viernes, 11 de junio de 2010

11 de junio de 2010

Meditación en tres pasos

En la fiesta del Sagrado Corazón
los ministros de la comunión adoramos a Jesús eucaristía
en el marco del año sacerdotal que concluye hoy


Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.
El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: "No le quebrarán ninguno de sus huesos". Y otro pasaje de la Escritura, dice: "Verán al que ellos mismos traspasaron" (Jn 19, 33-37).



a. Fiesta del Sagrado Corazón

“El golpe de lanza, aparentemente rutinario, en el costado de Cristo ya muerto, se convierte en el símbolo real del acontecimiento insondablemente misterioso: lo aparentemente cerrado de quien asumió en sí y sobre sí lo nuestro, se abre y se hace asequible a los redimidos para ser, precisamente, su más recóndita morada: «Dentro de tus llagas escóndeme». Tomás, quien puso las manos en las llagas, es el primero en buscar esta morada; debería querer hacerlo con la sola fe, no con la mirada y la experiencia” (Balthasar).


Mirar a Jesús. Querer entrar. Esconderse. Morar. Mirar su costado abierto.
Manando. Brota profusamente. Sangre y agua… el misterio de la Vida.
Corazón es intimidad. Fuego. Acercarse al calor del misterio.
¿Cómo estoy rezando? Aprender a callar. Escuchar. Dejarme envolver.
Ser otro Cristo. De corazón a corazón.


b. Adoración eucarística de los ministros de la comunión

La sangre del costado abierto es la eucaristía: vida que se derrama para la salvación, aceite de consuelo para los enfermos, palabra de aliento para los deprimidos. El corazón traspasado de Jesús nos habla de un amor que se abre. Esa apertura es acogida fraterna y búsqueda generosa... también abajarse y lavar los pies. La lanza que punza y desgarra pero que trae la gracia. La pascua es un tajo. Sólo el grano de trigo que muere se hace espiga, sólo la hostia partida en el altar llega a los comulgantes.


Estar en Su presencia. Adorar. Valorar a Quién sirvo.
Ministro significa servidor.
Pensar en los sufrientes que me encomendó Jesús a través de la Iglesia.
Eucaristía es comunión. Comunión es tender puentes.



c. Año Sacerdotal: 2009 - Sagrado Corazón - 2010

El sacerdocio nace con la eucaristía. El jueves santo Jesús nos deja esos regalos.
El sacerdocio nace para la eucaristía. Para santificar la existencia y elevar una permanente “acción de gracias”, que eso significa eucaristía.

“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, solía decir el santo cura de Ars.

Tenemos un tríptico perfecto: del corazón traspasado brota la eucaristía. Eucaristía y sacerdocio se reclaman mutuamente. El sacerdote expresa y reconduce al corazón del Salvador.


EL sacerdote es Cristo. Los demás son sus ministros. Cristo bautiza, Cristo absuelve, Cristo consagra.
No acostumbrarse al misterio.
Ayudar a Jesús en el cura de mi barrio.
Tener mirada de fe. No idealizar. No desengañarse.

Rezar por mis pastores:
Memoria agradecida. Perdón mutuo.
Súplica por la fidelidad y el aumento de las vocaciones.

sábado, 3 de abril de 2010

Jueves santo 2010

La memoria hace a la identidad. El que no sabe de dónde viene en el fondo no sabe quién es.


Hay una memoria que lastima y destruye, como la del rencor y la venganza. O como la de la vanidad y el narcisismo. Pero hay otra memoria que suma y edifica; la de la gratitud, el perdón y la fiesta.


Toda la vida de la Iglesia, y muy especialmente el triduo pascual, es una gran memoria del Señor. Memoria de lo que Él ha hecho (y hace) "por nosotros". Cuando los judíos celebran la pascua, el niño de la casa pregunta al padre de familia: "¿Qué estamos celebrando?". Entonces el padre aprovecha la ocasión para recordar a todos las gracias recibidas por Dios.


El jueves santo es un día particularmente fuerte en este sentido. Los sacerdotes nos congregamos por la mañana en la catedral junto al obispo para renovar nuestras promesas sacerdotales. Allí, todos juntos, imbuidos en la conciencia de formar parte de un "cuerpo presbiteral" hacemos memoria de quiénes somos, del inmenso don recibido en la ordenación, y de la misión que eso supone.


Por la tarde fijamos nuestra mirada en la última cena. A la primera memoria del sacerdocio, sumamos la de la eucaristía y la del mandamiento del amor.


