólo desde estas bases es posible una interdisciplinariedad sustentable. Pero no se engaña. Él sabe de la infidelidad de los creyentes y del necesario círculo hermenéutico. La caridad en la verdad pide alejarse de todo aire triunfalista. Somos todos peregrinos, confesores de culpas, y necesitados de ayuda mutua. Por eso ofrece la propuesta ya hecha a Habermas, y repetida luego en Ratisbona:

“La razón necesita siempre ser purificada por la fe, y esto vale también para la razón política, que no debe creerse omnipotente. A su vez, la religión tiene siempre necesidad de ser purificada por la razón para mostrar su auténtico rostro humano. La ruptura de este diálogo comporta un coste muy gravoso para el desarrollo de la humanidad (nº 56).

Atraída por el puro quehacer técnico, la razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas (nº 74).

* * *

Hay giros a destacar. Por ejemplo, el ya utilizado “ecología del hombre” (nº 51) da que pensar. Otro tanto puede decirse de la expresión “tragedia original” (nº 53). Aunque roza el eufemismo, parece ser una alusión al pecado original en tren de diálogo. El papa evita el rótulo y reformula en orden a facilitar la compresión. En el mismo párrafo -que trata de la soledad- hay un guiño cómplice a la literatura, en particular a A. Camus: “... cerrazón del hombre en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero, un “extranjero” en un universo que se ha formado por casualidad”. Así como J. Ratzinger en la víspera del cónclave 2005 habló de la “dictadura del relativismo”, Benedicto habla ahora del “absolutismo de la técnica” (nº 77) y la incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia”. Finalmente, está el planteo –bastante extraño a nuestro tiempo individualista, y por eso tanto más lúcido- de una “solidaridad y justicia intergeneracional” (nº 51).

Algunos extractos… cortos, claros, y jugosos

· “El riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente humano” (9).

· “Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento” (11).

· “La idea de un mundo sin desarrollo expresa desconfianza en el hombre y en Dios (…) Considerar ideológicamente como absoluto el progreso técnico y soñar con la utopía de una humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario, son dos modos opuestos para eximir al progreso de su valoración moral y, por tanto, de nuestra responsabilidad” (14).

· “… ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana” (17).

· “Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»?” (18).

· “… la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada” (21).

· “… el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social»” (25).

· “La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social” (28).

· “No se debe considerar a los pobres como un «fardo», sino como una riqueza incluso desde el punto de vista estrictamente económico” (35).

· “El ser empresario, antes de tener un significado profesional, tiene un significado humano” (41).

· “Compartir los deberes recíprocos moviliza mucho más que la mera reivindicación de derechos” (43).

· “En efecto, la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona” (45).

· “La preocupación nunca puede ser una actitud abstracta” (47).

· “El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo, y viceversa” (51).

· “Éstos son instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad” (51).

· “Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad” (53).

· “… la verdadera apertura no significa dispersión centrífuga, sino compenetración profunda” (54).

· “… para educar es preciso saber quién es la persona humana, conocer su naturaleza” (61).

· “Es bueno que las personas se den cuenta de que comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico. El consumidor tiene una responsabilidad social específica” (66).

· “También la paz corre a veces el riesgo de ser considerada como un producto de la técnica, fruto exclusivamente de los acuerdos entre los gobiernos o de iniciativas tendentes a asegurar ayudas económicas eficaces” (72).

· “En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios (…) la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia. Estamos ante un aut aut decisivo. Pero la racionalidad del quehacer técnico centrada sólo en sí misma se revela como irracional, porque comporta un rechazo firme del sentido y del valor. Por ello, la cerrazón a la trascendencia tropieza con la dificultad de pensar cómo es posible que de la nada haya surgido el ser y de la casualidad la inteligencia” (74).

· “… hoy es preciso afirmar que la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica” (75).

· “Sorprende la selección arbitraria de aquello que hoy se propone como digno de respeto. Muchos, dispuestos a escandalizarse por cosas secundarias, parecen tolerar injusticias inauditas. Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano” (75).

· “Sin Dios el hombre no sabe adonde ir ni tampoco logra entender quién es” (78).

lunes, 27 de julio de 2009

Jn 6, 1-15 (2009)

El pasaje evangélico de este domingo nos presenta una escena de alto impacto. La multiplicación de los panes aparece un total de seis veces a lo largo de los cuatro evangelios. Difícil, entonces, dudar de su historicidad-credibilidad. Y esto hay que decirlo a las claras para evitar esas salidas elegantes de corte racionalista, y que todavía circulan con relativa fuerza, en que se pretende despachar el asunto remitiéndolo al reino de la metáfora. Los evangelios son testimonio de fe y los aceptamos como tales. Ahora el punto consiste en desentrañar el hecho, o, como a Juan le gusta llamarlo, el signo.


