domingo, 18 de noviembre de 2007

Cáliz



¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?
Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor.
(Sal 116,12-13)



La copa es la vida. A veces llena, a veces medio vacía.

Y en la Biblia es la suerte, lo que a uno le toca vivir. “Padre mío, si es posible que pase de mí esta copa” (Mt 26,39).

Quise para mi cáliz de ordenación sacerdotal una corona de espinas. Así se hace claro que lo que se bebe es la sangre de Cristo. Este detalle, sumado a otros de mi casulla, suscitaron en varios el mismo comentario: ¡Cuánta sangre! Y a mí me gusta responder con una cita del Levítico: es que “en la sangre está la vida” (17,14). Y si la hay en hombres y animales, ¡cuánto más en el Hijo de Dios! Porque en aquellos es vida, pero en éste, Vida se escribe con mayúscula.

Hice inscribir también tres palabras griegas. Una de ellas (dypsoo) significa “tengo sed” (Jn 19,28). Yo tengo sed de esa sangre, de esa Vida. Pero misteriosa y paradójicamente, Dios también tiene sed en Jesús de nosotros.

La copa quiso ser ancha y profunda, generosa –como el corazón de Dios. Así muchos podrán acercarse para gustar la salvación. Pero simultáneamente quiere ser un signo profético (escatológico). Difícilmente esa copa será llenada. Entonces habrá de recordarnos que somos peregrinos, que nunca el deseo estará colmado. Y en el anhelo herido reforzaremos la vigilia hasta que Él venga a buscarnos. Amén.

viernes, 12 de octubre de 2007

Hacia Luján

Peregrinar es caminar por devoción hacia un santuario; es decir, lo que hoy hacemos todos nosotros: caminamos hacia la casa de la virgen. Pero también peregrinamos a lo largo de nuestras vidas: es un caminar hacia la Patria Celestial. Entonces la experiencia que hoy tengamos puede ayudar mucho a vivir con sentido profundamente cristiano nuestras vidas. El peregrino está de paso, de camino, su horizonte no es caminar sino llegar. El peregrino tiene altibajos en lo físico y en lo anímico: hay momentos de vitalidad y otros de cansancio, hay euforia pero también hay bajón. El peregrino deja comodidades, y no duda en soportar las pruebas del camino porque sabe que es la Virgen quien lo convoca y comprende la importancia de la visita. De la misma manera el cristiano elige muchas veces el camino arduo, “la puerta estrecha del evangelio”, por seguir a Cristo; y no mide sacrificios porque entiende bien que es Dios quien lo espera al final.

Ahora bien, miremos un poco a los costados. No estamos solos: hay gente por delante y por detrás. Varones y mujeres, jóvenes y adultos, algunos parecidos entre sí y otros muy distintos. Caminamos todos juntos como Iglesia. Y en la inmensa variedad podemos reconocernos igualmente convocados por Jesús y María: Somos la familia de Jesús (el Santo Pueblo fiel de Dios). Lo mismo pasa en nuestras vidas: los cristianos vamos como Iglesia al encuentro del Señor. Porque quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo (CEC 781). Que esta experiencia nos sirva para vivir sin individualismos, unidos y sin desalentarnos porque siempre habrá algún cristiano que me ayude y otro a quien pueda ayudar.

Finalmente queridos peregrinos, miremos a “María Peregrina”. Ella no sólo nos espera al final del camino, sino que como atenta madre que es viene ya a acompañarnos en nuestra marcha. María la llena de gracia, la virgen sin mancha es modelo de la Iglesia en su camino de fe, y también en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (CEC 972). Sí, entonces al término de nuestras vidas ella nos tomará de la mano para entrar al Cielo y escuchar del ángel las palabras: “Bien hecho siervo bueno y fiel entra a gozar del descanso de tu Señor”.

Año 2000

domingo, 30 de septiembre de 2007

Fugaz contacto con la reina


Es conocida la orden que el Señor dirige a Moisés frente a la zarza ardiente: “Descálzate, porque estás pisando terreno sagrado” (Ex 3). Sin embargo, nuestra torpeza hace necesario que la recordemos una y otra vez. ¡Tanto es el descuido! ¡Tanta la costumbre y pérdida de asombro! Nuestras miradas se han hecho calculadoras y frías (y no olvidemos que la felicidad es una cuestión de mirada).

Pero suele ocurrir –no muy frecuentemente- que nos ganen de mano. Es entonces cuando la realidad nos invade a ritmo arrollador y, venciendo toda resistencia, toma la fortaleza del corazón. Sí; tocamos el misterio e intuimos la delicadeza del terreno. Ya no hacen falta indicaciones: el instinto nos guía en lo inefable.

No hay duda; la experiencia llega como gracia (gratis). Quizá dolorosa, y siempre desbordante, nos regala el don largamente esperado. ¿Cómo nombrarlo? ¿Cómo identificar el eco mismo del abismo? Silencio. Cual piadoso manto nos aleja del ruido y cubre lo superfluo, para –extraña paradoja- sumergirnos y de-velarnos la desnuda realidad.

Entonces, descolocados, volvemos a tratar con aquel olvidado sentimiento: el pudor. Es que la realidad desnuda como tal no es novedad: reality shows, talk shows, emergencias médicas en pantalla y ¡hasta operaciones de travestis! Sí; pero ahí vemos piel…se nos presenta una realidad pornográfica. Pero cuando la realidad se muestra mujer, cuando la desnudez es intimidad, alegre o amarga pero expresiva intimidad ¿podemos sostener la mirada? Silencio.

Se trata de una invitación para caballeros; requiere respeto y valentía. Nos invade la ubicación… nuestra pequeñez nos obliga a doblar la rodilla y en seguida llega la reverencia. Abrumados y procurando no desentonar susurramos: ¡Salud, soberana Majestad! ¡Viva la Señora Realidad! Silencio. Seguimos expectantes, oyentes de esa palabra (la realidad en efecto, es Palabra), mientras deseamos que ese instante sublime no muera. Su realeza gobierna y nuestro tributo es el silencio.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Cuestión de lenguaje

Escribo las siguientes líneas no tanto como un manifiesto apologético sino como una herramienta, un intento de respuesta para todos aquellos a quienes tanto quiero y me/se preguntan por la postura católica ante las relaciones (genitales) prematrimoniales.



