domingo, 4 de mayo de 2008

Otra vuelta de tuerca en torno a Jn 1,14


La ambigüedad es una variable ineludible de la comunicación humana. Habrá personas –con sus respectivos discursos- más diáfanas que otras. Pero tarde o temprano sobreviene una sombra de duda, un margen para el malentendido.

Es que los hombres somos de por sí peregrinos; nunca acabamos de decirnos, y mucho menos en una sola entrega. Somos portadores además, de una cierta opacidad que brota de un doble manantial.

Está el viejo y conocido pozo de mal que anida en las capas más profundas de nuestra alma. De allí surgen las mezquindades que insisten en regatear verdad, luz, ser. El tantas veces olvidado pecado original es, al fin, una herida que supura demasiado como para ser ignorada. Por eso no es raro que a menudo nos traicionemos siendo víctimas de nuestras propias contradicciones.

Pero también está aquella indescriptible cantera de bien. Apenas intuida en el común de los mortales, irrumpe en algunas vidas con inusitado vigor. Y es tal la fuerza de ese chorro cristalino que nos impide llegar a su origen. Podemos entonces hablar de una cierta tiniebla luminosa que nos deja en vilo y con el corazón en ascuas. Ella sana y contagia su medicinal virtud, pero no llegamos a aprehender.

Por otra parte está el intérprete, quien a su vez puede sufrir una suerte de miopía espiritual. Cuanto más lejos en el afecto se está de alguien, más difícil es entrar en su sintonía. Y no es tan fácil decidirse a escuchar, con paciente fidelidad, a quien habla. De hecho, los ansiosos prejuicios -no necesariamente corrosivos- pueden acabar tergiversando el mensaje.

* * *

Que Dios se ha hecho hombre, significa que ha querido entrar en esta compleja trama comunicacional. La Palabra penetrante y sin doblez ha aceptado, en su afán de hacerse más accesible, el reto de la carne. Siendo espíritu –Dios, en efecto, es espíritu- se hace concreta. Así, inserta, pero jamás cautiva, se expresa en los cánones del hombre, que no sólo usa sino que goza con la sensibilidad de lo material. Asible, a la mano de todos, Jesús es el cercano. Pero en su misma condescendencia reside su debilidad. La vulgaridad que le viene de estar sometido al tiempo y al espacio, lo expone a la incomprensión de sus paisanos.

Hechos y palabras también en él, como en cualquiera, se potencian en un círculo hermenéutico clarificador. Pero ello no alcanza para despejar toda duda o error. Es cierto que por una parte Jesús no sufre el pecaminoso gris que suele teñir nuestras expresiones. Pero por otra, dándose a conocer presenta una luz tan fuerte que ciega a cuantos queremos mirarlo de frente. Con todo, es gracias al escándalo de la carne que -en delicado y desmesurado favor- ese fulgor se amilana para nosotros. De ese modo, se exhibe humilde y nos da la oportunidad de hacer nuestra elección.
* * *
Están –ayer y siempre- los que escuchan, creen, adhieren, contemplan, adoran, y siguen. Y están también los que se niegan, rechazan, blasfeman, y abandonan. La ambigüedad a su vez, se manifiesta en nosotros mismos. Porque nunca acabamos de ser fieles a nuestro bando.

Finalmente, la Iglesia. Según lo dicho hay diversas razones por las que ella peregrina en una incomprensión resultante de la ambigüedad. Primero, ella no escapa a las generales de la comunicación humana. Segundo, ella -la semper purificanda, la siempre necesitada de purificación- acoge en su seno a pecadores que la vuelven una siembra en donde conviven el trigo y la cizaña. Tercero, ella está bajo la lupa de muchos inquisidores carentes de empatía, fríos espectadores externos que, en su falta de fe, no acceden al calor del misterio. Cuarto, ella es la esposa del Señor; y como tal, comparte su suerte. Si Jesús fue una bandera discutida, un signo de contradicción, un mensajero en claroscuro, un traspasado que dice gloria en su anonadamiento, no puede extrañarnos que ella también reciba el descrédito y el rechazo que sabemos un día tendrá fin.

viernes, 18 de abril de 2008

"Vengan a descansar un poco"

Mc 6, 31


Conozco tus luchas y tus fatigas. Las conozco incluso mejor que vos. Sé que te cansás a diario y que muchas veces te preguntás a qué tanto correr. Sí; sé que otras veces reprimís la pregunta y la sepultás en ese viejo cajón de asuntos pendientes. No tengas miedo… Yo ya lo sé.

