miércoles, 21 de octubre de 2009

Migaja sacerdotal 2

Dicen que un sacerdote que se acerca a un enfermo grave huele a muerte. No pocos lo rechazan como si su sola presencia los catapultara al más allá. Pero al fin, ¿no es eso lo que todos deseamos?

Puestos a morir -y de esa no se salva nadie-, ¿qué mejor que una referencia a la eternidad? La unción da ocasión para hacer un acto de fe en el Resucitado. De manera que la muerte puede empezar a ser un parto hacia la plenitud. "Ya no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor" (Ap 21,4).

* * *

Con todo, es justo reconocer que a pesar de no ir de riguroso negro, la presencia de un sacerdote en el sanatorio, y estando ya cerca de la medianoche, no podía resultar precisamente alegre.

Una llamada al servicio sacerdotal de urgencia me había llevado hasta ahí. Junto a la cama de Elba se erguía un joven muy joven. Rígido en su postura y glacial en su mirada. Pelo negro (largo y liso), remera negra, pantalón negro. No se sentía cómodo con la situación. Sus ojos y su mandíbula reflejaban una tensión inocultable.

Lo invité a rezar, y me dijo, casi sin abrir la boca, que él no sabía. Entonces empecé. Serena y pausadamente iba a recorriendo las fórmulas del ritual, mientras mi acompañante y otra enferma intercalaban tímidas respuestas. Rezaba por Elba, pero también por ese hijo suyo. Sabía que él necesitaba de esa oración tanto como su madre. [La unción es un sacramento de onda expansiva]. La Iglesia pone las palabras justas para expresar dolores y miedos. Con la delicadeza del Espíritu se bordean las más diversas variantes: súplica y arrepentimiento, sanación y acción de gracias, agonía y eternidad.

Leo seguía lejano, imperturbable, o quizás peor, desafiante. En determinado momento decidí posar mi mano sobre su hombro; como quien no le da mayor importancia, siguiendo con las oraciones y evitando la mirada. Quería generar algún tipo de comunión, quería hacerle sentir que estaba de su lado, que Dios no lo abandonaba. Y entonces pasó lo admirable. Esa fortaleza empezó a ceder: un ligero temblor primero, unos ojos vidriosos después.

Y Dios lo tocó. Como despedida nos fundimos en un abrazo, y se animó a llorar mientras me daba las gracias. Como quien gustó del vino bueno, quería más. Sabía que ese momento había sido sagrado para él y su mamá. Había entendido que hay asuntos que sólo se atraviesan de cara a Dios.

Al día siguiente me llamó a la parroquia. Elba había muerto. Intenté ofrecerle unas palabras de consuelo (1 Tes 4,8) a la vez que repasábamos lo vivido la noche anterior. Estaba conmovido y agradecido. Tenía la convicción de que Dios había asistido a su mamá. En su modo de hablar, tan cerrado y poco dispuesto a transmitir emociones, llegó a decir: “fue magnífico”.

Y yo pienso: lo magnífico es que él, con la mamá todavía sin enterrar, haya podido decir esa palabra. Al fin y al cabo, con la mirada puesta en el Padre del cielo, los dos convergemos en esa palabra tan materna porque muy mariana: MAGNIFICAT anima mea Dominum (Lc 1,46).

martes, 6 de octubre de 2009

Respuesta a Tomás Eloy Martínez


"El que calla otorga", dice el refrán.


Escribo lo siguiente porque no quiero callar. Y no quiero callar porque tampoco quiero otorgar.


No quiero avalar la falta de seriedad. No quiero ser cómplice del manoseo mediático al que también ahora se somete el pensamiento.[1] Exijo un poco de respeto, en primer lugar, y sin ninguna connotación peyorativa, al hombre simple y vulgar, a ese hombre de la calle a quien Sócrates se dirigía en el ágora ateniense, al hombre elemental o "rudis" que también acaparaba la atención de Agustín. En segundo lugar, respeto a la Teología, que es una ciencia y que se cultiva en las universidades desde la fundación de las mismas.


¿A qué tanto reparo? Al artículo de Tomás Eloy Martínez en "La Nación" del sábado 3 de octubre de 2009. La primera observación que me permito, admitiendo desde ya mi modesta formación en comparación con la del autor, es de tipo global. Al terminar la lectura uno no acaba de acertar qué se quiso decir. Los párrafos, en su afán de tocar variadísimos temas, dejan una sensación de confusión e inconsistencia. El artículo no es ni literario, ni histórico, ni filosófico, ni exegético, ni teológico. Intentaba, o eso parece, ser una síntesis grandiosa. Quedó en el intento.


Hubiera sido preferible una actitud más modesta y menos forzada. Ya el primer párrafo grita un error teológico de enorme envergadura. El autor describe el estado del Cristo glorioso y resucitado -en medio de una idea que queda inconclusa- con las siguientes palabras: "... cuando Jesús ya se había desprendido de su cuerpo mortal y su alma estaba en relación directa con Dios". Sobran los textos escriturísticos y patrísticos para demostrar que la fe cristiana afirma de Jesús la resurrección y ascensión "en carne". Precisamente ahí reside la alegre novedad (evangelio) y el escándalo. Nada más alejado de la concepción cristiana en general, y católica en particular, que la resurrección de Jesús separada del cuerpo.[2]


El segundo párrafo también exhibe una preocupante y ambigua liviandad. El celo de las primeras comunidades cristianas por la fidelidad a la doctrina (de Jesús), que ya se evidencia en el NT aunque el autor no lo mencione, se deja entrever como fanatismo intolerante: se dice que las desviaciones heréticas "eran intolerables", y que los "simonianos, ebionitas y nazarenos no tardaron en ser aplastados". Se habla de "rencillas incesantes" y de "disputas sin fin".

