miércoles, 6 de mayo de 2009

Domingo del Buen Pastor

Hch 4,8-12; Sal 117, 1.8-9.21-23.26.28-29; 1 Jn 3, 1-2; Jn 10, 11-18

Hace tres días prendí la radio buscando algo de música. Para mi sorpresa caí en una suerte de exhortación religiosa, y movido por la curiosidad presté atención. No tardé en darme cuenta de que se trataba de una confesión no católica. Sin embargo, debí reconocer para mis adentros los aciertos de la prédica. Estoy casi seguro de que se trataba de uno de esos “impostores de la fe”, pero el orador iba llevando a su auditorio a reconocer los límites humanos para desde ahí poder abrirse a la trascendencia. Era un llamado a la humildad, si se quiere también, una apelación a la gracia. Pero algo faltaba. Y como venía masticando el evangelio de este domingo, no tardé en darme cuenta. Faltaba la dimensión personal. Todo eran esferas celestas, planos divinos, fuerzas superiores… Cómo se notaba la ausencia de Dios, del Dios bíblico que escucha y atiende, que ve y actúa. Qué gracia la nuestra la de poder rezar a un Dios que se hizo hombre y tiene rostro. Resumiendo, ¡qué bueno tener un buen pastor! 

[A nuestro tiempo le gusta definirse como “la cultura de la imagen”. Tenemos motivos para dudar de esto. Porque abundan las imágenes pero escasea el significado. En el fondo, seguimos siendo demasiado abstractos. En cuanto hijos del racionalismo dividimos la realidad entre materia y espíritu, entre sensualidad e inteligencia.[1] Nos cuesta dejar hablar a las imágenes y asimilar toda la profundidad de su mensaje.] 

Todo esto para acercarnos a la imagen del Buen Pastor. ¿Qué nos dice? ¿Logramos trascender la descripción inicial, la percepción “pictórica”? El desafío es aplicar los ojos del corazón y penetrar la vivencia misma del pastor (y sobre todo la del bueno). 

            Cuando Jesús quiere habla claro. “Yo soy el Buen Pastor”[2]. Al fin alguien que sabe quién es. Y lo dice, haciéndonos un favor. La propia identidad nunca es un privilegio exclusivo, sino un don a compartir. Maduramos en comunidad, y la identidad de uno ayuda a delinear la del otro. Por otra parte, ¿cómo ser pastor en solitario? 

            La imagen del pastor remite a la rusticidad de los orígenes. Encierra algo de primitivo que nos instala en el plano de lo esencial. En Israel mismo conecta con la época venerable y austera de los patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob eran pastores. También Moisés, el caudillo, el liberador, supo ganarse la vida cuidando ovejas. Y hasta el mismo rey David, sinónimo de la máxima grandeza de Israel, guardaba el rebaño de su padre. Lentamente, el título de pastor fue adquiriendo dignidad real y se aplicó a los líderes. Pero los reiterados abusos hicieron que Yahvé, en tono polémico, reclamara para sí esa denominación: “Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él”.[3] El salmo 23 da cuenta de la importancia de esta imagen para dirigirse a Dios. 

            Por esto, cuando dice “Yo soy el buen pastor”, Jesús toca un resorte muy hondo de la piedad israelita. Más allá de la protección y el gobierno, para cualquier oyente local, era fácil entrever la pretensión mesiánica de Jesús. No hay jactancia en sus palabras sino serena mostración. No se trata de cualquier pastor, sino del bueno: kalós. La palabra griega es demasiado rica, y significa bueno, bello, verdadero. Jesús entraña el atractivo de la plenitud, posee carisma. Los evangelios destacan que enseñaba como quien tiene autoridad y poder: exousía. Esa misma exousía le permite presentarse como “el” pastor, el genuino, el único. Pedro dirá: “No existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombre por el cual podamos alcanzar la salvación”.[4] 

            Para san Juan, hay una nota que caracteriza al buen pastor: da la vida por sus ovejas.[5] En Jesús “dar la vida” habla de una entrega sin reservas, al extremo, es decir, hasta la muerte y muerte de cruz. Pero sólo puede derramarse de un saque, quien aprendió el arduo martirio de morir en cuentagotas. 

Con el fin de discernir mejor la calidad del pastor y de la entrega, Jesús introduce una contrafigura: el lobo. Se trata de una amenaza que pone en peligro al rebaño. Puede ser el demonio, el pecado, la muerte, la mentira. Habrá combate y será riesgoso. Jesús se expone y no regatea. “La vida y la muerte se enfrentaron en admirable duelo”[6]. Llega la tristeza y la confusión: “heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”[7] (Emaús y Tomás). 

Pero Jesús vuelve como resucitado e infunde paz. Congrega a los suyos y los llama a la reflexión. ¿De dónde vino el lobo? Muchos bajarán la cabeza. Reconocerán que el pastor fue herido “por sus rebeldías”[8], que fueron ellos los que arreglaron en treinta monedas con los sumos sacerdotes, ellos los que se durmieron en el huerto, y ellos, los mismos que huyeron y negaron conocer a “ese hombre”[9]. Cuántas veces somos nosotros mismos quienes llamamos y abrimos las puertas al lobo. Cuánto coqueteo irresponsable -debemos confesar- con el maligno. 