Conozco tus sueños y tus alegrías. Sé que estás hecho para las pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana, y que a menudo rumbeás por lados que no te hacen bien. Puedo decirte qué es lo que más deseás, dónde encontrarías tu felicidad. Puedo aconsejarte. No tengas miedo… Yo ya lo sé.

Conozco tus frustraciones y tus incoherencias. Sé que te cuesta volver a intentarlo, volver a desear en serio. Sé que te amarga y te humilla tropezar siempre con la misma piedra. Hoy quiero perdonarte. No tengas miedo… Yo ya lo sé.

Conozco tus huidas, tus fugas de amor. Sé que tu cariño se ha entibiado y que tu oración vive de rentas. Sé que hace rato que no nos encontramos de verdad, y que no sabés –o no te animás- a dar el primer paso. Tranquilo. Yo lo doy. No tengas miedo… Yo ya lo sé.

Hacía rato que te estaba invitando y hoy estás acá. ¡Bienvenido! Quiero que descanses. En el fondo, no te podés imaginar lo feliz que me hace que hayas venido. Llamaba a la puerta de tu corazón y esperaba que me abrieras. Ahora puedo cumplir mi palabra: voy a entrar en tu casa y cenaremos juntos (Ap 3,20).

martes, 25 de marzo de 2008

Pascua 2008

Variaciones sobre Jn 20,1-9


“María Magdalena fue al sepulcro”[1]. La misma fiel mujer que había tenido el coraje de permanecer hasta el final junto a la cruz[2] sale hoy de madrugada. Ella sabe como nadie la contundencia del sepulcro sellado pues lo ha visto con sus ojos[3]. Y sin embargo sale, como atraída por un misterioso llamado, hacia la región de los muertos.

Todavía es de noche y no ignora que es tan sólo una indefensa mujer. Pero la gratitud, que creció amor incondicional, se mueve en esta mañana con la audacia de la magnanimidad. Desafía la apatía mortuoria y clama presencia. Al amor le gusta la desmesura y espera contra toda esperanza
[4]. Muy hermosamente san Mateo dice que Magdalena va a ‘ver’ el sepulcro[5]; cuando no queda nada por hacer todavía podemos amar en silencio y hacer el homenaje de la permanencia. María Magdalena se acerca gratuitamente. No hay tajada de por medio. Y eso nos lleva a replantear nuestro propio modo de acercarnos al Señor. La alegría del resucitado sorprende al que venera y adora más allá de todo rédito, al cristiano poeta que se entrega sin cálculo.

Allí va la mujer, la –según el derecho de época- no cualificada como testigo. En la oscuridad, con su fragilidad a cuestas y un pasado más que cuestionable
[6], atraviesa la depresión y las desilusiones. Expuesta al descrédito y a la risotada de la turba resulta la elegida para el anuncio más importante de todos los tiempos. “Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable, y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale”[7]. María Magdalena es imagen de la humanidad redimida, de la Iglesia mujer que sabe que no es inmaculada y sin embargo recibe un mandato divino. Ella anuncia sin entender del todo el misterio que comunica, pero lo hace corriendo. Corre con la urgencia y la solicitud de una madre, corre con la ligereza y la juventud de una novia[8], corre con la obediencia y la integridad de una discípula. Y en su carrera pone en marcha a los demás[9]. Despierta a la fe y al amor dormidos para que también corran, y se contagie así el dinamismo creyente que ya no habrá de terminar.