Sin negar en nada lo escandaloso del anuncio cristiano, y las consiguientes dificultades en ser aceptado, me parece un abuso, y también un anacronismo, el que Eloy Martínez atribuya a los primeros cristanos semejante violencia. ¿Qué otra cosa se desprende del término "aplastar"? Cabe recordar que los cristianos del siglo I y principios del siglo II eran una minoría perseguida. Perseguida por ciertas facciones de los judíos y perseguida luego por la furia romana.


En esta misma línea es imposible no criticar las aseveraciones de Eloy Martínez, sorprendentes en un hombre de cultura, cuando todavía situados en los dos primeros siglos dice: "Miles de cristianos iban a la guerra y sucumbían para imponer la idea de que Jesús era una encarnación humana de Dios y para negar o afirmar que Dios era uno y trino. En cada soldado había un teólogo. Cada capitán defendía un dogma que se declaraba el único verdadero y consideraba que las otras creencias eran blasfemias o herejías que debían ser castigadas con la muerte". Habla como si el cristianismo hubiera tenido en esa época libertad total, como si hubiera contado con ejércitos poderosos, olvidando que recién en 313 Constantino decretó su plena tolerancia, olvidando la múltiples y cruentísimas persecuciones que asolaron a la grey cristiana hasta 305. ¿Por qué las disputas doctrinales o teológicas son presentadas como matanzas?


Todo esta situación descripta le sirve al autor para crear un clima de desconfianza ante el fenómeno cristiano, la formación del canon bíblico y la ortodoxia que se abrió paso. Eloy Martínez se suma, según la célebre expresión de Ricoeur, a los "maestros de la sospecha". El mensaje sería: fuimos engañados, nos ocultaban algo. La historia no es como te la han contado. Así, en este contexto de confusión, violencia, e "imposición de una voz única", empiezan a pulular los evangelios apócrifos y la figura de Judas. "A río revuelto, ganancia de pescador".


Se aprecia otra falta de rigor, al presentar Eloy Martínez el papel que Juan evangelista da al apóstol traidor. Es un error menor, pero lo que acá quiero señalar es que no da todo lo mismo. Decir que Judas se marcha "furtivamente de la Cena hacia su castigo infernal". ¿Castigo infernal? Expresión disculpable para el genéro poético pero sumamente equívoca para un ensayo.[3]


La redacción del autor es tan vaga, y sus cambios de temas tan apurados, que uno no logra advertir si refiere pensamientos de los evangelios canónicos, o de los apócrifos, o de la ficción borgeana. Decir al comienzo de un párrafo -es decir, sin referencia definida- que "Judas es el único de los apóstoles que intuye la divinidad de Jesús" es otro error de máxima categoría. Cualquier feligrés de misa dominical sabe que Pedro confesó a Jesús como Hijo de Dios. De manera semejante, hoy cualquier teólogo admite en la tardía admiración del incrédulo Tomás un trato divino hacia Jesús: ho Theos (Jn 20,28).


Como quien se empeña en acumular burdos errores teológicos -y más que teológicos, de cultura general- el autor dice de Judas, que "se rebajó a cometer la peor de las infamias sólo para que el Verbo se hiciera carne en la cruz y salvara a la humanidad". ¿Para que el Verbo se hiciera carne en la cruz? Asociar la traición de Judas con la encarnación es a todas luces falso, y otro tanto que ella aconteciera en la cruz.


La referencia de la consulta a los curas de su juventud es llamativa aunque no inverosímil. Puede explicarse o por mala teología de los predicadores, o por mala comprensión del autor (lo cual no sería tan raro atendiendo sus serias lagunas en la materia), o por la confusa redacción del artículo que nos ocupa. En todo caso, la edad adulta permite subsanar experiencias negativas y entablar diálogos fecundos con gente competente. Porque más allá de los excesos gnósticos de ayer y hoy, sigue en pie que la doctrina de la redención cristiana consiste justamente en que el mal puede ser transformado en bien por virtud de un amor transfigurador (el de Cristo). El NT repetidamente expone una cierta "necesidad" para que el plan de salvación se consumara. Necesidad no coercitiva sino de "conveniencia". Son cuestiones agudas que no pueden despacharse tan fácilmente, y que por eso sorprende, cuando no enoja, verlas tratadas con tanta ligereza.


Eloy Martínez debería haber sido, por respeto al lector, más claro. Podría haber subrayado la coincidencia de fondo para luego resaltar la originalidad del pensamiento gnóstico del evangelio de Judas, coincidente con el de Borges. ¿Tan extraño es que un predicador católico se escandalice de que Dios le pida a un amigo que lo mate? Hacer a Dios cómplice e instigador de un deicidio es aterrador. Y creo honestamente que la figura del Judas apócrifo que conoce la divinidad de Jesús, y coopera con plena conciencia en su muerte, no queda mejor parada que la del avaro presentado por los evangelios canónicos.


