"Dar razón de la esperanza" (1 Pe 3,15)
de modo claro y profundo, con lenguaje actual y significativo, en clima orante y sapiencial
sábado, 19 de marzo de 2011
La crisis de la Iglesia alemana
sábado, 25 de diciembre de 2010
25 de diciembre de 2010
anti-climax navideño. Lo digo de mi familia y lo digo de mí mismo. ¡Cuántas traiciones hacia Aquel que viene en Nombre del Señor! Todo parecía empañar la Navidad. Pero ¿era realmente así? De pronto entendí que, aunque ese razonamiento tenía su cuota de verdad, no era del todo cierto. Toda la mugre, toda la lacra del hombre no empañaba el misterio de la Navidad sino todo lo contrario... lo resaltaba. La Navidad no es del hombre sino de Dios. En medio de la noche y de la vergüenza de una humanidad que no logra escapar al lodazal, brilla con más fuerza el amor de Dios que se empeña en visitarnos. Qué desmesura. Qué locura la de Dios. En un mundo desquiciado donde la supervivencia nos lanza a la evasión -que las hay más y menos refinadas-, Jesús no toma distancia sino que visita. Se adentra. Arraiga. Nace.La visita de Dios no es un mero gesto de buena voluntad. No es la simpática compañía del que simplemente está. Jesús viene para transformarnos y tiene con qué hacerlo. "A los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de ser hijos de Dios".
En la nochebuena solemos regalarnos cosas. Es una práctica que, hay que reconocerlo, tiene mucho de comercial. Sin embargo, en lo esencial expresa algo muy profundo. En cada regalo uno "se" regala. Y eso es la Navidad. Dios que se regala, que se brinda, que viene... en persona. Dios que no simplemente dice palabras sino que "se" dice, de modo definitivo, en Jesús. Así como nosotros intercambios paquetes, también en la Navidad se da un "admirable intercambio". El Hijo se hace hombre, para que los hombres seamos hijos. Dios desciende para que el hombre ascienda. Él comparte nuestra humanidad para que nosotros participemos de su divinidad. "El que tenga oídos para oir que oiga".
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Hoy quiero tomarme en serio ese intercambio y pedir para todos una gracia especial. La pido para el mundo y los grandes líderes, la pido particularmente para la Argentina, pero también para los míos y para mi propia vida. Necesitamos recuperar la Palabra. Necesitamos volver a hablar ya que es lo más propio del hombre y aquello que nos asemeja a Dios. Estamos saturados de piquetes y mentiras, de tanta confusión premeditada y de los violentos estallidos, de las descalificaciones y las riñas decadentes. ¡Jesús enseñanos a hablar! Instaurá el sentido en nuestras relaciones. No una lógica fría y desencarnada, sino tu sentido cordial de Verbo del Padre que respira Amor. ¡Feliz Navidad!
sábado, 27 de noviembre de 2010
Vigilia por la vida humana naciente
El Papa Benedicto XVI ha convocado para hoy, día en que comenzamos la preparación de la Navidad, una vigilia mundial de oración por la vida naciente. El sentido profundo es el siguiente: los cristianos creemos que Jesús es la Vida y quien nos da la vida en abundancia (Jn 14,6; 10,10). En él, toda vida humana ha recibido una nueva dignidad. Pero sabemos también que mientras nos disponemos a recibir al niño de Belén existe en nuestro tiempo un grave desprecio por la vida naciente. Por eso queremos acompañar este tiempo de espera en que contemplamos el embarazo de la Virgen María rezando por una nueva cultura de la vida. Año a año nos conmueve el misterio tierno y pobre de Jesús en el pesebre. Sin embargo somos concientes de que Jesús fue un niño indefenso y vulnerable ya desde el vientre materno. El suyo, como el de muchos, fue un embarazo que irrumpió sorpresivamente trayendo desconcierto, incomprensión y dificultades. Y en ese embarazo escandaloso para el mundo llegaba la redención.
El nuestro es un mensaje en positivo: estamos a favor de la vida… siempre, pero sobre todo cuando hay una debilidad tan grande. Nos anima el deseo de ser fieles al Evangelio reconociendo en los niños por nacer al mismo Jesús que dijo: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25,40). Nuestra oración quiere ser inclusiva y misericordiosa.