Todo comienza con un Jesús que atraviesa el “mar” de Galilea en inevitable paralelo con Moisés. La imagen, no por repetida deja de tener su elocuencia. La salida (el éxodo) como liberación, ya no de la esclavitud socio-política sino culto-existencial. Se acercaba la pascua y Jesús, en tono polémico, toma distancia de Jerusalén. Sube a la montaña -nuevo Horeb- y se sienta; ocupa cátedra de Maestro.


Antes que la gente sienta hambre, Jesús plantea la cuestión de la comida. La comida tiene siempre el valor agregado del símbolo. Está siempre por encima de la coyuntura, y despierta resonancias esenciales. La comida es la subsistencia: la misma cuestión que tuvo que afrontar Moisés en el desierto. Pero Jesús se anticipa a la necesidad, se pre-ocupa porque es pro-vidente. Aquí ya hay un punto de meditación. Estamos bajo su mirada, somos la niña de sus ojos, descansamos en la palma de su mano. Todavía más; existimos porque nos piensa y nos quiere. ¿Cómo no confiarnos a Aquel que hace suyas nuestras carencias?


Pero la providencia de Dios no anula nuestra libertad. Así como Jesús no salva por decreto, es decir, unilateralmente, tampoco resuelve por sí solo este tema del hambre. Jesús involucra, es inclusivo, es el Dios de la alianza. Abre el juego, dialoga, y enseña a pensar. "¿Dónde compraremos pan para darles de comer?". Felipe, en su respuesta, no hace más que constatar lo evidente. Hay una desproporción, casi una imposibilidad. Si se quiere, Felipe tiene el mérito de aportar una visión de la realidad. Ofrece un panorama, es verdad. Pero su aporte se limita a lo empírico, al dato mensurable, a la experiencia que llega a los sentidos. Felipe encarna una inmensa corriente (¿la mayoría?) de nuestro tiempo: la realidad es sólo lo que percibo. ¿Y qué hay de Dios? ¿Qué de su poder?


Muchos de nuestros problemas, incluso los intraeclesiales, los abordamos -como Felipe- desde el mero alcance humano. ¿Cuántos hijos somos capaces de educar? ¿Pueden los sacerdotes vivir fielmente el celibato por el Reino? ¿Cómo evangelizar en tal contexto de descrédito? En el fondo se impone la pregunta elemental: ¿Creemos en Dios? Es famosa la frase que Shakespeare pone en boca de Hamlet: "Hay más cosas en el cielo y en la tierra, de las que tu filosofía sueña" (I,5). Tenemos que recuperar el ímpetu de la fe, la convicción que Cristo resucitó, que Dios es el creador de todo, que se hace realmente presente en el altar. "Todo es posible para el que cree" (Mc 9,23); "Todo lo puedo en Aquel que me conforta" (Flp 4,13). De esto trata el signo que narra Juan.


También Andrés hace su aporte. No parece mucho más orientado que Felipe, pero da un paso hacia adelante. Presenta lo que lleva en la mochila, quiere comprometerse, y sin embargo no puede escapar a la perplejidad: "¿qué es esto para tanta gente?". En este episodio, Andrés es el apóstol de la intuición. No sabe de qué pueden servir cinco panes y dos pescados, pero -movido por confianza- desnuda su situación. Qué importante es hablar sinceramente con Jesús, qué importante no regatearle nada. Esa poca cosa, ya era para Jesús suficiente. "Háganlos sentar".


En la acción de Jesús hay algo eminentemente religioso: "dio gracias": eujaristesas. Es un momento íntimo en que Jesús deja su huella. Luego de recibir la ofrenda y antes de distribuirla, hay una toma de conciencia: todo don viene del Padre, Él es el protagonista. "Y tú, ¿qué tienes que no hayas recibido?" (1 Co 4,7). Volviendo al simbolismo fuerte del pan como síntesis de la vida humana, podemos decir que nada de lo nuestro debería quedar excluido de la acción de gracias. Hacer de nuestra existencia "sacrificio de alabanza", glorificación permanente, santificación del Nombre, bendición y anuncio. Todo esto es Eucaristía. La interpelación cae de madura: ¿es así como vivimos (y prolongamos) la Misa? Si queremos actualizar esta abundancia no podemos escapar a esta doble condición: ofertorio y consagración.