Para terminar, y pasando por alto la forzadísima mención del antisemitismo (¿en relación a Judas?), creo que Eloy Martínez, teniendo una buena idea, la echó a perder. Quiso hacer de lo simple algo grandilocuente. Jugó en terreno que lo excede y se puso en evidencia. Sinceramente, no lo había leído antes. No tenía prejuicios de ningún tipo. Pero este artículo suyo deja mucho que desear. Lo que el autor quizás no advierta es que él toma partido por la antigua corriente gnóstica (elitista, por cierto) cuando contrapone "la firmeza del conocimiento" a "la fe de los primitivos". En pensamiento "católico" en cambio, no contrapone sino que reconcilia; es, como lo dice la palabra, universal, amplio, abarcador. Curiosamente tenemos que decir que si Eloy Martínez hubiera sido consecuente con las exigencias del conocimiento y de la razón, probablemente no se hubiera equivocado tanto.



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[1] Tengo pendiente un libro que me recomendaron: "La derrota del pensamiento", A. Finkielkraut.


[2] Lc 24,36-42


[3] En Jn 13,30 Judas sale de la cena, y está claro que va a disponer todo para la traición. Pero la teología se ha cuidado siempre de no identificar, ni suponer, pecado y castigo infernal.




Luján 2009

La peregrinación a pie a Luján, como toda peregrinación, es una parábola de la vida y un acontecimiento de gracia.

La vieja imagen del camino sigue dando que hablar. Pero una cosa es pensar una imagen, jugar con ella, y otra muy distinta, mucho más rica, es vivirla. Decimos parábola de la vida porque la peregrinación expresa el dinamismo existencial de los hombres. Todos estamos en tensión hacia una meta que se adivina y se añora, porque la felicidad es en el fondo eso: la paradoja de una realidad que es nostalgia de lo desconocido.

La peregrinación es además, en este caso, una experiencia colectiva. Hablar de Luján es hablar de pueblo. En nuestra sociedad tan fragmentada, donde es muy fácil atrincherarse en guetos y tribus urbanas, la peregrinación nos sumerge en la desconcertante variedad de la vida real. Y, a diferencia de las concentraciones estáticas de los partidos y los recitales, acá la gente pasa. Pasa con su música, con su ropa, con su jerga, con su edad, con su salud y hasta con su billetera (o su falta de una). Uno los ve a todos y aprende: ¡qué misterio es la vida!

Sabemos que Dios no nos habla sólo en las Escrituras sino también en los hechos cotidianos. Sabemos que su Palabra es(tá) viva y que tiene algo que decir. Entonces, si la peregrinación es una parábola, tenemos que preguntarnos si estamos haciendo un esfuerzo por captar su mensaje. ¿Cómo interactúo con la peregrinación? ¿Soy indiferente a ella? Se es cristiano en unas coordenadas espacio-temporales, en una Iglesia concreta, y no puedo estar ajeno a una "palabra" de semejante magnitud. A modo de ejemplo, quisiera compartir tan sólo una idea. Todos en la peregrinación, absolutamente todos, saben hacia dónde se dirigen. Sería bueno que en la vida tuviéramos la misma claridad sobre nuestro destino último. Con que la peregrinación nos ayudara a recordar anualmente que en última instancia estamos llamados a la Casa de Dios, eso ya sería bastante.

La vida nos desborda y tenemos que aceptar que cada uno camina como puede. Tenemos que saber mirar con buenos ojos a todos. A los que caminan con alegría exultante y a los que callan una angustia, a los que marchan a paso firme y a los que se arrastran con dolor, a los que rezan piadosamente y a los que van un poco tomados. Porque todos esos caminan y ya eso es mucha cosa. Pero fundamentalmente porque si caminan es porque Otro los llamó.

La peregrinación como acontecimiento de gracia explica mejor que nada esa multitud. Más allá de los estudios sociológicos y de las cantidades, ahí hay una figura que convoca. Convoca apelando al corazón y despertando una sed de contención que anida en lo secreto. Aquella misteriosa tarde en que el Hijo de Dios murió en las afueras de Jerusalén se creó un vínculo. "Ahí tienes a tu Madre". Y el discípulo la recibió como suya. Desde entonces el pueblo cristiano vive con María una "química" especial. Pasan los siglos y la mutua pertenencia sigue vigente: Totus tuus.

Se equivocan quienes superficialmente juzgan apariencias y reducen todo a superstición o desafío atlético. Nadie pude juzgar la conciencia de nadie, y nadie sabe la motivación última de los que peregrinan. Sólo Dios conoce ese secreto. Secreto a veces mal expresado, secreto quizás ignorado por los mismos peregrinos pero no por ello menos real y activo en el espíritu de los hombres. Hay que oír las confesiones, hay que leer las intenciones, hay que ver ciertas postraciones, miradas y caricias para entender lo que envuelve la peregrinación. Acontecimiento de gracia decimos y no sin incluir al sinnúmero de personas que se suman desde la oración.

La peregrinación, en efecto, es ante todo una actitud interior. Para ir a misa el domingo, casi sin saberlo hacemos una peregrinación. Poco importa la distancia. Lo que importa es la religiosidad de ese trayecto y la sinceridad de nuestro deseo. Para terminar, fuerzo la metáfora y digo que sería muy edificante vivir en clave peregrina nuestros numerosos viajes porteños. Hacer de la ida al trabajo una mística que me lleve a crecer en mi dignidad de persona porque mi esfuerzo se asocia al del Creador, y hacer también de la vuelta a casa una procesión al santuario de los afectos, aquellos que Dios me regaló y que constituyen lo más valioso de nuestras vidas.

domingo, 23 de agosto de 2009

Jn 6, 60-69

Domingo XXI B: Jos 24,-2a.15-17.18b; Sal 33; Ef5, 21-32; Jn 6, 60-69

Vivir es elegir, y también renunciar. Pero a veces, como en este domingo, las elecciones se vuelven decisivas. Las circunstancias piden una definición y no hay lugar para medias tintas.