Entonces recordamos a Jesús, triste y aturdido frente a la multitud. Los miró, y los vio “como ovejas sin pastor”[10]. Curioso. La presencia del más grande de los pastores puede convivir con la sensación de abandono. Nuestra libertad, en efecto, es poderosa; y también es preciso aprender a ser oveja. 

Volvamos a lo concreto, al rostro de Cristo. Jesús quiso confiar su pastoreo, es decir el cuidado y el gobierno de su rebaño, a hombres específicamente llamados para eso. “Apacienta mis ovejas”.[11] Los obispos, los sacerdotes, y los diáconos; todos ellos son sacados, como se dice de David, “de detrás del rebaño”.[12] Tienen sus fragilidades, están –como los demás- heridos por el pecado original. En cada uno de ellos convive el pastor bueno y el asalariado. Podemos entenderlos porque a todos nos tira la comodidad y el trabajo a reglamento. Cuando dejamos de mirar a Jesús buscamos el rédito y renunciamos a la entrega desinteresada. Una vez más estamos llegamos a la pascua: “si el grano de trigo no muere…”.[13] 

Podemos preguntarnos, ¿cómo reaccionamos ante los escándalos de nuestros pastores? ¿Nos dolemos y rezamos por su conversión y santidad? ¿O nos sumamos al coro de críticas que hacen leña del árbol caído? Es preciso rezar, y mucho, por las vocaciones sacerdotales: para que sean muchos y santos. 

No es raro que surjan pocas vocaciones en un mundo en que la autoridad es tan conflictiva. Ni mandar ni ser mandado. Se dice de nuestra cultura que está huérfana; que los padres están ausentes. Qué difícil es ser autoridad. Hay que serla antes que ejercerla. La autoridad, ante todo, se irradia: brilla con luz propia. Es un servicio que expone a la soledad y a cierta incomprensión. Es un servicio de firmeza y de ternura, de límites y perdones. Cuánta sabiduría nos hace falta para conjugar todo esto. La autoridad puede ser ingrata y se termina de valorar a la distancia. “Por  sus frutos los conocerán”. Autoridad es el que acrecienta, el que ayuda a crecer (augere-auge), el que ayuda a madurar. Muchas veces con una caricia, otras pocas con un sopapo. 

Jesús, el Supremo pastor, gobierna bien porque sabe ser cordero obediente. De la misma manera que no se llega a ser buen padre sino se es antes buen hijo. Pidámosle al Señor que nos enseñe a escuchar y a obedecer, para luego poder hablar y gobernar. Y esto nos afecta a todos, porque si bien es verdad que todos somos rebaño también lo es que todos somos pastores. Dijo Caín desentendido: “¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?”.[14] Jesús le responde: claro que sos guardián y pastor de tu hermano. Como padre o madre, médico o maestro, chofer de colectivo o presidente de la nación, carmelita o misionero: todos somos hermanos y pastores entre sí. 

Dejemos ahora estas reflexiones, que de cara al Buen Pastor revelan nuestra pobreza. Echemos un vistazo a la eternidad. Pensemos en el encuentro definitivo que nos aguarda, el momento sublime de llegar a su presencia. Dios quiera que nuestra voz esté ronca de tanto arrear al rebaño, que nuestros vestidos se hayan rasgado con algún alambrado, y que nuestra piel curtida lleve las marcas de las noches a la intemperie. Entonces su mirada mansa y subyugadora dará la orden final. Caerán nuestras miserias y finalmente, como dice san Juan, “seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”.[15] Esa es nuestra esperanza, la que ya hemos hecho oración: “Que llegue Señor también el humilde rebaño donde penetró su victorioso Pastor”.[16]


[1] Cf. H.U. von Baltasar, Gloria I, 345-347: perspectivas de R. Guardini y K. Barth.

[2] Jn 10,11

[3] Ez 34,10

[4] Hc 4,12

[5] Jn 10, 11.15.17

[6] Secuencia pascual

[7] Mc 14,27

[8] Is 53,5

[9] Mt 26,72

[10] Mc 6,34

[11] Jn 21,17

[12] 1 Cro 17,7

[13] Jn 12,24

[14] Gn 4,9

[15] 1 Jn 3,2

[16] Oración colecta Domingo IV de Pascua

viernes, 1 de mayo de 2009

1º de mayo

El día del trabajador se vive todavía como una conquista social. Pero podemos preguntarnos, ¿conquista de qué? Ciertamente es un reconocimiento a la dignidad del trabajo y a todos aquellos que con su silenciosa labor contribuyen al bien común. Sin dudas, la celebración es en sí misma una conquista, y a ella debemos sumar el avance del moderno derecho laboral.

Sin embargo, todos sabemos que la compleja realidad del trabajo exige más que un feriado para llegar a plenitud. A la par que vemos la indiferencia con que se vive el 1º de mayo, comprobamos un cierto estancamiento de la reflexión en torno al trabajo. Como si todo quedara restringido al ámbito de los derechos. Es necesario pues, recuperar una genuina inquietud por el sentido del trabajo.