* * *
¡Resucitó! ¿Y a mí qué? ¿Qué me agrega el anuncio de pascua? Si este hombre resucitó es más que un hombre y merece mi adhesión. Lo sigo y recojo sus palabras como flores en la salina. No terminamos de caer en lo que significa que uno de nuestra raza tenga poder sobre la muerte. Jesús revierte la derrota más escandalosa en el triunfo más rotundo. Se hace ‘digno de fe’[10] y revalida su pretensión divina. De piedra rechazada pasa a ser piedra angular…[11] de mi existencia y de cuanto existe. Todo encastra allí para adquirir sentido y belleza. Angustias y esperanzas encuentran firmeza para elevarse y ganar perspectiva. Entonces me siento parte de un gran edificio[12], de una gran familia siendo yo mismo una pieza admirable y valiosa a los ojos de Dios. Y escucho su promesa y le creo. Y ya no temo sino que me siento libre y fuerte. Soy alegre y en mi lecho repaso su perdón[13]. Me invita a ser como él; me dice que yo también estoy hecho para la vida. Quiero compartir su suerte, y vivir colmado pero discreto. En la cresta pero a la sombra de su ala[14], en la cima pero refugiado en la gruta del profeta[15]. Soy una nueva persona, estoy resucitado con él pero oculto en Dios[16]. Por eso vivo en un eterno domingo. El calendario siempre marca el primer día de la semana porque TODO se renueva en su presencia[17]. Y porque escucho su voz franca que me recrea y me siento como Adán recién parido, e incluso mejor.

[1] Jn 20,1
[2] Jn 19,25
[3] Mt 27,61
[4] Rm 4,18
[5] Mt 28,1
[6] Mc 16,1; Lc 8,2
[7] 1 Co 1,27-28
[8] Ct 2,8; 7,9; 8,14
[9] Jn 20,4
[10] Hb 2,17: ver A. Vanhoye, Sacerdotes Antiguos, Sacerdote Nuevo; Salamanca, Sígueme 2002, p. 108ss.
[11] Sal 118,2
[12] Ef 2,19-21; 1 Co 3,9; 2 Co 5,1; 1 Pe 2,4-5
[13] Sal 63,6
[14] Sal 17,8; 36,7; 57,1; 63,1.7; 91,4
[15] 1 Re 19
[16] Col 3,3
[17] Jn 20,1

sábado, 22 de marzo de 2008

Cena del Señor 2008

Ex 12, 1-8.11-14; Sal 115; 1 Cor 11, 23-26; Jn 13, 1-15
“A la hora del crepúsculo”, se reunieron los israelitas en Egipto para la cena previa a la liberación. También al atardecer, Jesús se reunió con los doce para celebrar la pascua. Y así nosotros, al atardecer, nos congregamos como comunidad cristiana para celebrar la última cena: comida previa a la liberación. La caída del sol es una hermosa y expresiva imagen de la vida de Jesús que se consume y del poder de las tinieblas que crece. Al comenzar el triduo pascual, nos sumergimos en la noche del pecado y del dolor.

“Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar”. A nosotros nos cuesta mucho reconocer los tiempos; nos hacemos los zonzos y miramos para el costado. Pero Jesús capta que está en sus últimos momentos y realiza un gesto profético. Condensa su vida pasada y el futuro inmediato en el lavado de pies. Justo al atardecer, cuando parece que todo se acaba y no queda nada, irrumpe la lógica del Evangelio. Es la lógica de las bodas de Caná, que nos dice que el buen vino viene al final, que lo mejor está siempre por llegar. Y entonces Jesús “amó hasta el fin”.

Se agacha, perfecta imagen del Dios que se abaja, casi nos animamos a decir, que reverencia a la criatura. Se quita el manto, se despoja de su rango como anticipando con soberana libertad el ultraje de los soldados que habrán de quitarle las vestiduras. Y lava. De eso se trata la pasión: de un lavado. Son pies sucios que se han salido del camino, pies con mucha “banquina”, con mucho “chiquero” -para evocar la célebre parábola del hijo pródigo.

