sábado, 25 de diciembre de 2010

25 de diciembre de 2010

A muchos otros les habrá pasado lo que a mí. Se acercaba la Navidad y los acontecimientos parecían desdecir la noche de paz. Primero, las tomas de tierras en Villa Soldati. Violencia, desidia, mezquindad, manipulación política, confusión mediática... La flagrante decadencia de un país, mi país. Luego, los desmanes en Estación Constitución y la sensación de una historia recurrente que no logra plasmar la sana convivencia. La constatación hasta el hartazgo de que el orden demócrático rige más en el papel que en los hechos, y que, mal que les pese a algunos, vivimos sumidos en una neodictadura: la fuerza prima sobre la razón. Dos ejemplos entre muchos otros que afectan a la vida nacional.


No sería honesto frenar allí. También las comunidades más reducidas sufren este anti-climax navideño. Lo digo de mi familia y lo digo de mí mismo. ¡Cuántas traiciones hacia Aquel que viene en Nombre del Señor! Todo parecía empañar la Navidad. Pero ¿era realmente así? De pronto entendí que, aunque ese razonamiento tenía su cuota de verdad, no era del todo cierto. Toda la mugre, toda la lacra del hombre no empañaba el misterio de la Navidad sino todo lo contrario... lo resaltaba. La Navidad no es del hombre sino de Dios. En medio de la noche y de la vergüenza de una humanidad que no logra escapar al lodazal, brilla con más fuerza el amor de Dios que se empeña en visitarnos. Qué desmesura. Qué locura la de Dios. En un mundo desquiciado donde la supervivencia nos lanza a la evasión -que las hay más y menos refinadas-, Jesús no toma distancia sino que visita. Se adentra. Arraiga. Nace.

"Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Habitó entre nosotros no como de paso, tampoco con privilegios. Plantó su tienda, armó su carpa. Gustó la fragilidad y se decidió por una fraternidad real. "En todo semejante a nostros, menos en el pecado" (Hb 4,15).

Ante el mutismo de la superficialidad, en el dolor abierto de las grandes preguntas, para los balbuceos de los confundidos, en medio del llanto sin consuelo y de la impotencia de los violentos... La Palabra se hizo carne. En ella está la vida y la vida es la luz de los hombres. Más que indignidad y tristeza sintamos hoy la alegría de sabernos elegidos así como somos. Necesitábamos al Salvador y Él se hizo presente. "Invoqué al Señor y me dio una respuesta".


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Todo visita sin embargo, alcanza plenitud en la medida en que es acogida. Y acá sí que la Navidad nos reclama. Nuestra preparación puede haber sido desastrosa pero, una vez nacido, tenemos que hacerle lugar. Como con el buen ladrón... no se nos exige impecabilidad previa pero sí un instante de lucidez para dejarlo entrar. He aquí un segundo aspecto misterioso de la Navidad. Existe la posibilidad del rechazo. La débil luz de un niño tierno en la noche de Belén puede perecer a causa de nuestra indiferencia. Jesús viene inerme para que nadie le tema, para que todos se acerquen y se sientan animados al encuentro con Dios.

Pero el abuso de confianza puede arruinar las cosas. Misterio de un Dios desconcertante que entrega lo mejor de sí -su propio Hijo-, y corre el riesgo de no ser comprendido. Riesgo cierto que deviene muchas veces en diálogo truncado. Tres veces advierte el Prólogo de Juan sobre este misterio de inquidad que es el abroquelarse ante Dios. (¡Oh calamitosa modalidad piquetera que también Dios debe padecer!). "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron... El mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron". Que la conciencia de esta fragilidad, de hecho vulnerada, nos lleve a un mayor amor del Señor y a una mayor delicadeza para con sus visitas.

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La visita de Dios no es un mero gesto de buena voluntad. No es la simpática compañía del que simplemente está. Jesús viene para transformarnos y tiene con qué hacerlo. "A los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de ser hijos de Dios".

En la nochebuena solemos regalarnos cosas. Es una práctica que, hay que reconocerlo, tiene mucho de comercial. Sin embargo, en lo esencial expresa algo muy profundo. En cada regalo uno "se" regala. Y eso es la Navidad. Dios que se regala, que se brinda, que viene... en persona. Dios que no simplemente dice palabras sino que "se" dice, de modo definitivo, en Jesús. Así como nosotros intercambios paquetes, también en la Navidad se da un "admirable intercambio". El Hijo se hace hombre, para que los hombres seamos hijos. Dios desciende para que el hombre ascienda. Él comparte nuestra humanidad para que nosotros participemos de su divinidad. "El que tenga oídos para oir que oiga".