En la tradición cristiana el trabajo apareció siempre como una noble tarea en que el hombre protagoniza un papel co-creador. Transformar la realidad, no según caprichos sino en el contexto de la escucha responsable al Padre. Por otra parte, que Jesús sea designado en el evangelio como “el hijo del carpintero” (Mt 13,55) marca la dignidad del trabajo, al punto de tener cabida en un título cristológico. Jesús, lo mismo que su padre san José, da a sus esfuerzos en la carpintería un marco superior al de la mera subsistencia. Ellos saben que en última instancia sus fatigas se entienden a la luz del proyecto de Dios.

Nuestro tiempo podrá ser muy consciente de la dignidad del trabajo en el plano discursivo, pero está muy lejos de poder concretarlo en los hechos cotidianos. El trabajo es para muchos, sinónimo de stress, presiones, vejaciones… Desvirtuamos el trabajo toda vez que lo reducimos a tarea económica, a lugar de “realización” personal, a batalla frenética por exaltar el ego. Cuesta la unidad interior, el disfrutar las tareas, el captar el propio aporte en el conjunto mayor de la sociedad. San José es un modelo de obrero no tanto por la eficiencia de sus manualidades, sino por esta capacidad de darle sentido a su tiempo. No trabajó para sí, ni simplemente por el dinero. Trabajó para la gloria de Dios. Supo referir todo a Dios. Y él más que nadie, porque en una misma persona encontraba la motivación humana del hijo hambriento y la motivación divina del Señor de la Historia.

Con razón somos hoy exhortados “Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Ustedes sirven a Cristo, el Señor” (Col 3,23.24b).

San José obrero: ruega por nosotros. Amén.

sábado, 18 de abril de 2009

1979 – 18 de abril – 2009

Treinta años dormí…

J.L. Martín Descalzo[1]

 

 

            Treinta años… Toda cifra redonda invita a la fiesta y a la reflexión. 

En primer lugar, dar gracias a Dios, Autor y prestador de la Vida, por concederme llegar a esta instancia. Soy consciente de que muchos más de los que quisiéramos nos abandonan antes. 

Treinta años de crecimiento y experiencias: de las buenas y de las malas. Como todo hijo de Adán (¡y a mucha honra!). Gracias a la familia que me educó y abrió las puertas a mi libertad. Porque aunque de modo original, yo también cumplo aquello del Génesis: “dejará el hombre a su padre y a su madre” (2,24). 

Los treinta marcan el ingreso en la vida adulta. Puede ser una convención, pero yo creo que (al menos en mí) hay mucha verdad. Es la etapa para jugarse la carta. Ya dejamos las inferiores y las gateras quedaron atrás. Yo diría que, mientras que los veinte están marcados por el despertar de la vocación y su necesaria capacitación, los treinta se destacan por una convicción ya madurada -a fuego lento- y por una entrega más lúcida. A la fuerza a veces explosiva de los veinte, se le suma una brújula un poco más cierta, un cauce un poco  más nítido. Todavía hay mucho empuje y ya se cuenta con algo de experiencia (sabiduría). 

Con todo, quiero hoy hacer(me) una propuesta: no abandonar el pupitre ni el reclinatorio. Ser por siempre aprendiz, oyente, y discípulo. Mantener la docilidad al Maestro interior para ser cada vez más parecido a aquel varón que Dios sueña en mí. Descubrir cada día lo que significa ser hombre. Crecer en la inocencia del niño, en la fogosidad del joven, en la madurez del adulto y en la sabiduría del anciano. 

Dice la Escritura que cuando José, luego de ser descartado y vendido como esclavo por sus hermanos, asumió como primer ministro del faraón egipcio “tenía treinta años” (Gn 41,46). Por otra parte, era a partir de los treinta que se alistaba a los israelitas en el desierto para que sirvieran a la Tienda del Encuentro (Nm 4,23). El mismo rey David “tenía treinta años cuando comenzó a reinar” (2 Sa, 5,4). Finalmente, dice san Lucas que “cuando comenzó su ministerio, Jesús tenía unos treinta años” (Lc 3,23). 

Animado por estos ejemplos me lanzo a la aventura. No sé cuánto tiempo me queda, pero sé que ya es hora. Si llego a los cuarenta -medida bíblica si la hay-, espero que me encuentren más consumido pero con el fuego de la alegría más intenso. 

Sigan ayudándome todos ustedes a quienes Dios puso en mi camino. Bueno, ya basta de palabras. ¡A levantar la copa y a brindar!



[1] El cansado (poesía).

viernes, 10 de abril de 2009

Viernes santo 2009

Hay muchas maneras de acercarse a Jesús crucificado. La manera del historiador, la del sociólogo, la del agnóstico, la del artista, la del que sufre… Nosotros estamos acá reunidos para acercarnos, fundamentalmente, desde la fe, a la manera del creyente. No vinimos a recordar la muerte de un hombre, sino a “celebrar” la pasión del Señor.