Jesús se reúne con los suyos a celebrar la pascua. Se inscribe en la tradición de su pueblo: llega como peregrino a la ciudad santa, dispone los preparativos necesarios, se sienta a la mesa al caer el sol... Pero esta pascua marca un punto de inflexión. Ya no será el animal sin defecto el que se inmole para ofrecer una sangre liberadora. Ahora Cristo es el cordero de Dios: la perfección del cuerpo es suplantada por la inocencia del alma, la liberación del yugo político cede lugar a la santidad interior de la gracia. Él es "el que quita el pecado del mundo". Todo el misterio del rescate del hombre condensado, apretado, en una cena ritual: cuerpo entregado y sangre derramada. Vida que se exponde y no se reserva. "Hagan esto en MEMORIA mía". Jesús manda que "hagamos esto". Que lo sigamos, que lo perpetuemos, que lo presentemos... pero "en memoria mía". Bíblica y técnicamente: memorial (zikkaron). Mucho más que un recuerdo subjetivo y sujeto a las deformaciones del individuo. Se trata de una memoria viva y real, memoria eficaz que actualiza el misterio en toda su fuerza haciéndolo presente sin más, es decir, en un sentido literal. Cada eucaristía nos sitúa en el misterio de la pascua, nos incrusta -por decirlo un poco fuerte- en el corazón del traspasado, en el drama del combate ineludible, en el amor que sangró no sin angustia.

Concluyamos esta primera parte. "En memoria MÍA" significa que Jesús se asume Cordero inmolado y Dios liberador. Tradicionalmente el sacrificio de pascua era memoria de YHWH, ahora pues, será memoria de Jesús. Se trata de una polarización de la fe israelita. Jesús reivindica para sí (aunque en contexto trinitario) la gracia de salvación. Y en esto ha ido más bajo y más alto que ningún hombre.

La memoria de la cena incluye el gesto del lavado de pies. Es una parábola en acción. El amor como clave de lectura. Este año quisiera apenas subrayar un incidente que parece marginal: la reacción de Pedro. El pescador protesta, impetuoso como siempre. Y esto le vale una corrección. "Si no te lavo no tienes parte conmigo". No se puede compartir la suerte de Jesús sin esta suerte de humillación. Humillación del discípulo que tiene que aceptar la humillación de Jesús. Podemos imaginar a Pedro ruborizado, teniendo que soportar este momento en que su Maestro se agacha y se dobla para cumplir con él -un simple pe(s)cador- el servicio de los esclavos. En el fondo, la crisis de Pedro es una buena señal. Es el despertar de una conciencia adormecida y acostumbrada que no discierne el misterio escandaloso de Dios. ¿Acaso los otros once entendían algo? Cuántas veces hablamos y nos bañamos en el amor de Dios con ligereza. Cuántas veces el silencio y la obediencia reverente proceden menos de un amor consumado que de una superficialidad (o un temor) incapaz de misterio.

Primer mandato de la cena: "Hagan esto en memoria mía". Segundo mandato: "Hagan lo mismo que yo hice con ustedes" (Jn 13,15) . Culto y vida, eucaristía y amor, adoración a Dios y servicio concreto a los hermanos. Ésta es la memoria del Señor. "Que el hombre no separe lo que Dios ha unido" (Mt 19,6).

martes, 30 de marzo de 2010

Triduo Santo (lunes, martes, miércoles)

La semana santa arranca, ya en domingo de ramos, con los cánticos del Siervo sufriente. Son poemas teológicos que hablan a media luz, como toda poesía, y tienen un delicioso sabor a misterio. Le toca al tercero abrir el juego: las imágenes comprometen el físico, se trata de ponerle el cuerpo a la pascua, de tomar en serio la encarnación-redención.


"El Señor me ha dado lengua... me ha abierto el oído... no me hice atrás... ofrecí mis espaldas a los que golpeaban, mis mejillas a los que arrancaban mi barba, mi rostro a los que me escupían..." (Is 50).

***

El lunes nos habla de la complacencia de Dios en ese siervo manso, que no grita. Apenas se lo escucha porque no se afirma en el rigor sino que vive de la misericordia. "Caña quebrada no partirá, mecha mortecina no apagará". Qué extraordinaria metáfora de la delicadeza de Dios y de su motivación: ¿Acaso quiero la muerte del pecador y no que se convierta de su conducta y viva? (Ez 18,23).