Este amor, que es servicio de limpieza, permanece siempre nuevo en la eucaristía. Es el pan partido y la sangre derramada. Y una frase que lo explica todo: “por ustedes”. Aunque no sepamos bien lo que significa sabemos que es “por nosotros”, en beneficio nuestro. No tenemos que avergonzarnos si sumamos años de Iglesia y todavía nos sentimos en el umbral de la pascua, sin entender realmente de qué se trata. Tenemos que pedirle a él, a Jesús, con toda sencillez, que nos introduzca en su misterio.

Curiosamente la eucaristía es la espina y la gloria del cristiano. Es la espina porque los discípulos no logramos ir más allá de ella: la traición de Judas, el sueño de Getsemaní, el abandono de los discípulos, la negación de Pedro… incluso las piadosas mujeres lo seguían de lejos. Ya una vez el Maestro había preguntado: “¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber?” Y respondemos a la ligera: sí, podemos. ¡Cuántas veces nuestra vida desdice lo que anunciamos al comulgar! Por eso siempre será dura la siguiente pregunta: ¿Cómo es que si tan pocos permanecieron al pie de la cruz somos hoy tantos al pie del altar? Pero la eucaristía también es la gloria del cristiano. Es nuestra revancha para poder entrar en el misterio pascual, y hacer la experiencia mística de aquella presencia, que en la vida cotidiana no sabemos hacer.

Volvamos al lavado de pies. Muchas veces –más de lo que quisiéramos- nos negamos a amar, a perdonar, a servir. Queremos estar del lado cómodo y engreído: nos gusta la cabecera de la mesa, el aplauso y las miradas. ¿Por qué nos cuesta tanto? Quizá porque somos como Pedro que no se deja lavar. ¿Vos a mí Señor? Y Jesús responde: “si no te lavo no podrás compartir mi suerte”. Su suerte es la cruz, pero sabemos que más ciertamente es la resurrección.

Quisiera ahora concluir con un párrafo de un autor espiritual. “Si tuviera que elegir yo una reliquia de la Pasión, escogería, en vez de los flagelos y las lanzas, aquella palangana redonda de agua sucia, y daría la vuelta al mundo con ese recipiente bajo el brazo. Y ante cada pie me ceñiría la toalla, me agacharía mirando sólo los talones de la gente; no levantaría los ojos más arriba de la pantorrilla, para no distinguir a los amigos de los enemigos, y así lavar los pies al ateo, al adicto a la cocaína, al traficante de armas, al asesino del muchacho de la esquina, al explotador de la prostituta en el callejón y al suicida... y lo haría en silencio, hasta que hayan comprendido a través de mi amor, Tu Amor...”.

domingo, 24 de febrero de 2008

Cuaresma: Domingo III A


Cuarenta años anduvo el pueblo de Israel por el desierto, y cuarenta son los días de la cuaresma. En ella queremos hacer –junto con nuestros padres- la experiencia de pasar de la esclavitud a la libertad, de la opresión tiránica de pecado a la posesión de una tierra esperada que mana leche y miel.

Hay que decir que es una experiencia difícil, purificadora. No estamos ante un ejército, es un pueblo: hay mujeres y niños, ancianos y enfermos… sienten el calor del sol y la fatiga del camino. También nosotros abrumados por las preocupaciones del mundo, por vernos de rodillas confesando una y otra vez los mismos pecados, nos damos cuenta que no somos una elite. Somos del montón, y aunque de corazón deseamos seguir a Jesús, pedimos una tregua. Como a los que iban por el desierto no pocas veces nos gana la impaciencia y la murmuración, el famoso espíritu de queja que asfixia el alma. Y entonces la bronca distorsiona la realidad: “¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?” (Ex 17,3).