 Celebramos porque tenemos certezas: Jesús es el Hijo eterno de Dios, Jesús hizo esto por amor, Jesús fue -y es- más fuerte que la muerte. Pero celebramos respetando tiempos y ritmos. La liturgia tiene un costado lúdico; en cierto sentido, es como un juego que tiene sus reglas. Entonces, hay que dejarse llevar.

 Hoy la Iglesia quiere respirar el aire extraño de la pasión, la atmósfera fría del rechazo de Dios. Quiere hacer la experiencia de un mundo sin Dios, un mundo en el que Dios no tiene Palabra alguna porque lo han hecho callar. Los sagrarios están vacíos y los altares desnudos. Y afuera, muchos que siguen su comparsa refuerzan, sin saberlo, nuestro sentimiento. Hoy es un día para llorar nuestros pecados, y para dolernos de no saber corresponder a tanto amor.

 También nosotros estuvimos ahí, en Jerusalén. De la pasión de Jesús somos todos responsables: eso es lo que nos enseña Juan al mostrar cómo cada grupo tiene su parte; discípulos, judíos, y romanos. Unos a otros se lo van pasando como si fuera una pelota, y Él, el Señor de la Historia, se presta al juego[1]. “Se presta” porque es consciente de su Hora y porque sabe que así cumple la voluntad del Padre. Ya una vez había dicho: “nadie me quita la vida sino que la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla” (Jn 10,18). A Jesús no le arrebatan la existencia. Vienen de noche y con armas, es verdad. Pero él no se resiste, él se adelanta y se entrega: “¿A quién buscan? Soy Yo”.

 Mirar cristianamente al crucificado es no quedarse atrapado en su sufrimiento, es saber descubrir el amor que anima la entrega. Un amor silencioso que no hace alarde, que no se defiende, sino que confía en el “Padre que está en lo secreto”. “Al ser maltratado ni siquiera abría su boca, como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, no abría la boca” (Is 53,7). Allí está el pastor, el que guiaba a las multitudes y las cautivaba con su palabra, dejándose zamarrear por la violencia. Nadie más consciente que Jesús de la injusticia y de su inocencia. Pero ahí está Su grandeza, Su amor “hasta el extremo”. Jesús ofrece su vida “por nosotros”, le da un sentido a la copa amarga que le toca beber. “Fue traspasado por nuestras rebeldías y molido por nuestras culpas”. Ocupa nuestro lugar y no se le oye ni una queja.  

 Y ahí entra la luz, la gloria. El grano de trigo, cae, muere, y da fruto. El gesto de Jesús no cae en saco roto. A Dios no se le pasa ningún detalle de amor. “Tu Padre que ve en lo secreto te recompensará”. “Soportó el castigo que nos da la paz, y por sus heridas fuimos sanados”. ¡Extraña lógica! Del mal puede salir bien, el amor puede transformar. La fuerza brota de la cruz… qué bien la entienden los crucificados de todos los tiempos. Todas las veces que aceptamos sufrir con Jesús participamos de la eficacia del Viernes Santo. Cualquiera de nosotros en el hospital, en la cárcel o en donde sea, puede ayudar a Jesús en la obra de la salvación: te lo ofrezco “por mis hermanos”.

A menudo nos resistimos, nos rebelamos, nos aferramos a nuestra vida y a nuestros “derechos”. Nos empalaga la justicia de los hombres y nos asusta el Evangelio de Cristo. “Te alabo Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños”. San Pablo tiene razón: es un escándalo y una locura para el que no cree, pero para nosotros, es fuerza y sabiduría de Dios. “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres”.    

 Pilato dijo: “Aquí tienen al hombre”. Estaba simplemente entregando a un reo. Pero sus palabras tienen vida propia, y nosotros podemos pensar algo así como “miren de lo que es capaz el hombre”, “miren qué bajo puede caer”, “qué nivel de bestialidad puede haber en el corazón”. Pero mirando más profundamente, también podemos decir: “aquí tienen al hombre, al hombre con mayúscula, al hombre por excelencia. Aquí, en Jesús, tienen toda su dignidad y su grandeza. No se queden en la apariencia y sepan apreciar el inmenso amor del que es capaz”.

Jesús asume todo el mal de la historia -el pasado y el futuro-, y lo carga sobre sus hombros. En esta misteriosa conjugación de épocas, Isaías, como si lo estuviera viendo en persona, dice: “Estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre, y su apariencia no era más la de un ser humano” (Is 52,14b). Que no nos extrañe, porque todavía hoy, e incluso a veces nosotros, los que nos decimos sus amigos, lo vemos “sin forma ni hermosura que atraiga nuestras miradas, sin un aspecto que pueda agradarnos”.

Lo mismo que Pedro, lo negamos y no queremos que nos identifiquen con ese derrotado. Buscamos defenderlo de cualquier modo, sacando la espada y cortando orejas, es decir, olvidando el Evangelio. Queremos una Iglesia triunfal, que reciba la aprobación de la tribuna. Y entonces nos damos cuenta de que no vivimos de cara al Padre que ve en lo secreto, sino demasiado pendientes del juicio de los demás. Nos cuesta ingresar en la lógica de la cruz, que es una lógica de fe y amor.