El evangelio corresponde a Juan (Jn 12,1-11) y nos sitúa en un contexto de intimidad. La aldea de Betania, la casa de Lázaro, la mesa de sus amigos. Lo que se nos quiere decir es que el registro de la semana santa es la amistad. Sólo desde esta clave lograremos entrar en el misterio. Marta que sirve y María que exterioriza toda su devoción en un gesto audaz, típicamente profético. Tomó un perfume de nardo puro, muy caro -aclara el evangelista, y ungió los pies del Señor. Es la desproporción del amor que no encuentra acogida, sino más bien desprecio, en los ojos calculadores del mundo. Éstos son días de derroche, días para dar libre curso a un amor largamente callado. La unción, lo sabemos, es la institución del rey; aunque también la sepultura. Esta vez la unción viene de abajo, del pueblo, de una mujer que en su silencio hace presentes a los que no tienen voz (y sin embargo, aclaman a Cristo en sus verbos mutilados). La unción de los que no cuentan, de los anawim, los pobres del Señor. Que no ungen la cabeza porque no se atreven a tanto. Pero que ungen los pies porque saben lidiar con lo bajo y no le temen al polvo... ni al del camino ni al de la precariedad humana. "Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás".

***

El martes se retoma el motivo de la cena y la figura de Lázaro. El clima es más íntimo, ahora son los Doce, y el drama gana en tensión. Más allá de lo coyuntural del papel de Judas, Juan desliza una frase que es toda una pista. "Y entonces, tras el bocado, Satanás entró en él". No estamos (solamente) ante la trastada de un discípulo a su maestro. Juan, como de costumbre, nos eleva hasta ver el hecho en toda su dimensión. Hay un combate mayor en juego. Porque hay potencias que exceden lo humano. Y se apunta, con una cierta nota de obviedad, que cuando Judas salió a hacer lo suyo "era de noche". La hora de las tinieblas, la avanzada del mal. En este contexto también asistimos al anuncio de la negación de Pedro. De este modo, con el pescador demasiado seguro de sí mismo, entramos todos. Por acción u omisión, todos participamos en el misterio de la cruz; y, aunque nos repugne admitirlo, le hacemos el juego al Adversario.

La liturgia parece no dar puntada sin hilo. El segundo cántico (Is 49) describe la noche del Servidor que experimenta su fracaso: "inútilmente he gastado mi fuerza". Pero en medio de la frustración se erige la convicción de la misión: llamado, recordado, plasmado desde el seno materno por Dios. En medio de la oscuridad de la amarga traición sigue firme la antigua promesa: "Luz de las naciones" (Is 49,7). "La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron" (Jn 1,5).

***

Miércoles. Por tercera vez la Iglesia muestra a Judas en el marco de una comida. La idea es ahondar en este "misterio de iniquidad", que no es más que el reverso del misterio de caridad. La sobriedad del relato de Mateo en torno a la traición de Judas es típicamente evangélica. No hay lugar para el morbo. El hecho se describe sin más: fue e hizo tal cosa. No hay detalles ni explicación que satisfaga. "Era ladrón", había dicho Juan. Pero no nos alcanza. Es lo que puede el corazón torcido del hombre -cualquier hombre. "Treinta monedas de plata" fue el precio asignado. Exactamente lo que valía un esclavo (Ex 21,32). ¿Podía ser de otra manera? El himno de Filipenses resume así la encarnación: "tomando condición de esclavo" (2,7). Vendido como un esclavo -¡no más!-, muerto como un criminal.

Entre Juan y Mateo hay una llamativa coincidencia. Ambos subrayan el hecho de que Judas se sirve de la misma fuente que Jesús. Compartían la intimidad de la mesa, la común fragilidad humana y el alimento que sostiene la vida. Todo eso, en semita, crea lazos de sangre. Y en ese contexto sagrado, reforzado por la pascua ritual, llega la estocada. Ese bocado de Satán no soprende, nos retrotrae a la triste tarde en que otro bocado dio paso a la muerte. ¡Ay, pecado de nuestros padres todavía latente y agazapado! ¡Ay, bocado de comunión que se desdice a sí mismo para engendrar lo peor! "Quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condena" (1 Co 11,29). Sabemos que las cosas pueden ser de otra manera. Empezamos el triduo pascual en la penumbra de la traición y con el presentimiento de lo peor. Pero tenemos una certeza: "Yo he vencido" (Jn 16, 33). "Y al vencedor (al que venza conmigo) le daré de comer del árbol de la vida" (Ap 2,7).

domingo, 28 de marzo de 2010

Ramos 2010

La Iglesia comienza hoy una nueva semana santa, y lo hace envuelta en escándalos. Entonces quiero apelar a nuestra fe cristiana para ver algo más. Quiero ver en esto una oportunidad providencial para acompañar al Señor en su pasión.

