lunes, 13 de febrero de 2017

Una tarde corrió sangre

Con motivo de la primera lectura de hoy -el asesinato de Abel- recordé un escrito de hace ya bastantes años. Lo publico para rescatarlo del olvido.   


Una tarde corrió sangre, y desde entonces no ha cesado de correr. Una tarde la vida y la muerte se enfrentaron... ganó la amargura y la soledad. Por primera vez hubo homicidio, y fue –de modo aleccionador– crimen entre hermanos. Ocurrió en los suburbios, porque intuía la conciencia humana que lo prohibido busca la complicidad del secreto. Es que en el descampado la fiereza se siente como en casa y el baldío, estéril, cobija la matanza cual partera. Hubo arrebato y luego vacío. La tierra pareció ensancharse, y por vez primera conoció el hombre lo que es el eco. ¡Qué solo se sintió Caín esa noche! Siguió lo que nadie cuenta: el llanto y la culpa, el peso de su propia cárcel. Si tan sólo hubiéramos discutido. Pero el mutismo de esa acción posee su elocuencia. La daga fue la estocada final. La trama había comenzado con la incapacidad para dialogar, nutrida por la envidia y el resentimiento.


Una tarde corrió sangre y desde entonces no ha cesado de correr. Roja quedó la maleza y subió un clamor poderosamente agudo. Fue un grito de guerra, reinaba la confusión, y mientras el sol moría se escuchaban voces que pedían vida y venganza. Llega el Señor e inicia (como siempre) el diálogo. Cuando hay ruptura aparece el Dios-comunión que abre el juego. No acusa, no levanta el tono, simplemente pregunta. ¿Dónde está tu hermano? Caín recuerda el diálogo que sus padres le narraron, y se dice: su nombre ha de ser ‘Buscador’. Olvida sus lágrimas y se cree valiente; no se ocultará. Pero ha matado, su inocencia ha sido violada y por ello todo le representa una amenaza. La amistosa pregunta lo asusta más de la cuenta, y con su mentira se esconde más vilmente. Con todo, lo peor está por llegar. ¿Es que hay algo más grave que el fratricidio? Sí: justificarlo. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Entonces la verdad de Dios (tautología), que apenado invita a la reflexión. ¿Qué has hecho? La magistral oratoria divina domina la polisemia; pregunta simultáneamente, y con igual intensidad, por víctima y victimario.              



            Desde ese instante se abrió un espacio para la reflexión, para indagar el misterio de la libertad y del pecado, para sondear al hombre y su vocación. ¡Tan alto el llamado y tan profunda la caída! De profundis clamo ad te Domine. Desde lo hondo a ti grito Señor (Sal 129), comenzó a escucharse una y otra vez. Hasta que en la noche de Caín brilló una gran luz (Is 9,1), porque nosotros –todos homicidas– recibimos la visita de ese sol que nace de lo alto (Lc 1,78). Amanecía, se levantaba nuestra esperanza y llegaba a nuestros oídos el gozoso preludio de nuestra salvación.


Otra tarde volvió a correr sangre, y desde entonces no ha cesado de correr. Fue, como siempre y como nunca. Se trataba de la misma batalla pero ahora con distinto resultado. Sentados a la misma mesa y comiendo del mismo plato... los protagonistas eran hermanos. Mas no hubo forcejeo sino dolorosa traición: ‘Salve, Rabbí’, y le dio un beso. Del otro lado, mansa aunque amarga aceptación: Amigo, a lo que has venido. Trance difícil y rebosante de angustia, pero trance amoroso y lleno de sentido. En el anonimato del vulgo asistimos a la lección suprema, la ofrenda de la vida; y en la intimidad del cenáculo accedemos a su clave de lectura: por ustedes.