Josué, hijo de espiritual de Moisés, había recibido la misión de introducir a Israel en la tierra prometida. Ante la tarea cumplida y la inminencia de su muerte, Josué convoca a su pueblo. He aquí un líder. Como un padre reúne a sus hijos y sin ambigüedades los llama a la reflexión. Sabe que los suyos están expuestos a la idolatría, y les habla con franqueza. “Elijan hoy a quién quieren servir”.

Presenta la opción, da libertad, pero no oculta su propia elección. “Yo y mi familia serviremos al Señor”. Josué va de frente, y se juega por convicción. Hoy algunos padres imaginan para sus hijos una educación neutral –“que decidan ellos”- cuando eso es imposible. No violentar es una cosa, sugerir un camino es otra.[1] La libertad también se educa, ya que la realidad no es aséptica y la orfandad espiritual es un riesgo real.

Pero hay más, porque adelantándose, Josué se arriesga a quedar excluido del proyecto de nación. En la asamblea de Siquem se decide el futuro de Israel, los lineamientos del pueblo en la nueva tierra de Canaán. ¿No es la actitud de Josué un ejemplo para muchos padres de nuestro tiempo? ¿Cuántas veces cedemos, en cuestiones de fondo, al mandato de la mayoría? ¿No deberíamos tener un criterio propio y ser capaces de sostenerlo por encima de la presión mediática-social?

Finalmente Israel elige, y elige bien. “También nosotros serviremos al Señor, ya que él es nuestro Dios”. No es una simple mimesis colectiva o una decisión ligera. Israel decide, siguiendo el ejemplo de Josué, desde la memoria creyente que repasa en su corazón los favores de Dios.

Cuando abordamos el pasaje del Evangelio volvemos a encontrar una disyuntiva. Curiosamente, en paralelo a la progresiva explicitación de Jesús, a su mayor claridad en el anuncio, aparece una creciente oscuridad en quienes lo escuchan. La perplejidad y el escepticismo llegan ahora cada vez más cerca, afectando incluso a sus discípulos. “¡Es duro este lenguaje! ¿quién puede escucharlo?”.

Los discípulos caen en la murmuración: pecado paradigmático de Israel y pecado recurrente en este cap. 6 de Juan. Pero podemos preguntarnos ¿es duro el lenguaje o es duro el corazón? El lenguaje es duro porque desorienta, contrasta, hiere, desenmascara e interpela. “La Palabra de Dios es más cortante que espada de doble filo; penetra hasta la raíz y discierne”. Y cada vez que Dios nos habla, llama a una felicidad que exige conversión.[2] Entonces el escándalo asoma como reflejo de la incredulidad. “Hay entre ustedes algunos que no creen”.

Es al corazón de piedra (Ez 36,24), al frío, al inconmovible, al impenetrable; es a ese corazón que Jesús se dirige. Un corazón que no se deja abrasar por el fuego del Espíritu y que cierra filas ante la Buena noticia. “¿Quién puede escucharlo?”.

Pensemos un momento. Es Jesús quien recibe el rechazo, es el Hijo de Dios, la Ternura hecha carne, el que tiene que escuchar que su lenguaje es “duro”. ¿Puede eximirnos el seguimiento de Cristo de esta amargura? ¿Podemos esperar recibir el aplauso de la tribuna y ahorrarnos el reproche de la opinología? Hoy para muchos, la Iglesia profesa un lenguaje “duro”, incomprensible… ¿Es entonces la desaprobación una vergüenza o una confirmación?[3] Habrá que discernir, pero atendiendo a san Pablo: “No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad”.[4]

Para salvar la distancia de criterios y sanar la esklerocardia –la dureza de corazón-, Jesús presenta al gran don del Padre. “El Espíritu es el que da la Vida”. Dicho de otro modo, quien no cree -y la fe es un gran misterio- está muerto; como se lee en el Apocalipsis: “aparentemente vives, pero en realidad estás muerto” (3,1). No entramos en Jesús sino por gracia, por atracción, por concesión del Padre. Y a esta gracia hay que aprender a mendigarla.

“Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. La incomprensión muestra su costado más doloroso. El que venía a reunir al rebaño, tiene que ver cómo las ovejas se pierden y los amigos se alejan. Este desengaño de la gente, que es para Jesús un cierto fracaso, se conoce en los evangelios sinópticos como la “crisis de Galilea”.

Es el momento de la verdad. Una vez rota la fase del enamoramiento se abre la posibilidad de una elección madura. La difícil situación se expresa en círculos concéntricos cada vez más íntimos, y toca ahora al grupo de los Doce. Los mismos Doce que encontrábamos al comienzo, sobre la montaña. Jesús-Josué toma la iniciativa y no escapa al problema. “¿También ustedes quieren irse?”. Obligándolos a tomar partido, les hace un favor.[5] Quizás deberíamos preguntarnos más seguido qué es lo que queremos.