La multiplicación es un signo cuya función es remitir a Jesús: signo por excelencia. Y acá está la llave: Jesús procura -más que el alimento- el banquete (cf. pescado + abundancia) para los que lo siguen sin más. Hay que dejarse polarizar por Jesús, hay que soltar amarras y jugarse la carta. El milagro acontece en favor de quienes lo siguieron. Digamos una vez más que, el "seguimiento" de Jesús tiene en el evangelio una connotación fuerte. Se sigue a una persona concreta y eso conlleva una cierta ruptura [con el mundo, con el establishment, con el propio pecado... ¡conversión!]. "No se puede servir a dos señores" (Lc 16.13)... o Dios o el dinero. Retomemos el comentario de Felipe: "Doscientos denarios no bastarían...". El dinero es, ciertamente, una realidad humana. Y no hay que demonizarla. Pero acá de lo que se trata es, precisamente, de no divinizarla. A nuestra tiempo le viene muy bien este signo de los panes, porque nuestra mirada está sesgada. Para muchos de nosotros el hombre es sólo el "homo oeconomicus". Valga entonces la oportuna encíclica de B. XVI (Caritas in veritate), para alertarnos sobre el desarrollo (y la identidad) integral del hombre.


Jn 6 no es una lección de economía, o al menos no directamente. Es una lección de teología, y también de antropología. Cómo puede Dios influir en nuestras vidas; cómo tener una mirada amplia, es decir, trascendente; cómo no limitarnos a las pocas variables que manejamos. Entonces sí. "Comerán y sobrará", dice el Señor (2 Re 4,43).


lunes, 20 de julio de 2009

Migaja sacerdotal 1

A veces la vida se ríe de las etiquetas, como esta tarde. 

Fui a dar una unción a un sanatorio de la zona, pero el llamado había llegado desde Merlo. Entro, y mientras espero el ascensor reconozco a la recepcionista. La había casado el año pasado. La saludo y encaro mi misión, percibiendo algo de la paranoia que con motivo de la epidemia ganó la ciudad.

La puerta de la 307 espera entreabierta. Me asomo y encuentro una cara familiar. Es un feligrés mío. Tardo un instante en ubicarme, pero lo consigo. Más de una vez vino como Job a patear el tablero de Dios. No le faltaban razones. Y yo poniendo, la cara, la oreja y todo lo que se me ocurriera para que de alguna manera sintiera que Dios estaba ahí. Qué difícil es por momentos anunciar al Dios-con-nosotros cuando se vuelve Dios-escondido.

Ahora lo veo delante de su mujer que agoniza. No hay palabras. De yapa presenta una queja por no sé qué cosa de las misas. Está aturdido y quiere pelear. De arriba parece que me eligieron como sparring. Necesita un rostro ante quien protestar, una mesa de entradas que le acepte su reclamo.

La escena, sin embargo, tiene un tono inmensamente familiar. Nos tenemos el cariño de quienes hablamos con franqueza y nunca para lastimarnos. Su acento traiciona a un inmigrante italiano que aunque algo peleado con la jerarquía eclesiástica, no puede dejar de abrazar la cruz. Rezamos juntos. Como suele ocurrir, sobrevuela un halo bizarro; porque mientras leo el Evangelio, mi voz compite con la del familiar de la cama contigua que habla por celular.

Me despido y Pepino (o simplemente “Pino”) insiste en acompañarme hasta la salida. Caminamos abrazados y no hay gripe A que lo pueda impedir. Entonces me dice que le ayudo a ver a Dios, que a él le cuesta el Vaticano y todo lo que ya sabemos. Pero que me ve cercano, de la “plebe” (dixit). En su conmoción y su castellano todavía inseguro, tartamudea. Como llegando a puerto sentencia: “Un cura obrero”.

Lo entendí. Y me dio una lección de lo que quiere el pueblo de Dios. Ese pueblo sufrido, golpeado, quizás también un poco resentido. Pero un pueblo que busca a Dios y que no baila en ideologías. Cura obrero. ¿Qué quisiste decir Pino? Supongo que cura laburante, del llano, cura “con nosotros”, como el Emmanuel que predicamos y que queremos reflejar. Supongo que quisiste traducir -como pudiste- la magnífica teología de la Carta a los hebreos: “por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba; puede mostrarse indulgente… porque él mismo está sujeto a la debilidad humana” (Hb 2,18;5,2ac). Entonces Pino, puede que me hayas sobredimensionado, pero me señalaste un camino. 

