"Dar razón de la esperanza" (1 Pe 3,15)
de modo claro y profundo, con lenguaje actual y significativo, en clima orante y sapiencial
domingo, 8 de marzo de 2009
Transfiguración 2009
viernes, 20 de febrero de 2009
Babel
Pero la proyección comunitaria sucumbió a un deseo faraónico: la fama del propio endiosamiento. La intención de construir "una torre con la cúspide en el cielo" habla por sí sola. Una nueva versión del arrebato paradisíaco y del robo prometéico. El esfuerzo humano por suprimir la última, y la más fundamental, de las diferencias: la alteridad creador-creatura. El ascenso a la esfera divina en una suerte de "asalto humano al cielo" (Alonso Schökel).
Entonces Dios se anticipa y toma cartas en el asunto. Una primera lectura deja la sensación de un Dios inseguro, que teme la competencia. Y acá está el fondo de la cuestión. Ahora se ve con más claridad: el hombre ha desafiado a Dios, se le ha querido medir de igual a igual. Dios no actúa como rival sino como Padre. "Confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan entre sí". Aplica un castigo que apunta a la raíz. Prefiere un pueblo, una familia, menos pujante pero más humilde. Humildad no es sumisión, sino verdad, realismo. Ya lo decía santa Teresa: "la humildad es andar en caminos de verdad". Y Dios le muestra al hombre su condición: lo que en verdad es. La incomprensión que se desató junto al árbol y la serpiente, había ido en crecida de la mano de Caín, y de tantos otros. "Despierta, tú que duermes. Ahora sabrás cómo es el corazón humano". Con su medida, Dios no hace sino aterrizar al hombre de su sueño inconsistente, para que vea, por medio de signos exteriores el estado de su mundo interior.
Pero Dios es tan grande que saca bien del mal. Lo que parecía un retroceso abre las puertas a un inmenso desafío de luz. La multiplicidad de lenguas, es decir, de culturas y formas de pensar y entender la vida puede ser fuente de conflictos. Pero no necesariamente. También puede ser una bendición. La multiplicidad de lenguas -¿acaso no existen tantos idiomas como seres humanos?- reflejan la inconmensurable perfección de Dios. Al ritmo monocorde, al proyecto hegemónico, al pensamiento único propuesto por el hombre (y los intentos siguen repitiéndose), le sigue la contrapropuesta de lo alto. ¡Hagamos una versión sinfónica! Que los contrastes no sean enemistad sino simples juegos de colores. No suprimamos las lenguas, sino que cada uno hable la suya propia. Y que cada cual aprenda la del hermano.
Evidentemente, el sólo escuchar esto desconcertó al hombre. ¿Cómo sería esto posible? "Todo es posible para el que cree". Y llegó el día, la mañana, en que como un rapto profético y germinal sucedió. Fue una pizca de esperanza con gusto a eternidad. Doce varones dieron el testimonio abrasados por el fuego de Dios (Hch 2). Y a nosotros nos queda la tarea pendiente.
jueves, 25 de diciembre de 2008
25 de diciembre de 2008
Cada uno se expresa como puede, y eso también vale para los evangelistas. Antes de descartar este antiguo himno cristiano, hagamos el intento de captar su mensaje. Si la Iglesia madre lo propone, alguna riqueza traerá escondida.
Por lo pronto, el prólogo de Juan nos ayuda a tomar conciencia de nuestra pequeñez. ¡Qué poco entendemos este misterio! ¡Cuán torpemente podemos expresarlo! El evangelista Juan nos hace el favor de recordarnos que ese niño que ha nacido en un pesebre es el Hijo eterno de Dios. A nuestro ambiente -bastante paganizado-, no le incomoda la escena del pesebre. Es parte del folklore del cual se puede participar sin mayor problema. Pero hablar de que “en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios”… eso ya se pasa de la raya. Porque exige una toma de postura y la aceptación de una realidad que se nos escapa.
Justamente eso es la navidad. Algo que se nos escapa. Algo que nos supera y que nunca estuvo ni estará en nuestros planes. Un nacimiento es siempre un regalo de lo alto, una vida indefensa que se puede acoger o rechazar. Por eso dice Juan que “los suyos no la recibieron”. Este tema del rechazo aparece tres veces a lo largo del prólogo, y nos ubica en el drama de Cristo, que es el drama del hombre. Es un llamado de atención a nuestra libertad que misteriosamente puede cerrarse, no sólo al hermano, sino incluso a la Palabra creadora, luz y vida de todo hombre.