No tengo cuerpo. Soy cuerpo. Lejos de ser un sofisma, se esconde aquí una de las claves de comprensión para la propuesta bíblica. En efecto, la visión del hombre que emana de la Biblia es la de una unidad radical: unidad corpóreo-espiritual. Esta antiquísima verdad heredada del pueblo hebreo se ve hoy corroborada –cuánta agua bajo el puente- por la ciencia. Habrán escuchado hablar de “somatización”. Es un neologismo, una palabra nueva que proviene del griego y quiere decir algo muy viejo. Soma (swma) significa cuerpo, y por tanto sería algo así como “corporización”; el diccionario lo explica como un “transformar problemas psíquicos en síntomas orgánicos de manera involuntaria” (RAE). Lo que queda implícito es que hay una conexión entre cuerpo y espíritu, no son dos magnitudes independientes; y prueba de esto son tantas malas contestaciones asociadas a dolores de cabeza, u otras tantas úlceras fruto de conflictos emocionales alejados de gérmenes y bacterias. Del mismo modo sabemos que el buen o mal ánimo es decisivo en cuanto a las defensas y convalecencias.

Por todo lo dicho: no tengo cuerpo, soy cuerpo. Es hora de abandonar los usos y comportamientos dualistas, que nos desgarran y nos engañan creando una suerte de esquizofrenia interior. El cuerpo no es algo extrínseco, algo ajeno de lo cual dispongo asépticamente sino que me afecta íntimamente. Nuestra manera de expresarnos es corporal: desde las palabras hasta las caricias, todas nuestras manifestaciones se valen del cuerpo. Y al decir esto damos gracias a Dios y nos gozamos. Aquí no cabe la vergüenza ni el desprecio a la materia. ¡Cuánta riqueza de otros nos llega de este modo (y no hay otro)! Mucho ayudaría, pienso, tomar más conciencia y reflexionar sobre el lenguaje corporal.

Y aunque este tema podría seguir siendo desarrollado con eventuales comentarios para las relaciones humanas y la pedagogía, nos preguntamos ¿qué nos dice esto a la hora de pensar las relaciones prematrimoniales?

Supongamos primero que alguien quiere honestamente buscar la verdad, descubrir un orden, una ética que guíe su conducta. Porque muchos hay que todo esto les tiene sin cuidado, y entonces el diálogo carece de sentido. Supongamos también que el cuestionamiento es sincero y se enmarca en una relación que quiere ser seria: “¿Por qué no podemos tener relaciones prematrimoniales sin nos queremos?” ¿Estás dispuesto a pensar mi visión?

Fenomenología del acto conyugal
Creo que una aproximación interesante sería pensar la coherencia. Así como se puede mentir con las palabras, también se puede hacerlo con el cuerpo. De hecho, la mentira más triste de toda la Historia fue muda: “¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!” (Lc 22,48). Lo que entra en juego es la distancia que se abre entre lo que se expresa corporalmente y lo que se vive.
De los posibles accesos al acto conyugal –ciertamente limitados por la no-experiencia- hay uno que sin ser el principal me parece el más fuerte y expresivo a nivel simbólico: la desnudez. Se trata de un despojo, de una revelación, de una epifanía. Es una mostración que debiera estar corroborada por la desnudez espiritual; transparencia que suele ser ardua. El lenguaje corporal de la desnudez -todo yo ante todo vos- implica (por supuesto no ipso facto) la abolición de los secretos y las máscaras. Ya no hay reservas. Ahora bien, mientras no haya matrimonio habrá más o menos reservas, pero reservas al fin.

Otro acceso, quizás el principal, es el carácter definitivo. Hay en la vida hechos que dejan huella indeleble. Aunque queramos minimizarlos están allí con toda su fuerza, y siguen vigentes en nuestro historial. La primera relación conyugal es uno de esos casos, y por ende supone un tesoro a custodiar. Una experiencia única que no estoy dispuesto a regalar, que no quiero que sufra la frustrante inconstancia del picaflor. Y no sólo por mí. Deseo decirle a mi cónyuge que lo estuve esperando y me he reservado. Sólo para él. La fenomenología del acto conyugal nos dice que es una relación de exclusividad. No hay lugar para terceros. Pero mientras no haya matrimonio, habrá reservas al respecto.

El tercer aspecto es el de la unión fruto de la mutua entrega; “se hacen una sola carne” (Gn 2,24). Para la mentalidad bíblico-hebrea (que es la cristiana) “carne” es la persona toda, y no sólo su cuerpo. Dado lo evidente de la cuestión seremos breves. ¿Se corresponde esta unión íntima y puntual con lo que la pareja vive cotidianamente? ¿Están sus proyectos así de indisolublemente unidos? Mientas no haya matrimonio, está claro que quedan cosas por entregar.

En el caso de quienes no conviven el doble mensaje es notorio: ni siquiera comparten el techo y pretenden compartir el misterio mismo de sus personas. Pero también para quienes conviven hay una invitación a la reflexión. Si se objetara que tales reservas no existen, yo me permito preguntar porqué entonces no se da el paso final. Si para tantos enamorados el matrimonio es motivo y fuente de alegría, porqué este enamorado en particular no acierta a manifestar su amor irrevocable. ¿Asomará quizá algún temor? Si se trata sólo de papeles, ¿por qué tanta historia en firmarlos? Es curioso que no se ratifique de puño y letra lo que se pretende expresar corporalmente. Pareciera más bien que lo que no se quiere entregar es la palabra, el compromiso, el futuro, la vida… reservas.

* * *

Hablemos ahora en positivo (aunque sean dos líneas). ¿Qué es el matrimonio? Es atarse libremente a alguien, es afirmar tan rotundamente el mutuo amor al punto de desafiar al futuro. Es no reservarse ninguna carta, y eso es ciertamente una aventura; yo diría que es una jugada mucho más osada que cualquier flirteo ocasional. También es soñar y pensar a largo plazo dejando que otros –los hijos- se aprovechen de ese amor. “Eso también pueden los no casados”. Sí, pero no pueden darles a los hijos la seguridad, la certeza de que se han jurado, en matrimonio, amor hasta la muerte.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Jesús de Nazaret: Ratzinger-Benedicto XVI

[Jesus von Nazareth, Herder, Freiburg-Basel-Wien 2007; 448 págs.]

