
"Dar razón de la esperanza" (1 Pe 3,15)
de modo claro y profundo, con lenguaje actual y significativo, en clima orante y sapiencial
miércoles, 4 de abril de 2012
Miércoles Santo 2012

sábado, 24 de marzo de 2012
Memoria y Reconciliación
24 de marzo de 2012. Sábado IV de Cuaresma. Leemos Jn 7,46: "Nadie habló jamás como este hombre". Jesús es la novedad encarnada, él es la buena noticia. Admira y atrae tanto el modo como el contenido de su mensaje. En todo lo que dice y hace se percibe algo inefable, algo que no es de este mundo. Es un no sé qué sagrado que invita a la reverencia.
24 de marzo de 2012. Es feriado nacional en Argentina. Día nacional de la memoria por la verdad y la justicia. ¿Qué nos dice Jesús? Nos habla como nadie supo hacerlo. Nos dice lo que ninguna lógica humana pregona: la misericordia del Padre es inmensa y está entre nosotros. A todos se nos da porque todos la necesitamos. “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Jn 8,7). Él nos invita a vivir un amor hasta el extremo, un amor tal que nunca sospechamos. Sentimos que ese amor nos excede, que supera nuestras fuerzas…. Él nos dice que es posible, es nuestra vocación, nuestra verdadera identidad, nuestra plenitud. “Nada es imposible para Dios” (Lc 1,37). “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13).

Memoria por la verdad, la justicia y la reconciliación. Un católico, un cristiano hace memoria en el marco de la gran memoria del Señor. Siempre. No una memoria rancia, archivística. La memoria viva y cultual. Es la memoria litúrgica donde no vamos del presente al pasado (como quien recuerda), sino que el pasado viene a nuestro presente haciéndose actual. Una memoria contemporánea en la que la fuerza del acontecimiento se me ofrece tan fresca como la primera vez. Porque es esa primera y única vez… aquí y ahora. Esta memoria tan particular se llama “memorial”. La Iglesia siempre entendió la Misa como memorial del Señor.
Quiera Dios que los argentinos bautizados, que somos muchos, hagamos memoria a lo cristiano. Que no reneguemos de nuestro Maestro. Que no lo desdigamos con nuestros sofismas. Que busquemos la verdad, sí, la que libera (Jn 8,32). Y que busquemos la justicia, la que se sabe superada por la caridad. Y que busquemos la reconciliación, la que engendra hermanos y permite proyectar seriamente una familia. Memoria y Reconciliación. Verdad y Perdón. Justicia y Misericordia. “Y comenzó la fiesta” (Lc 15,24).
Pues en una humanidad dividida
por las enemistades y las discordias,
sabemos que tú diriges los ánimos
para que se dispongan a la reconciliación.
Por tu Espíritu mueves los corazones de los hombres
para que los enemigos vuelvan a la amistad,
los adversarios se den la mano,
y los pueblos busquen la concordia.
Con tu acción eficaz puedes conseguir, Señor,
que el amor venza al odio,
la venganza deje paso a la indulgencia,
y la discordia se convierta en amor mutuo.
Plegaria eucarística para la Reconciliación II
jueves, 17 de noviembre de 2011
17 - XI - 2011
Sin embargo, de entre todas las visitas hay una muy original: la del sacerdocio. O quizás mejor, la del sacerdote; porque no se trata de un misterio abstracto sino de una alianza concreta por la que un hombre concreto se deja configurar por Cristo Cabeza y Pastor. Así, el sacerdote prolonga en su persona la buena noticia de Jesús; el mensaje de paz del que hablaba el Evangelio. No cualquier paz sino aquella que “supera todo entendimiento” (Fil 4,7).
Y con todo, esa visita no siempre es percibida. Quizás más por negligencia que por maldad, pero lo cierto es que Cristo acaba ignorado, lo mismo que en la noche santa de Belén. Y entonces Jesús llora sobre la ciudad. Impotente. Humano. Llora más por nosotros que por él. ¿Lloramos también los sacerdotes por nuestro distraído rebaño? ¿Hacemos de ese llanto una súplica humilde que atraviese las nubes y toque el corazón de Dios?[1] ¿Advertimos que antes que visitadores somos visitados, y que también nuestro tibio acostumbramiento entristece a Jesús?
* * *
Nunca se aprende del todo a ser sacerdote, pero para los más jóvenes, la inexperiencia supone una dificultad adicional. Este año leí una novela en la que un cura mayor se quejaba ante otro novato: “Ustedes los curas jóvenes… (…) Me pregunto lo que tienen ustedes en las venas (…) Ahora, los seminarios nos envían niños de coro, pequeños descamisados que se imaginan que trabajan más que nadie porque no triunfan en nada. Unos lloriquean en vez de mandar. Otros leen montones de libros y otros no son siquiera capaces de comprender, de entender, ¿me oye usted?, querido muchacho, la parábola del Esposo y la Esposa”.[2] Es un reproche pintoresco y lo ofrezco, porque más allá de la caricatura, describe la mayor tentación del cura joven: que el mucho trabajo haga olvidar el protagonismo de Dios.

Al cumplir estos escasos cuatro años de sacerdote, vuelvo a dar gracias a Dios por este regalo inmenso que tanto disfruto y que, me consta, tanto bien hace a los demás. Cierto que tengo mucho de qué arrepentirme, pero no puedo ni quiero hacer mío ese otro pensamiento del joven cura rural de la novela: “Devuélvame a mi seminario; soy un peligro para las almas”.[3] No. No soy un peligro para las almas. Ocasionalmente, puntualmente, podré lastimarlas, defraudarlas, escandalizarlas. Pero en el conjunto, sumando y restando, soy visita de Dios; y llevo este tesoro de misericordia en la vasija de barro que es mi humanidad, “para que se note que esta fuerza extraordinaria es de Dios” y no mía (2 Co 4,7).
El cuatro es símbolo de universalidad: cuatro puntos cardinales, cuatro elementos primordiales, cuatro estaciones. En la Biblia, encontramos que son cuatro las letras del Nombre de Dios (YHWH) y cuatro también los evangelistas. Pero más importante que todo eso son los cuatro brazos de la cruz. En este aniversario vuelvo a asumir el desafío de servir a Jesús, Señor del universo, para que los cuatro extremos del madero abracen toda la tierra. Y le pido a Jesús que mi sacerdocio no haga acepción de ningún tipo, sino que se abra a toda la creación a fin de que, como dice san Pablo, “Dios sea todo en todos” (1 Co 15,28; cf. Col 3,11).
sábado, 22 de octubre de 2011
Una noche ganada para la formación permanente

domingo, 18 de septiembre de 2011
De uvas y denarios


sábado, 3 de septiembre de 2011
Por una pluma honesta y pensante