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Hoy quiero tomarme en serio ese intercambio y pedir para todos una gracia especial. La pido para el mundo y los grandes líderes, la pido particularmente para la Argentina, pero también para los míos y para mi propia vida. Necesitamos recuperar la Palabra. Necesitamos volver a hablar ya que es lo más propio del hombre y aquello que nos asemeja a Dios. Estamos saturados de piquetes y mentiras, de tanta confusión premeditada y de los violentos estallidos, de las descalificaciones y las riñas decadentes. ¡Jesús enseñanos a hablar! Instaurá el sentido en nuestras relaciones. No una lógica fría y desencarnada, sino tu sentido cordial de Verbo del Padre que respira Amor. ¡Feliz Navidad!


















sábado, 27 de noviembre de 2010

Vigilia por la vida humana naciente

I Vísperas del Domingo I de Adviento

El Papa Benedicto XVI ha convocado para hoy, día en que comenzamos la preparación de la Navidad, una vigilia mundial de oración por la vida naciente. El sentido profundo es el siguiente: los cristianos creemos que Jesús es la Vida y quien nos da la vida en abundancia (Jn 14,6; 10,10). En él, toda vida humana ha recibido una nueva dignidad. Pero sabemos también que mientras nos disponemos a recibir al niño de Belén existe en nuestro tiempo un grave desprecio por la vida naciente. Por eso queremos acompañar este tiempo de espera en que contemplamos el embarazo de la Virgen María rezando por una nueva cultura de la vida. Año a año nos conmueve el misterio tierno y pobre de Jesús en el pesebre. Sin embargo somos concientes de que Jesús fue un niño indefenso y vulnerable ya desde el vientre materno. El suyo, como el de muchos, fue un embarazo que irrumpió sorpresivamente trayendo desconcierto, incomprensión y dificultades. Y en ese embarazo escandaloso para el mundo llegaba la redención.

El nuestro es un mensaje en positivo: estamos a favor de la vida… siempre, pero sobre todo cuando hay una debilidad tan grande. Nos anima el deseo de ser fieles al Evangelio reconociendo en los niños por nacer al mismo Jesús que dijo: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25,40). Nuestra oración quiere ser inclusiva y misericordiosa.

Si quieres la paz, defiende la vida


Pablo VI

miércoles, 17 de noviembre de 2010

3º aniversario de ordenación sacerdotal

2007 – 17 de noviembre – 2010

Siempre es bueno confrontar la propia vida con la Palabra de Dios. Ahora que ya pasaron tres años de mi ordenación sacerdotal, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones. Comienzo con tres imágenes bíblicas.

La primera viene del libro del Génesis (15,1ss) y forma parte de una escena clave para nuestra historia de fe ya que nos presenta la alianza que Dios establece con Abraham. Allí, a los efectos de sellar la alianza, Dios le manda a Abraham que tome algunos animales de tres años y que los parta en dos según la costumbre contractual de la época. Me gusta pensar que mi sacerdocio es ese animal de tres años, ofrecido como testimonio de la alianza, de la unión inquebrantable, entre Dios y los hombres. Me gusta pensar que a través de mi vida se hace realidad el misterio de la alianza nueva y eterna que día tras día se hace presente en el altar. Y esos animales de tres años, partidos al medio, me recuerdan que soy yo quien tiene que partirse, de la misma manera que Jesús se deja partir por mis manos vacilantes y pecadoras en cada Misa. Todavía más. El relato dice que una vez expuestas las ofrendas “bajaron las aves de rapiña” para devorarlas. Pero Abraham, entrado en años, las espantó. Hoy pido que no falten en mi vida los viejos sabios y aguerridos que custodien mi sacerdocio, no sólo como algo propio sino como signo de la alianza que hace bien a todo el pueblo de Dios.

La segunda imagen sale de la carta a los Gálatas (1,18). San Pablo, que se siente elegido desde el vientre materno y que vive su apostolado como una gracia inmerecida, nos cuenta que después de tres años de intensa misión subió a Jerusalén para entrevistarse con Pedro. Así como Pablo sintió la necesidad de confrontar su doctrina, yo también quiero poner mi ministerio al servicio de la Iglesia. Quiero que ella me confirme y me corrija, porque no quisiera hacer nada fuera de su comunión de Madre. Eso sería, como dijo san Pablo, “correr en vano” (Ga 2,2).

