martes, 14 de septiembre de 2021

Exaltación de la Santa Cruz 2021

Esta Fiesta de la Exaltación de la Cruz centra su mirada en la pascua de Cristo, pero como quien entra desde el madero. Sí: empezamos contemplando un pedazo de madera, un leño, el tronco de un árbol. La fe cristiana es una fe sumamente concreta, donde lo sensible cuenta tanto como lo espiritual. Fe encarnada, arraigada, que vive de una memoria agradecida que es al mismo tiempo pasado, presente y futuro. Miramos la cruz como se mira la espada del general que liberó la ciudad o el bisturí del cirujano que nos salvó la vida. Es así: en la cruz, gracias a la fe, podemos leer el amor de Dios que habla más fuerte que el odio de los hombres.

La primera lectura nos lleva nuevamente al desierto. Y como ya se dijo, el desierto es el lugar de la prueba, ese lugar donde uno experimenta su límite aunque también la misericordia de Dios. Israel cae en la impaciencia, que es otra forma de decir angustia. Se angustia por la falta de confianza, que a su vez deriva en falta de horizonte, o sea falta de sentido. La queja engendra la muerte, pero Dios se compadece y ofrece un camino de salvación. Es un camino insólito, aparentemente absurdo. El episodio de la serpiente de bronce nos dice que Dios vence a la muerte con la muerte misma. Le gana en su propio terreno. Y este es el misterio de la Cruz que hoy exaltamos. Jesús vence al pecado haciéndose él mismo pecado (como dice san Pablo). La bendición nos llega por medio de la maldición. Esta es la sabiduría loca de Dios. Como dice el pregón pascual: “¡Qué admirable es tu bondad con nosotros! ¡Qué inestimable la predilección de tu amor: para rescatar al esclavo entregaste a tu propio Hijo!”.

El Padre entrega al Hijo; pero el Hijo no es forzado sino que es -desde toda la eternidad- una misma cosa, un mismo amor, una misma voluntad con el Padre y el Espíritu. Jesús dice que será “elevado” como la serpiente de bronce en el desierto. Elevado tanto para la burla como para la admiración. Elevado para caída de unos y elevación de otros. Eso mismo había anunciado el anciano Simeón. Jesús es elevado: su rostro no pasa desapercibido. Y cada uno elige qué hacer. Podemos apartar la mirada ante ese desgraciado que ya ni figura humana tiene, como dice Isaías, o podemos contemplar en su rostro el amor infinito de la Trinidad, el amor que hace nuevas todas las cosas… empezando por el propio corazón.

Danos, Señor, la fe para mirarte en la Cruz, para reconocerte como Salvador que engendra la vida verdadera en las entrañas mismas de la muerte. Atráenos desde lo alto del madero. Levántanos, como a la novia del Cantar, para que nuestra vida toda sea testimonio de resurrección.

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