Isaías ordena: “Escucha”, como diciendo, “no de dentro sino de fuera viene la salvación”. Realmente necesitamos que Alguien venga a rescatarnos, a poner en orden tanta confusión, a darle un fundamento a nuestra esperanza. “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Dios se abaja y en Jesús habla, no sobre nosotros sino entre nosotros. Acepta la condición humana en el mayor acto de solidaridad de la historia. Pero la acepta para transformarla. “A los creen en su nombre les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”. Acá está la buena noticia. Si no fuera así ¿qué tendríamos para celebrar? En este último tiempo escuchamos muchos buenos deseos, pero ¿en qué se apoyaban? Quien no cree no tiene derecho a esperar. Pero nosotros sabemos que la Palabra se hizo carne, que Jesús es el Salvador y que la paz tiene rostro. Nuestros “buenos deseos” no se diluyen en el aire cambiante del secularismo, sino que anclan firmemente en la carne de Jesús, que será siempre un escándalo.
Este nacimiento nos dice que Dios cumple sus promesas y no se olvida de los suyos. Algo nuevo está germinando y mi corazón, mi familia, mis amigos, mi patria; todos lo estamos aguardando. Como cualquier recién nacido, Jesús nos reclama y nos desordena la vida. Pero cuánto bien nos hace esta santa complicación. En este tiempo que sigue acompañemos al niño, ese pequeño grano de mostaza, para que pueda crecer y desarrollarse en nuestro interior; de modo que digamos con el apóstol: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2,20).
viernes, 12 de diciembre de 2008
Cansancios
Hay distintos niveles de cansancio. Pasemos revista: 1. Cansancio físico, el más evidente y tangible; 2. Cansancio psíquico, fruto del aturdimiento y las presiones; 3. Cansancio moral, propio de tropezar obstinadamente con la misma piedra (¡tantos años, y siempre la misma!); 4. Cansancio afectivo, como rebote de no sentirse reconocido, de hacer el papel del tonto: “me cansé de ser el bueno de la película”; 5. Cansancio espiritual, quizás el más grave-gravitante, difuso pero omnipresente, nos informa que no hay reservas.
No hacen falta muchas luces para darse cuenta de que todos ellos juegan entre sí. Para la Biblia, la unidad radical del hombre es fundamental. “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. ¿Estamos diciendo que el cansancio es intrínsecamente malo? De ninguna manera. Lo que sí, es bueno saber es que hay un cansancio bueno y otro malo.
El cansancio bueno es el que surge de haberse dado sin regateo, de haber estado donde uno debía estar. La misión cumplida, el sentido de saber porqué o para quién hice lo que hice. Este cansancio se exhibe casi como un trofeo y pesa menos, porque trae aparejado una satisfacción que, paradójicamente, es descanso del alma. “Bien siervo bueno y fiel; entra a participar del gozo de tu Señor” (Mt 25,23).
Pero también está el cansancio malo. Malo porque estéril. Y esto no desde la medición eficientista del resultado visible, sino desde la conciencia de tiempo perdido, malgastado. A mayor egoísmo, a mayor encierro, mayor frustración. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2,18).
El cansancio malo se inscribe en el vicio madre que engendra todo pecado: no aceptar la realidad, el límite; no escuchar las propias necesidades; no reconocer que “dando se recibe”, no obedecer el mandato del amor. ¿No fue ésa la falta de Adán y Eva? El arrebato original tenía mucho de omnipotencia, de salirse de las reglas, de querer jugar en una liga que no era la propia. ¿Acaso no seguimos forzando muchas veces la “máquina”? Extra-limitarse es ex-terminarse. En este contexto, es significativo comprobar cuál es el elemento común entre el castigo de Adán y el de Eva: “Tantas serán tus fatigas cuantos sean tus embarazos”; “maldito sea el suelo por tu causa: sacará de él alimento con fatiga” (Gn 3,16-17). Alejarse de Dios causa un cansancio existencial.
El cansancio se presenta entonces como lugar de discernimiento. Una mirada honesta y reflexiva puede enseñarnos mucho sobre nuestras decisiones. Como los distintos niveles humanos se comprometen mutuamente, no nos es lícito descartar ninguna variable.
Anexo. En orden a estimular la reflexión y el debate, aquí sólo podemos enunciar problemáticas relacionadas: la degradación del domingo como “día del Señor” y la compleja “cultura week-end”; adicción al trabajo y trabajo alienante; sobreoferta de evasiones y compensaciones, grotescas y sutiles, etc.
* * *
Dios es la Vida, el todopoderoso. Él “no se fatiga ni se agota, fortalece al que está fatigado y acrecienta la fuerza del que no tiene vigor” (Is 40,28-29). El adviento es tiempo de realismo, tiempo de reconocer nuestros cansancios y acudir al Uno (y Trino) que es capaz de rejuvenecernos.