A pocos meses de su presentación, Jesús de Nazaret es ya todo un suceso editorial. A la hora de comentarlo brevemente, no deja de ser relevante que este libro sea la primera parte de una obra más extensa. De hecho, sólo la segunda mitad -que aún no conocemos- permitirá un juicio más acabado. Conscientes del carácter fragmentario, creemos sin embargo que las cuatrocientas páginas publicadas permiten (y esperan) una reflexión.

¿Quién es el autor? “Ciertamente, no necesito decir expresamente que, este libro de ninguna manera es un acto magisterial, sino expresión tan sólo de mi búsqueda personal ‘del rostro del Señor’ (cfr. Sal 27,8). Por eso cualquiera es libre para contradecirme”[1]. La firma que sigue da que pensar: Joseph Ratzinger – Benedikt XVI. Creemos que esta suerte de “doble autoría” es iluminadora en más de un aspecto:
1. Se subraya la continuidad de esa búsqueda de Dios más allá de la misión encomendada: el Papa también tiene sed de Dios (cfr. Sal 63,2).
2. Refleja además el proceso redaccional de un esfuerzo que comenzó a mediados de 2003 y siguió luego del llamado a la sede de Roma.
3. Explica en gran medida la repercusión mediática. Sin duda la magnitud de la respuesta al libro obedece a la investidura del autor (B.XVI), pero ¿quién podría negar que esto se ve potenciado por su reconocida trayectoria teológica (Ratzinger)?
4. Se trata de un libro de divulgación que sin pretender entrar en la disputa teológica –así se aclara repetidamente-, brinda abundante material para la discusión de los especialistas.

El libro puede dividirse en prólogo y desarrollo. El primero es fundante, denso, científico. El segundo es pastoral, ameno, muy enriquecedor.

Prólogo. Constituye la puerta de entrada al libro, y sirve al autor para proponer sus objetivos fundamentales. El lector no familiarizado con algunos conceptos teológicos puede sentirse perdido, al punto de asustarse ante cierta densidad teológica. Es que se trata de un ‘prólogo metodológico’, en el cual se explica el modo de trabajo y el porqué de esa opción. Es aquí dónde seguramente se centrará la discusión teológica, por más que recurra a otros pasajes para ampliar el debate. En estas páginas el autor retoma una temática que lo ha acompañado por décadas: la lectura e interpretación bíblica[2]. Resumamos brevemente la propuesta.
Es ya patrimonio adquirido de la Teología católica (y de la exégesis bíblica en particular) el llamado “método histórico crítico”. Para abrirse camino tuvo que afrontar resistencias, temores reactivos a ciertos excesos que separaban al ‘Jesús histórico’ del ‘Cristo de la fe’. En efecto, estas tendencias generaron una nociva desconfianza en la imagen que los evangelios nos brindan de Jesús; y ella no se ha disipado del todo. “Una situación tal es dramática para la fe, ya que su mismo punto de referencia queda inseguro: la amistad interior con Jesús, de la que todo depende, está amenazada de caer en el vacío”[3]. Aquí –como al pasar- se vislumbra la motivación de fondo del libro, y se pone en contexto la importancia de las precisiones que vendrán.

La discusión sobre los métodos de interpretación, lejos de estancarse ha evolucionado de manera viva quedando reflejada en diversos documentos[4]. Ratzinger-Benedicto XVI dice haberse guiado por esas grandes orientaciones, lo cual no implica renunciar al método histórico. “El método histórico –precisamente desde la íntima esencia de la teología y de la fe- es y permanece como una dimensión imprescindible de la tarea exegética. Pues es esencial a la fe bíblica que se relacione con hechos históricos reales”[5]. Pero este método particular no agota la labor de quien reconoce en los escritos bíblicos la Sagrada Escritura. Por otra parte, afirma el autor, se han hecho visibles algunos límites de este método. Ratzinger-Benedicto XVI enumera los siguientes: 1-Nos sitúa en el pasado, en lo que el autor bíblico quiso y pudo decir en el contexto de su tiempo. Pero, ¿qué nos dice del presente? ¿qué actualidad nos descubre de la ‘Palabra viva’ (Hb 4,12)? “Precisamente la exactitud en la interpretación de lo pasado (Gewesenen) es su fortaleza y su límite”[6]. 2-Por ser ‘histórico’ supone la igualdad de los acontecimientos históricos y, aunque sea capaz de intuir una dimensión superior, su objeto propio es la palabra humana en cuanto humana. 3-Finalmente, aunque ve los distintos libros en su singularidad histórica, la unidad de todos ellos como ‘Biblia’ no le viene como dato histórico inmediato.
Así vistas las cosas, el irrenunciable método histórico –con sus más y sus menos-está intrínsecamente abierto a la complementación de otros métodos. Desde hace unos 30 años se ha venido desarrollando en Estados Unidos un proyecto de “exégesis canónica”. Éste -en sintonía con un principio fundamental enunciado por el Vaticano II (Dei Verbum)- mira el texto en el conjunto de la revelación. El Antiguo y el Nuevo Testamento se implican mutuamente desde una hermenéutica cristológica. Ésta presupone una opción creyente que no viene de un método histórico puro, pero que “lleva en sí razón –razón histórica”. Los mismos textos –en cuanto Palabra inspirada- están abiertos a sucesivas relecturas desde la actualidad de Dios. El Antiguo Testamento evidencia en sí mismo este proceso, así como el Nuevo respecto del Antiguo. Se trata de una dinámica propia de la Sagrada Escritura que, leída en el Espíritu, también nosotros podemos aplicar. Es Palabra del pueblo de Dios para ser leída en el pueblo de Dios.

Desarrollo. Se bebe como agua. Es ágil y claro. En diez capítulos el autor aplica años de estudio y oración. El resultado es una presentación de Jesús desde la fe católica con un hondo anclaje bíblico[7]. Las abundantes citas (transcripciones, no meras referencias) parecen responder a una doble necesidad: ad intra, la Escritura debe ser el alma de la Teología[8]; ad extra, en un mundo cada vez más secularizado no ha de suponerse la base catequística de antaño. Si “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (S. Jerónimo), este libro contribuye a colmar un vacío en torno a la Palabra de Dios.