Si tan sólo fuera más fácil saber lo que queremos. En nuestro interior hay una lucha. Todos tenemos un doble querer: un querer profundo y un querer más superficial, y pasa que más de una vez no se ponen de acuerdo. Jesús pone en claro quién es y qué ofrece. “Las palabras que les dije son Espíritu y Vida”.

En el aire hay un silencio incómodo, una pausa que mueve a la reflexión y a ser serios con nuestra vida. Pedro se adelanta y marca el camino (“el” Camino). “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Liderazgo positivo lo llaman ahora. Realismo y mucho sentido común, valentía y amor a la verdad. ¿A dónde iremos si ya vimos lo que nadie vio? ¿Cómo conformarnos con tan poco cuando probamos lo más alto? De palabras estamos llenos y, lamentablemente, muchas de esas palabras son de muerte. ¡Qué amargura respiramos a diario! ¡Cuánto desencanto! En medio de eso, casi imperceptibles, están las palabras de Jesús. Palabras de vida eterna que abren horizontes de santidad. Palabras que resuenan en los corazones limpios y suscitan admiración: “Nadie habló jamás como este hombre” (Jn 7,40).

Pedro es la cabeza de una comunidad expuesta a la tentación; una comunidad que vacila y que conoce la vergüenza. Podría dar la impresión de que Pedro elige a Jesús por descarte, para no quedar solo, para no renunciar a su ilusión. Pero no. Pedro sabe y hace su confesión. “Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.

Este es Pedro, la Piedra elegida, la Piedra que confirma a los hermanos porque a pesar de las caídas tiene el carisma concedido por Dios. Todos nosotros tenemos necesidad de Jesús, pero también tenemos necesidad de un hermano mayor que sea firme en su fe. Este domingo es el del amor maduro. Amor purificado de segundas intenciones y despojado de ilusiones mundanas.[6] Amor que olvida el espejo y se concentra en Jesús, amor que acepta el desafío y entra en “la segunda llamada”.[7]


[1] La educación (e-ducere) entraña siempre una conducción que se supone orientada al bien. Donde se abstiene uno de afirmar el bien, la vida degenera en el capricho, o en el absurdo que se manifiesta como caos incoherente. Por otra parte, siempre se da un mensaje: sea de un valor vivido (aunque pretendidamente oculto), sea de una confusión que no invita, no atrae, al crecimiento.

[2] Mc 1,15; Mt 3,2; Lc 3,3; Rm 12,2

[3] “La revelación, según su concepto más nítido, es la palabra del Dios que está por encima del mundo pronunciada dentro del mundo; la manifestación de algo que no puede deducirse del mundo. Precisamente ahí está su carácter salvador (…) La revelación no es nada cómodo. No tiene el significado de manifestar de forma popular pensamientos que pudiesen ser expresados más correcta y exactamente por medio de la filosofía o de la experiencia de la vida. La revelación es, por el contrario, la palabra que respecto del mundo pronuncia en la historia el Dios soberano (…) La palabra de Dios no es la ratificación del pensamiento humano autónomo, sino un juicio sobre él (…) Nada resulta más fácil que cuestionar la palabra de la revelación desde cualesquiera posiciones de la correspondiente conciencia histórica”; R. Guardini, Ética, B.A.C., Madrid 2000, pp. 248, 872.

[4] Rm 12,2

[5] “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca” (Ap 3,15).

[6] “Perder las ilusiones trae consigo muchos sufrimientos y llantos, porque todos vivimos más o menos de ilusiones que protegen nuestra vulnerabilidad. Cuando se esfuman nos encontramos ante un vacío terrible, que es casi como una muerte (…) Este proceso, a menudo doloroso, puede ser bastante largo, pero cuando finaliza, renacemos en la verdad. Y la verdad siempre nos libera”; J. Vanier, La comunidad 149-150.

[7] “La segunda llamada llega más tarde, cuando aceptamos que no podemos hacer cosas grandes y heroicas por Jesús. Es tiempo de renuncia, de humillación y de humildad. Nos sentimos inútiles, no somos reconocidos. Si el primer paso se hizo a pleno día, bajo un sol radiante, el segundo se dará a menudo de noche, con la impresión de estar solo, confuso y con miedo. Comenzamos a dudar del compromiso que hicimos a plena luz. Tenemos la impresión de estar rotos en muchos sentidos. Pero este sufrimiento no es inútil. A través de la renuncia podemos llegar a una nueva sabiduría de amor. Sólo el sufrimiento de la cruz puede hacernos descubrir el sentido de la resurrección”; J. Vanier, La comunidad 152-153.

domingo, 16 de agosto de 2009

Jn 6, 51-59

Domingo XX -B: Prov 9,1-6; Sal 33; Ef 5,15-20; Jn 6, 51-59

En la antigüedad, la sabiduría ocupaba un lugar muy especial. Constituía el ideal del hombre virtuoso, y era la medida con que se juzgaba a las personas. Si bien se la perseguía en el terreno de los hechos, también era objeto de la literatura: sea con proverbios que la describían, sea con poemas que la exaltaban.

La primera lectura nos brinda un buen ejemplo de esto último en cuanto que la sabiduría aparece personificada. Esta atribución de caracteres humanos, y casi divinos, expresa muy bien la consideración que les merecía. Aquí la protagonista es una “Señora Sabiduría”. ¿Qué se dice de ella? Que edificó una casa muy noble, y lo suficientemente espaciosa para albergar a sus amigos; que hizo preparativos y dispuso la mesa; que mandó llamar a los que necesitaran probar de su comida. ¿Invita acaso a la gente ilustre? Al contrario, son precisamente los inexpertos y los insensatos los que reciben la noticia.