La Iglesia tiene sus culpas y por eso entra en la "semana mayor" con espíritu penitente y ánimo de conversión. Así es siempre, sólo que quizás hoy se nota un poco más. Ella sabe que está en un constante camino de purificación, y que sólo la sangre de Jesús puede hacer el milagro. También es verdad que a las culpas reales y dolorosas, que no queremos disimular, se suman otras que vienen de la calumnia. Puedo oler revancha y carroña en muchos comentarios. Vemos con tristeza cómo se manipula la información, sacándola de contexto y proporción.

A un cristiano todo esto le duele, pero no le sorprende. "Si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?" (Lc 23,31). Ya tenemos nuestro via crucis. ¿Y qué diremos? ¿Líbranos de esta hora? (Jn 12,27).

Muchas veces hubo intentos -dentro y fuera de la Iglesia- de instaurar una era inmaculada. La Iglesia de Dios no cedió nunca a ese engaño. Ella sabe mejor que nadie de las miserias de los hombres y sabe que en todo corazón conviven el trigo y la cizaña. Por eso día y noche pide ser librada del maligno, y día y noche -incansable en sus rosarios- se incluye entre los pecadores.

Sentimos vergüenza, pero no flaquea la fe. De estas humillaciones públicas brota una Iglesia más humilde y orante, más sabia y compasiva, más genuina y fiel en su abandono. Vapuleada, sigue adelante como su Señor (Lc 19,28). También ella encara hacia Jerusalén donde todos buscan un pretexto para la condena (Lc 22,1). Y, como puede, sigue hablando. Porque no vive por sí misma, sino que respira para su Señor. Y a Él le place mostrar Su fuerza en la debilidad. Sí. Para confundir a los poderosos y sabios de este mundo (1 Co 1,27), a los que se regodean en la bajeza y hacen fiesta por el adulterio in fraganti (Jn 8).

No temas pequeño rebaño (Lc 12,32).

Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falta la fe. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma en la fe a tus hermanos (Lc 22,31). Adelante Benedicto, confirmanos en la fe.

Finalmente, quisiera transcribir lo que para mí es una de las páginas más conmovedoras de la literatura cristiana. Es una glosa del Evangelio, y que se ponga el sayo al que le quepa. No es apología ni mirar al costado. Es el Evangelio, el que nos supera siempre y nos pide conversión.

“Pero si hemos llorado alguna vez honradamente sobre nuestros pecados y los pecados de la Iglesia, si nos hemos percatado en la confesión de nuestra culpa de que toda santidad verdadera es gracia y milagro de Dios, y no evidencia engreída, entonces se aclarará nuestro ojo, limpio en las lágrimas del arrepentimiento, para el misterio santo de Dios en su Iglesia que se hace nuevo cada día: que sus manos hoy como siempre y a pesar de todo rebosan de gracia; que ahora y siempre administra la gracia de los sacramentos de Cristo; que de su corazón remonta permanentemente el suspiro del Espíritu y su inefable gemido (…) Una y otra vez podremos rezar entre lágrimas, ya sean las lágrimas del arrepentimiento o las lágrimas de la alegría: creo en la santa Iglesia.
Los eruditos de la Escritura y los fariseos –tales los hay no sólo en la Iglesia, sino por todas partes y con todos los disfraces- arrastran otra vez ante el Señor a ‘la mujer’ y la acusan con el oculto e hinchado sentimiento de que -¡a Dios gracias!- ‘la mujer’ no es mejor que ellos mismos: ‘Señor, esta mujer ha sido atrapada in fraganti en adulterio. ¿Qué dices sobre ello?’. Y la mujer no podrá negarlo (…) Y está ante aquél a quien ha sido confiada, ante aquél que la ha amado y que se ha entregado por ella para santificarla, ante aquél que conoce sus pecados mejor que los que la acusan. Pero calla. Él escribe sus pecados en la arena de la historia del mundo que pronto se apagará y con ella su culpa. Calla un pequeño instante que nos dura que parece miles de años. Y condena a la mujer sólo con el silencio de su amor que da gracia y sentencia libertad. En cada siglo hay nuevos acusadores junto a ‘esta mujer’ y se retiran una y otra vez comenzando por el más anciano, uno tras otro. Porque no había ninguno que estuviese sin pecado. Y al final el Señor estará solo con la mujer. Y entonces se levantará y mirará a la cortesana, su esposa, y le peguntará: ‘¿Mujer, dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?’. Y ella responderá con humildad y arrepentimiento inefables: ‘Ninguno, Señor’. Y estará extraña y casi turbada porque ninguno lo ha hecho. El Señor empero irá hacia ella y le dirá: ‘Tampoco yo te condenaré’. Besará su frente y hablará: ‘Esposa mía, Iglesia santa’”. [K. Rahner, Escritos de Teología VI, Madrid, Cristiandad, 1969, 312-313].