Isaías constata: “los jóvenes se fatigan y se agotan, los muchachos tropiezan y caen. Pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas; corren y no se agotan, avanzan y no se fatigan” (40,30-31). Se trata de una ley espiritual. La juventud de espíritu está en la capacidad de responder a las mociones del Espíritu, a Quien la tradición llama, “suave alivio para el hombre” y “descanso en el trabajo”.
Hay jóvenes, y no son pocos, que viven anquilosados, acomodados (hace unas décadas se hablaba de aburguesamiento). Lo peor es que a veces este estado se camufla con mucho movimiento. Pero detrás de ese frenesí, de ese vértigo, se esconde una atrofia brutal. Por el contrario, hay viejos que apenas se mueven y ostentan un dinamismo interior, una alegría existencial que les permite afrontar desgracias y asumir nuevos desafíos. La Biblia nos ofrece dos ejemplos bien conocidos: la parálisis del joven rico por un lado, y la partida obediente del anciano Abrán a tierras extranjeras por otro.
En Jesús, Dios elige aliviar desde la carne humana que también sabe de cansancio (Jn 4,6). “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados (sobrecargados), y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11,28-30).
En último término, el descanso siempre será una relación personal. Nunca un lugar o una actividad. Estamos hechos para el amor, para el encuentro de miradas. Por eso, aunque mil veces repetida, sigue siendo válida la frase de Agustín: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
Podemos estar cansados de nosotros mismos, o de otros, o –mucho mejor- por otros. Jesús, dice Tomás de Aquino, no se cansó de nosotros sino por nosotros. Bueno sería que presentáramos todos nuestros cansancios –buenos y malos, lícitos y no tanto-, y le pidiéramos a Jesús que haga las veces de Cireneo de nuestra s vidas.
domingo, 30 de noviembre de 2008
Adventus 2009
lunes, 17 de noviembre de 2008
En el 1º aniversario sacerdotal
En su inmensa sabiduría, Dios creador dispone que el niño de un año no sea capaz de hablar. Hoy, mi sacerdocio es ese niño, que debería callar porque todavía no tiene una palabra propia.
Con todo, mi corazón –lo mismo que el de los bebés- está colmado por el amor recibido y quiere, aunque torpemente, expresar algo. Lo que sigue es el balbuceo, la reflexión sin añejar, de uno que vive, un poco como el recién nacido, y otro poco como el anciano, que eso es lo que significa presbítero.
Lo primero que tengo para decir es que la vida del cura es muy intensa. ¡Cuántas cosas vivimos en apenas unas horas! Y todo eso es muy difícil de sintetizar y transmitir. Nuestros días pasan inmersos en el misterio de Dios, y no sin una cierta dosis de inconsciencia. Como dijo un sacerdote-poeta: “Y yo, que apenas era un niño, tenía/ tantas almas colgadas de mis manos/ que ni un gigante hubiera podido levantarlas”[1].
Somos sacramento de Dios. Más allá de los límites, nuestro ser irradia algo de Dios, y la mirada creyente lo capta. Tenemos el privilegio de ser testigos de lo más hondo de las personas: asuntos que en toda una vida no se dicen dos veces, y que nos obligan a una “santa complicidad”. Haciendo de puente recibimos mucho afecto, mucha gratitud. ¡Cuánta creatividad en detalles sencillos y significativos!
El pueblo cristiano nos llama padres, y no se equivoca. Nuestro secreto está en la paternidad de Dios a la que tratamos de servir como lo hizo el mismo Jesús. Compartimos su desvelo por las almas, el cuidado de su santidad, de su enseñanza y de su pastoreo. Qué bueno es ser una referencia en el camino hacia el gran Referente de nuestras vidas. A veces, es cierto, sentimos la preocupación del padre que sufre en silencio y espera, otras nos hacemos mala sangre con algunas reacciones. Pero todo esto nos acerca al corazón de Dios, en cuyo centro está Jesús. Por él, con él, y en él aprendemos a ofrecerlo todo tal cual viene: sin maquillaje. Y en esa ofrenda, que se concentra de manera especial en cada misa, culmina nuestro servicio. La patena se eleva, el cáliz queda suspendido, y con ellos suben las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres. Es la antesala del acto más universal, porque nadie consagra para sí. Y entonces las cruces y amarguras se transforman en sabroso manjar, y lo que parecían frutos de muerte se vuelven salvación. ¡Qué fecundidad! ¡Cuánta paternidad en ese engendrar al eterno sobre el altar!
Pero la paternidad también es ardua. Todos los días hay que procurar el pan de la prédica… muchas veces mal cocido, apenas suficiente, sin poder ofrecer la segunda vuelta que nuestros hijos quisieran. Y cuando bajo a distribuir a Jesús, me parece ser la madre que con paciencia lleva la cuchara a la boca de sus hijos. Sólo Dios sabe con qué hambre y devoción lo reciben.