El mensaje está sólidamente fundado y pedagógicamente expuesto. Tal como se había anticipado en el prólogo, la interpretación bíblica es eclesial: se nutre tanto del método histórico como del canónico, y se enriquece desde la liturgia y los santos Padres. Se podría calificar al libro como una muy seria –mas no exhaustiva- Cristología bíblica.

Se evitan constantemente las disputas sin que ello impida mencionar tensiones y nudos. Prima el anuncio. Todo está al servicio de la fe en Jesús “visto en su comunión con el Padre, verdadero centro de su personalidad”[9]. Para ello los textos bíblicos se iluminan mutuamente y conducen paulatinamente a todo el universo cristiano: mística, liturgia, moral, Iglesia. El autor ha sabido conjugar admirablemente las investigaciones del último siglo, con la mentalidad más abierta de los primeros cristianos (simbólica y tipológica).
Mención especial merece el diálogo con la fe judía, por la constante referencia al Antiguo Testamento, del cual se transparenta un profundo conocimiento. De hecho, la referencia inicial para entender a Jesús está en el Pentateuco. “El punto central, del cual hemos partido en este libro y al cual siempre volvemos, es que Moisés hablaba cara a cara con Dios ‘como habla un hombre con su amigo’ (Ex 33,11)”[10]. Además, se sirve -entre otra bibliografía actualizada- del provechoso estudio del judío Neusner: Un Rabbi habla con Jesús. El resultado es una visión integral de la Biblia. Los textos del Nuevo Testamento crecen en significado, y la novedad de Jesús se hace más patente en continuidad con la fe hebrea.
El libro carece de notas a pie de página, y ofrece como apéndice un elenco bibliográfico general y otro según los capítulos, de manera de poder profundizar los temas. La editorial, por su parte, ha procurado un práctico glosario que puede ser de gran utilidad para aquellos que tropiecen con alguna que otra palabra extraña.


El autor –con sus ochenta años a cuestas- sigue a fiel al estilo que ha lo ha caracterizado en otros escritos: lenguaje claro, exposición ordenada, rigor académico y sapiencial unción. En ningún momento el lector siente que pierde el tiempo; las cosas dichas valen la pena y no hay párrafos de más. Por el contrario, asistimos a la ratificación de algo ya sabido: el autor es un teólogo brillante y se luce aún más en su madurez. Todo auténtico teólogo desemboca en Jesús de Nazaret, aunque integrando la variedad de enfoques. Este libro tiene algo que decir a todos: al dogmático y al biblista, al moralista y al espiritual, al que le preocupa la hermenéutica y al catequista. Pero sobre todo, tiene mucho que decir a los que queremos “ver” más de cerca a Jesús. Ahora bien, ¿qué puede aportarle a la vasta gama de escépticos? Que Jesús es figura que sigue cautivando, que la Biblia merece una aproximación respetuosa, y que también la fe robusta admite ‘logos’ –razón de la esperanza (1 Pe 3,15).

Se ha aclarado expresamente que este libro no es un acto magisterial, pese a lo cual sigue siendo un acto de Pedro. Y a Pedro le corresponde “confirmar a sus hermanos” en la fe (cfr. Lc 22,32); y “la fe viene de la predicación” (Rm 10,17). Resulta entonces que el autor nos comparte su búsqueda, afianzando así nuestra fe. Valiéndose de su carisma, realiza una prédica masiva para que re-descubramos el atractivo de Jesús, la belleza del testimonio bíblico. Al respecto, es interesante lo que opina un teólogo tan serio como Thomas Söding[11]. Para él “habrá y debe haber discusión”, pero además “se deja ver todo un nuevo estilo de papado: el vicario de Cristo en la Tierra no formula dogma alguno, sino que dice: ‘ésta es mi mirada como teólogo: lean críticamente y discútanla’. Esto es para mí revolucionario”[12].

Sirva como fin de estas líneas y comienzo de la lectura de Jesús de Nazaret, la simple invitación de su autor: “Sólo pido a los lectores ese adelanto de simpatía sin el cual no hay entendimiento”[13].

[1] Jesús de Nazaret; pág.22 (Prólogo). Mientras no se indique lo contrario las citas corresponden al libro en cuestión (JdN)
[2]Baste mencionar los artículos publicados en Questiones Disputatae. Ein Versuch zur Frage des Traditionsbegriff; QD 25 s. 25-69; y Schriftauslegung in Widerstreit. Zur Frage nach Grundlagen und Weg der Exegese heute. QD 117, s. 15-44.
[3] JdN pág. 11 (Prólogo).
[4] Desde la Divino Afflante Spiritu (1943), pasando por la Dei Verbum (Vat II, 1965), hasta La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993), y El pueblo judío y su Sagrada Escritura en la Biblia cristiana (2001).
[5] JdN; pág. 14 (Prólogo).
[6] JdN; pág. 15 (Prólogo).
[7] La Pontificia Comisión Bíblica –presidida entonces por el card. Ratzinger- en el documento Biblia y Cristología (1984) calificó a la Escritura de “lenguaje referencial”. En el libro que nos ocupa las citas bíblicas se estiman en 800.
[8] Dei Verbum 24.
[9] JdN; pág. 12 (Prólogo).
[10]JdN; pág. 309.
[11] Thomas Söding es un teólogo laico, especialista en Biblia y con estudios de Germanística. Es miembro de la ‘Comisión Teológica Internacional’ y co-editor con P. Hünermann de la célebre colección Questiones Disputatae. Enseña en Wuppertal y vive en Münster.
[12]Interview der Katholischen Nachrichten-Agentur (KNA) 12-04-2007 in Bonn, según http://www.domradio.com
[13] JdN; pág. 22 (Prólogo).

lunes, 20 de agosto de 2007

Cómo ser mujer hoy*


¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho,
sin compadecerse del hijo de sus entrañas?
Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido (Is 49,15)


Ante todo quiero decir que celebro el hecho que unas jóvenes se planteen el cómo ser mujer hoy. En el fondo se trata de una cuestión de identidad que, como todas, no es fácil de abordar; requiere valentía y una dosis de madurez para encarar un proyecto (en vez de dejarse llevar por la marea de la inercia colectiva).

