martes, 2 de diciembre de 2025

El cardenal Newman: Maestro de vida

1.   Biografía teológica-espiritual 

En línea con la propuesta de autores contemporáneos,[1] se trata de leer la vida desde Dios, intentando desentrañar lo que el Espíritu Santo obró y dijo en esa persona. Newman es, sin duda, un gran pensador; pero lo más inspirador es la forma en que vivió: comprometido con la verdad, buscando ser fiel a Dios y a sí mismo por encima de todo. Una persona sensible que acepta perderlo todo con tal de hacer lo correcto: el cariño de su familia, la conversación con sus amigos, la cátedra en su amada Universidad de Oxford, por dar solo unos ejemplos. Y todo eso no sintiéndose un campeón, sino confiado en que Jesús lo sostiene en su debilidad.

 

“La característica del gran Doctor de la Iglesia, en mi opinión, es que enseña no solo a través de su pensamiento y sus palabras, sino también con su vida, porque en él, el pensamiento y la vida se interpenetran y se definen mutuamente. Si esto es así, entonces Newman pertenece al grupo de los grandes maestros de la Iglesia, porque nos conmueve el corazón y nos ilumina el pensamiento”.[2]

 

 

2.   Epitafio como clave de lectura

Tomamos como clave de lectura su epitafio, o sea la inscripción sepulcral.[3] En esta frase, compuesta por el mismo Newman, se revela el hilo de oro que guio su existencia. Ya anciano, el cardenal inglés ensaya una mirada recapituladora que no sólo asume el pasado sino que también lo lanza hacia el futuro. 

 

Desde las sombras y las imágenes hacia la verdad

Ex umbris et imaginibus in veritatem

 

 

3. De la oscuridad a la luz

La imagen está tomada de Platón, que en su alegoría de la caverna describe el paso de un mundo de sombras a un mundo de luz. Los símbolos permiten pensar simultáneamente en diversos niveles: tanto intelectual como moral. De hecho, para Newman la inteligencia y la voluntad, pensar y sentir son inseparables: se condicionan mutuamente. Lo importante aquí es descubrir que Newman es un peregrino, un buscador, alguien que no se conforma con lo que hay, sino que aspira siempre a la plenitud. En este sentido, puede decirse que toda su vida es conversión, seguimiento de Jesús.[4] No se trata sólo de pasar del mal al bien, sino de lo que es bueno a lo que es mejor. Y esa tensión nos impulsa al Cielo, donde nuestra experiencia de Dios ya no será “a media luz”, sino que lo veremos cara a cara.[5]

 

En un mundo superior es de otra forma, pero aquí abajo vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado frecuentemente.[6]

 

 

La santidad antes que la paz, 

y el crecimiento como única evidencia de la vida. [7]

 

 

Como se ve, no se trata de cambiar por cambiar, sino de madurar. Crecer es progresar en el bien y en la verdad. Newman asume esta convicción a los 15 años, influido por Thomas Scott, un autor que “seguía la verdad donde quiera que lo llevara”.[8] Y así fue hasta el final: comprometido con la verdad sin medir consecuencias. Es difícil darse una idea de lo que significó para él entrar en comunión con la Iglesia católica en 1945. Por un lado, sin duda, el gozo de la verdad y la paz de vivir en plenitud el misterio de Jesús y la Iglesia. Pero, por otro, el desgarro de dejar la Iglesia anglicana y sufrir una muerte social: sentir que era una vergüenza para su familia, sus amigos y su querida Universidad de Oxford. Él, que había recibido la admiración y el afecto de tantos ahora era considerado un traidor. Para colmo, tampoco los católicos lo hacían sentir en casa, sino que lo miraban con desconfianza, como uno que llega de fuera y no se sabe si es de fiar. ¡Cómo no ver en Newman alguien que vivió en serio el certa bonum certamen (fidei)! Luchó la buena lucha de la fe, que es la lucha del amor.[9]

 

4.   El papel de la conciencia 

En todo este camino la conciencia juega un rol fundamental. La conciencia es la voz de Dios en nuestro interior. Una voz que no es nuestra, porque según el caso nos aprueba o nos reprueba con una cierta independencia de lo que nos gustaría escuchar. Tan importante fue este desarrollo que cuando el Concilio Vaticano II habló sobre la conciencia lo hizo con expresiones claramenre inspiradas en Newman (en realidad, casi calcadas). Pero el propio Newman advertía que no debe confundirse la conciencia con “el derecho a actuar según el propio querer”.[10]  La conciencia no justifica el relativismo, sino todo lo contrario: me libera de él invitándome a razonar más allá de mi subjetividad, aunque asumiéndola.  