Jesús sabe de lo que hablamos. También Él suplicó bajo el ardiente sol de Israel: “Dame de beber” (Jn 4,7). Quiso acompañarnos en la necesidad y en el límite. No tenía porqué, pero quiso padecer en carne propia lo que es llegar al borde de la existencia: la piel transpirada, la boca reseca, la cabeza abombada… Agua. Pide agua como quien sufre una pequeña muerte…justamente Él que es la fuente de la vida. Nosotros, que lo reconocemos como salvador, retomamos la pregunta de la samaritana: ¿Cómo tú siendo Dios, la Palabra por la que todo fue hecho, me pides de beber a mí que soy un simple mortal? ¿Qué ves en mí para que busques así mi amor?

Pero Dios provee y le manda a Moisés que golpee con su vara la roca. Así lo hizo el hombre de Dios y, para sorpresa de todos, brotó agua. La roca es por excelencia un ser no viviente; nada crece en el camino pedregoso. Y sin embargo de esa roca bendita brotó agua. Tan claro y sorprendente cono que de la cruz-signo de maldición y muerte- nace la vida eterna. Por eso san Pablo dice con razón: la roca es Cristo.

La cuaresma es el tiempo en que nos confrontamos con nuestra sed, con todas nuestras limitaciones y carencias. No para deprimirnos o por puro afán de sufrir. Lo hacemos para estar más abiertos, para recibir con más ganas el abundante don del resucitado. Queremos que nuestros corazones, tantas veces duros como la piedra, sean capaces de engendrar vida. Queremos que en esta Pascua nuestra fe y nuestra oración sean como la vara de Moisés, o mejor aún, como la lanza del soldado romano, que atravesando al crucificado, penetró lo más hondo de Cristo y obtuvo el agua bendita que lava nuestras culpas.

Señor Jesús: danos tu Espíritu, danos de tu agua viva para que ya no tengamos más sed (Cfr. Jn 4,15).

sábado, 2 de febrero de 2008

A "La Sapienza"