Hoy experimentamos una cierta cultura unisex. Se vive mucha ambigüedad tanto en las vestimentas como en los comportamientos. Y esto ha dejado de ser un fenómeno reservado a algunas pocas propagandas transgresoras, para ser un hecho de la calle. ¡Qué triste no saber quién tengo delante! Miramos con detención y no logramos distinguir si es varón o mujer. ¡Cuánto más triste para la propia persona que no logra expresar su sexualidad! La psicología sabe, pero basta con la mirada atenta, que la ambigüedad genera angustia. Y en un tema tan decisivo como la identidad sexual, esto no puede sino acarrear notorias consecuencias.

* * *

A veces los pasos más básicos son los que más tardamos en dar. Si queremos saber quiénes somos correspondería preguntarlo a nuestro Hacedor. Es en estos temas donde vuelve con vigor la actualidad e importancia de la fe en el Dios creador. Leemos en Gn 1, 26-27: “Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó”.

La cuestión sería entonces descubrir cómo cada mujer hace presente hoy esa imagen de Dios que es. Porque Dios se quiere valer de cada uno de nosotros para revelar algo de su hermoso misterio. ¿Qué y cómo refleja el ser mujer el ser de Dios? Estamos ante la conciencia de un don que se vuelve compromiso.

Ahora bien, si se me pide unas palabras sobre el tema es porque ya no resulta tan evidente qué es lo característico de la mujer. Su rol – como el de tantas otras realidades- está virando vertiginosamente y, aunque todavía no sabemos dónde habrá de terminar, necesitamos hacer pie. ¿Podemos descubrir lo inmutable del ser mujer?

En esto nos favorece enormemente nuestra antropología bíblica, es decir profundamente unitaria. En efecto, mirando el cuerpo tocamos el núcleo íntimo de la persona, y podemos así obtener una primera (y fundamental) pista. Toda mujer tiene un recordatorio mensual de su llamado a la maternidad. Esta obviedad ha sido eclipsada de tal modo que nos es necesario re-cordarla (= volver a pasar por el corazón).

Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que la esterilidad, que desde siempre fue un drama (e incluso una maldición), es hoy algo buscado? Entre las múltiples respuestas que caben a este verdadero enigma, y que no pretendemos responder se encuentran la pretendida “realización” profesional y anhelos de cómodas “libertades”. En un mundo donde todo se pretende controlado, donde ya no vivimos el milagro de la vida como don, es difícil escuchar la confesión de la madre de los siete hermanos: “Yo no sé cómo aparecieron en mis entrañas, ni fui yo quien les regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno” (2 Mac 7,22).
Con todo, creo que no podemos eludir el siguiente interrogante: ¿Tienen las mujeres de hoy miedo a la maternidad? ¿Dónde quedaron esos juegos infantiles, esos sueños de juventud?

Ciertamente la maternidad no es empresa fácil. Quizá sea mucho más sencillo liderar una multinacional. Porque no se trata de números, ni de un trabajo a reglamento. La maternidad no conoce horarios. Involucra afectos, es decir, pide la totalidad de la mujer. Es más entregado, es más sacrificado, pero es más lindo y nadie podrá quitarle a una madre la alegría de haber engendrado vida. La madre ya no vive para sí, sino que se sabe ligada (por un cordón mucho más fuerte que el umbilical) al hijo que ha dado a luz. Está expuesta. En cierto sentido está indefensa porque es totalmente vulnerable a lo que de ese crío suyo venga. Y a veces los hijos hacemos sufrir a nuestras madres. Por eso, y por la conciencia de un rol que siempre queda grande puede haber miedos. Hace falta entonces magnanimidad -alma grande-, y en clave creyente, confianza en el Señor; pero quien apuesta por ello nunca se arrepentirá.

¿Quieren comprobar que ésta es su misión, su modo de ser mujer? Es sencillo. En los últimos 50 años no ha habido otra mujer con un carisma, con un liderazgo natural, con una admiración universal como Teresa de Calcuta. Y la llamaban “Madre Teresa”, y en India “Madre” a secas. El mundo necesita madres, ése es el rostro femenino del misterio de Dios. No es una conclusión de laboratorio, es la realidad que nos grita su sed de ternura. Cada madre es ternura, delicadeza, amor fiel que permanece[1], que prefiere el gesto a la palabra (Mc 14,3ss), y el estar más que el hacer (cfr. Jn 19,25). La mujer es sinónimo de delicadeza, del detalle que conmueve y de la empatía que se deja conmover. En un mundo tan frío, tan áspero e indiferente como el nuestro, cuánta falta nos hace la conmoción del que vibra con el otro (sea en la alegría, sea en el dolor). Y ésta es una actitud muy de Dios (Mc 6,34; Lc 10,33 etc.).

Los hebreos lo vieron claro. En su lengua eminentemente concreta describieron la misericordia de Dios, su ternura con una palabra muy particular. Rahamim significa literalmente “entrañas maternas”, derivado del singular “útero”. Y de hecho es así como el mismo Dios se presenta a sí mismo (Ex 34,6). Por otra parte una doctora de la Iglesia como santa Teresita dice: “La obra maestra más hermosa del corazón de Dios es el corazón de una madre”[2].

* * *

El varón se hace bien varón frente a una mujer bien mujer. Y viceversa, la mujer se hace bien mujer frente a un varón bien varón. Volvemos a la cuestión introductoria de la identidad y la definición. Pero agregamos el matiz de la complementariedad que podemos rastrear en la Escritura: “Dijo luego el Señor Dios: ‘No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada’” (Gn 2,18); y entonces la respuesta del varón: “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (2,23).

Todo lo que decimos no pretende etiquetarnos, y mucho menos eximirnos de determinadas cualidades según el género. La idea es más bien descubrir en qué cosas ha de llevar la delantera la mujer, para que los varones podamos aprender entusiasmándonos con el ejemplo femenino. Varones y mujeres nos necesitamos mutuamente para ubicarnos, para crecer en nuestras diferencias que lejos de lastimar nos potencian sacando lo mejor de cada uno. A la mujer le cabe la siguiente pregunta: ¿te encontraste con ‘el’ varón: Jesús? Sin encuentro con Él algo habrá de faltarte. Buscalo, dejate seducir (Jer 20,7) por el que te busca con la más pura de las intenciones. Dejate encontrar y animate a gustar de la Palabra del que te hará más mujer que ningún otro. Leé el Evangelio... mirá y hacé la experiencia de otras discípulas suyas: María Magdalena (Jn 20), la samaritana (Jn 4), la pecadora perdonada (Jn 8), las seguidoras ricas (Lc 8), las dos hermanas – Marta y María- (Lc 10), por poner sólo unos ejemplos.