La tercera imagen es del Evangelio según san Lucas (13,7-9). Cuenta Jesús, en una de sus parábolas, que había una higuera que no daba frutos. Pasados los tres años el dueño se fastidió y quiso cortarla. Pero el viñador intercedió pidiendo un plazo de gracia y prometiendo ocuparse especialmente de aquella planta. Sé que a pesar de todo el bien que Dios hace a través mío, en muchos aspectos puedo identificarme con esa higuera estéril que ocupa terreno inútilmente. Por eso, qué consolador es descansar en la misericordia de Jesús, que sigue apostando y se compromete con esperanza a trabajarnos interiormente hasta sacar lo mejor de uno mismo.


Pero un sacerdote no se entiende sino con sus fieles a los que trata de servir. Y como todo padre de familia siente una peculiar alegría al reunir a sus hijos en torno a la mesa. Nunca se es más sacerdote que celebrando la eucaristía. Porque el cura no celebra para sí sino para Dios y los suyos. Su misión es tender y ser él mismo un puente. En la misa convergen las historias particulares para hacerse una sola ofrenda, aunque de tono diverso: súplica y arrepentimiento, alabanza y acción de gracias, frustración e impotencia…

En la primera lectura, el libro del Apocalipsis nos hablaba de una liturgia celestial (4,1ss). Uno podría pensar que es una descripción del más allá, y eso sería correcto. Pero también es verdad que esa liturgia se vive anticipadamente en la Iglesia; y de modo especial en la misa. ¿Es la comunidad, y el cura como pastor, esa “puerta abierta” del Apocalipsis que deja ver la gloria de Dios? ¿Es nuestra vida una alabanza que prolonga con entusiasmo y gestos bien concretos el canto al tres veces Santo?

Termino con una última imagen. En la liturgia del Apocalipsis, que es la nuestra, aparecen “24 Ancianos” con túnicas blancas y coronas de oro. Estos ancianos, literalmente presbíteros, rodean el Trono de Dios. Es sin duda un privilegio de cercanía pero que se corresponde con una profunda actitud de servicio. Ese servicio consiste en que los presbíteros son los primeros en postrarse para adorar a Dios mientras dejan sus coronas a los pies del gran Trono. Sea esa, ¡quiera Dios!, una imagen elocuente de mi ministerio. Señor: que todos los sacerdotes del mundo podamos vivir deponiendo honores y arrodillándonos sin demora ante ti. Porque sólo “Tú eres digno de recibir la gloria, el honor y el poder”, por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El cristiano y la angustia

Algún lector versado en teología contemporánea habrá reconocido en el título de estas líneas la referencia al libro homónimo del genial Han Urs Von Balthasar. Hace ya bastante que lo leí. Sin embargo, me queda el recuerdo de una gran intuición: la angustia no viene de fuera sino de dentro. Cotidianamente lo constato. En los que me abren su conciencia, en los que sin abrirla no la pueden ocultar y en mí mismo, es así.

Renuncio por tiempo, espacio, fuerzas y -sobre todo- dominio del tema, a una reflexión prolija y exhaustiva. Me limito a enunciar un problema y brindar dos o tres claves.

La angustia es un estado existencial inherente al ser humano. Negarlo es el primer error. ¿Cómo se define? ¿Cómo se lo desenmascara? La angustia es ese malestar que no tiene una causa definida sino que justamente emerge de lo más recóndito del alma. No se sabe de dónde vino pero allí está. Siempre me pareció muy gráfica la etimología: angustus, un angostaminento existencial. La estrechez como asfixia e inadecuación. La vocación a algo superador que no se recibe... y entonces la consiguiente frustración. Una dinámica infinito-finito pero mal resuelta. Y ahí está el hijo de Adán. Desconcertado. Luchando contra esos sentimientos confusos.

La angustia es, en cierto modo, la revancha del límite ignorado. Nuestra época, tan propensa a la transgresión, tan soberbia en sus aspiraciónes detesta el límite. Como se dice ahora, lo ningunea. Y la angustia inexorable devuelve la pelota.
Junto a la angustia personal existen otras angustias circundantes - las de los otros- que también nos lastiman. También a ellas tratamos de acallar. Y también ellas crecen en la medida en que las esquivamos. Juego macabro, lógica perversa; cuanto más la evitamos más nos tortura.

