viernes, 3 de abril de 2026

Viernes Santo 2026

        Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto. / Anda una mosca por la carne quieta. / ¿De qué puede servirme que aquel hombre / haya sufrido, si yo sufro ahora? (Borges, Cristo en la cruz).

 

Estos versos de Jorge Luis Borges son una provocación, pero no necesariamente una falta de respeto. El poema termina con una pregunta, que siempre cabe interpretar como una puerta abierta o una mano tendida. Quiero empezar a responder esa pregunta: ¿qué hay de bueno en la muerta espantosa de Jesús?  

 

Cuando uno piensa en Jesús, en su vida y en su muerte, es evidente que se trata de la historia de un hombre, del designo singular de un judío nacido en Belén, criado en Nazaret, de oficio carpintero, que en cierto momento comenzó a predicar el reino de Dios. Sus palabras cautivaban porque transmitía una sabiduría y una autoridad excepcionales, propias de quien se presentaba como el Hijo de Dios. Pero la adhesión de las multitudes contrastaba con la incomodidad de los jefes del pueblo, que resolvieron acabar con él, aunque eso implicara violar escandalosamente la Ley de Dios, en nombre de la cual decían obrar. Luego está el hecho de que sus discípulos aseguraron, contra viento y marea, que este carpintero-profeta resucitó de entre los muertos. 

 

Hasta aquí la crónica histórica, la mirada plana de los acontecimientos. Pero la fe, que suscribe cada unos de estos puntos, nos regala una comprensión más profunda. La historia de Jesús no es un episodio marginal, aislado, acotado en el tiempo y el espacio, sino el corazón del mundo, del que todo surge y al que todo tiende. San Pablo lo dijo muy bien: “Me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20). Ser cristiano es creer, o sea, aceptar y gozar que mi vida está ligada a su muerte. Porque en su muerte Él cargó con todos los pecados de la familia humana. Pasado, Presente y Futuro: todo fue asumido por el Cordero inocente, que en silencio y sin alarde cumplió la ingrata pero noble tarea del buen Pastor, que enfrenta al lobo para salvar al rebaño. 

 

Isaías lo había anticipado: “Todos andábamos errantes como ovejas extraviadas, siguiendo cada uno su propio camino” (Is 53,6). La liturgia es más contundente: Padre, “aunque en otro tiempo estábamos perdidos y éramos incapaces de acercarnos a ti, nos amaste hasta el extremo: tu Hijo, que es el único Justo, se entregó a sí mismo a la muerte, aceptando ser clavado en la cruz por nosotros” (Plegaria Euc. sobre la Reconciliación I).

 

En este día santo entramos en el silencio de Dios, que calla cuando tendría tanto para decir. Calla porque elige no avasallar, sino respetar nuestra libertad. Calla para manifestar, ya no con palabras sino con la carne lacerada, que su amor por nosotros no tiene límites. Una vez dentro de ese silencio, si nos atrevemos a permanecer, entendemos que en el centro del sufrimiento del Hijo, que misteriosamente toca al Padre y al Espíritu, vibra el gozo del amor, la certeza de la comunión, de una pertenencia mutua irrevocable que ningún eclipse emocional puede desbancar. Y eso es lo que celebramos hoy: el amor más fuerte que la muerte, la grandeza del Hijo que no sólo deja de lado sus privilegios divinos, sino que se ubica en lo más bajo de la escala humana. Como dijo alguna vez un célebre predicador: Jesús ocupó de tal manera el último lugar que nadie pudo ni podrá arrebatárselo jamás (Huvelin).


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Es verdad que la muerte en cruz nos mueve al arrepentimiento, porque en ella queda patente el mal de nuestros pecados; un mal cuyo poder de daño solemos minimizar. Pero la contemplación del Crucificado nos mueve con mayor fuerza al amor y la gratitud. “El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados” (Is 53,5). Este es el secreto. Este es el misterio. En el destino de Jesús se está jugando nuestro destino. “Creo, Señor, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24)

 

Todo esto lo dice San Juan de manera genial, refiriendo un detalle que no pasó desapercibido en la tradición cristiana. Cuando el soldado romano atraviesa con su lanza el costado de Jesús, el agua y la sangre brotan de él como signos de vida; pero no de cualquier vida, sino de la vida de Dios regalada misericordiosamente en Cristo (cf. Jn 19,34). Sí, su herida es nuestra salud, nuestra salvación. Y eso tiene que ser proclamado como una verdad fundamental, que no pierde vigencia jamás. Hagamos nuestro, hoy y siempre, el verso de un antiguo himno escrito hace casi 1.500 años: Salve Cruz, única esperanza nuestra. 

 

Querido Jesús, mi hermano y mi amigo, mi Señor y mi Dios. Perdón por mis pecados que desfiguran tu rostro y marcan tu espalda. Gracias por tu misericordia que lava las culpas y restaura la imagen estropeada. Gracias por devolverme el lugar de hijo en la mesa del Padre. Gracias por tu Espíritu, entregado como un suspiro débil, insignificante, pero que tiene la virtud de hacer nuevas todas las cosas. Dame la gracia de entrar en tu inocencia, en tu mansedumbre, en tu dinámica de entrega, y de entender que hoy la Iglesia celebra tu muerte no en sí misma, sino por ser ofrenda amorosa que es germen de vida eterna y puerta estrecha pero segura de salvación. Amén.