Pablo VI
miércoles, 17 de noviembre de 2010
3º aniversario de ordenación sacerdotal
Siempre es bueno confrontar la propia vida con la Palabra de Dios. Ahora que ya pasaron tres años de mi ordenación sacerdotal, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones. Comienzo con tres imágenes bíblicas.
La primera viene del libro del Génesis (15,1ss) y forma parte de una escena clave para nuestra historia de fe ya que nos presenta la alianza que Dios establece con Abraham. Allí, a los efectos de sellar la alianza, Dios le manda a Abraham que tome algunos animales de tres años y que los parta en dos según la costumbre contractual de la época. Me gusta pensar que mi sacerdocio es ese animal de tres años, ofrecido como testimonio de la alianza, de la unión inquebrantable, entre Dios y los hombres. Me gusta pensar que a través de mi vida se hace realidad el misterio de la alianza nueva y eterna que día tras día se hace presente en el altar. Y esos animales de tres años, partidos al medio, me recuerdan que soy yo quien tiene que partirse, de la misma manera que Jesús se deja partir por mis manos vacilantes y pecadoras en cada Misa. Todavía más. El relato dice que una vez expuestas las ofrendas “bajaron las aves de rapiña” para devorarlas. Pero Abraham, entrado en años, las espantó. Hoy pido que no falten en mi vida los viejos sabios y aguerridos que custodien mi sacerdocio, no sólo como algo propio sino como signo de la alianza que hace bien a todo el pueblo de Dios.
La segunda imagen sale de la carta a los Gálatas (1,18). San Pablo, que se siente elegido desde el vientre materno y que vive su apostolado como una gracia inmerecida, nos cuenta que después de tres años de intensa misión subió a Jerusalén para entrevistarse con Pedro. Así como Pablo sintió la necesidad de confrontar su doctrina, yo también quiero poner mi ministerio al servicio de la Iglesia. Quiero que ella me confirme y me corrija, porque no quisiera hacer nada fuera de su comunión de Madre. Eso sería, como dijo san Pablo, “correr en vano” (Ga 2,2).
La tercera imagen es del Evangelio según san Lucas (13,7-9). Cuenta Jesús, en una de sus parábolas, que había una higuera que no daba frutos. Pasados los tres años el dueño se fastidió y quiso cortarla. Pero el viñador intercedió pidiendo un plazo de gracia y prometiendo ocuparse especialmente de aquella planta. Sé que a pesar de todo el bien que Dios hace a través mío, en muchos aspectos puedo identificarme con esa higuera estéril que ocupa terreno inútilmente. Por eso, qué consolador es descansar en la misericordia de Jesús, que sigue apostando y se compromete con esperanza a trabajarnos interiormente hasta sacar lo mejor de uno mismo.
Pero un sacerdote no se entiende sino con sus fieles a los que trata de servir. Y como todo padre de familia siente una peculiar alegría al reunir a sus hijos en torno a la mesa. Nunca se es más sacerdote que celebrando la eucaristía. Porque el cura no celebra para sí sino para Dios y los suyos. Su misión es tender y ser él mismo un puente. En la misa convergen las historias particulares para hacerse una sola ofrenda, aunque de tono diverso: súplica y arrepentimiento, alabanza y acción de gracias, frustración e impotencia…
En la primera lectura, el libro del Apocalipsis nos hablaba de una liturgia celestial (4,1ss). Uno podría pensar que es una descripción del más allá, y eso sería correcto. Pero también es verdad que esa liturgia se vive anticipadamente en la Iglesia; y de modo especial en la misa. ¿Es la comunidad, y el cura como pastor, esa “puerta abierta” del Apocalipsis que deja ver la gloria de Dios? ¿Es nuestra vida una alabanza que prolonga con entusiasmo y gestos bien concretos el canto al tres veces Santo?