El cristiano sabe que el pecado es eso: renegar de Dios y querer suplantarlo. La tan vapuleada doctrina del pecado original muestra aquí toda su verdad. Nacemos heridos por esa vivencia trunca del límite. No sólo el límite sino su vivencia frustrada. Esto que se halla inscripto en nuestra genética psico-somática se reedita a cada paso mediante innumerables opciones erradas. Volvemos a apostar por el exceso que es la contracara de la evasión. No en vano los antiguos entendían la falta capital como hybris o desmesura.

Para decirlo de nuevo y fácil; la angustia es insatisfacción, pero esa que viene muy de dentro. El fenómeno ya aludido de la evasión, si bien se limita a dilatar la toma de conciencia agrava la situación. Esa no toma de conciencia es peligrosa porque la vida se escurre y la enfermedad avanza (haciendo estragos).

Quizás me surgió todo esto al reflexionar sobre la muerte, al visitar un hospital, al ver cómo un amigo no pudo contener su dolor, al sentir cómo rebotaba en mí la angustia camuflada de un tercero... La vida tiene sus vueltas porque el corazón humano las tiene. Pero peor es "blanquear el sepulcro", diría Jesús.

El evangelio es la Buena Noticia de que el límite, la pequeñez, incluso el pecado, pueden ¡y han! de vivirse en paz. Para entrar en el reino de los cielos (para ser grande) hay que hacerse pequeño. Porque, como dijo Pablo, cuando soy débil entonces soy fuerte (2 Co 12,10). La plenitud y la satisfacción están en el abandono y en la aceptación de sí [otro tremendo librito, de R. Guardini]. Al ver a un recién nacido todo se aclara: ¿era así de fácil? Si pudiéramos vivir así, sobrios y sencillos, despreocupados y desacomplejados, recibiéndolo todo y dando nada, o casi, porque nos sabríamos valiosos y dignos por el simple hecho de existir. Pero somos grandes y mañosos, muy heridos y escépticos de nuestra bondad: ¡Ven Señor Jesús!


Señor, mi corazón no es ambicioso
ni mis ojos altaneros.
No pretendo grandezas
que superan mi capacidad
sino que acallo y modero mis deseos
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

Sal 130

domingo, 19 de septiembre de 2010

Beato Newman

Es bien sabido que en la mentalidad bíblica, el nombre es más que la identidad. Es identidad que entraña una misión. Podemos decir entonces que Newman honró esta tradición, plasmando a lo largo de los años lo que ya estaba cifrado desde el comienzo. Newman, el hombre nuevo renacido en Cristo desde su bautismo en la confesión Anglicana; también el que aceptó un nuevo comienzo en la Iglesia católica.


No pretendemos aquí ser originales, sino apenas celebrar con toda la Iglesia el culto público a quien es todo un modelo cristiano; y cristiano católico. Qué decir de aquel varón de rasgos marcados cuya figura inspira quizás un ascetismo difícil, pero que nos habla a la vez de la seriedad de su camino espiritual. En Newman admiramos su fidelidad a la conciencia, como Voz que interpela y remite al misterio trascendente de Dios. Efectivamente, en más de un sentido Newman ha sido un solitario. Pero su soledad, la del que se anima a vivir sin otra guía que la amable Luz del Espíritu,[1] es la condición para una intimidad mayor con Dios: "solus cum solo".[2]


Hace décadas que los papas ven en Newman un estímulo, no sólo por haber sabido sufrir por la Iglesia (en nombre de y a manos de) sino por haber llegado a destino: la verdad conduce a casa. Su epitafio, asumido por el Vaticano II (LG 16), resume en cierto sentido toda su existencia: ex umbris et imaginibus in veritatem – desde las sombras y las imágenes hacia la verdad.[3] Si León XIII acostumbraba llamarlo “mi” cardenal, no menor es el afecto que le profesa Benedicto XVI. El papa alemán lo conoció ya en su juventud por medio de su maestro G. Söhngen, y quién podría dudar de que esa estima ha ido en aumento. La armonía entre fe y razón, la pasión indeclinable por la verdad, la fina percepción para las realidades invisibles, el sólido anclaje bíblico y patrístico de la gran Tradición, la liturgia como anticipo escatológico… Entre tantas amarguras, Dios le ha concedido a Benedicto la gracia de ser quien lleve a los altares al sobrio cardenal inglés. Dejo en suspenso esta fructuosa amistad, este juego de espejos en que dos vidas paralelas se potencian en la comunión de los santos.


