En su libro En defensa de la Teología, Ángel Cordovilla ofrece unas líneas dignas de comentario.
"Porque mientras que la palabra define y fija, imponiendo a la criatura las duras aristas de la finitud, esta añora, por el contrario, la total ausencia de límites, lo sin nombre. Para el cristiano, eso se traduce en un cansancio de la positividad del acontecimiento de la revelación, del realismo de los sacramentos, de la institución jerárquica, del texto de la Escritura. El cristiano está sujeto a hechos y palabras" (p.12).
Creo no interpretar mal al teólogo de Comillas si digo que la redacción conlleva un aire pesimista que no refleja adecuadamente su sentir. Porque luego de un rato, el hombre también se cansa de caminar sin rumbo, sin referencia, y entonces añora la contención que ofrecen los límites. Como fuera, Cordovilla señala con claridad una verdad elemental de la fe cristiana y expone a la vez el desafío que supone. El cristiano está "sujeto" a hechos y palabras. Y eso es hermoso pero a la vez difícil, porque la realidad puede cansar como puede cansarse el esposo de convivir con su esposa. Lo que el párrafo presenta como un hecho es más bien un riesgo inherente a la gracia.
Como dice Menke, la sacramentalidad es la esencia y la llaga del catolicismo -entendido este como la confesión cristiana que lleva la ley de la encarnación hasta sus últimas consecuencias. La carne de Cristo fascina pero también exige una fidelidad sin tregua, un respeto sin concesiones a su cuerpo bien definido.
Pienso que la Iglesia debería tener más presente esta advertencia de Cordovilla al momento de evangelizar. Los primeros cristianos eran bien conscientes del escándalo de la encarnación, pero aun así insistían en la carne y todas sus consecuencias, por más arduas que fueran. Hoy en día, sobre todo en Occidente, el hombre vive demasiado disperso, evadido, como náufrago de infinitos mundos virtuales, saturado de una sobre-estimulación que le impide con-centrarse. El déficit de atención no es un asunto meramente pedagógico sino existencial. Entonces la tentación eclesial puede ser la de relajar la bendita positividad del cristianismo, es decir, la contundencia de la carne. Pero sin la carne nuestra fe no es nada, porque la carne -como dice Tertuliano- es el quicio de la salvación. Sin la carne de Cristo, o sea, sin la Iglesia y sus sacramentos, nos hundimos, nos perdemos en un Cristo fantasmagórico que es mero espejismo.
Todos podemos cansarnos y hasta sufrir el cuerpo de Cristo, que peregrina en la historia no sólo con el sudor de la caridad sino también con el hedor del pecado. Pero ese cuerpo es irrenunciable porque hace a nuestra identidad tanto como a la de Cristo.
Quizás nos sirva el consejo de San Juan de la Cruz: "el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa" (LB 2,18).
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