Termino con una última imagen. En la liturgia del Apocalipsis, que es la nuestra, aparecen “24 Ancianos” con túnicas blancas y coronas de oro. Estos ancianos, literalmente presbíteros, rodean el Trono de Dios. Es sin duda un privilegio de cercanía pero que se corresponde con una profunda actitud de servicio. Ese servicio consiste en que los presbíteros son los primeros en postrarse para adorar a Dios mientras dejan sus coronas a los pies del gran Trono. Sea esa, ¡quiera Dios!, una imagen elocuente de mi ministerio. Señor: que todos los sacerdotes del mundo podamos vivir deponiendo honores y arrodillándonos sin demora ante ti. Porque sólo “Tú eres digno de recibir la gloria, el honor y el poder”, por los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 7 de noviembre de 2010
El cristiano y la angustia
domingo, 19 de septiembre de 2010
Beato Newman
No pretendemos aquí ser originales, sino apenas celebrar con toda la Iglesia el culto público a quien es todo un modelo cristiano; y cristiano católico. Qué decir de aquel varón de rasgos marcados cuya figura inspira quizás un ascetismo difícil, pero que nos habla a la vez de la seriedad de su camino espiritual. En Newman admiramos su fidelidad a la conciencia, como Voz que interpela y remite al misterio trascendente de Dios. Efectivamente, en más de un sentido Newman ha sido un solitario. Pero su soledad, la del que se anima a vivir sin otra guía que la amable Luz del Espíritu,[1] es la condición para una intimidad mayor con Dios: "solus cum solo".[2]
Hace décadas que los papas ven en Newman un estímulo, no sólo por haber sabido sufrir por la Iglesia (en nombre de y a manos de) sino por haber llegado a destino: la verdad conduce a casa. Su epitafio, asumido por el Vaticano II (LG 16), resume en cierto sentido toda su existencia: ex umbris et imaginibus in veritatem – desde las sombras y las imágenes hacia la verdad.[3] Si León XIII acostumbraba llamarlo “mi” cardenal, no menor es el afecto que le profesa Benedicto XVI. El papa alemán lo conoció ya en su juventud por medio de su maestro G. Söhngen, y quién podría dudar de que esa estima ha ido en aumento. La armonía entre fe y razón, la pasión indeclinable por la verdad, la fina percepción para las realidades invisibles, el sólido anclaje bíblico y patrístico de la gran Tradición, la liturgia como anticipo escatológico… Entre tantas amarguras, Dios le ha concedido a Benedicto la gracia de ser quien lleve a los altares al sobrio cardenal inglés. Dejo en suspenso esta fructuosa amistad, este juego de espejos en que dos vidas paralelas se potencian en la comunión de los santos.
Pero ¿quién fue Newman? Fue un cristiano que aunque rehuyó el aplauso del mundo, atrajo con su aguda prédica las miradas de su tiempo. Su extensa vida recorrió casi por entero el siglo XIX (1801-1890); y conoció, justo en la mitad (1845), el hito de la conversión. Músico y poeta, místico y apologista, teólogo y predicador, académico y pastor de almas. Newman es un fenómeno de gracia, una irrupción anticipada y por eso mismo incomprendida de los desafíos del siglo XX. Su legado, todavía en recepción, es más un espíritu que una receta inmutable. Apertura católica a la larga historia de la Iglesia para resolver los problemas que parecen nuevos pero que son los de siempre.
Otro Pablo, otro Agustín. El converso lleva en sí el fuego de la novedad. Newman desconcierta porque exige un compromiso arduo donde no hay lugar para el regateo.[4] Quemó las naves, abandonó prestigio y apostó todo por seguir a Cristo en la fe de Roma. Más allá de su trayectoria intelectual, debemos recordar –como él mismo hizo– que nadie da la vida por una idea. Newman nos habla de una fe íntegra e integral. Por eso, junto con Benedicto, queremos sintetizar su legado desde la síntesis que John Henry eligió para su lema cardenalicio. Cor ad cor loquitur: corazón que habla al corazón. En esta actitud cordial, respecto de Dios y de los hombres, reside el secreto de Newman. Interioridad que se abre a un diálogo amoroso, misterio de comunión profunda, Trinidad en Cristo revelada.
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[1] Cf. “Lead Kindly light”.
[2] Apologia pro vita sua, VI-2.
[3] El evidente tono platónico (sombras) se conjuga con la mentalidad bíblica. “Imágenes” hace alusión a lo que es mera figura, boceto, realidad imperfecta que remite más allá, es decir, al original. Todo ello en una visión dinámica (hacia) que dice tensión escatológica.
[4] “Señor haz de mí lo que Tú quieras, no pretendo regatear, no impongo condición…”.