Pero siempre hay un resto de la Iglesia que se mantiene fiel al seguimiento. Son poquitos, pero están. “Junto a la cruz de Jesús”, estaban su madre, unas amigas y el discípulo amado. De pie y en silencio, sin nada que hacer. Para un cristiano la presencia es como un sacramento. El amor es discreto, y ese puñado aprendió bien del maestro: dialogan con las miradas y se consuelan mutuamente. María no se avergüenza de su Hijo. María acepta ser ella también “signo de contradicción”. La dolorosa está herida pero no quebrada, traspasada pero entera. Cuántas veces buscamos sus ojos y en sus lágrimas descubrimos no sólo a la Madre, sino también a la hermana. Querida María: queremos llorar con vos, enseñanos a sufrir con Cristo. 

Oscurece el cielo, y ya todo está cumplido. “Sí, dice el Señor, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado” (Is 52,13). Un soldado le atraviesa el costado, y enseguida brota sangre y agua. Es la vida que surge de la muerte, es la Iglesia que nace del costado del nuevo Adán dormido, es el bautismo y la eucaristía que marcan nuestra vocación. Es viernes pero ya huele a domingo. Fijemos nuestros ojos en el traspasado, y dejemos que nuestra fe atraviese el cuerpo muerto, y nos hable ya de la esperanza cierta de resurrección. 


[1] Algo parecido a lo de Santa Teresita que, en su sencillez, le gustaba pensarse a sí misma como la pelota de Jesús.

viernes, 20 de marzo de 2009

Nueva moda mediática: "condenemos a Benedicto"

Por tercera vez les dijo: 'Pero ¿qué mal ha hecho éste? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; asique le daré un escarmiento y lo soltaré' Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y arreciaban en sus gritos" (Lc 23,22-23).

Resulta paradójico, y muy típico de nuestro tiempo, que Benedicto XVI, tantas veces señalado como el inquisidor por excelencia, sea ahora blanco de una auténtica caza de brujas. Parece que al fin y al cabo los promotores del pensamiento débil y el relativismo van despertando. No se pueden contener y explotan. Muchas veces tienen de su lado la maquinaria mediática, pero no la verdad.

Empecemos por aquel discurso universitario en Ratisbona. ¿Dónde se ha visto que un profesor sea bastardeado por mostrar a su auditorio una cita? ¿Acaso pretenden los periodistas (y los otros oportunistas de turno) volver al oscurantismo que denegaba el acceso a ciertas fuentes? ¿No era esto de lo que tanto se acusó a Joseph Ratzinger? Además, quien se tomara el trabajo de leer la exposición, fácilmente se daría cuenta de que la cita era un disparador para abrir el debate en un sentido absolutamente contrario: la incompatibilidad de la violencia y la vedadera religión. Quizá debamos admitir que en nuestra liberada sociedad -exenta (¡supuestamente!) de tabúes, todavía cabe el "de eso no se habla". Benedicto dio una lección de auténtico espíritu académico: desprejuiciado, abierto a la verdad, y dispuesto al debate. Lástima que en el siglo XXI la comunidad mundial (y eso incluye el vergonzoso silencio de los intelectuales) no esté a la altura de las circunstancias.

Prosigamos con el frustrado discurso a la Sapienza de Roma. Invitado a la lección inaugural, tuvo que desistir por lo que bien llamaríamos un grupo de inadaptados. Otra comunidad universitaria cerrada al espíritu que en esos claustros debiera imperar. Ya el vehemente san Pablo, mucho más audaz que estos pseudo-progres, enseñaba. "Examínenlo todo, y quédense con lo bueno" (1 Tes 5,17). Allí precisamente Benedicto se abocaba a dar razón de su discurso en el concierto mundial. ¿Qué tenía que decir? ¿Con qué autoridad? Ante la comunidad mundial, el sucesor de Pedro habla como pastor de una influyente comunidad religiosa. Es el portavoz de muchos fieles que no separaran su fe y su vida. El cristiano nunca podrá quedar confinado a la privacidad del templo. Su misión es compromterse con la realidad y con los hermanos. Aunque, como en este caso, su mensaje moleste.

El episodio del levantamiento de las excomuniones no está exento de matices. Pero si hay algo que faltó de parte de los comentadores, fueron los matices. ¿Qué sentido tiene rasgarse las vestiduras y escandalizarse por decisiones internas de una comunidad con la cual no me identifico? ¿No hay algo de vedettismo en todo eso? ¿Realmente me afecta lo que allí ocurre? En caso de que así sea, ya nos dice san Pablo cómo hay que reacionar. No corresponde hacer juzgar pleitos cristianos por medio de tribunales paganos: "para vergüenza de ustedes lo digo" (1 Cor 6,5). ¿A qué tanta charlatenería mediática?