miércoles, 17 de febrero de 2010

Carta a Joaquín - Sobre el ayuno

Querido Joaco:

El otro día me preguntabas por el sentido del ayuno. Traté de darte algunas razones, pero pienso que no fui del todo claro. Escribo esto en parte para responderte, y en parte –quizás con más fuerza- para ordenar un poco mis ideas. Puede que también algún que otro tercero salga beneficiado con el asunto.

Lo primero que te puedo decir es que si hay pregunta, no estamos ante algo evidente. Siempre habrá quien diga que a nuestro tiempo las cosas le resultan menos evidentes, y que añada a ello una serie de razones. A mí se me ocurre pensar que quizás nuestra generación tenga la misión de volver a plantear preguntas, sacudiendo ritos inerciales y redescubriendo viejas convicciones.

Lo no evidente me lleva a la famosa frase de Exupery en El Principito: “lo esencial es invisible a los ojos”. Agudicemos los sentidos y tratemos de entender. Te invito a pensar juntos.

El ayuno es una realidad que se hace presente en las más variadas culturas y tradiciones espirituales, sin distinción de tiempo y espacio. Supongamos entonces, que algún valor traerá consigo. Correcto. El mero hecho de que todos lo hagan no lo convalida, pero al menos crea una tendencia, un a priori que no deberíamos subestimar. ¿Con qué derecho voy a pensar que la tengo más clara que tantos otros?

Yendo a nuestra propia fe. En el AT el ayuno aparece y recibe su buena importancia. En el NT lo vemos al mismo Jesús ayunando. Para un cristiano, éste ya debería ser un argumento de peso. ¿Acaso no se define un cristiano por el seguimiento y la imitación de Cristo? ¿Acaso no es Jesús el maestro, el hombre perfecto, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre? Quisiera hermano, que no nos salteáramos tan pronto este detalle. En fin, me gustaría que juntos pudiéramos darle más crédito al Nazareno. Que lo contempláramos más y mejor. Y que juntos anduviéramos tras sus huellas. Motivos… siempre será bueno encontrarlos –y no sólo es lícito, sino hasta un deber buscarlos. Pero primero está la confianza, el amor, la intuición que nos dice (como en la pesca milagrosa) que “si tú lo dices”, “si tú lo haces”, por algo será.

También podemos agregar que el ayuno tiene una fuerte dimensión penitencial. En algún sentido se trata de una práctica que surge de la falta. Detrás del ayuno, lo mismo que de las peregrinaciones, hay un ánimo reparador. Puede también que se esconda un auto-castigo –habría que ver si este aspecto no queda abolido por el Evangelio de Jesús. De todos modos, cierto valor humano tiene. El que ayuna es consciente de ser un pecador. Ha ofendido a Dios, ha ofendido al prójimo, y se ha ofendido a sí mismo. Ayuna en señal de humildad, para comprometerse –efectivamente, en cuerpo y alma, a veces hasta públicamente– en un camino de conversión. El que ayuna asume que está en deuda (perdona nuestras “deudas”, dice el original griego), que no merece (“no soy digno de que entres…”), y que su maldad no es inocua. El que ayuna se hace cargo y reconoce que las consecuencias existen… aunque no siempre estén a la vista.

Sí, supongo que pensarás que de nada sirve eso del ayuno. ¿Sabés qué? Tenemos que renunciar a la lógica de la utilidad. Acá estamos en un terreno sagrado. No sólo el terreno de Dios, sino también el de las conciencias. No todo gira en torno a la utilidad, sino también en torno al amor y a la responsabilidad. El ayuno es básicamente privarse de lo superfluo, de aquello que no es indispensable. De ese modo nos abrimos a lo verdaderamente esencial y nos reencontramos con zonas descuidadas. “No sólo de pan vive el hombre”. Nadie muere por ayunar un día (o algo más). Y sin embargo, ¡cuánto cuesta! Puede parecernos que es esencial… y no lo es. Esa privación nos obliga a tocar nuestro núcleo, que es doble.

