"Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente" (Mt 10,8). Sería un error entender esta lógica de gratuidad, que nos propone Jesús, como si se tratara simplemente de pagar con la misma moneda. No estamos en el ámbito de la perfecta simetría: el reverso del do ut des - doy para que me des.
La gratuidad del Evangelio pide más. Ser bueno sin exigir nada a cambio ya es una gran cosa. Pero a veces aquellos a quienes hacemos el bien no lo sienten así, y nos hacen "pagar" un precio por esa bondad, por más insólito que parezca. Es lo que le ocurrió a Jesús, y nos puede ocurrir a nosotros también. De allí que la gracia nunca sea algo trivial, sino que siempre lleva consigo -de una u otra manera- el signo de la Cruz.
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