El triste condimento de las injustificables declaraciones de obispo cismático Williamson no hacen más que embarrar el asunto. Pero de ahí a emprender una campaña contra Benedicto hay un salto gande. ¿Que tienen que opinar ciertos jefes de Estado sobre lo que ocurre fuera de su ámbito? Máxime, cuando cualquier hombre de buena voluntad puede reconocer en Benedicto una sincera estima por el pueblo judio, y una empática humillación por la shoah. Baste recorrer sus escritos tempranos (ej: El Dios de Jesucristo, 1973), su aprecio por las Escrituras hebreas, su visita a la sinagoga de Colonia, a Auschwitz (memorable discurso incluido), su visita a la sinagoga de New York, y las palabras de distancia respecto de las de Williamson.

Benedicto sufre en silencio y, en el momento de la devastación mediática, revela su grandeza. Él no es un títere de los aplausos, no se debe a las opiniones superficiales. Benedicto se debe a Jesús y no pretende callar. Apenas sosegada la tormenta escribe una carta humilde y magnánima. Da explicaciones como si fuera un novicio, y nos muestra a todos el camino de la reconciliación. Se calza la toga de maestro y el báculo del pastor. No enseña con palabras propias sino que nos remite -según su función- a la enseñanza misma de Cristo. Nos reprende con suavidad. Nos advierte del engaño de los chivos expiatorios y de la tolerancia cero. Desenmascara el vértigo obtuso de los flashes periodísticos carentes de reflexión. Hay incluso una palabra para los políticos: ¿no deben también los líderes civiles buscar al hermano perdido? Es un llamado a la reflexión: qué mezquino puede ser el hombre. "Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano" (Mt 7,5). ¿Pueden los jefes de Estado decir que promueven, como lo hace el Papa, la reconciliación por medio de gestos audaces y a costa de la incomprensión? ¿O acaso se mueven demasiado pendientes de la estadísticas y los índices de popularidad? Otro llamado se dirige a la fraternidad S.S Pío X: no parecen haber correspondido debidamente a esa "mano tendida". Finalmente, la cita paulina para los de dentro, para los espíritus prontos a la crítica y a las opiniones "fuera de tono". "Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente" (Gal 5,15). Y sigue Benedico con la crudeza de un padre: "Desgraciadamente este "morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones?".

Cerremos esta seguidilla con el tema SIDA. A una pregunta, el Papa responde enumerando lo que la Iglesia hace para con los enfermos y luego dice:

"Diría que no se puede superar este problema del Sida sólo con eslóganes publicitarios. Si no existe el alma, si los africanos no se ayudan, no se puede resolver el flagelo con la distribución de profilácticos: al contrario, el riesgo es que aumente el problema. La solución puede encontrarse sólo en un doble compromiso: el primero, una humanización de la sexualidad, esto es, una renovación espiritual y humana que lleve consigo un nuevo modo de comportarse el uno con el otro; y segundo, una verdadera amistad también y sobre todo para las personas que sufren, la disponibilidad, incluso con sacrificios, con renuncias personales, a estar con los que sufren. Y estos son los factores que ayudan y que traen progresos visibles. Por ello diría esta doble fuerza nuestra de renovar al hombre interiormente, de dar fortaleza espiritual y humana para un comportamiento justo respecto al propio cuerpo y al del otro, y esta capacidad de sufrir con los que sufren, de permanecer presente en las situaciones de prueba. Me parece que ésta es la respuesta justa, y es lo que la Iglesia hace y así ofrece una contribución grandísima e importante. Damos las gracias a cuantos lo hacen".

Tratemos de ser razonables. El Papa da su opinión y tiene derecho a ello. Por lo pronto empieza situando su discurso en el ámbito de la caridad. La Iglesia hace, y no poco, por los enfermos de SIDA. Digo por los enfermos, los seres reales que están infectados y que sufren. Todos aquellos que hablan sin estar verdaderamente involucrados deberían tomar apunte de esta abismal diferencia. Hablar, hablamos todos... arremangarnos para asistir al arruinado por la enfermedad, definitivamente, no todos.

La Iglesia católica es la institución, mundialmente hablando, que más se ocupa de los enfermos de SIDA. Uno de cada cuatro enfermos de SIDA es asistido por la Iglesia Católica. Eso parece dar cierta autoridad moral para hablar. Si se lee atentamente se podrá ver que el Papa está interesado en despertar la cociencia sobre la atención a los enfermos. ¿Cómo se acerca la sociedad a la realidad del SIDA? ¿Cómo llegar a un interés real, "cuerpo a cuerpo", y no quedarse en la mera defensa de los preservativos? ¿Cómo se mueven las naciones en este contexto de atención sanitaria?

Luego, Benedicto sitúa el problema en el contexto más amplio de la vida humana. Los seres humanos no son sólo biología. Hoy la OMS vuelve, aunque no lo sepa, al concepto bíblico de salud entendido como algo integral que abarca todas las esferas de la persona (física, psíquica, espiritual). Es un tema de dignidad, de proyecto de vida. ¿Por qué molesta tanto que se ensanchen las perspectivas? ¿Por qué repugna reconocer que la raíz del drama es espiritual-moral?