Por un lado, la dimensión espiritual, la sed de trascendencia. Somos algo más que fisiología (aunque también). Por otro la debilidad físico-espiritual. Qué apegados estamos a ciertas cosas. Tan poco que nos sacan y tanto que chillamos.

Pero hay algo más. Y es algo muy lindo. El ayuno que es una práctica ascética es una ejercitación. De hecho, askesis significa eso: ejercitación. ¿Ejercitación de qué tipo? Me animo a responder, es un ejercicio de libertad. Los dos sabemos que vos, como muchos jóvenes y no tanto, practican deporte. Esto ya lo sabía san Pablo, y lo usaba para predicar (1 Co 9,25). Pensá por un momento cuántos sacrificios, cuántas renuncias acepta los buenos deportistas. Dicen no al alcohol, al mal sueño, a determinadas comidas. Postergan legítimos descansos y se zambullen en largas rutinas, incluso desafiando al mal clima. ¿Dónde está la gracia? ¿Hay un sentido? ¿Quién los obliga? Los deportistas se entrenan por un bien mayor. Quitado ese bien mayor, todo puede parecer un absurdo.

Tampoco un cristiano debe perder de vista el bien mayor: el encuentro con Jesús, la libertad verdadera en la elección del bien. “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y que me siga”. ¿Cómo podríamos renunciar ante la tentación si nunca le dijimos que no a nada? Lo mismo sería para un atleta querer correr la maratón sin haber nunca entrenado. Ejercicio de libertad, de señorío sobre sí mismo. Aprender a conducirnos. Domar –nunca matar- las pasiones, esa fuerza bendita y maravillosa que Dios nos regaló. Pero a no ser ingenuos. Que somos todos hijos de Adán, aunque también –y esto tampoco hay que olvidarlo- seamos hermanos de Cristo.

No quisiera divagar y cansarte. Permitime alguna que otra idea. El ayuno tiene además una dimensión de solidaridad. Cuando ayunamos nos unimos, libremente, a todos aquellos que soportan un ayuno forzado, no elegido, sino impuesto. Qué espléndida actitud cristiana la de com-padecer con esos hermanos. Qué bueno, aunque sea cada tanto, sufrir con el otro, vivir la fraternidad en Cristo como algo concreto… tan concreto que nos asusta. Y es bueno saber que en determinadas fechas nos unimos, como Iglesia, en una misma práctica penitencial (CIC 1249).

Imagino que queda una última cuestión. Te preguntabas porqué no ayunar en otros sentidos. Es verdad, hay otros ayunos muy valiosos y que deben ser promovidos. El ayuno de ruido, de crítica, de vanidad, de lujo y sensualidad, de mentira y soberbia. Y esto es lo que el Señor desea por encima de todo (Is 58). Pero siempre hay que partir del sentido literal, de la matriz. El ayuno de alimento posee una concreción difícil de suplir. Y aunque absolutamente siempre el ayuno se mide por la calidad de la ofrenda interior, el ayuno corporal conjuga como ningún otro lo que somos: cuerpo y alma entrañablemente unidos.

Sé que se podría haber dicho mejor. Pero espero te sirva para algo. No te olvides que el ayuno se entiende de la mano de la oración y la caridad. Tiene que ser un camino de humildad y de apertura, a Dios y al hermano. Si te encierra en la soberbia del ‘yo pude hacerlo’, ‘aquellos no lo hacen’, ‘yo cumplo’; todo eso aleja de Dios y pervierte el sentido genuino del ayuno. Humildad que también conoce de límites, que sabe escuchar el lenguaje corporal, y que no cae en los excesos fanáticos de un espiritualismo malsano, que carga contra el cuerpo más de lo que sería prudente.

Te deseo una santa cuaresma, un tiempo para disponernos a la siempre inmerecida redención. Y hagas lo que hagas, que te acerque a Jesús, presente también en los hambrientos de hoy.

Un abrazo en Jesús, tu hermano.


miércoles de ceniza, año del Señor 2010

martes, 2 de febrero de 2010

David en la terraza

Animado por la reciente arenga del papa Benedicto a los sacerdotes en relación a su presencia en internet, rompo mi silencio cibernético y hago un nuevo aporte.