Otra tarde volvió a correr sangre, y desde entonces no ha cesado de correr. Es que esa tarde volvió a correr la vida, y los peregrinos se amontonan en torno al escondido manantial que brota de la cruz. Brota de las llagas y del costado traspasado, se  prolonga en las heridas de tantos sufrientes, se hace presente en los altares del mundo entero. Esta sangre también trae su mensaje y, en efecto, habla más fuerte que la de Abel. La veo impregnar el leño, recorre palmo a palmo el madero pero nunca toca el suelo. No hay derroche porque presurosos acuden de mil partes distintas a la sobria ebriedad de la Salvación. Y mientras, indigno, veo en sus brazos abiertos el perdón que no merezco, y la voluntad infinita de abrazarme, recuerdo su enseñanza: mi sangre es la verdadera bebida. Pues entonces, Maestro, te pido que ella nunca deje de correr.      
                                               
                                                                                  A. F. D. C.

                                                                          1/1 - 22/2 de 2005       

lunes, 26 de diciembre de 2016

Insinuación subterránea

La mujer entra al vagón del subte despreocupada, ligeramente alegre. Lleva una rosa en su mano y no piensa sino en aquellos alumnos con los que ha compartido el año que ahora termina. De la nada, un hombre le dirige la palabra. –¿Esa rosa es para María?–. La mujer duda. En el fondo siente que bebe su propia medicina. Todavía sin hacer pie responde un poco descolocada: –No… pero podría ser–.


El hombre no sabe que esa mujer es catequista y menos sabrá lo que su insólita pregunta ha desencadenado.

El Señor viene ahora a nuestro encuentro 
en cada hombre y en cada acontecimiento
Prefacio de Adviento II



domingo, 25 de diciembre de 2016

La Palabra de las palabras

Paz, paz, sobre los días y las noches cansadas/ 
de recoger voces falsas*

El hombre es un animal que habla. Y en su capacidad de proferir palabras va tejiendo historias que lo expresan. Lo hace por gusto pero también por necesidad. Necesita espejarse en ciertos relatos que le recuerden –y acaso clarifiquen– el misterio de su identidad. Es por eso que toda cultura tiene sus grandes relatos (y la cultura deriva del culto).


La particularidad judeocristiana está en la pretensión de que su relato no sea ascendente sino descendente. Esto significa que en las grandes cuestiones como el origen y el fin, el bien y el mal, la palabra no procede del hombre sino del mismo Dios. Entonces, como Dios habla, el hombre no adivina sino que escucha. La pretensión se vuelve más atrevida en tanto restringe la revelación de Dios en sentido propio a un solo pueblo. La hazaña de Israel consiste en haber permanecido obstinadamente fiel –a pesar de muchas caídas– al don nada fácil de la Palabra.

La fe cristiana dice aún más. Dios habla porque es Palabra. Dios es diálogo, es una eterna comunicación trinitaria. Pero en su inescrutable libertad ha decidido abrir el juego de ese diálogo amoroso. La apertura ha sido gradual: primero la creación, luego Israel en sus diversas etapas, y ahora, finalmente, Jesús. Como dice san Juan, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

Dijimos antes que el hombre es un animal que habla. Pero hay momentos en los que calla abrumado por la noche del dolor. Es entonces cuando percibe la pobreza de su relato y se vuelve especialmente ávido de una Palabra luminosa. Cansado de los fragmentos anhela la Palabra definitiva, esa Palabra que nunca declina sino que es capaz de encender la esperanza en la prueba. El cristiano cree –en el sentido fuerte del término– haber escuchado esa Palabra de Vida que sostiene el universo entero. Dios mismo se ha dado a conocer, sin velos ni misterios, sin reservas; Él, la Razón, el Orden, el Sentido, el Amor.


El escándalo se consuma en tanto Dios ha querido decirse en un hombre. La Palabra se hizo carne. Jesús. El Todopoderoso en un niño. Lo máximo en lo mínimo. Lo eterno en el tiempo. La transparencia del espíritu en la opacidad de la materia. La luz de la verdad en la oscuridad del sufrimiento. La vida en abundancia en el cansancio del peregrino. El Rey en un pesebre. El Inocente en la cruz.

La Navidad es una historia sencilla, un cuento, el de una mujer que da a luz. Pero en esa sencillez se esconde una grandeza insuperable. Porque en ese niño están guardadas todas las demás historias. Él es la Palabra que es origen y término de toda palabra. En Jesús Dios no sólo nos enseña a hablar su propio idioma, que es el amor, sino que también nos descubre qué significa propiamente ser hombre. Creer en Jesús es dejarse introducir en el diálogo trinitario como hijos en el Hijo. Creer en Jesús es dejarse ensanchar el corazón para sentirnos más hermanos. Por eso el niño del pesebre es todo lo que necesitamos contemplar.