Recién ahora, si se quiere, bajemos al terreno de los números. Los resultados no son el primer argumento de la Iglesia, pero también algo puede aportar. Para hablar verdad: Si se habla de eficacia en sentido estricto la primera herramienta es la abstinencia y la fidelidad; el condon queda claramente en tercer lugar. Lo que acabamos de enunciar es lo que se conoce como plan ABC: Abstinence, Be loyal, Condon. Un caso paradigmático, y -oh casualidad-de poca prensa es el de Uganda. Este país ha bajado drásticamente el índice de infectados de SIDA, recurriendo prinpalmente a este programa de abstinencia. "El 1991 el 15 por ciento de la población estaba infectada en Uganda. Diez años después esa proporción se redujo al 4 por ciento. En los últimos 20 años, Uganda ha sido la única nación que ha reducido el sida hasta en un 75 por ciento, hecho reconocido por Naciones Unidas"[1].

El descenso muestra que la eficacia puede ser comparable con el hallzgo de una vacuna contra la enfermedad. La campaña en favor de los preservativos, en cambio, no da grandes resultados. Si a esto le sumamos que detrás de los preservativos hay una industria, es decir, un negocio, el asunto se vuelve más sospechoso. ¿Y si todo el dinero, no sólo el destinado a la compra de preservativos, sino tambén a sus costosas propagandas se destinara a políticas de promoción de una sexualidad sana? Aquí no se pide acuerdo ideológico sino atender a la eficacia sin más. Cualquiera sabe que el preservativo no tiene eficacia asegurada, y a peor calidad mayor riesgo de contagio.

Benedicto es un hombre, y no tiene porqué acertar siempre. Sin embargo creemos que se lo juzga rápido y mal. No creo equivocarme al decir que esto está pasando de la "mala prensa" hacia la "campaña en contra". Tarde o temprano, la Historia pone las cosas en su lugar. Veritas praevalebit: la verdad prevalecerá.

miércoles, 11 de marzo de 2009

A Guardini

Hoy se cumplen, exactamente, 70 años de la supresión a manos de los nazis de la actividad docente de Romano Guardini. Por ese entonces tenía a su cargo una cátedra en la Universidad de Berlín que había sido especialmente creada para él: "Filosofía católica de la religión y visión católica del mundo".

La cosa empezó como un préstamo forzado de un aula menor, pero sin referencia alguna con la Universidad. En efecto, en la claramente protestante Berlín no le dieron cabida desde la facultad de Teología (protestante) ni en la de Filosofía. Poco a poco este profesor fue ganando adeptos desde una exposición sencilla y profunda, que lograba abordar los temas que interesan a todos con perspectivas de gran caladura espiritual.

Dado que acabo de terminar de leer -con gran fruición- sus "Apuntes para una autobiografía", me nace el compartir una breve reflexión. Es sin duda curioso, y en cierto modo preocupante, que los jóvenes alemanes del siglo XXI no presten mayor atención a la figura de Romano Guardini.

En sus años de estudiante, Guardini tuvo que padecer la distante actitud de los profesores universitarios. Seguramente de allí, junto a su temple latino, pudo valorar la importancia para el alumno de la cercanía del profesor. Él mismo cuenta que en sus inicios estaba bastante desorientado (intentó con la química y con la economía política). Pero cuando los profesores constataban sus graves dificultades, disimulaban y esquivaban el problema. Entonces concluye que para un profesor, charlar con el alumno y ayudarlo a reflexionar sobre su futuro "es un deber más urgente que escribir grandes libros y ser brillante en los congresos". Creo que en este sentido, la rigurosidad académica alemana tiene todavía mucho que aprender del calor y la humanidad de este genuino maestro.

La teología alemana sigue caracterizándose por su cientificidad, pero ella misma la traiciona volviéndola árida y poco expresiva. En Guardini en cambio, un regalo de la Providencia, se sintetizan el mundo germano y el latino. Sus escritos rezuman un clima íntimo y cordial, afable y simple, aunque nunca exento de profundidad. Es por tanto una verdadera pena que todavía siga un poco olvidado, y se lo considere en muchos círculos "pensamiento de segunda categoría".

Desde el hemisferio Sur, vaya nuestro reconocimiento y gratitud, para este maestro que iluminó aulas escépticas con su candor y su fe hasta que, un día como hoy, lo pasaran a retiro.

lunes, 9 de marzo de 2009

Eremos

La cuaresma abarca los cuarenta días previos a la pascua. Es un tiempo privilegiado en el que intentamos hacer la misma experiencia de Jesús, que pasó cuarenta días en el desierto.

El evangelio (Mc) nos dice que fue "impulsado" por el Espíritu. Más literalmente podríamos traducir "arrastrado", "empujado". Hay en el verbo una cierta violencia que no es más que la violencia, la irresistibiliad, del amor. Jesús se deja conducir por el soplo estimulante del Espíritu.

Pero la estadía de Jesús en el desierto es mucho más que un dato histórico, aunque ciertamente lo es. Es más bien un anticipo de su ministerio, del desierto que lo acompañará en la agonía y en la pasión.