Pocos días atrás la liturgia nos presentaba el más que escandaloso episodio del rey David: digo escandaloso no tanto por lo que significa sucumbir al adulterio con la hermosa Betsabé (lo que no se pretende soslayar), sino más bien por la angurria implicada, así como por las posteriores mentiras pergeñadas, y el cobarde homicidio de uno de sus más leales guerreros.

La pregunta tiene que ser hecha. ¿Cómo fue posible caer tan bajo? David, el ungido, el noble pastor, el recto y manso servidor de Saúl... ¿cómo es que terminaste con las manos manchadas en sangre? El texto sagrado, discreto, nos da una pista. "Al comienzo del año, en la época en que los reyes salen de campaña, David envió a Joab con sus servidores y todo Israel, y ellos arrasaron a los amonitas y sitiaron Rabá. Mientras tanto, David permanecía en Jerusalén" (2 Sa 11,1).

Dicho en criollo: la cosa estaba mal parida. David no estaba donde debía estar. Dicho en escolástico, que a su vez repite a Aristóteles: parvus error in principio magnum est in fine; el pequeño error del principio es grande en el final. Y me quedo pensando. ¿No será que a veces subestimamos el deber cotidiano? Estar donde se debe estar. Ésta puede ser una consigna muy pava o muy profunda. Si nos movemos como autómatas, si ya perdimos la capacidad de cuestionarnos puede que sea una cuestión de rutina. Pero si le concedemos vuelo existencial, si dejamos que nos lastime y nos moleste un poco, estar donde debemos estar, puede ser un (exigente) camino de crecimiento interior.

Existen la excepciones, se sabe. Pero también existen las excusas anquilosadas y tramposas. "Hay un tiempo para cada cosa", dice Qohelet (Ecl 3,1). Procuremos no vivir de la excepción, no engañarnos con justificaciones que sólo nos convencen a nosotros mismos.

¿Dónde estás? ¿No es ésta la primera pregunta que ofrece Dios al Adán recién caído? Esconderse es la reacción del que no quiere aceptar su situación. Pidamos la gracia de estar... en obediencia a mi estado civil, a mi vocación cristiana, a mi responsabilidad familiar. Hacer una apuesta que supere el corto plazo, y sus caprichos, y las incomodidades, y la tentación infantil de renegar de aquello que sabemos nos toca. Enfrentar nuestros cansancios y miedos, hacer de nuestras tareas pendientes un desafío del hoy. No gambetear las obligaciones ni los descansos. Ser fiel a lo que soy, a mis opciones irreversibles, sin por ello descuidar la frescura del primer amor (Ap 2,4). Y hacerlo todo con la convicción de que el compromiso es madurez que libera, voluntad que agrada al Padre, encuentro en el corazón del Hijo.

Para comprobar que no siempre somos tan lúcidos como creemos, y que muchas veces perdemos el sentido común, termino con una breve anécdota. Dispuesto a empezar su ministerio en una nueva parroquia, un sacerdote le propone a otro menor con quien tenía muy buena relación que lo acompañara al menos durante las primeras semanas. El sacerdote joven dudaba y no lograba decidirse, a pesar de no tener obstáculos mayores. Dándose cuenta de su confusión, se acercó a pedir consejo a un tercer sacerdote, venerable y anciano. Éste escuchó con atención el problema que se le presentaba, y tras un instante de silencio respondió, con humilde sabiduría y quizás también con una pizca de humor: "A ver si entiendo bien... Me dice que un amigo suyo le está pidiendo un favor, ¿Y usted no sabe qué es lo que tiene que hacer?".

viernes, 13 de noviembre de 2009

Sobre el Marqués de Sade y Karl Rahner

Cayó esta tarde en mis manos, sólo Dios sabe porqué, un opúsculo del Marqués de Sade. Su título irresistible me pudo: "Diálogo entre un sacerdote y un moribundo" (1782).[1] Absolutamente desprejuiciado y con lectura ávida recorrí las pocas páginas.

Ahora constato la vehemencia un poca altiva, e ingenua quizás, de alguien que hace un manifiesto ateo. Alguien que quiere justificar la inmoralidad mediante el primitivo recurso del libre curso a las pasiones. Alguien que soslaya las grandes tradiciones de pensamiento y espiritualidad en pos de la (ardua) búsqueda de un ser virtuoso. Alguien que se presenta como defensor de de la ilustración, y que no repara en sus propias incoherencias: por un lado enarbola la razón, y por otro se somete ciegamente a sus instintos. ¿En qué quedamos? ¿Hay razón? ¿Existe un juicio sobre la realidad? ¿O todo deseo está de por sí legitimado?