Dios se hace hombre para que su Palabra esté al alcance todos. Y tanto se acerca que a menudo no lo reconocemos. Por eso la Iglesia alterna en su liturgia navideña la sencillez del pesebre y la solemnidad del himno teológico. Para que no olvidemos nunca quién es ese niño. Y para que nuestro hablar, que es nuestro vivir, tenga una referencia segura y estimulante en el hombre-Palabra, que nació de María y que se llama Jesús.
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* Jacobo Fijman, Poema X, Hecho de estampas, en: Id., Obra Poética 1, Bs. As., Leviatan, 1991.

jueves, 17 de noviembre de 2016

En mi 9º aniversario sacerdotal

2007 – 17 de noviembre – 2016 

Ap 5, 1-10; Sal 149 (R.: Ap 5, 10); Lc 19, 41-44

El pasaje del Evangelio que acabamos de proclamar nunca deja de impresionarme. Jesús llora por Jerusalén. Es el llanto del pastor, llanto de quien se sabe padre, hermano y amigo. “El amor es compasivo”, dice san Pablo. Quisiera pedir hoy el don de lágrimas, la capacidad de sentir con todos, dejándome afectar por sus alegrías y tristezas, por sus angustias y esperanzas. Que no se me endurezca el corazón, aunque eso duela. “Felices los que lloran porque serán consolados”.

En el llanto de Jesús está cifrado el drama de su pasión. La Palabra de Dios no es bienvenida. Jesús aprende –de un modo áspero– lo que es el desprecio. Y sin embargo no se arrepiente de haber hecho la visita. Llora más por la ciudad que por sí mismo. “El amor no busca el propio interés… todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Quizás éste sea un buen momento para pedir perdón. Perdón por las veces que entristecí a Jesús. Perdón por las veces que lastimé a los demás. Perdón por haber contribuido al llanto de este mundo roto, ya un poco cansado de tanto tropezar. Perdón, en el fondo, por no haber gritado más fuerte la Buena Noticia.

La primera lectura describe a la perfección el modo como entiendo mi sacerdocio. Por eso la hice bordar al frente de mi casulla de ordenación. Dios me eligió para transmitir la certeza del triunfo de Jesús, el león de Judá, el cordero sin mancha, el único capaz de desentrañar el libro de la historia, que es el más difícil de leer. Porque todos lloramos alguna vez, todos sufrimos la injusticia y nos sentimos impotentes frente al mal, pero no todos escuchamos las palabras benditas de consolación: “no llores, ha triunfado el león de la tribu de Judá, el retoño de David. Él abrirá el libro y sus siete sellos”. Jesús es tanto el león fuerte como el manso cordero. Está de pie pero como degollado, porque en su resurrección lleva para siempre las marcas de la cruz. Jesús conoció la noche para que nosotros viviéramos en la luz. Y en esta liturgia pregustamos la fiesta eterna por la que pagó con su propia vida. Por eso, que todo nuestro ser cante con gratitud, aunque sea con voz trémula, lo que ya es coro firme en el cielo: “Tú eres digno de tomar el libro y de romper los sellos, porque has sido inmolado, y por medio de tu Sangre, has rescatado para Dios a hombres de todas las familias, lenguas, pueblos y naciones. Tú has hecho de ellos un Reino sacerdotal para nuestro Dios, y ellos reinarán sobre la tierra”.

A. F. D. C.


domingo, 14 de agosto de 2016

La angustia del bautismo

Domingo XX - Ciclo C: Jr 38, 3-6. 8-10; Sal 39, 2-4.18; Hb 12, 1-4;  Lc 12, 49-53

"Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!" (Lc 12,49). Jesús alude al fuego del Espíritu Santo. Quisiera encender el mundo con su Amor pero ese deseo, que le quema dentro, queda en suspenso, sin colmar. "Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!" (Lc 12,50). Jesús ve venir el misterio de la pasión y acusa el golpe. Su humanidad tiembla ante el cáliz de la muerte pero lo sabe necesario. No hay Pentecostés sin Pascua.

"¿Piensan que he venido a traer la paz a la tierra?. No, les digo que he venido a traer la división" (Lc 12,51). Esta frase puede resultar chocante en un primer momento, pero en realidad es bien sencilla. Jesús no describe un propósito sino un hecho. Basta ver el arresto en Getsemaní. "¿Soy acaso un ladrón para que vengan con espadas y palos?" (Lc 22,52). Incluso los discípulos apelan al hierro (Lc 22,49-50). Lamentablemente, esta dinámica aun sigue vigente. 