Nunca estará de más recordar que, detrás de un discurso lineal y coherente, claro y profundo, se encuentra un pensamiento con idénticas cualidades. De modo casi demoledor, Benedicto XVI suma en cada una de sus exposiciones la contundencia de una vida consagrada a la reflexión (que es mucho más que el estudio).
Lo que podríamos denominar el "episodio Sapienza" invita a un análisis. Un grupo no representativo de la comunidad universitaria se opone a la visita del obispo de Roma. La invitación, hecha por el rector, responde a los habituales discursos inaugurales de ciclos lectivos. ¿En nombre de qué se fundan las manifestaciones contrarias? ¿Dónde quedan la libertad de expresión, la tolerancia y la invocada libertad de pensamiento? ¿No han incurrido los adalides de la razón 'autónoma' en una "contradictio in terminis"? ¿A qué tanto temor por unas palabras? Y al final, aquello a lo que los hombres nos hemos acostumbrado. La prepotencia y la inmadurez de unos pocos gana la partida.
Días antes de ser elegido como Papa, Ratzinger había advertido sobre la "dictadura del relativismo". Y días después de su nombramiento -en la Misa de inicio de Pontificado- no sólo desenmascaró los miedos del hombre sino que afirmó: "No es el poder lo que redime, sino el amor". La censura en un claustro universitario equivale a acallar las voces que estimulan el diálogo, aunque más no sea por la confrontación de ideas. A quienes protagonizaron este incidente les vendría bien, pienso, recoger la orientación del teólogo suizo Balthasar acerca de la "verdad sinfónica". Pero la situación se agrava -junto con la ignorancia ¿o ingratitud? histórica-, cuando nos percatamos de que la Universidad "La Sapienza" fue fundada por otro obispo de Roma. Más aún, las universidades como tales surgen del corazón de la Iglesia (ex corde Ecclesiae), y gracias a una tradición que se anima a ensayar una mirada penetrante y abarcadora de la "universalidad" de lo real.
Benedicto XVI ha elegido el camino de la humildad, ha decidido retirarse como Pablo cuando en Atenas -centro de la filosofía antigua- fue rechazado (Hch 17). Pero no deja de sorprender que el censurado sea un hombre de reconocida trayectoria universitaria (y representante -por así decir- de la rama fundadora: la Iglesia). No sólo miembro, en un país tan laicista y afecto a la libertad de la razón como Francia, de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas; Benedicto ha mantenido célebres y jugosos intercambios con intelectuales de diversas orientaciones entre los que destaca el paradigmático diálogo con Habermass.
La sensación final es que de esta situación, los máximos perjudicados han sido los miembros de la comunidad universitaria. No todos los días tiene uno la ocasión de escuchar el mensaje de un pensador de este calibre. Con todo, la publicación del discurso y su atenta lectura permiten confirmar cuánto difiere el pre-juicio de muchos respecto del encuentro real con la persona de Benedicto.
Para los que temían una entrometida voz religiosa, sería justo de su parte que reconocieran la ausencia de citas bíblicas; tan sólo dos alusiones, una de las cuales es la conocida pregunta de Pilato, que no hace más que expresar una cuestión filosófica perenne: ¿Qué es la verdad?
Gracias a este luminoso discurso tenemos valiosos aportes para profundizar en temas siempre actuales. Como educado ciudadano Benedicto se presenta aclarando su identidad de pastor con solicitud universal (Papa). En cuanto amante del mundo universitario arriesga pistas sobre su naturaleza y misión. Porque no cae en la soberbia del monopolio de la verdad dialoga con la tradición pasada (Sócrates, Agustín, Tomás de Aquino) y presente (Rawls, Habermass). Pero con todo su saber y sus certezas de creyente, Benedicto tiene además la grandeza del auténtico sabio que también comparte sus interrogantes y su fragilidad de peregrino: "(sobre cómo se demuestra una razón verdadera) tampoco yo puedo dar una respuesta en sentido estricto, sino más bien invitar a seguir caminando con esta pregunta".
Creo que a todos nos hace bien escuchar a alguien que pone como autoridad vinculante suprema a la verdad. ¿Alguien se opone? También nos renueva que nos hablen de una Razón-Amor. ¿Es que eso genera rechazo?
Sería bueno que todos, pero en especial quienes somos "universitarios" (aunque no siempre estemos a la altura de lo que implica) aceptemos el reto de juzgar la realidad por lo que es y no por los comentarios de la chusma. Ojalá crezcan los que con el tiempo puedan decir de este varón discutido lo que Job dijo de Dios: "Antes te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos" (Job 42,5).

martes, 1 de enero de 2008

Vulgares


“Nada más ofensivo para un hombre de nuestro tiempo y de nuestra raza que decirle que su carácter es débil, que es vulgar y que no se distingue para nada de los demás hombres”[1].

Tal vez sea un poco apresurado, pero estos meses como diácono me invitan a ensayar una prematura reflexión. Los hombres necesitamos verbalizar, poner en palabras lo que vivimos, sabiendo que no pocas veces ese juego de aciertos trae luz insospechada.

El diácono (servidor) se aboca a la caridad de la Iglesia, a la proclamación y la predicación, a recibir el amor de los esposos, y a acompañar la vida en sus extremos. Justamente esos extremos permiten una síntesis: el bautismo como rito iniciático y el responso como despedida recapituladora. Pocos acontecimientos tan significativos como éstos.

El bautismo reedita de alguna manera el nacimiento. Pero esta vez no es la secreta escena del parto sino la pública celebración de la vida como regalo de Dios. Por otra parte el responso. Carente de las distracciones del bautismo, nos pone sin rodeos de cara a lo esencial. Sin maquillaje alguno, el llanto desnuda el alma quebrantada mientras se exponen las más diversas miradas: creyentes, desafiantes, interrogantes. Ser o no ser; ésa es la cuestión.

Y allí el ministro. Paradoja de Dios ésa de valerse del ‘menos’ –de allí ministro- para hacerse presente[2]. En esa hora breve y fría descubre uno su identidad. Al fin no somos más que rezadores. Rezamos e intentamos hacer rezar.