La invitación cordial es para los lejanos, para los que más necesitan de sus manjares. El inexperto, en términos bíblicos, es el necio o “cabeza dura”. Como se ve, el concepto no se limita al joven, al que ha tenido poco rodaje, sino que alcanza también, y sobre todo, al que se ha cerrado a las enseñanzas de los años.

Esta actitud de necedad es precisamente la que, culminando el discurso del Pan de Vida, despunta en los interlocutores de Jesús. Estos hombres no logran entender lo que han presenciado. Han experimentado un signo, una multiplicación milagrosa, y sin embargo caen reiteradamente en el escándalo y la murmuración. Ante su obstinación, ante sus interminables discusiones, Jesús asume el papel de la Sabiduría divina que, incansable e indulgente, ofrece su comida a los hambrientos. Cabe acá un examen de conciencia para todos los católicos que por gracia de Dios hemos tenido ejemplos y formación. ¿En qué han terminado todas esas bendiciones? Esa “experiencia” de gracia, en sus múltiples variantes, ¿ha dado frutos de santidad? A los ojos de Dios, ¿nos hemos vuelto más sabios o más necios?

Jesús dice: “Yo soy el pan vivo”. Vivo porque viviente y vivificante. Y como todo lo vivo, misterioso y profundo en su vitalidad. “Yo soy el pan”. El pan no es una pieza de museo. Está ahí para ser comido, triturado, devorado, consumido. Al presentarse así, Jesús asume todas las implicancias. Se ofrece sin esconder ni regatear. “¿Y qué diré: Padre, líbrame de esta hora? Si para eso he llegado a esta hora” (Jn 12,27).

Ese pan es su carne. La carne evoca la humanidad de Cristo y el acontecimiento mismo de la encarnación (Jn 1,14). Jesús nos dice que su vida, la vida de Dios, el santo Espíritu, nos es dado por medio de su carne… “que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mt 19,6). Pero la carne de la que habla Jesús también nos habla de la eucaristía.

El Maestro conoce la dificultad, y por eso insiste. “Les aseguro que…”. Es una afirmación solemne, una apelación sagrada: “Amén, Amén…”, es decir, “en verdad, en verdad les digo”. La comunión con Jesús pide la máxima concreción, y se presenta como condición indispensable. Pero de manera casi imperceptible se ha dado una traslación. La imagen del pan o maná ha dado paso al símbolo del cordero –igualmente propio del éxodo. Cordero inocente y expiatorio.

La carne y la sangre, en cuanto separadas, implican muerte. La oferta que Jesús hace conlleva un sacrificio. El “yo daré”, es manifestación de una donación activa, consciente y libre; anticipo de la pasión “voluntariamente aceptada”. Comulgar tiene por tanto una doble resonancia. La festiva de la pascua, del banquete de la Sabiduría, y de la mesa escatológica; y la sacrificial de la cruz, del cordero degollado que entrega la vida en rescate por una multitud.

Comulgamos bien en la medida en que aprendemos a ofrecernos mejor… haciendo de eso una fiesta. Cuando Jesús dice que la comunión da la permanencia, está diciendo algo muy fuerte. “Permanece en mí, y yo en él”. Es una inhabitación recíproca, una gracia propia de la trinidad (circumincessio o perijóresis). Permanecer en otro, o sea, expropiado pero no alienado ni enajenado. Porque ese otro es raíz, fuente, origen, arquetipo. Permanecer en el que sostiene la existencia, en el que configura la identidad. Y esa comunión transforma. Comer la carne y beber la sangre nos empapa de Cristo, genera un estilo eucarístico que consiste en “derramar” la vida al servicio de los demás.

Permanecer es (en este caso) reposar; reclinarse sobre el Señor (Jn 13, 23). Implica un gusto que se prolonga en el tiempo. Es mucho más que resistir. Y aunque no exima de las dificultades representa un descanso. Pero, agenda en mano… ¿dónde permanecemos? ¿qué o quiénes se llevan la mayor parte de nuestro tiempo? Más aún, ¿a quién entrego mi corazón? La permanencia es uno de tantos indicadores, pequeños signos que nos ponen al tanto de la autenticidad de nuestra comunión.

En la vida de la Iglesia tenemos el testimonio de permanencias estimulantes. Los mártires no cambian a Cristo por nada, sino que se aferran a la verdad de la cruz. ¿Cómo es que pueden ser tan firmes? San Agustín escribió muy bien sobre los mártires y la eucaristía: “Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida. Los mártires se dieron cuenta de lo que comían y bebían, y por eso quisieron corresponder con un don semejante”[1].

El salmo canta la delicia de Dios: “¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!”. La bendición y la alabanza se abren en paso en aquél que hizo la prueba y acertó. Toda vez que comemos o bebemos algo estamos haciendo una apuesta. Porque lo que consumimos se mete dentro nuestro y llega a nuestra intimidad… sea para bien o para mal.

Cuántas veces nos privamos de algo por el olor o la apariencia o el comentario de un amigo. En las cosas de Dios, lo mismo que en la biología, hay que discernir pero también confiar y arriesgar. “Vengan y lo verán” (Jn 1,39). La fe es una apuesta, pero tenemos la palabra de Jesús. “Mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida”.