Ni qué decir de lo que acontece en el confesionario: administrar la misericordia, ser testigos de lo peor y de lo mejor del hombre… abrazar en nombre de Dios y de la Iglesia a tantos hermanos, hijos que golpeados y llenos de marcas quieren volver a casa y sentir el calor de hogar. Junto al sufrimiento de la conciencia evocamos el dolor de los enfermos y de los moribundos. Cuántos de ellos, postrados en una cama, reciben al sacerdote que se acerca como los chicos que no saben dormirse sin el cuento de la noche; y se me ocurre pensar que ese cuento de papá es la unción que, una vez administrada, les da la paz y el valor para dormirse definitivamente en el Señor.
En la casa de Dios digo a los quieran escuchar: soy feliz. Y pido perdón por las veces que entierro mi talento y no reflejo entre ustedes el amor de Dios. Y ruego para ser siempre un santo sacerdote, aunque todavía no tenga una idea acabada de lo que eso significa. Y doy gracias por el llamado a ser instrumento de tanto bien, y por los que me acompañan en esta aventura.
Sin embargo, no dejo de ser el ciego del camino del que nos habla hoy el Evangelio. Víctima de mis pecados sigo gritando con fuerza para que Dios me libere totalmente. Y Jesús, con gran delicadeza, se acerca y todos los días me pregunta: “¿Qué querés que haga por vos?”[2]. Y yo, tomando nota del reproche de la primera lectura, le digo: “No dejes nunca que se enfríe mi primer amor”[3].
viernes, 31 de octubre de 2008
Belleza… ¿qué es belleza?
Así, parafraseando a Pilato[2], iniciamos un incierto recorrido que sabemos no agotará la pregunta inicial.
La belleza, ante todo, se aparece como una sorpresa que gusta, un regalo que deleita y rompe la monotonía. Irrumpe invitando, llamando la atención. “La belleza o hermosura (kállos) es la que nos llama (kalei), decían los neoplatónicos y concreta el peudodionisio”[3]. ¡Cuánta verdad en esta ‘fantástica etimología’! La belleza como trampolín que nos seduce y abre nuevas dimensiones.
Todo acontecimiento bello marca un cierto quiebre, un punto de inflexión. Y por eso mismo, cuestiona en una doble dirección. Hacia atrás, denunciando ‘la falta de’, la sed que apremiaba. Hacia delante, reclamando el término de tan grata experiencia, que es –en el fondo- la plenitud de lo pregustado.
Y nos proponemos escuchar ese llamado. Tenue al principio, va ganando en intensidad hasta envolvernos en su misterio. Entonces la belleza se revela paradójica. En su frágil armonía cautiva nuestra mirada; en la misma desnudez que nos permite llegar a la pulpa del tesoro, es llamado que subyuga. Suavemente nos atrae y, débiles nosotros, ejerce su soberanía[4].
Ya casi estamos entregados, pero surge una duda. ¿Ante quién nos rendimos? En un acto reflejo de la conciencia decidimos cribar. La experiencia, propia y ajena, nos advierte que puede haber engaño. Es momento de discernir, de ver más allá de las apariencias. Se trata de interrogar al mismo llamado[5]. Porque ciertamente la belleza es luz que atrae, pero hay también destellos que mueren por definición. De hecho, el innegable magisterio espiritual de san Ignacio de Loyola nos ayuda en la reflexión. Y no es una indebida confusión de planos, porque es sabido, que en un corazón profundo no hay fronteras. Dice el santo: “propio es del ángel malo, que se forma sub angelo lucis, entrar con la ánima devota, y salir consigo; es a saber, traer pensamientos buenos y sanctos conforme a la tal ánima justa, y después poco a poco, procura de salirse trayendo a la ánima a sus engaños cubiertos y perversas intenciones”[6]. Nos importa aquel sub angelo lucis [“que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Co 11,14)]; la máscara que ofrece mal bajo apariencia de bien: la vieja escena troyana de quienes abren gustosos las puertas al enemigo.
No hay que llegar al extremo de demonizar toda belleza por no absoluta. De hecho, ciertas vivencias menores, aunque incompletas, pueden hacer las veces de mojones en el camino[7]. Con todo, sigue en pie la necesidad de clarificar. ¿En qué consiste el juicio (krisis)? Marechal, uno de nuestros tantos predecesores, lo ha puesto muy bien en su opúsculo Descenso y ascenso del alma por la belleza: “el juicio por la hermosura es un juicio de amor”[8]. Y al ser tan grande la desproporción entre nuestras expectativas y la realidad, intuimos mejor nuestra identidad: “y como dicha vocación [infinita] es el secreto del hombre, me atrevo a sostener ahora que las criaturas, interrogadas amorosamente, nos revelan, no su secreto, sino nuestro secreto”[9].