“… pero su elegido se mantuvo firme en la brecha” (Sal 106,23)

domingo, 19 de julio de 2009

Mc 6, 30-34

El domingo pasado vimos cómo Jesús llamaba y enviaba a los Doce. En estos dos verbos –“los llamó y los envió”-,[1] pudimos descubrir todo un programa de vida cristiano: del mundo a Jesús y de Jesús al mundo. Jesús es en la Iglesia como un corazón que en permanente sístole y diástole marca los ritmos e imprime dinamismo: recogimiento y dispersión, intimidad y misión. Y así es desde el principio, como lo dice el mismo san Marcos: “Instituyó a Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar”.[2] 

El pasaje del Evangelio de hoy nos invita a profundizar en esta lógica. Al envío inicial sigue la vuelta al Maestro. “Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado”.[3] Es un hecho simple, tan ordinario que puede pasársenos por alto. Los apóstoles advierten que detrás del envío hay Alguien que envía. Jesús es la referencia natural, el que les confió la misión y al que necesitan volver. 

Vuelven, ante todo, para sentir su presencia… para estar con él. Cuando el amor es grande poco importa lo que hacemos; lo que vale es estar juntos, gozando la compañía. Pero vuelven también con algo concreto que compartir. El corazón cargado de experiencias, rostros grabados en los ojos, y conversaciones que todavía resuenan en sus oídos. La misión nos pone en la brecha, nos exige, y saca de nosotros un poco de todo. De lo mejor y de lo peor. A la vez que maduramos certezas, aparecen interrogantes. 

Ellos, dice el evangelio, “le contaron todo”. Y él, los escuchaba como un padre a su hijo en el primer día de clase. Recibía sus entusiasmos y fracasos, contestaba a sus preguntas, deslizaba algún consejo y seguramente también callaría con elocuencia. 

Qué lindo es hablar de nuestras cosas. Lo más probable es que no sean acontecimientos trascendentes, sino más bien rutinarios, pero son nuestros. Por ahí, de manera escondida, va pasando nuestra vida; y por ahí también, pasa Jesús. En este contexto quiero rescatar dos ámbitos para este diálogo: la familia y la dirección espiritual. La familia vive de estas charlas sencillas en que nos comunicamos y nos damos a conocer. Contar lo que nos pasa, confesar nuestras luchas y saber compartir nuestras alegrías. Salir del aislamiento puede ser un ejercicio arduo, pero siempre edificante. Después de una jornada larga y áspera, saber crear el clima propicio para el encuentro es un arte que nos compete a todos. 

Pero entre la familia y Dios, hay otra instancia para volcar nuestra existencia. En la dirección espiritual podemos quizás ser más francos y mostrar nuestro camino sin tanto tapujo. Siguiendo el ejemplo de los apóstoles, me interesa la dirección espiritual como instancia de confrontación. Me presento ante alguien, que es padre sin dejar de ser hermano, y le cuento mis cosas. Me confío y escucho su devolución. En algún sentido, rindo cuentas y doy lugar a que alguien tenga voz en mi conciencia. Es un acompañamiento, nunca un intercambio de roles. Pero de verdad que hace falta si queremos seguir de cerca al Señor. Confrontar para discernir mejor la voluntad del Padre. 

Entonces, habiéndolos escuchado, “les dijo: vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco”.[4] Jesús Pastor de pastores. Siempre atento al rebaño y de humanidad exquisita. “El Señor es mi Pastor, ¿qué me puede faltar? Me conduce a las aguas de quietud y repara mis fuerzas”.[5] Tema inmenso el del descanso. Tema sagrado para nuestra fe. ¿De verdad pensamos que es tan fácil descansar? ¿No nos debemos un sincero examen de conciencia sobre cómo aprovechamos nuestro tiempo libre? ¿Descanso sin Dios? ¿Puede una misa con aires de precepto regalarnos la esencia del domingo? ¡Tanto para decir en la cultura de la adicción al trabajo! Jesús acepta el límite, no cede a la tentación de omnipotencia y da lugar a la fiesta. 

