domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Pascua 2026

María Magdalena y la otra María fueron de mañana a visitar el sepulcro, fueron a ver nomás, como dice el texto griego. Una acción inútil a los ojos de muchos que piensan solamente en términos de rédito. Pero ocurre que, como enseñó Pascal, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Las dos Marías obran movidas por la lógica del amor que busca estar, como sea; que quiere permanecer, que hace todo lo posible por mitigar la distancia. Es también la lógica de la encarnación que honra la carne, incluso cuando ya no está animada, porque sabe que la memoria necesita hacer pie en lo concreto. El amor no olvida, sino que recuerda, vuelve a pasar por el corazón lo vivido, no para ceder a la nostalgia o el resentimiento, sino para intensificar la gratitud que fortalece el espíritu para la misión.

 

Fue precisamente en ese contexto y a esas mujeres que se manifestó el Ángel del Señor. Fueron ellas y no los calculadores, escépticos y mezquinos, las destinatarias del gran anuncio. Fueron ellas las que presenciaron el temblor; un temblor literal, sin duda, pero que habla de cimientos más hondos que se conmovían. Cristo resurgía de los infiernos, de los abismos insondables, y ellas estaban allí, asistiendo al parto de un mundo nuevo. La tierra estaba dando a luz una vida nueva; pero nueva con mayúscula, nueva en un sentido que nadie antes había conocido jamás. 

 

Y la piedra fue corrida. Ese obstáculo maldito que clausuraba la esperanza, que impedía la comunión. Pensemos en nuestras piedras, grandes o pequeñas, pero que al fin y al cabo interrumpen el flujo de la vida y de la gracia. Piedras en los zapatos, diminutas pero molestas, que dificultan la marcha y la respuesta solícita ante la necesidad del prójimo. Piedras medianas en nuestras manos, que nos arrojamos con descaro para condenarnos mutuamente. Piedras enormes de culpas no asumidas o dramas injustos que nos tocó padecer. Ya está. La piedra no tiene la última palabra. Cristo no vive entre los muertos, sino que reina entre los vivos. ¿Lo creo realmente? 

 

Las mujeres reciben el encargo de avisarles a los discípulos que Jesús los espera en Galilea. Y ellas obedecen, por eso se ponen en camino. Corren con la noticia quemándoles en el pecho, y es entonces cuando ocurre lo mejor: Jesús mismo, Jesús resucitado sale a su encuentro y les dice “Alégrense”. Él las sorprende mientras cumplen su misión. Ellas no exigieron más signos, sino que confiaron, y el Señor las colmó con su presencia.

 

El cristiano vive inmerso en esta alegría pascual, que es alegría de resurrección. La muerte está vencida porque los pecados fueron expiados. Es la alegría del cara a cara, sin ya tener que bajar la mirada. En esta mañana queremos seguir a estas mujeres sabias que tanto nos enseñan. Queremos hacer como ellas, que se acercaron a Jesús, se arrojaron a sus pies y lo adoraron. Queremos renovar nuestra adhesión a Él, nuestro único Señor, y entender que si en verdad hubo encuentro tenemos el deber de seguir adelante, corriendo hasta llegar al último de los hermanos, para decirle: Está vivo y nos espera en Galilea. 

 

Queridos hermanos: en la primera lectura san Pedro anuncia la resurrección como un hecho cierto. Eso es lo que importa, es allí donde tenemos que centrar el corazón. Lo demás es secundario, por eso la Escritura no da detalles. Es hora de reconocer y agradecer el inmenso don de la fe. Nosotros somos los testigos elegidos de antemano por Dios. Elegidos sin mérito alguno para comer y beber con Jesús resucitado. Eso es la misa: sentarse a la mesa del cordero inocente que se inmola por nosotros para alimentarnos con su cuerpo y con su sangre. Por eso no podemos salir de acá indiferentes, sino encendidos en el amor y la esperanza, con la alegría de querer llevar la luz de la fe a todo el mundo.

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