Pero ¿quién fue Newman? Fue un cristiano que aunque rehuyó el aplauso del mundo, atrajo con su aguda prédica las miradas de su tiempo. Su extensa vida recorrió casi por entero el siglo XIX (1801-1890); y conoció, justo en la mitad (1845), el hito de la conversión. Músico y poeta, místico y apologista, teólogo y predicador, académico y pastor de almas. Newman es un fenómeno de gracia, una irrupción anticipada y por eso mismo incomprendida de los desafíos del siglo XX. Su legado, todavía en recepción, es más un espíritu que una receta inmutable. Apertura católica a la larga historia de la Iglesia para resolver los problemas que parecen nuevos pero que son los de siempre.


Otro Pablo, otro Agustín. El converso lleva en sí el fuego de la novedad. Newman desconcierta porque exige un compromiso arduo donde no hay lugar para el regateo.[4] Quemó las naves, abandonó prestigio y apostó todo por seguir a Cristo en la fe de Roma. Más allá de su trayectoria intelectual, debemos recordar –como él mismo hizo– que nadie da la vida por una idea. Newman nos habla de una fe íntegra e integral. Por eso, junto con Benedicto, queremos sintetizar su legado desde la síntesis que John Henry eligió para su lema cardenalicio. Cor ad cor loquitur: corazón que habla al corazón. En esta actitud cordial, respecto de Dios y de los hombres, reside el secreto de Newman. Interioridad que se abre a un diálogo amoroso, misterio de comunión profunda, Trinidad en Cristo revelada.



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[1] Cf. “Lead Kindly light”.

[2] Apologia pro vita sua, VI-2.

[3] El evidente tono platónico (sombras) se conjuga con la mentalidad bíblica. “Imágenes” hace alusión a lo que es mera figura, boceto, realidad imperfecta que remite más allá, es decir, al original. Todo ello en una visión dinámica (hacia) que dice tensión escatológica.

[4] “Señor haz de mí lo que Tú quieras, no pretendo regatear, no impongo condición…”.

jueves, 15 de julio de 2010

La derrota del pensamiento

Ante la aprobación en el Congreso del mal llamado "matrimonio homosexual"


"Honra a tu padre y a tu madre" (Ex 20,12)
"Cuando Jesús vio la ciudad se puso a llorar por ella" (Lc 19,41)


Aclaro el género literario de las siguientes líneas. Se trata de una lamentación, no de una queja. La lamentación es un grito a Dios, es una exposición de las penas pero con el ánimo creyente intacto. Con espíritu de hijo, seguro de su poder y de su misericordia, de su paciencia y de su señorío sobre la historia, elevo al Rey del Universo estos pensamientos... y no tengo dudas de que el bien y la veradad triunfan. "En el mundo tendrán tribulaciones, pero ánimo: Yo he vencido al mundo"(Jn 16,33).


Lo de anoche fue la derrota del pensamiento. No voy a intentar explayarme porque sería verdaderamente muy largo. Simplemente dejar constancia de que las ideologías perviven y obnubilan la mente. El mito del progreso "per se" ha vuelto y está haciendo daño. Como si las crudas lecciones del siglo XX no se hubieran aprendido: no siempre legalidad es sinónimo de justicia; no siempre mayoría (¿lo fue en este caso?) dice razón y verdad. Tener que soportar la inaudita y ridícula pretensión de asociar al régimen nazi la cosmovisión por siempre vigente: ayer y hoy, allá y acá... en todos las latitudes y épocas. ¿Dónde está ahora la protesta de la sociedad por estos exabruptos oficiales que deshonran no sólo a una senadora y a muchos argentinos sino también la memoria de la Shoah? ¡Reaccionemos argentinos! ¿Acaso el matrimonio no es una institución civil pre-cristiana? ¿Acaso no conocían los prudentes romanos la homosexualidad y las orgías? ¿Todos nuestros mayores eran retrógrados? Qué ingenuidad la nuestra. ¿O debo decir: qué soberbia? Reivindicar hechos privados para elevarlos a moralidad pública con el engañoso pretexto de que es la única manera de atender derechos. ¿Es ésta la única vía para garantizar cargas sociales? ¿No existen otras herramientas jurídicas para satisfacer reclamos de justicia social (?) sin homologarlo todo mediante una componenda inconsistente? ¿Tan grave es admitir que la legislación expresa un modelo de convivencia en dónde hay conductas que son privilegiadas por sobre otras? ¿Es que ya no hay lugar para moralidad alguna? ¿Quién me asegura que una vez caído el cuarto mandamiento no caiga luego el quinto?