No hay cursos ni posgrados. Ninguna papeleta puede acreditar la palabra o la acción del hombre de Dios. En este sentido está tan desnudo como su Señor. Bien que a veces le gustaría tener respaldo al modo humano: “Lea, aquí dice…”. Pero no. Lo nuestro es un oficio sagrado y simultáneamente del montón. Como Jesús. Somos vulgares.

Pero la cercanía vulgar, el contacto directo y privilegiado de tantas escenas trascendentes en la vida de los hombres se va acumulando. En cada ministro se va forjando aquello que llevó a Pablo VI a hablar de la Iglesia como “experta en humanidad”. Y sin embargo no dejamos de ser torpes instrumentos.

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Algunos no saben rezar (o al menos así lo sienten). Otros se encuentran tan golpeados por el dolor que no pueden hacerlo. El desconsuelo los ha dejado sin voz; siguen el rito como quien sueña, con una involuntaria dosis de abstracción. Con ellos y por ellos reza el ministro. Les presta su voz, y la plegaria de la Iglesia, para expresar sus deseos más íntimos en un terreno que para muchos es poco familiar.

Pero hay ocasiones en que el cortejo –aun dolido- espontáneamente expresa su fe. Ellos saben en qué consiste esta despedida, este deber de misericordia. Se aferran a la promesa de Jesús con una entereza admirable. Entonces… ¡Qué edificante es la fe del pueblo! Nos confirmamos mutuamente y salimos renovados para seguir en el Camino.

Lo contrario ocurre ante algunos familiares que toman una distancia provocativa, agresiva en el marco del silencio fúnebre: “no tengo parte en esto”. Uno siente el dolor por la oveja perdida que se aleja y no es capaz de elevar los ojos al cielo. Quizá su indiferencia sea un grande temor a mirar de frente el abismo de la muerte. El ministro está impotente. Lo registra en su rincón, lo respeta, y también lo encomienda con la esperanza de que la Palabra de Dios lo toque. Estas situaciones nos recuerdan para qué estamos. Es un acto de fe, y ante todo rezamos por el difunto. Él no tiene la culpa de la incredulidad de quienes lo acompañan, y en todo caso eso pide un plus de caridad.

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La eucaristía (¿podía no ser así?) enseña mucho sobre lo que es el ministro. El diácono que baja del altar (altus: alto) con el pan consagrado cumple un rol maternal. En el diario aproximarse a los fieles para distribuir el alimento de Vida se experimenta la ternura y la paciencia de la madre ante sus criaturas. Uno es la mediación, y sus manos –sus insignificantes y pecaminosas manos- el instrumento por el que llega la comunión.

El sacerdote, quien nunca deja de ser diácono, hace las veces de padre: “trabaja” para que el alimento pueda estar sobre la mesa. Soy consciente de lo estereotipado de la reflexión, y de lo prosaico en relación a lo más sagrado de nuestra fe. Pero me parece que ha sido voluntad de Dios manifestarse a través de los canales más ordinarios (encarnación). Y quien ejerce el orden sagrado experimenta –en medio del misterio- lo arduo de lo cotidiano y el profundo simbolismo de su servicio.

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Finalmente decimos que el ministro es el hombre de los innumerables rostros y nombres. Entre las muchedumbres con quienes trabamos relación buscamos descifrar el Rostro Único. Y es lindo pensar que cuando lleguemos al cielo y veamos a Jesús, reconoceremos en su Rostro a tantos que pasaron por nuestras vidas. Es lindo pensar que todos ellos saldrán a nuestro encuentro y nos abrazarán. Y todos esos nombres que alguna vez tuvimos en nuestros labios se unirán para pronunciar el nombre nuevo que Dios tiene reservado para cada uno (Ap 2,17).

A.F.D.C.
octubre de 2007
[1] Fedor Dostoyevski, El Idiota, Juventud, Barcelona 1999, 155.
[2] S. Ignacio repetía que Dios era el “siempre mayor”, el “siempre más…” (Deus semper maior). El ministro (menos) hace presente al maestro (más grande: magister).