Jesús experimenta algo muy humano: el fracaso. Hay momentos en que todo ocurre al revés de lo esperado. En lugar de la comunión, la división. Eso es la pasión: una parada violenta que se desata con las Bienaventuranzas. Jesús tiene que aceptar que su misión conlleva rechazos, agresiones y discordias. Es el triste cumplimiento de la profecía de Simeón, cuando recién nacido lo vio en el templo: este niño será un signo de contradicción (Lc 2,34). 

"De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres" (Lc 12,52). El Evangelio no es tan fácil de digerir. La historia muestra, a toda escala, que Jesús es un escándalo: la pequeñez de Dios que se hace hombre; la mansedumbre de poner la otra mejilla; el perdón sin límites; la pobreza de venderlo todo; la salvación por un Crucificado; la Iglesia como cuerpo de Cristo... "Nadie es profeta en su tierra". Ni Jesús, ni Jeremías, ni nadie. Las resistencias pueden disimularse un tiempo pero al final emergen. "Me odiaron sin motivo" (Jn 15,25).


La angustia de Jesús es la angustia de todo cristiano. "Si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?" (Lc 23,37). Hay que volver sobre esto porque tendemos, por inercia, a un cristianismo sin cruz. Y eso no existe. Si la idea de sufrir nos asusta "fijemos la mirada" en Jesús, quien habiendo atravesado la muerte está ahora sentado a la derecha de Dios (Hb 12,2). El sufrimiento y la muerte no son un fin en sí mismos sino el paso ineludible a la vida verdadera. Encaramos la muerte porque celebramos la resurrección. También contamos con "una verdadera nube de testigos (martyrôn)" que, en la fe, nos han abierto el camino de la esperanza (Hb 12,1). Cuando estemos tentados de quejarnos recordemos la exhortación de la Carta a los Hebreos, bien cristiana pero no exenta de cierta ironía.

"Piensen en Aquél que sufrió semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no se dejarán abatir por el desaliento. Después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su sangre" (Hb 12,4).

domingo, 5 de junio de 2016

Embarrar la marcha

En la edición del sábado 4 de junio de 2016, el diario La Nación informa en su portada sobre la marcha ♯NiUnaMenos. Ofrece para ello una foto que luego no se encuentra en internet. En ella se ven jóvenes con diversos carteles. El de un varón dice: “Separación de la Iglesia y el Estado”. Da que pensar.

Es una lástima que un motivo tan serio como la violencia hacia la mujer quede manchado con leyendas totalmente ajenas. No sólo es un signo de inmadurez cívica sino que revela una gran confusión. Y sabemos que la mezcolanza es un caldo peligroso. Cierto que ese cartel no respondía a la gran mayoría de los manifestantes. Pero tampoco era un caso aislado. “Fulana de nadie” o “Mi cuerpo es mío” son frases elípticas pensadas para otras discusiones. Fenómeno de ob-cecación. El fanatismo no discierne sino que arremete sin más. Hay algo cansador, por no decir impertinente, en el repiqueteo torpe de la militancia abortista, lo mismo que en el de cierto laicismo furioso.


Por lo demás, cabe estudiar mejor las cosas. Porque es gracias al cristianismo que Occidente conoce la distinción entre Iglesia y Estado, entre el orden religioso y el político. “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios” (Mt 22,21). Y, contrario a lo que se cree, ni siquiera la Edad Media olvidó ese principio. Por eso, en lo que respecta a ciertos temas, es preferible marchar menos y dialogar más. Inicio el ejercicio recomendando el finísimo y exhaustivo estudio de Remi Brague: “La ley de Dios. Historia filosófica de una alianza”.


“Ello muestra que la escuela de la democracia moderna y de sus procedimientos electorales no fue Atenas, donde todo reposaba en el sorteo, sino la Iglesia medieval. La fábula convencional según la cual el Estado moderno habría nacido de una secularización olvida, como escribe un autor contemporáneo, «la determinación estrictamente teológica de la nueva figura del Estado absoluto: la absolutización […] pasa necesaria y prioritariamente por una re-sacralización del Estado» (Courtine). No hay ninguna reivindicación de «laicidad» por parte del poder temporal. Todo lo contrario; esa reivindicación le es sugerida por la Iglesia como algo que recae sobre el ámbito del propio estado, aquel en el que puede cumplirse su tarea de mantener la «paz»” (Brague, La ley de Dios, 2011, 189).