Estamos hechos para lo grande, para lo imperecedero. “Todo amor busca eternidad”. Es cuestión de rascar y ver qué queda. “Por sus frutos los conocerán”. Cierto que en esta divisoria de aguas juega un papel fundamental quien escruta. Hay espíritus más penetrantes y sensibles que otros[10]. Pero todos podemos llegar a la elemental lucidez que nos permite reconocer los signos más inequívocos. En primer lugar, la paz. Se trata de una serenidad que nada tiene de estática. Al contrario, diríamos que el encuentro con la genuina belleza despierta el universo interior y moviliza al hombre entero. Estamos en la línea de la shalom hebrea que indica plenitud: lo bello completa, nos lleva –en cierto modo- a término y nos hace rebosar. Llegamos entonces a la segunda señal, el amor. Porque si bien lo bello nos devuelve armónicamente al centro, consolidándonos, genera a su vez, desde lo más hondo, un movimiento centrífugo. La paz del alma arrebatada por la belleza es éxtasis, generosa salida que comunica su hallazgo y se abre a los demás[11]. Se potencia así la dinámica que hace posible más finas percepciones de lo bello.
Resolución cristológica
En Jesús de Nazaret estas perspectivas confluyen y llegan a plenitud. La insospechada encarnación de Dios, y todo lo que ha generado, es un acontecimiento fascinante –incluso para muchos no creyentes. Desde aquella mañana de sábado en que entró a la sinagoga de su pueblo, todos los ojos a lo largo de los siglos han estado “fijos en él” (Lc 4,20). Y la belleza, en efecto, ha sido descripta como “lo que agrada a la vista”[12]. Desde entonces, tampoco ha cesado la admiración (etháumazon) por esas “palabras llenas de gracia” que salen de su boca (Lc 4,22). Sabemos que este término –gracia/járis- “posee la conocida ambivalencia semántica ético-estética por la que se designa tanto la benevolencia como la belleza”[13].
¿En qué consisten esas seductoras palabras? Dice Jesús: “Yo soy el pastor, el bueno”; es decir, el auténtico, el verdadero, el bello[14] (Jn 10,14). Y como tal (kalós), llama (kalein) a las ovejas por su nombre para invitarlas al seguimiento[15]. De hecho, su presencia es tan categórica que, como dice K. Rahner, “él es la última llamada de Dios”[16].
Simultáneamente Jesús se presenta como luz, o más correctamente, como “la” luz del mundo (Jn 8,12; 9,5). Es fácil de ver cómo esta declaración representa una pretensión, no sólo salvífica sino también estética –en el sentido más hondo de la palabra. En cuanto misterio luminoso Jesús atrae y llama a la percepción (aisthesis), a una nueva mirada de la realidad. La luz se asocia universalmente, y desde antiguo, a la belleza[17]; y junto a aquella se suma el esplendor[18]. Muchos son los que han considerado la luz como paradigma de lo bello y, en la misma línea, la Escritura da cuenta del resplandor del Cristo. En la siempre significativa escena de la transfiguración, los evangelios sinópticos refieren el fulgor de rostro (Mateo) y vestidos (Marcos, Lucas). Pero esta irradiación también se deja ver en la conversión de san Pablo (Hch 9,3), pasando por la carta a los Hebreos (1,3) y el Apocalipsis (1,14-16; 22,5). Por todo ello, y porque al misterio se accede mejor por lenguaje analógico-poético, la temprana Iglesia confiesa la divinidad de Jesús como: “luz de luz”[19]. Y no sorprende la relectura que desde la mística hace santa Catalina de Siena quien, en un pasaje con abundantes referencias a la luz, alaba a la Trinidad como “belleza sobre toda belleza”[20].
Por otra parte, frente a la precariedad de la belleza mundana –sic transit gloria mundi[21]- todos experimentamos la necesidad de algo menos volátil[22]. Nos guste o no la permanencia es una prueba de consistencia, de solidez existencial. Así en la belleza, como en el amor y en la verdad. También aquí Jesús despunta. “Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras [aquellas llenas de gracia] no pasarán” (Mc 13,31). Pero porque no se trata de un legado al margen de su persona nos tranquiliza diciendo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Y le creemos dado que lo dice como resucitado que ya no muere más.