Hoy como ayer seguimos necesitando de Jesús. La carta de San Pablo advierte sobre la necedad (asofía) y el abuso del vino. Son formas de escape todavía vigentes. Vayamos a Cristo, la Sabiduría hecha carne y dispuesta para nosotros. Vayamos al vino verdadero que aleja del libertinaje y lleva a la alegría espiritual. Vayamos a la misa y gustemos la “sobria ebriedad”[2] de la salvación... eucaristicemos la vida “dando gracias (eujaristountes), siempre y por todo, a Dios nuestro Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo”.[3]


[1] S. Agustín, sermón 329: LT III, 1661.

[2] La expresión es un oxímoron y parece tener su origen en Filón de Alejandría. Cf. H. Lewy, “Sobria ebrietas. Untersuchungen zur Geschichte der antiken Mystik”, citado en: Juan Cruz Cruz, “Sobria ebrietas. Nietzsche y las perplejidades del espíritu”, en www.dspace.unav.es. Comentando este texto Teófilo dice que Dios “como que lo embriaga (al hombre) en su divinidad”; cf. Tomás de Aquino, Catena Aurea V, 179, Cursos de cultura católica 1948.

[3] Ef 5,20

domingo, 9 de agosto de 2009

De attractione Patris

“Nadie viene a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (Jn 6,44)


La atracción es una fuerza interior, que se siente dentro pero que (en realidad) llega desde fuera. Es la respuesta a una llamada (vocación). Lo experimentamos de mil maneras en nuestra vida diaria. La suave melodía que despierta al oído, la imagen que cautiva la vista, el olor que maravilla al olfato, la memoria que goza en el recuerdo, lo mismo que la imaginación pregusta el futuro. 

La atracción es arrastre, una cierta violencia gustosa que padecemos en el ánimo. Es un tironeo, un influjo. La atracción nos lleva hondo, al campo siempre difícil de las motivaciones. Porque la motivación está en el orden de "lo que mueve", de las intenciones, o sea, lo que marca tendencia.  

Las motivaciones, origen mismo de la atracción, pueden surgir del temor, de la compensación, o del amor. Esta última es sin duda la más excelsa. El amor es gratis, se entrega, se brinda sin otra meta que la fruición. Decimos que se brinda porque el amor pleno es respuesta extática: sale de sí (atraída) y va en busca del amado; ex-tasis. En el fondo, se trata de un dejarse llevar. No hay posesión ni toma de iniciativa sino que es el movimiento obediente a una iniciativa exterior.    

¿Qué me mueve?

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte. 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte. 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera. 

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

                                            Anónimo 


Pero sabemos que al hombre lo atrae y lo seduce, tanto lo bueno como lo bajo (decimos "tanto" y no "lo mismo"). A estas sensaciones la tradición espiritual dio en llamarlas mociones: movimientos. La moción interior es un parloteo sugerente, una apelación a las resonancias del corazón. Estas invitaciones reciben distintos nombres según sus efectos y sus interlocutores (consúltese en este campo el magisterio de Ignacio de Loyola y sus hijos). 

Si el que habla es el maligno, la atracción puede llamarse tentación; si está a cargo del Espíritu, entonces trepa a la categoría de inspiración. ¿Dónde está el arte? El arte está en discernir y no sucumbir, a los engaños, a las falsas promesas, a los inmemoriales y afiladísimos ardides del mal espíritu. 

Por eso la insistencia de los maestros espirituales en la conveniencia del silencio, la oración, la meditación de la Palabra, la celebración de la eucaristía, la caridad en acción, las amistades edificantes, el descanso razonable, la alimentación equilibrada. Si todo esto no es fruto de, al menos puede ser ocasión de. En efecto, estas vivencias generan el humus, la atmósfera propicia para una escucha mejor.  

Si decimos que la atracción implica la percepción de un valor, y "el valor es lo que rompe la indiferencia" (L. Lavelle), habrá que ver con fineza qué valor se nos presenta. A mayor capacidad receptiva, a mayor castidad existencial, mayor cercanía al estímulo, mayor justeza en la percepción y mayor veracidad en la resonancia espiritual de esa atracción. 

“Lo que mucha gente llama amor consiste en elegir una mujer y casarse con ella.  La eligen te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio” (J. Cortázar, Rayuela).

 

Jn 6, 41-51

La liturgia de este domingo nos invita a seguir profundizando en el “Discurso del Pan de Vida” de Jesús. Paralelamente, y no por casualidad, la primera lectura vuelve a presentar una imagen bíblica central: la imagen del camino. 

Esta vez, no se trata del pueblo de Israel sino del profeta Elías, que –claro está- resume en su persona el destino de toda la nación. Elías, en cuanto profeta, es el ungido del Señor. A él se le encarga anunciar la Palabra de Dios. Profetiza sin miramientos; con audacia, realiza prodigios que alimentarán por siglos la esperanza de Israel; desenmascara la apostasía de su rey, y no duda en enfrentar a la multitud de falsos profetas. Elías es de esos que se abrazan a la promesa de Yahvé hasta poner en juego su vida.