 

5. Un credo definido

El compromiso con la verdad fue para Newman su primera conversión. Pero esa verdad era la verdad de Dios, una verdad revelada; y la convicción de que la fe no es mero sentimiento lo acompañó durante toda la vida, como él mismo reconoce cuando León XIII lo crea cardenal. 

 

A mis quince años (en otoño de 1816) hubo un gran cambio en mi pensamiento. Caí bajo la influencia de un credo definido y recibí en mi inteligencia impresiones de lo que es un dogma, que, por la misericordia de Dios, nunca se han borrado ni oscurecido.[11]

 

Me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión. (...) El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religión, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas porque todas son asuntos opinables. La religión reveladas no es una verdad, sino un sentimiento y un gusto.[12]

 

El dogma no implica intolerancia, sino un punto de apoyo firme que nos permite hacer pie. Sin verdad nos hundimos en la confusión y nos aislamos en el reino infinito de las opiniones. Las reglas de un partido de fútbol son dogmas, ¡y cómo las honramos! Si no fuera así, sería imposible jugar y divertirnos. Newman buscó siempre la verdad, entendiendo que ella era ante todo una persona: Jesús.

 

 

6.   Dejarse guiar por La Luz

Para terminar, una anécdota y una oración. En 1833 Newman hace un viaje por Italia donde se encuentra con una idiosincrasia distinta de la inglesa. En determinado momento enferma gravemente cerca de Sicilia. Su asistente le pide que le de las indicaciones finales, puesto que se acercaba la hora de su muerte. “Se las di, como quería, pero dije «No voy a morir». Y repetí: «no voy a morir, porque no he pecado contra la luz, no he pecado contra la luz». Nunca pude entender del todo que quise decir”.[13] Una vez repuesto, pocas semanas más tarde, escribió el famoso poema-oración: Lead kindly light. Transcribo los primeros versos:

 

Lead, Kindly Light, amidst th’encircling gloom,

Lead Thou me on!

The night is dark, and I am far from home,

Lead Thou me on!

Keep Thou my feet; I do not ask to see

The distant scene; one step enough for me.

 

I was not ever thus, nor prayed that Thou

Shouldst lead me on;

I loved to choose and see my path; but now

Lead Thou me on!

 

 

Guíame luz bondadosa, las tinieblas me rodean,

¡Guíame más!

La noche es oscura y estoy lejos de mi hogar,

¡Guíame más!
Guarda mis caminos, no te pido ver 

el lejano paisaje,  un paso me basta.

 

No siempre fui yo así, ni oraba 

que fueras Tú quien me guiara;

amaba elegir y ver mi sendero; pero ahora, 

¡Guíame más!

 

 



[1]Hans Urs von Balthasar o Michael Schneider.

[2]Card. J. Ratzinger, Discurso del 28 de abril de 1990.

[3] La inscripción fue grabada en 1890 en la lápida del cementerio. Una vez abierta la tumba para trasladar los restos al oratorio, pensando en su veneración, se optó por reproducir el epitafio en el sarcófago que está dentro del oratorio de Birmingham. 

[4] “Durante toda su vida Newman fue un converso, uno que se transformó, y de ese modo siguió siendo siempre el mismo, y llegando a ser cada vez más él mismo”; J. Ratzinger, Discurso del 28 de abril de 1990. 

[5] “Al presente estamos en un mundo de sombras. Lo que vemos no es sustancial. Será rasgado en dos repentinamente y se desvanecerá, y aparecerá nuestro Hacedor. Y entonces, esa primera aparición será nada menos que un encuentro personal entre el Creador y cada creatura. Él nos mirará mientras nosotros le miramos”; J.H. Newman, Parochial and Plain Sermons V, 1: El culto: preparación para la venida de Cristo.

[6] J.H. Newman, Essay on the Development of Christian Doctrine, I,1,7: “In a higher world it is otherwise,  but here below to live is to change, and to be perfect is to have changed often”.

[7] J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 1: “Holiness rather than peace, and Growth the only evidence of life”. Esta idea la toma de Thomas Scott, “a quien prácticamente debo mi alma”; Ibid. 

[8] J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 1: “He followed truth wherever it led him”.

[9] J. H. Newman, Sermones Universitarios XII,20: “Creemos porque amamos. ¡Qué verdad tan evidente!”.