Ahora bien, siguiendo a Dostoyevski tratamos de ahondar en esa “belleza que salva”[23]. La expresión como tal es imprecisa: ¿de qué salva? ¿cómo salva? ¿de qué belleza se trata? Pero en sus borrosos contornos dice mucho sugiriendo, invitando al oyente a la reflexión y a la confrontación con la propia experiencia. La belleza redime elevando el espíritu y sembrando esperanza. Rescata del opresivo gris, aun cuando no sepamos a fondo cómo es que ocurre. Justamente por ser misterio, la belleza hace bien pero - ¿o porque?- nos excede. Al sacarnos de la mentalidad utilitaria nos devuelve a lo más auténtico de la persona: estar hecha para el encuentro sin más, para la aventura de ser gratuitamente. Y en Jesús esto está claro. Su mismo nombre –por ahorrarnos varias líneas- significa “Dios salva”. Y salva, gobierna, se muestra soberano desde la bajeza de la cruz. ¡He aquí la paradoja! Doblamos la rodilla libremente ante quien, libremente, se anonadó primero (Flp 2,6-11). Hay belleza en la debilidad de este hombre que arriesga su vida por nosotros, y eso nos conmueve y nos puede[24]. Hay majestuosidad y poder en la humildad de quien elige ocupar el último lugar. Por eso tiene razón Marechal cuando, hablando del viaje a la hermosura, dice que “hoy el nuevo viaje amoroso debe hacerse con la rodilla”.
Con estas reflexiones rozamos una pregunta difícil: ¿hay amor (belleza) de lo feo? Por una parte tenemos que Platón ha dicho que “Eros y la fealdad están siempre en guerra”[25]. Por otra, sabemos que el tan amado Jesús es también varón de dolores. ¡Qué bien le sienta la poesía de Isaías! “Tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre ni su apariencia era humana. No tenía apariencia ni presencia: (le vimos) y no tenía aspecto que pudiéramos estimar. Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable, un Don Nadie”[26].
Tenemos que cuidarnos de un dolorismo que falsearía nuestra fe, y al mismo Cristo. Lo que conmueve y atrae no es tanto la repugnancia del sufrimiento, sino lo que subyace animando. Hay una actitud de fondo que trabaja, como fermento en la masa, transfigurando la situación. Y esa disposición interior emerge conquistando corazones. En el mismo pasaje profético se deja ver lo que una y otra vez confirmará el nuevo testamento (Jn 13,1) y la tradición espiritual: es amor lo que sangra. “¡Y con todo eran nuestra dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus cardenales hemos sido curados… llevó el pecado de muchos e intercedió por los rebeldes”[27]. Estamos ante un sufrimiento vicario que exime a otros, y por eso lo que pasa a primer plano es la generosidad y el alma grande de Jesús.
Ciertamente esto nos lleva a hablar de una belleza singular. “Escándalo para los judíos, locura para los gentiles” (1 Cor 1,23). Una belleza sobria pero audaz, porque asume la vida toda y desafía el costado amargo de la existencia. Pero como la de Jesús es una belleza que se corona con la resurrección, ésta permite re-interpretar la pasión y llegar a ser canto triunfal. De hecho, si desde la mirada no creyente ya hay algo digno de amar en la ofrenda del mesías, cuánto más si este hombre ha resucitado y se acredita como Dios. Comentando la obra de Balthasar, quien se ha consagrado a este enfoque de belleza pascual, dice A. Leonard:
“La belleza de Dios no es una belleza fácil, no se puede encontrar su irradiación desgarradora experimentándola como ‘agradable’ o ‘bonita’. Es una belleza que tiene la seriedad y la gravedad de la sangre derramada. Una belleza tan soberanamente trascendente que es capaz de integrar, sin disolverla, lo que ninguna estética superficial se atrevería a asumir: la ignominia del patíbulo (…) Por eso, para distinguirla de cualquier belleza intramundana, Balthasar reserva a la Belleza incomensurable de Dios el título de ‘Gloria’ (kabod en el Antiguo Testamento, doxa en el Nuevo)”[28].
En determinado momento del viaje habíamos propuesto hacerlo de rodillas. Ahora corresponde continuar en silencio. “Lo verdaderamente bello no se deja circunscribir en una definición. Lo bello es, en la forma, una perfección que supera toda forma posible”[29]. Cuando llega el momento supremo hay que saber disfrutar, y también “sufrir” la gloria que excede. Entonces se acallan las voces y nos avocamos por completo a la contemplación. Pero una contemplación que no se queda en el plano espiritual e inmaterial. La propuesta cristiana respeta la sed humana que busca el realismo de los sentidos. La Palabra se hizo carne (Jn 1,14) y por eso hablamos de una belleza tangible. En la ambivalente crudeza de la cruz aparece una belleza concreta que cumple la profecía: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37). Para ser belleza genuinamente humana ha de satisfacer también al cuerpo, y por eso dice la Escritura que “toda carne (sarx) verá la salvación” (Lc 3,6)[30].