 Sin embargo, tras una victoria rotunda llega la prueba mayor. Amenazado por la perversa Jezabel, “tuvo miedo y partió en seguida para salvar su vida”. Qué cambio de ánimo. Antes la firmeza y el valor, ahora la huída envuelta en el silencio. Elías se dirige a la frontera del reino (Berseba), signo de un progresivo aislamiento. Una vez llegado al confín, decide internarse en el desierto. Elías es ahora más que nunca Israel: solo con su Dios en la aridez del descampado. 

“Al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: ¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!”. El otrora campeón de la fe parece sucumbir. Y no a manos de crueles adversarios sino por debilidad interior. Alejado de todo, cae deprimido y piensa lo peor. El contraste nos hace pensar en lo que solemos llamar “crisis” de vida. Ahora se ve claro. Elías no huía tanto de Jezabel como de sí mismo y su misión. La imagen de Elías abatido e inconsciente pinta la desesperanza de muchos, cierto cansancio vital, el hastío de la frivolidad. Pero ésta también puede ser la imagen del hombre de fe que en su lucha espiritual siente la tentación de abandonar. 

Ahogado en su dilema, Elías recibe la visita inesperada de lo alto. Un ángel que lo despierta, lo sirve, y lo alienta: “Levántate y come, porque todavía te queda mucho por caminar”. Dios-con-nosotros una vez más. El pan que llega del cielo. Hay momentos en la vida en que sólo nos salva el don de Dios. Gracias Dios por esos hermanos que como ángeles se acercan y nos animan a seguir. 

La experiencia reconforta por encima de lo biológico. Porque más allá del alimento, Elías es confirmado en su misión y siente la fuerza del mandato divino que todavía confía en él. “Se levantó”, es decir, resucitó. Entonces sí, caminó largamente hasta la montaña de Dios. 

En este contexto, el Evangelio nos vuelve a poner de cara a Jesús y su insólita pretensión: “Yo soy el pan bajado del cielo”. La murmuración y el escándalo dan el presente. Pasan los siglos y los hombres seguimos desconfiando. Pensamos que en realidad sabemos cómo son las cosas. Sin embargo, deberíamos tomar más en serio las palabras de Jesús: “No murmuren entre ustedes”. Eso mismo. Si somos discípulos corresponde menos queja y más oración. Desterremos la lastimosa auto-compasión y demos lugar a la acción del Todopoderoso. 

Los discípulos no captaron el signo de la multiplicación. Sencillamente, se les escapó. “Por más que oigan, no comprenderán; por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos” (Mt 12,14b.15a). Por eso ante la ceguera Jesús insiste en la necesidad de la fe: “El que cree tiene Vida eterna”. 

La fe como acceso al misterio y como adhesión de toda la persona a Dios. Esa fe que tiene ojos (fides oculata) y que desentraña los signos. Una fe despierta que nos enseña el sentido profundo de lo que nos toca vivir. La fe nunca es para los cristianos algo estático sino un dinamismo: un peregrinaje. Antiguamente a los cristianos se los llamaba “los del Camino”. En efecto, Cristo es Camino y nosotros intentamos recorrerlo -por Él, con Él, y en Él- para llegar al Padre. Pero saltar a los brazos de Dios siempre nos ha costado. ¿Cómo creer? 

Jesús no quiere esfuerzos titánicos -digámoslo una vez más-, Jesús pide amor confiado. Y del resto se hace cargo él. “Nadie viene a mí, si no lo atrae el Padre que me envió”. La fe es la obra de Dios, es dejarse atraer, sentir su influencia que nos llama. “Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor”.[1] Nuestra oración suele fracasar porque evitamos ponernos bajo la órbita de esa atracción; que es la fuerza misma de la cruz glorificada. “Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.[2] Es preciso dejarse mirar, sin pretender hacer o decir. Así le gustaba rezar a santa Teresita, que decía: “Esta simple palabra, ‘Atráeme’, basta”.[3] 

“El que cree tiene vida eterna”. ¿Qué es la vida “eterna”? ¿Es el más allá? En esto conviene ser claros y entender la densidad de la propuesta cristiana. Vida eterna es el más allá y también el más acá. Jesús usa el tiempo presente: el que cree “tiene” vida eterna. En Jesús, la vida eterna es cotidiana, como el padrenuestro. O sea que “eterna” es mucho más que duradera. Vida eterna significa vida de Dios. Es un salto de grado por el que participamos de un amor sobrehumano (y divino propiamente hablando). 

            Dice el prólogo del evangelio: “A todos los que recibieron la Palabra, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegara  ser hijos de Dios”.[4] Esta es nuestra fe y esto es lo que acontece en cada bautismo. Vida eterna es ser capaz de amar a los enemigos y de rezar por los que te persiguen, de perdonar setenta veces siete y de ser mansos ante los insultos, de lavar los pies a los demás y de hacerse esclavos en el servicio, de vestir al desnudo y de visitar al preso, de tener pasión por el bien y horror al mal, de dar sin mirar a quién y de ser alegres en la esperanza... En fin, creer en Jesús, tener vida eterna, es renovarse interiormente y configurarse con el resucitado, es imitar a Dios y no entristecer al Santo Espíritu. En una palabra, es ser feliz[5] diciendo con san Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí”.[6]


[1] Os 11,4

[2] Jn 12,32

[3] Historia de un alma, Ms C XI 34r: comentando “Atráeme, y correremos tras el olor de tus perfumes” (Ct 1,3).

[4] Jn 1,13

[5] S. Agustín, Conf. X, 20, 29: “Porque al buscarte, Dios mío, busco la felicidad”.

[6] Ga 2,20