El Marqués confiesa estar "arrepentido" de haber resistido en algunas ocasiones la naturaleza. En su opinión, él debería haber respondido con mayor fidelidad a los dictados de sus facultades, que eran, como aclara, "criminales para ti, para mí las más simples". Concedido. Pero ahora este mismo hombre, no tiene autoridad moral para enjuiciar a otros. Es por ello que no se entiende la descripción de Jesús como "sedicioso, turbulento, calumniador, pícaro, libertino, un farsante grosero y un malvado peligroso". ¿Cómo puede decir, en relación a Cristo, que la "justicia implacable" recayó sobre "el que más lo merecía", y que "se demostró gran juicio al deshacerse de él", cuando, simultáneamente, niega la libertad humana? "El sistema de la libertad del hombre sólo fue inventado para sostener aquél otro de la gracia, tan favorable a vuestras ilusiones".

Concluyendo su "diálogo" trata de no incitar al crimen, y recurre a la razón como parámetro moral: hacer tan felices a los demás como uno mismo desearía serlo. Tarde. Demasiado débil quedó la imagen del hombre y su compromiso con el bien como para dar fundamento a una propuesta honesta respecto de las luchas interiores del hombre.

A continuación, leí también el fragmento "Fantasmas" de su obra pérdida: "Refutación de Fenelón" (1802). Me recuerda la diatriba de Job, sólo que el tono de Sade es superlativamente más atrevido e injurioso.[2]

Entonces vino a mi memoria la aguda "Meditación sobre la palabra Dios", de Karl Rahner.[3] Me permito compartirles unos extractos.

"... lo más simple e ineludible en la pregunta de Dios es para el hombre el hecho de que en la existencia espiritual está dada la palabra "Dios"...

"De todos modos, para nosotros la palabra está ahí. E incluso el ateo la pone siempre de nuevo cuando dice que no existe ningún Dios y que algo así como Dios no tiene sentido indicable; cuando funda un museo de ateos, eleva el ateísmo a dogma del partido y concibe todavía otras cosas de tipo parecido. También el ateo ayuda a que la palabra "Dios" siga teniendo existencia. Si quisiera evitar esto (...) debería contribuir a esta desaparición guardando un silencio absoluto, absteniéndose de declararse ateo...

"Existe la palabra "Dios". Esto por sí solo es ya digno de meditación...

"Incluso para el ateo, incluso para el que afirma que Dios está muerto, existe, según veíamos, Dios como el declarado muerto, cuyo fantasma es necesario ahuyentar, como aquel cuyo retorno se teme...

"Es la palabra sobrecargada y que nos esfuerza con demasía, casi hasta los límites de lo irrisorio. Sino se oyera así, entonces se percibiría como una palabra obvia y sin más trasfondo que las de la vida cotidiana, como una palabra junto a otras, y en consecuencia habríamos oído algo que sólo tiene en común con la verdadera palabra "Dios" el sonido fonético. Conocemos la expresión latina amor fati, amor al destino. Esta decisión por el destino significa propiamente "amor a la palabra que se nos dice", es decir, a aquella fatalidad que es nuestro destino. Sólo este amor a lo necesario libera nuestra libertad. Este fatum es en definitiva la palabra "Dios".



[1] Marqués de Sade, Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, Argonauta, Barcelona, 1980. El mismo volumen recoge un prólogo de M. Heine, y un brevísimo fragmento de Sade titulado “Fantasmas”.

[2] Mutatis mutandis, valga lo que dice el abad André Louf, comentando uno de los tantos exabruptos de J.P. Sastre: “El que lea esta página como lee las blasfemias de Job en la Biblia, adivinará tal vez la confesión de Dios más conmovedora que la literatura de nuestro siglo haya producido. Tras la expresión de esta teología tan negativa se esconde una evidente experiencia de Dios (…) Pues incluso en nuestras más amargas blasfemias, seguimos gritando nuestra fe. En cada blasfemia se oculta la verdadera figura de Dios, aunque se presente al revés”; A merced de su gracia, Narcea, Madrid, 43.47.

[3] K. Rahner, Curso fundamental sobre la fe, Herder, Barcelona 1998, 66-73.