De María no hemos dicho nada, sino sólo aludido a ella por una cita. Es que su maternidad, que es modelo constante, merecería todo un capítulo entero. Por eso, la invocamos al cierre de esta breve reflexión. Pedimos tu intercesión Madre para que muchas mujeres se animen, y con ganas, a imitarte en la vocación por la cual te “llamarán feliz todas las generaciones” (Lc 1,48).

A. F. D. C.
Septiembre de 2006

* * *



A modo de apéndice transcribimos un párrafo del poeta Rilke que en unas pocas líneas abre más de una perspectiva para seguir pensando (¿y discutir?) el tema ya presentado. “Tal vez exista por encima de todo una vasta maternidad como anhelo común. La hermosura de una virgen, de un ser que (como usted tan bellamente dice) ‘no ha rendido nada todavía’, es maternidad que presiente y se prepara, teme y ansía. Y la belleza de la madre es maternidad servidora, y en la anciana hay un gran recuerdo. Y también en el hombre hay maternidad –me parece- espiritual y física; su engendrar es asimismo, una manera de dar a luz; y hay alumbramiento cuando crea de su íntima plenitud. Tal vez los sexos sean más afines de lo que se piensa, y la gran renovación del mundo consistirá, quizá, en que hombre y doncella, liberados de todos los sentimientos y desplaceres se busquen no como contrarios sino como hermanos y prójimos, y se asocien como humanos para sobrellevar sencilla, grave y pacientemente el arduo sexo que les ha sido impuesto”; Cartas a un joven poeta: IV [Bremen, 16 de julio de 1903], Bs. As., 1953, págs. 31-32.

* A pedido de unas amigas para uno de sus encuentros de “círculo” semanal.
[1] “Permanecer”es uno de los verbos preferidos por san Juan para expresar la actitud del discípulo, y simultáneamente recuerda el ‘amor fiel’ que es muy propio del Dios que nos revela la Palabra de Dios (Ex 34,6) .
[2] Carta 138. La frase no es suya, es una cita pero ella la suscribe plenamente.

lunes, 30 de julio de 2007

Veo veo: Una mirada teologal al mundo de hoy


Si no se hacen como niños... (Mt 18,3)
Tú miras al caos, la luz nace entonces
[i]
Sed tamen contemplatio essentialiter
in actu cognitivae consistit,
praeexigens caritatem ratione predicta
[ii]

-Veo veo
- ¿Qué ves?
- Un mundo

Mirar es ante todo una aproximación a la realidad. Aproximación que es siempre una toma de posición, ya sea en la creciente escuela de los maestros de la sospecha, o en la confiada y dócil apertura al mundo que habitamos. “Mi ejercicio, ver y leer todas las cosas como son; mi fidelidad, dejar al ojo ser luz; mi completo abandono de todas las pretensiones me hace aquí, en la serenidad, altamente feliz” (Goethe[iii]). Y en el mirar se da el “admirable intercambio” de dos mundos. Pues, ¿acaso no es el hombre mismo un mundo? Bueno será por tanto, tener presente el necesario movimiento pendular de entrañamiento (Azcuy) y distancia. “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano todo tu cuerpo estará luminoso” (Mt 6,22). En efecto, la mirada como símbolo análogo al de la puerta, es entrada y barrera. No sin razón la tradición bíblica y teológica ha escogido esta imagen para hablar de la plenitud de nuestra vocación. Esto, desde Moisés (Ex 33,20), pasando por los salmos (Sal 36,10), las bienaventuranzas (Mt 5,8), Juan (1 Jn 3,2) y Pablo (1 Cor 13,12), hasta la expresión medieval visio beatifica. Ya que la Escritura nos advierte sobre la profunda conexión entre corazón y mirada, parece oportuno implorar al Señor una y otra vez, que nos libre no sólo de la ceguera espiritual sino también de otros variados y muy peligrosos trastornos: miopía, daltonismo, presbicia.

Ahora bien, ¿qué supone una mirada teologal? Ante todo la fe, la esperanza y la caridad. Aun en la precisión de la fórmula teológica, afrontamos aquí el desafío, de no caer en el reduccionismo de liquidar la cuestión enumerando la magna tríada. En efecto, las mencionadas virtudes están muy lejos de ser un piadoso adorno. Su esencia es la caladura interior, la transformación renovadora de Aquél “que hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Nos gustaría proponer el juego fonético, por el cual decimos que toda mirada supone una morada, un ámbito, un espacio vital que predispone e impregna todo el acto contemplativo. Tratándose de lo teologal pensamos en la noche de la última cena, y quisiéramos ser como el discípulo amado que se recostó sobre el pecho del Maestro (Jn 13). La morada teologal, no puede ser sino un zambullirse (baptizein) en Cristo, para vivir en el corazón de la Trinidad. ¡Quién pudiera mirar su entorno de esa manera!

Bebamos de la Palabra de Dios, para que en un apurado y arbitrario recorrido, nos enseñe el mirar de Dios. Imposible evadir aquella primera mirada (Gn 1), henchida de aprobación y cariño –y vio Dios que era bueno-, que frente al hombre adquiere un tinte superlativo –y vio Dios que era muy bueno. Nuestra raquítica autoestima nos obliga a aclarar que, cuando hablamos de primera mirada, no se trata de un simple orden de aparición sino de un criterio interpretativo, es decir la clave de lectura que debería regir nuestra cosmo-teo-visión.