Finalicemos volviendo al discernimiento. Una clásica -y por eso vigente- imagen es la de Ulises atravesando el canto de las sirenas. Sabido es que quien las escuchaba, acababa yendo a ellas y siendo despedazado; lo que nos confirma la ambigüedad de ciertas bellezas menores. Las sirenas “son lo celestial e infernal en uno”[31]. Pero como bien apunta Marechal: “el peligro no está en oírlas, sino en dirigirse a ellas”[32]. Advertido, Ulises desafía el hechizo atándose de pies y manos al mástil de su embarcación. De este modo sale airoso gozando, sin perecer, de las irresistibles voces. Y gracias a su determinación, y a un seguro punto de referencia, sale dos veces ganador. No tardó mucho la tradición cristiana en identificar aquel mástil con el madero de la cruz. Verdadero centro de gravedad de la existencia creyente, la cruz permite atravesar las tentaciones sin salirse de la barca eclesial. El cristiano puede entonces ser todo un héroe; y libre porque atado, ‘lo examina todo quedándose con lo bueno/bello (kalón) (Cfr. 1 Tes 5,21).
[1] F. Dostoyevski, El idiota, Juventud, Barcelona 1994, 99.
[2] Jn 18,38: “¿Qué es verdad?”. La paráfrasis llega también ‘desde la otra ladera’ –la literaria-, de la mano de G. A. Bécquer: “¿Qué es poesía?”; Rimas XXI.
[3] O. González de Cardedal, La entraña del cristianismo; Secretariado Trinitario, Salamanca 2001, 637. Forte parece aclarar la ambigua expresión –de Cardedal- ‘fantástica etimología’, al corregir la creencia medieval y remontar la etimología del griego kalein al sánscrito kalyah; cfr. La bellezza via del Vangelo en: AAVV, Dios es Espíritu, Luz y Amor (Fernández-Galli eds.) UCA, Buenos Aires 2005, 206. De todos modos rescata la intuición al decir: “la bellezza evoca, non cattura; suscita, non arresta; invoca, non presume”; ib. 203. En el mismo sentido L. Marechal: “…porque lo bello nos convoca”; Descenso y ascenso del alma por la belleza, Vortice, Buenos Aires 1994, 44.
[4] “Y comprendió entonces (…) que su debilidad excepcional por él era después de todo muy común, nos ablanda más o menos a todos, por lo demás deliciosamente, y contribuye a hacer el mundo soportable: es la debilidad ante la belleza”; A. Camus, El primer hombre, Fábula Tusquets, Barcelona 1997, 104-105.
[5] S. Agustín: “Pregunté a la tierra, y me respondió: ‘No soy yo’. Idéntica confesión me hicieron todas las cosas que se hallan en ella”. Confesiones X, 6, 9.
[6] S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales 332 (4º regla de discernimiento para la 2º semana).
[7] S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual 4-6: “…con sola su figura/vestidos los dejó de hermosura.// ¡Ay, quién podrá sanarme!/Acaba de entregarte ya de vero:/ no quieras enviarme/ de hoy más ya mensajero,/que no saben decirme lo que quiero.// Y todos cuantos vagan/de ti me van mil gracias refiriendo”.
[8] Marechal, Descenso y ascenso del alma por la belleza, 88.
[9] Marechal, ib. 89.
[10] “Pero ¿es que esta belleza no se muestra a todos los que tienen el uso cabal de sus sentidos? ¿Por qué, pues, no les habla a todos de la misma manera? (…) Estas realidades creadas no contestan a quienes preguntan, si éstos no saben juzgar (…) para unos son mudas y a otros les dirigen la palabra”; S. Agustín, Conf. X, 6, 10.
[11] Cfr. Pieper, Entusiasmo y delirio divino, Rialp, Madrid 1965, 124-131.
[12] “quod visum placet”: “... pulchra enim dicuntur quae visa placent” (ST I,5,4,ad 1); “... pulchrum autem dicatur id cuius ipsa apprehensio placet” (ST I-II, 27, 1, ad 3). Es interesante el matiz personalista de Pieper cuando habla de “quod visu placet”: lo que agrada al vidente.
[13] Balthasar, Gloria VI, Encuentro, Madrid 1988, 128.
[14] “El término kalón abarca de entrada mucho más de lo comprensivo en la palabra ‘belleza’: es lo justo, conveniente, bueno, lo proporcionado a la esencia, lo que contiene en sí su integridad, su salud, su salvación; sólo en cuanto abarca todo esto es también (como una síntesis que confirma y prueba) lo bello”; Balthasar, Gloria IV Encuentro, Madrid 1986, 186.