Y se fueron nomás en la barca a un lugar desierto. Pero hete aquí que muchos los reconocieron y salieron con tanta urgencia que incluso llegaron antes al lugar. Algo traslucía este predicador, algo que arrastraba despertando una sed que sólo él podía saciar. “Preparas ante mí una mesa, y mi copa rebosa”.[6] 

“Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella”.[7] Lo primero que hace Jesús es ver la multitud. “El amor es ojo” decía un autor medieval.[8] Los registra, pasan ante sus ojos de misericordia y esas vidas empiezan a hablarle.[9] Es gente sufrida que lo reclama en silencio. Se han molestado corriéndose hasta acá. Tienen necesidad de un guía. Jesús trasciende todas las anécdotas del caso y los ve en profundidad. ¿Cómo los ve? “Eran como ovejas sin pastor”.[10] La imagen del pastor remite a los líderes de Israel, lo mismo que hoy podemos pensar en nuestros políticos, sacerdotes, empresarios y docentes. 

Nuestro tiempo carece de guías sabios y coherentes. Pero también podemos preguntarnos si sabemos reconocerlos cuando aparecen. Tenemos necesidad de maestros, es decir, de genuinos pastores. Jesús constata en su mirada la denuncia profética y hace suyo el oráculo de Jeremías: “Ay de los pastores que pierden y dispersan el rebaño… han expulsado mis ovejas y no se han ocupado de ellas… Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas y las haré volver a sus praderas”.[11] La promesa está cumplida. Dios en persona apacienta su pueblo. Los tiene delante suyo porque ellos han venido a su presencia. Pero en realidad, es Jesús el que ha hecho el viaje más largo para encontrarlos. Volvamos a preguntarnos: ¿Qué ve Jesús al contemplar la multitud? ¿Cómo nos ve? 

Algo vio, porque dice el texto que “se compadeció”. Fue movido a compasión, sintió con ellos, como sólo sienten las entrañas de una madre. Tenían hambre de Dios. Los vio faltos de sentido, asqueados quizás por el vacío; los vio atrapados en rencores, incapaces de perdón; los vio carentes de alegría, consumidos por peleas estériles. Por eso “estuvo enseñándoles largo rato”.[12] 

Señor Jesús… qué contradicción la nuestra. Somos tus discípulos, comemos en tu presencia, y sin embargo, cuántas veces estamos como ovejas sin pastor. Queremos contarte lo que nos pasa, queremos que nos aconsejes y que renueves nuestras familias. Queremos descansar en tu presencia haciendo del domingo el día del Señor. Queremos mirar la realidad con tus ojos y poder compadecernos por los que te llaman aún sin saberlo. Danos líderes en todos los órdenes, pero de manera especial, en este año sacerdotal, queremos pedir por muchos y santos sacerdotes. Te lo pedimos a vos Pastor Bueno, que nos “guías por el recto camino. Aunque caminemos por oscuras quebradas, no tenemos miedo, porque Vos estás con nosotros; tu vara y tu bastón nos infunden confianza”.[13]


[1] Mc 6,7

[2] Mc 3,14

[3] Mc 6,30

[4] Mc 6,31

[5] Sal 22,2-3a

[6] Sal 22,5ad

[7] Mc 6,34

[8] « Castus profecto columbinusque oculus amor est… Iste est oculus qui non clauditur… Oculus rectus, oculus vere dexter quem nulla seorsum avertit sinistra intentio… Amor oculus est, et amare videre est. Et horum duorum dexter oculus est amor qui requirendo vulnerat… Sublato enim amore, qui dexter oculus est, ad solem errorem remanet intellectus… », Richardus de Sancto Victore, Tractatis de gradibus charitatis PL CXCVI 1202-1203. «Ubi amor, ibi oculos», Ricardo de San Víctor, cf. «Beniamin minor», c. 13: “donde hay amor, allí hay ojo”.

[9]  Qué actual suena Guardini, cuando hace más de medio siglo decía respecto del peligro de la “constante agresión de estímulos”: “Siempre se dice que el hombre moderno quiere ver, ¿pero qué es realmente ver cuando en un cuarto de hora repasa cientos de imágenes? Lo que sucede de verdad es que no ve: no capta nada cargado de sentido… sólo ve montajes; no ve el mundo, sino sólo efectos, estímulos… la capacidad de ver se ha deteriorado… se le viene encima un alud de impresiones fragmentarias, y disminuye lo que de verdad importa, la interiorización del mundo con toda su carga de sentidos auténticos, con su grandeza, su fuerza, su profundidad. Todo se difumina”; Ética, B.A.C., Madrid 2000, 311-312.

[10] Mc 6,34

[11] Jr 23,1-3

[12] Mc 6, 34

[13] Sal 22, 3b.4