Con todo, nuestra experiencia revela que esa bondad de base está herida, y conscientes del propio pecado nos interrogamos por la reacción del Creador. Es entonces cuando sale a nuestro encuentro otro hermoso texto, tremendo en su poesía y en su dramatismo. Se trata de Ez 16, donde se narra una apasionada historia esponsal. Allí detectamos tres momentos: la elección inicial (vv. 1-14), la infidelidad y el castigo (vv. 15-59), el perdón en recuerdo de la alianza (vv. 60-63). Detengámonos en la primera instancia, que es la que de algún modo fundamenta la obstinada preferencia de Yahvé. Empieza diciéndole a Jerusalén, protagonista del relato: “dabas asco el día en que naciste”. Pero inmediatamente continúa el Señor: “Yo pasé junto a ti, te vi revolcándote en tu propia sangre y entonces te dije: ‘Vive y crece’”. Estamos ante la mirada de Dios que escruta allí donde la fealdad es extrema, allí donde ninguno otro quiere mirar, allí donde los presagios son de muerte...y Él con su mirada irradia vida. “Por la total soledad pasa Dios y es un paso salvador (...) Al pasar pronuncia una palabra, que es casi creadora, como una bendición eficaz; la criatura va a deber la vida a ese imperativo de Dios”[iv]. La Escritura nos enseña así la gratuidad del mirar divino, que no casualmente se ve reforzada por una llamativa repetición. Con sólo un versículo de por medio, Yahvé exclama: “Yo pasé junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo del amor”. El don no se limita a la vida sino que pasa a una invitación nupcial.

Finalmente llegamos a Jesús, rostro de la misericordia del Padre. Esto quiere decir –en consonancia con lo visto previamente-, un corazón que se inclina sobre la miseria. Se destacan aquí dos pasajes. En primer lugar, aquella atención que tuvo para con el hombre rico. En la narración de Marcos (10,21) se describe; “Jesús, mirándolo, lo amó” (êgápêsen). Es el prólogo a la invitación a seguirlo, son esos segundos de más (gratia) que el Hijo del Hombre prodiga a quien quiera dejarse mirar por El. En segundo lugar, y asumiendo el detalle revelado por Marcos, reflexionamos en torno a una parábola que tiene mucho en común con Ez 16. Se trata de Lc 10,29ss, famoso relato en el que tres personajes miran un mismo hecho. De los dos primeros se dice lo mismo: “viéndolo dio un rodeo” (vv. 31.32). Pero el tercero, un samaritano que no tenía porqué detenerse, lo vio. El término usado es el mismo (idwn), y sin embargo qué distinto parece a la luz de su obrar postrero. El impacto, la repercusión interior es completamente diversa. Notamos aquí aquello comentado al iniciar nuestra reflexión; el hecho puede ser el mismo, pero la mirada implica siempre una situación existencial y un compromiso moral[v]. Por eso sin solución de continuidad, se une a la mirada del extranjero uno de los verbos más famosos del Nuevo Testamento: se conmovió (esplagjvísthê). Estamos ante una convulsión interior. Los espectáculos cotidianos no siempre son de fácil digestión, y como diría el poeta, “la condición humana no soporta mucho la realidad”[vi]. Literalmente, al buen hombre del camino se le han “revuelto las entrañas”, y en esta descripción asoma como una ola en crecida, toda la carga semántica que el Antiguo Testamento condensó en la misericordia divina: rahamin.

No es de extrañar entonces, que los Padres de la Iglesia hayan visto en aquel samaritano al mismo Cristo, quien “no consideró su divinidad como algo que debía guardar celosamente” (Flp 2,6). Fue mucho más allá de lo esperado, se “acercó, vendó, montó, llevó y cuidó”; con palabras de Juan, “amó hasta el fin” (13,1). Y la posada... ¡qué sentimientos de responsabilidad y de honor, de carga e indignidad nos despierta el pensar que la Iglesia está llamada a ser –y es- esa posada! A ella le es confiado el moribundo del camino, el maltratado por los ladrones de turno, hasta que un día regrese el Señor. Felices nosotros, miembros de la Iglesia, si nos encuentra en la tarea encomendada; porque esta nueva bienaventuranza consistirá en ser servidos por el mismo Jesús (Lc 12,37).

Embebido sin duda de esta rica tradición, Pablo VI ha asociado a aquella escena el Concilio Vaticano II. “Aquella antigua historia del buen samaritano ha sido el ejemplo y la norma según la cual se ha regido la espiritualidad de nuestro Concilio”[vii]. Hoy, cuarenta años más tarde, tenemos la tarea de continuar esa actitud de servicio; y para ello es necesario un acto propiamente teologal. Ello nos salvará de dos peligrosos extremos.

En primer lugar, es verdad que al mundo le hace falta una dosis de alegría profunda (gaudium) y de férrea esperanza (spes), pero la aplicación conciliar no puede ser ingenua. Este, nuevamente con palabras de Pablo VI, sabía que “al hacer su juicio sobre el hombre, se ha ocupado más de la contemplación de su aspecto dichoso que del desgraciado. Su juicio ha sido conscientemente optimista”[viii]. De hecho, una inmensa mayoría de fieles, no podría decir qué palabras siguen a aquellas que inician la constitución sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes). Sin estar ausentes, tristeza y angustia (luctus et angor) han quedado relegadas. Es preciso entonces leer el concilio con estas advertencias[ix].

En segundo lugar, la incuestionable experiencia de la miseria humana no ha de suscitar en nosotros ni la condena ni la desesperanza. Al contrario, se reclama una verdad no exenta de caridad. Más aun, esta palabra amorosa y liberadora que constituye nuestro aporte, es también dura; pero dura porque llena de esperanzas. Así, según dijera E. Stein, “el amor es exigente porque ve en sus posibilidades”.

Hoy, siglo XXI. Lo teologal reclama la encarnación, la concreción ‘de cada día’. Ya parecemos habituados a las guerras, y algo similar comienza a ocurrir con los desastres naturales. El pánico por los atentados terroristas (N. York, Madrid, Londres) no presagia un inminente fin, y una vez más escuchamos –de ambos bandos- invocar a Dios como justificante. La palabra se vacía de sentido, y las pulidas declaraciones internacionales contrastan con los hechos. El dominio de la técnica permite como nunca antes la productividad mundial, y la globalización nos facilita las mediaciones...sin embargo, siguen las muertes por desnutrición y las carencias educativas. Hoy, en el concierto de las naciones, se cuestiona la eficacia de la ONU. En nuestro país se ha quebrado la cultura del trabajo; y como sabemos, la corrupción ha echado profundas raíces. Es frecuente la impunidad de la prepotencia, del piquete y de la inseguridad. Nos cuesta la memoria histórica, el debate de ideas, el respeto por las instituciones. En síntesis, hoy nos cuesta la vida política. La ciudad de Bs. As. está sucia, y da pena recorrerla de noche. Como lo denunciara nuestro obispo, descubrimos la ‘tracción a sangre’ humana –e incluso infantil-, y quedamos sin aliento al observar a nuestro futuro inhalando pegamento. ¿Cómo no perder el equilibrio? ¿Cómo no claudicar abandonando nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad? Al mundo de hoy, como al de ayer y al de mañana, le falta Evangelio. Por eso proclamamos con la Vigilia Pascual y la Escritura, la intuición del Año santo 2000: “Cristo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8).