Como buen israelita, Jesús va al desierto con la historia de su pueblo a cuestas. Va de algún modo a compenetrarse con esa experiencia fundante de cuarenta años en camino hacia la tierra prometida. En efecto, el desierto es para Israel la imagen de un pueblo peregrino en tránsito a la libertad. Sin embargo el símbolo es más complejo. El desierto tiene una doble faz. Por un lado, es lugar de la prueba: temperaturas extremas, soledad radical, tentación de desesperar... todo lo accidental queda a un lado para encontrarnos con la propia verdad. El desierto es en el fondo, el lugar donde caen las máscaras y donde ya no corre la mentira. Por otro lado, el desierto es el lugar del encuentro íntimo, de la revelación total. Fue en el desierto que Yahvé dio a conocer el decálogo como signo y sello (memorial) de la alianza. Es en el desierto, en las afueras, donde el Dios esposo conquista a su elegida. "Por eso, voy a seducirla, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón" (Os 2,16). A la voz de Oseas se suma la del profeta Jeremías: "De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo; aquel seguirme tú por el desierto, por la tierra no sembrada" (Jr 2,2).

Jesús va entonces al desierto a hacer una experiencia honda y variopinta. Va además a clarificar su propia identidad y su misión. "Quién soy? ¿Hacia dónde voy?". Es necesario retirarse para escuchar tanto la voz -el gemido- interior, como la voz del Padre. Y así, desde la confluencia perfecta entre conciencia y mandato, encarar con decisión lo venidero.

Dice el Evangelio que Jesús fue tentado por Satanás. Ciertamente, la manifestación más fuerte (y sombría) de la hostilidad del desierto la encontramos en la figura enigmática y oscura de Satán. Él concentra la lucha contra el mal que Jesús viene a librar, y que no está dispuesto a evadir. Hoy día corremos el riesgo del doble extremismo: la exageración del poder demoníaco al punto de la obsesión, y la minimización burlona, superficial, e ingenua, del "misterio de iniquidad". En medio de estas posturas se levanta la espiritualidad clásica, la de todos los que tienen algo de camino hecho en la vida del Espíritu. Ellos reconocen que Satanás sale al cruce y que su influjo puede causar estragos. Pero también saben ellos, los santos y maestros, que Jesús lo ha vencido de manera definitiva, y no hay motivos para tener miedo.

Esto nos permite ingresar mejor en el misterio de Jesús. Él no va al desierto como un autista, a desentenderse del resto. Va al desierto a gustar en su carne la tentación, a ser probado, y a experimentar la fragilidad de la condición humana. Se trata de un camino de solidaridad con el hombre caído. Desde la debilidad se abre en comunión a todas nuestras luchas cotidianas, y en él, nos permite tener parte en su fortaleza.

Marcos nos dice que Jesús "vivía entre las fieras y los ángeles lo servían". Frente a aquella figura inquietante de Satanás aparecen las figuras luminosas, cándidas y serviciales de los ángeles. Y así logramos apreciar a Jesús, cual nuevo Adán, en una creación reconciliada; es un paisaje de armonía cósmica, de señorío universal: lo más bajo (fieras) y lo más alto (ángeles) acreditándolo como mesías (Is 11; 35).

Junto al desierto de Israel y el desierto de Jesús, está el desierto de la Iglesia; nuestro desierto. El desierto sigue siendo una realidad muy actual. Ya hace mucho, un pensador con rasgos proféticos como F. Nietzsche, pronunciaba palabras de tremenda vigencia. "El desierto crece". Y de vez en cuando nos ronda la sensación de que, efectivamente, no ha dejado de crecer. Esta intuición filosófica es mucho más que una proclama nihilista de corte intelectual. El desierto (metafísico, si se quiere) no queda recluido a la biblioteca, sino que afecta la existencia, los afectos, el espacio vital. Benedicto XVI, en su primera homilía como papa, dijo una frase hermosa y profunda: "los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores".

Está el desierto del sinsentido, del amor no correspondido, de los niños de la calle, de los abuelos solos, de los dementes en los psiquiátricos, de la agresividad en los modos, de las múltiples ofertas de evasión, etc. Y uno teme seguir para no ser tachado de (o no terminar siendo) pesimista. Pero acá llega la clave. Nosotros vamos al desierto "con Jesús". No somos kamikazes, no enfrentamos al mal ingenuamente, sino con la humildad y la confianza de los hijos de Dios. También nosotros vamos "impulsados por el Espíritu". Nos atrevemos al desierto porque nos lleva de la mano el que ya venció al tentador.

Concluyendo, dos pensamientos: 1. La primera tentación a sortear en esta cuaresma es la evasión del desierto, resistir ese espacio de lucha espiritual. Hacerlo, por pereza, desconfianza, o lo que sea, sería entegarse a la derrota antes de empezar. 2. La cuaresma fue desde siempre para los cristianos un tiempo fuerte de conversión. En épocas de menos facilidades cumplía las veces de un prolongado retiro espiritual. Hoy que las posibilidades están más a mano cabe plantear la necesidad (para todo cristiano) de un retiro anual: un día, un fin de semana, o el tiempo que cada uno pueda dar. Lo importante es no escatimar los medios necesarios para volver al centro y encontrarnos una vez más con el Dios que nunca se cansa de buscarnos.