sábado, 4 de abril de 2026

Vigilia Pascual 2026

Esta noche, la más santa de todas las noches, cantamos la Verdad; la Verdad de Dios, del hombre y de todo lo creado. Somos fruto del amor, de una decisión libre, inteligente y cariñosa. Fuimos formados a imagen de Dios, para reflejar en el tiempo y el espacio su misterio de comunión. Pero en el medio hubo una caída, un traspié, algo que no debería haber sido pero fue. La serpiente, el antiguo adversario, se introdujo en el jardín y sedujo a nuestros padres. Ellos quedaron enredados en su mentira e hicieron, como tantas veces nosotros, lo que es malo a los ojos de Dios. Cruzamos un límite, desobedecimos la voz del Padre, nos salimos del camino y desbarrancamos hasta quedar tirados, lastimados y medio muertos, como dice la parábola del buen samaritano.

 

Esa transgresión significó la expulsión del paraíso. Empezamos a vivir exiliados, fuera de la presencia de Dios, lejos de esa mirada que es la razón de ser de nuestra vida; esa mirada que nos ubica, nos serena y nos dice que es bueno que existamos. 

 

Esta es la noche en que volvemos a conectar con esa mirada. Es la noche en que nuestros ojos se encuentran con esos ojos que todo lo ven, no para condenar sino para rescatar. Los ojos de un Padre misericordioso reflejados en las pupilas de un Hijo inocente, de un Cordero Pastor que se entregó generosamente por nosotros, por cada uno de nosotros, sin exigir nada a cambio. 

 

Esta es la noche del regreso, la noche del retorno al jardín de Dios. Pasamos de la muerte a la vida, como quien pasa de la oscuridad a la luz, del silencio a la palabra, de la aridez al agua, del hambre al pan. 

 

Pasamos por Cristo que es la Puerta y el Camino, la Verdad y la Vida. Porque en medio de ese tránsito bendito había un obstáculo que nos parecía insalvable: una piedra, la piedra. El evangelista Mateo cuenta que el sepulcro estaba sellado con una piedra enorme, símbolo de la dureza de nuestros corazones. Piedra de los muros que levantamos para no tener que encontrarnos. Piedra de las palabras y los gestos que nos arrojamos con violencia como proyectiles. Piedra de la indiferencia que obtura la gracia y la comunión. Esa piedra era demasiado pesada para nosotros. Pero Dios quiso removerla, quiso quitarnos esa carga de la espalda, quiso liberarnos de ese peso que nos doblegaba, que nos mantenía encorvados, incapaces de mirarnos a los ojos y mucho menos de mirar al Cielo.

 

La Piedra ha sido removida - Worldssps


El anuncio del ángel llega a nosotros con la autoridad y el consuelo de aquella primera mañana: “No teman… Él resucitó” (Mt 28,5.7). Y así se enciende nuestra alegría, como se encendieron nuestros cirios: iluminando la iglesia, descubriendo rostros y disipando las tinieblas que suscitan miedo, amargura y confusión. Es hora de sacudirnos la modorra. No en vano uno de los versos más antiguos de nuestra fe reza así: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará” (Ef 5,14). Somos luz en el Señor, llamados a irradiar el amor en el gran templo de la creación.

 

La muerte suele imponer silencio. Es un misterio grande que nos obliga a callar. Cuando irrumpe se nos quiebra la voz, porque ante ella todas nuestras palabras resultan vanas. Lo mismo ocurre con el pecado, que nos hunde en la vergüenza. Pero en esta noche resuena con fuerza una Palabra de vida; una Palabra autorizada, que surge victoriosa de los abismos regalándonos la paz; una Palabra que vence nuestra sordera voluntaria, el ruido torpe en el que nos zambullimos para vivir al margen de la ley de Dios. “Señor, Tú tienes palabras de vida eterna”. Gracias por seguir hablándonos. Gracias por rescatarnos del odio mudo. Queremos escucharte. Queremos responderte. Queremos anunciarte hasta el último rincón del mundo.

 

El pecado reseca el alma. No por nada Cristo rezó en la cruz el salmo que dice: “mi garganta está seca como una teja y mi lengua se me pega al paladar”. Esta es la noche en que toda esa sed recibe por fin el agua viva que Jesús anunció a la samaritana. Es el Espíritu Santo que llega a nosotros purificando nuestras conciencias sucias. Es el bautismo que sepulta nuestras faltas para resucitar con Cristo. “La santidad de esta noche aleja toda maldad, lava las culpas, devuelve la inocencia a los pecadores y la alegría a los afligidos”. En esta noche seremos rociados con el agua pura de la pascua, el agua del costado de Cristo, el agua de la nueva creación. Y nos comprometemos a llevar esa agua a los demás, porque son muchos los que ansían un poco de cariño, una gota de ternura; son muchos los que todavía no conocen el perdón de Dios ni experimentan la frescura de la salvación.

 

La celebración de la pascua culmina en la mesa del altar. En el destierro, lejos del jardín, lejos de casa, se come mal; incluso peor que los animales, como nos enseña el hijo pródigo de la parábola, que ni siquiera podía tomar las bellotas destinadas a los cerdos. El hambre y la desnutrición son dos caras de un mismo drama que azota a nuestra nación, tanto en la dimensión física como espiritual. Cristo se ha hecho pan para nosotros. En la eucaristía encontramos la fuerza y la sabiduría de los hijos de Dios. En ella experimentamos la comunión con el cielo y con la tierra. Y por ella se consolida en nosotros el deseo de entregarnos, de no vivir para nosotros mismos, sino para los demás, y en especial para Él, que murió y resucitó por nosotros. 

 

Todo está dispuesto. La mesa está servida. Y nosotros, los comensales hemos sido debidamente invitados. Honremos a Jesús, nuestro Salvador, viviendo la fe como lo que es: una fiesta de familia, en la que nadie tira piedras porque todos nos sabemos pecadores perdonados. La única piedra de la que hablamos es la piedra del sepulcro, que ya no contemplamos angustiados, sino admirados del poder de Dios. “Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno su amor”.

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