Así vistas las cosas, no será estéril reflexionar desde la etimología de la palabra mundo. En latín, mundus como sustantivo también puede significar “atavío de mujer”, y como adjetivo cosas tales como “limpio, nítido, adornado, elegante, refinado, delicado, bello”. La concepción fundante se corrobora desde el griego, en el que kosmos significa “orden, decencia, adorno”, y de allí deriva cosmética. Experimentamos aquí una brecha. Hemos perdido contacto contemplativo y asombrado con la creación. Al situarnos en el centro hemos resultado defraudados por nuestra condición herida; y claro está, nuestra conciencia moral ha avanzado –al menos en la formulación- respecto de los antiguos. Con todo, persiste la llamada a hacer del mundo ese espacio atractivo del cual nadie quiere quitar la vista. Recordamos la paradojal actitud de Dios en el pasaje de Ezequiel.

Creemos que a la mirada teologal le corresponde trazar puentes. En otras palabras, le toca hacer un itinerario regenerador. Partiendo de una visión negativa de mundo–como a veces la presenta Juan-, habrá de llegar al embelesado canto de las lenguas latina y griega. En ese recorrido hay signos (Jn 2,11) que orientan y anticipan, pequeñas semillas (Mt 13,32) que cobijan nuestras grandes certezas. Sólo es cuestión de percibirlos, y allí juega el interior: “Felices los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). La sincera congoja y el nutrido funeral de Juan Pablo II, el perdurable ejemplo de Teresa de Calcuta, el nene que le dice al papá que lo quiere, la señora que en una ciudad tan amurallada como la nuestra abre su casa para que sea bendecida, dos novios andan tomados de la mano, cada domingo de sol... No todo es opresión y calamidad ¡Dios es Señor de la Historia!

La mirada teologal es mirada en tensión, mirada de la transfiguración, y por eso, ella misma transfiguradora. Con ella se respira en simultáneo pasión y gloria, y viene sólo como regalo. En efecto, la mirada teologal surge del don de la sabiduría a modo de corona teologal. Desde el antiguo Testamento (Is 11) la sabiduría, como vida del Espíritu, “es participación en la capacidad de Dios y de ver y decidir sobre las cosas tal como realmente son (...) La sabiduría es participación de esa clarividencia de Dios sobre la realidad”[x]. No por nada se dice, que ‘sabio (sapere) es aquel a quien las cosas saben (sapore) como son’.

A modo de cierre, y muy a tono con nuestra cultura de la imagen, proponemos una pintura recapituladora: el Cristo de Port Lligat de Dalí, inspirado en el dibujo de S. Juan de la Cruz. La mirada de Jesús se da en perspectiva, desde lo alto y a una cierta distancia. Sin embargo, toda su humanidad está volcada hacia el mundo, y la cruz –cuyo fin se pierde- se supone empotrada en la Tierra que redime. En la parte superior abunda la oscuridad, mientras que en la inferior contrasta el colorido y la bonanza de los hombres. Así ha de ser la mirada teologal, desde el madero que asume la noche y deja paso a la luz. Nuestra existencia, y con ella nuestra religión, es drama. Drama que se hace presente de modo especial en el culto: anualmente en el Triduo santo, semanalmente en el domingo, diariamente en la eucaristía. Y dado que el culto verdadero es la vida misma, nuestra lectura de los acontecimientos debiera estar transida por esta lente pascual. Esto significa, que a cada paso podríamos ser testigos y protagonistas de innumerables muertes y resurrecciones; como si permanentemente actualizáramos el responsorio litúrgico: éste es el misterio de nuestra fe / anunciamos tu muerte Señor y proclamamos tu resurrección, hasta que vuelvas.


-¿Qué mundo?
- El mundo de hoy
- ¿De qué color?
- Color Pascua

Notas

[i] Lit. de las Horas, Himno de Vísperas, jueves IIa semana.
[ii] Tomás de Aquino, Sent. III, 35, 1, 2.
[iii] Goethe, carta a Herder (10-11.11.1786). Citado por Pieper, en Heideggers Wahrheitsbegriff, S.W. Bd. 3, Felix Meiner Verlag, Hamburg, 1995; 195.
[iv] E. Zurro, en: L. Alonso Schökel/J.L. Sicre Díaz, Profetas II, Madrid, Ed. Cristiandad, 1987, 731.
[v] Desde un símbolo análogo como es el escuchar, comentan Mateos – Barreto: “La pertenencia a la verdad precede al hecho de escuchar la voz de Jesús y es condición para ello. Hasta el último momento recalca Jn su gran principio: para escuchar y dar adhesión a Jesús se requiere una disposición previa de amor a la vida y al hombre”; Comentario al Ev. de Juan, Cristiandad, Madrid, 1979; 777.
[vi] T.S. Eliot, Four Quartets, Burnt Norton I: “…human kind/ cannot bear very much reality”.
[vii] Pablo VI, Discurso de clausura del Concilio ecuménico Vaticano II, 7 de diciembre de 1965.
[viii] Pablo VI, id.
[ix] Una vez concluido este trabajo, nos topamos con la siguiente afirmación de González de Cardedal: “El Concilio Vaticano II es anterior a Nietzsche, sigue prendido en el entusiasmo de la modernidad, cree en la bondad natural del hombre tal como la fe, la conversión y el alma nacida del evangelio la han pensado; no acabó de creer en los abismos de la inhumanidad y en las tinieblas que el pecado crea ni en la barbarie que el hombre puede instaurar cuando se constituye en medio y medida de la creación; no pensó hasta el fondo lo que las dos guerras mundiales habían significado no sólo bélica sino moralmente; contó con que el programa humanista de Feuerbach y Marx se afirmariá definitivamente”; La entraña del cristianismo. Secretariado Trinitario, Salamanca 2001, 304.
[x] Ratzinger, El don de la sabiduría, en id. Teoría de los principios teológicos, Herder, Barcelona, 1985; 429.