En nombre de la diferencia se borran las diferencias: sofismas de minorías subyugadas por pasiones y presiones. Manifiestos actos de violencia institucional: los mismos que con falso tono de víctima denuncian oscuras movidas destituyentes son los que ahora conspiran contra el normal funcionamiento del poder legislativo promoviendo inexplicables ausencias en el recinto. Una ley sin debate profundo ni plebiscito, entre gallos y medianoche, ignorando la constitución y el sentido común, negando la experiencia de otros países, desoyendo la biología, la filosofía, la psicología, la ciencia jurídica... una ley en sí misma discriminatoria que barre con las madres en el Código Civil. ¿Qué diría Vélez Sarsfield? Jurídica y filosóficamente, los propulsores de esta iniciativa llevan la "carga de la prueba" de las acusaciones y reclamos que sostienen.



Y los niños... tantas veces decimos que son prioridad, pero hoy no lo son. ¡No experimentar con los chicos! Tan grande es el bien en juego que el sólo hecho de correr el riesgo de lastimarlos es inmoral. ¿Creen ustedes que a los argentinos les da lo mismo dejar a sus hijos -sí, tu hijo, no un niño hipotético- al cuidado de una pareja homosexual o de un matrimonio (léase, heterosexual)? Sin necesidad de hablar de bondades y virtudes individuales, que seguramente tendrán, como las tienen todos... ¿pueden en cuanto pareja brindar lo mismo a una criatura en formación?


Y le hacen el juego al demonio, aunque no lo quieran escuchar. Todos pasaremos de esta tierra y la lucha seguirá lo mismo. El que no lo puede ver, que no lo vea. Pero las cosas no dejan de ser como son porque una ley o una moda intelectual lo disponga. ¿No gusta la palabra demonio? ¿Y qué significa "maquiavélico"? La división y la mentira, la obstinación como un no querer ver ni escuchar... ¿hay conciencia de la importancia del tema? ¿por qué entonces no madurar mejor un consenso? ¿Nadie advierte la distracción que se busca? ¿Y la lejanía del pueblo en torno a estos temas? Dios juzgará un día, ciertamente con misericordia; y la Patria también demandará (según el conocido juramento). Puedo estar de acuerdo en no incluir la religión en la medida en que la discusión es pre-religiosa, pero no pos-religiosa. Negar toda dimensión trascendente al debate como modo de ganar "razones" parece no sólo una necedad sino un acto anti-patriótico (y anti-democrático). A la Constitución Nacional me remito. Y al que no le guste que lo acepte en espera respetuosa de una reforma o que se mude a otro país. Pero en esta tierra bendita Dios tiene algo más que una presencia decorativa: en esta tierra Dios es "fuente de toda razón y justicia". ¿Podríamos en este marco hermenéutico -Gadamer y Ricoeur como gararantes imparciales- legislar y hacer justicia al margen de Dios? Que quede asentada esta cuestión para futuros polémicos proyectos que querrán pasar por alto la voz de Dios (ayer luminosa y ahora incómoda) según la predicación cristiana.


Hora del mea culpa. Los cristianos, y muchos otros de buena voluntad, hemos sucumbido a la pasividad y al desprecio de la cultura cívica. En pleno discurso de apertura posconciliar nos hemos refugiado en las sacristías abandonando los areópagos modernos. ¡Triste lección la de ayer! Muy caro cuesta el repliegue y la comodidad. Muchas veces, como en aquella sublime parábola del samaritano, pasamos de largo ante la república caída y ahora la herida ya está mucho peor. Que la política es cochina, que los tribunales contagian negociados... excusas que no justifican nuestra ausencia.


Escucho el Evangelio de hoy y Jesús dice: "Vengan a mí, los que están afligidos y agobiados" (Mt 11,28). Es verdad, estamos afligidos y agobiados y dolidos y traicionados. Lloramos como Él lo hizo un día por su ciudad. Es de hombre (y de Dios) conmoverse por la decadencia -hoy vestida de festivo progresismo. Lloramos no porque allí se juegue el sentido de nuestra vidas... tanto más alta es nuestra esperanza y tantos más anchos nuestros horizontes. Lloramos por que damos un paso hacia atrás; y además duele el modo. Jesucristo, Señor de la Historia, te necesitamos. Nos sentimos heridos y agobiados, precisamos tu alivio y fortaleza: ¡queremos ser Nación!