[15] Es verdad que el llamado de Jn 10,3 no traduce el verbo kalein, pero sí lo hace el llamamiento de los cuatro primeros apóstoles: Mt 4,21; Mc 1,20. En el mismo sentido, la versión griega del AT (LXX) utiliza este verbo en Is 43,1 cuando habla el Dios creador y redentor: “…te he llamado por tu nombre. Tú eres mío”.
[16] “Ultima” en cuanto definitiva y suprema “después de la cual ya no sigue ni puede seguir ninguna”; K. Rahner, Curso fundamental de la fe, Herder, Barcelona 1998, 299.
[17] “La estética de la luz se puede seguir, aunque sea implícitamente, en la mayor parte de los diálogos clásicos de Platón”; E. de Bruyne; La estética de la Edad Media, Visor, Madrid 1994, 34, 78-85.
[18] “Esplendor de lo verdadero (splendor veri), dicen los platónicos; esplendor de la forma (splendor formae), declaran los escolásticos; esplendor del orden o de la armonía (splendor ordinis), define san Agustín”; Marechal, ib. 54.
[19] “Creemos… en un solo Señor, Jesucristo, la Palabra de Dios, Dios de Dios, luz de luz [fwªj e`k fwto,j], vida de vida”; Denzinger-Hünermann (DH)40; de la carta de Eusebio, obispo de Cesarea, al concilio de Nicea que adoptaría lo sustancial de la expresión: DH125 . Se cree que la confesión que Eusebio propone se remonta a mediados del siglo III.
[20] S. Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia cap. 167; según Liturgia de las Horas II (29 de abril), p. 1670. Es conocida la exclamación de Agustín: “¡Tarde te amé belleza tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te amé!”; Conf. X, 27, 38. Comentando la visión de san Agustín, quien a su vez comenta a Hilario de Poitiers, dice Mejía: “Más teológicamente, si así puede decirse, en el tratado De trinitate (VI, 11-12) la “pulchritudo” pertenece al Hijo”; Dios, la belleza y la vocación a la belleza en: AAVV, Dios es Espíritu, Luz y Amor, ib. 197. También santo Tomás comenta a Hilario diciendo: “la especie o la belleza tienen semejanza con lo propio del Hijo” (ST I, 39, 8, sol).
[21] “Así pasa la gloria del mundo” se le decía, por tres veces, en el antiguo ritual de “coronación” papal al Santo Padre. Mientras tanto se quemaba estopa, la cual se consume rápidamente.
[22] “La bellezza ha insomma un’aura tragica: il suo bacio è mortale, perché il Tutto che si offre nel frammento ne rivela l’inesorabile finitezza. Il bello denuncia la fragilità del bello. La bellezza è come la morte, minacciosa nella sua imminenza”; Forte, ib. 206-207.
[23] “¿Qué clase de belleza es la que salvará al mundo?”; “…o esa teoría de que la belleza salvará al mundo…”; Dostoyevski, El idiota 458; 647. Sabemos que hay un estudio del cardenal Martini sobre esta frase pero, lamentablemente, no lo hemos leído. Ver también la aproximación a la ‘belleza que salva’ y al ‘Dios pulcher’ de J. Mejía, ib. 189-202.
[24] Jr 20,7: “Me has seducido, Yahvé, y me dejé seducir; me has agarrado, y me has podido”.
[25] Platón, El Banquete, El Ateneo, Buenos Aires 1966, p. 594. “No hay amor de lo feo”; ib. 600 “Eros es amor a lo bello”; ib. 606. “Non posumus amare nisi pulcra” (no podemos amar sino lo bello); S. Agustín, De musica, VI, 13, 38 citado por B. Forte, ib. 204.
[26] Is 52,14; 53,2b-3.
[27] Is 53, 4a-5.12cd.
[28] A. Leonard, Pensamiento contemporáneo y fe en Jesucristo, Encuentro, Madrid 1985, 314.
[29] E. de Bruyne, ib. 97. “No quieras saber qué es la belleza… Cuando lo intentes, la bruma de innumerables imágenes sensibles obnubilará tu espíritu y enturbiará la claridad primera que percibiste de entrada, cuando comprendiste el nombre de Belleza”; R. Grosseteste citado por E. de Bruyne, ib. 97
[30] Cfr. Is 40,5: “Se revelará la gloria (kabod) de Yahvé y toda criatura una la verá”.
[31] Hugo Rahner, Die Versuchung der Sirenen [aus: Griechische Mythen in christlicher Deutung], IKZ Communio (2000) 64. Allí dice que la etimologíaVale la pena todo el capítulo con abundantes citas patrísticas.
[32] Marechal, ib. 122.