[10] J.H. Newman, Carta al Duque de Norfolk, cap. 5 (1874). “Cuando los hombres apelan a los derechos de la conciencia, no entienden en absoluto los derechos del Creador, ni el deber que, tanto en el pensamiento como en la acción, tiene la criatura hacia Él (…) La conciencia tiene derechos porque tiene deberes; pero al día de hoy, para buena parte de la gente, el derecho y la libertad de conciencia consisten precisamente en desembarazarse de la conciencia, en ignorar al Legislador y Juez, en ser independientes de obligaciones que no se ven. Consiste en la libertad de abrazar o no una religión (…). La conciencia es una consejera severa, pero en este siglo se ha reemplazado con una falsificación de la que los dieciocho siglos precedentes jamás habían oído hablar o de la que, si hubieran oído, nunca se habrían dejado engañar: es el derecho a actuar según el propio querer”.

[11] J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 1.

[12] J.H. Newman, Biglietto Speech. “Mi batalla era contra el liberalismo, y por liberalismo entiendo el principio antidogmático y sus consecuencias (…) no puedo hacerme a la idea de otra especie de religión; religión como mero sentimiento es para mí un sueño y una burla, sería como tener amor filial sin la realidad de un padre, o devoción sin la realidad de un ser supremo”; J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 2.

[13] J.H. Newman, Apologia pro vita sua, chapter 1: “My servant thought that I was dying, and begged for my last directions. I gave them, as he wished; but I said, «I shall not die». I repeated, «I shall not die, for I have not sinned against light, I have not sinned against light». I never have been able quite to make out what I meant”.

 

lunes, 17 de noviembre de 2025

2007 - 17 de noviembre - 2025

Humillación y Gloria. Estas dos palabras surgieron con fuerza esta mañana en la oración. Los mártires rioplatenses murieron de manera violenta en 1628, pero ahora los celebramos con honores dando gracias por su testimonio de amor a Jesús y su Iglesia. Roque González, Alfonso Rodríguez y Juan Del Castillo eran jesuitas misioneros que se encontraban evangelizando una zona de lo que actualmente es Brasil, no demasiado lejos de la provincia argentina de Misiones. La crónica dice que un “cacique hechicero y falso dios” los mandó matar: acercándose por detrás, los golpearon con piedras hasta destrozar sus cabezas, les abrieron el pecho para arrancar sus corazones y luego echaron los cuerpos al fuego. Trato bestial. Soledad extrema. Triste final. ¿Qué madre desearía ese desenlace para su hijo?  Sin embargo, en esa desolación, una Presencia discreta pero inequívoca. Una mirada tierna que infunde confianza. Un oído atento que recoge las plegarias mudas. No está mal pensar que en esa hora los curas evocaron con la velocidad de un rayo las palabras de la consagración. Esas palabras que, de tanto ser pronunciadas, acaban o deberían acabar tallando la identidad más profunda de un presbítero: esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes – esta es mi sangre, que será derramada por ustedes y por muchos. Y así la pérdida se trocó en ganancia. La humillación devino gloria por el amor del Padre revelado en Jesús y donado con el Espíritu. 

 

En cada eucaristía celebramos la vida, no la muerte. Una vida que se abre paso desde las entrañas mismas de la muerte. Por eso nuestra alegría respira libertad. Para ser felices no tenemos que recortar la realidad. No tenemos que hacernos los distraídos negando el mal que nos rodea y el mal que obramos. Porque a menudo somos cómplices. También nosotros somos verdugos. En la primera lectura escuchamos que no pocos renegaron de Dios con tal de ser como los demás. Cuando los vientos de la moda soplan fuerte no es fácil permanecer en el Señor. Pero siempre hay testigos que inspiran; es cuestión de buscarlos. El texto dice que muchos israelitas se mantuvieron firmes, prefiriendo la muerte a quebrantar la santa alianza. El desprecio de los poderosos no pudo doblegar la esperanza de los pequeños. Esa esperanza que despunta en el Evangelio, con el grito limpio del ciego que estaba al borde del camino. Qué importante no sentir vergüenza en decir: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Más aún: ese grito que parece humillación es nuestra gloria. Gloria de los rescatados, de los perdonados, de los resucitados, una y mil veces. 

 

En este aniversario de ordenación sacerdotal concluyo con dos pensamientos. Primero. Me gusta pensarme como ese ciego que recupera la vista en el encuentro personal con Jesús, dialogando con Él de corazón a corazón; cuya vida entera es seguimiento del Maestro en la gratitud de la curación. Una gratitud que contagia, como lo narra Lucas: “al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios”. Quiera el Señor que mi ministerio, aun con sus pasos en falso, o incluso con motivo de ellos, sea, por la misericordia divina, alabanza del rebaño que el Buen Pastor me confía. Segundo: en otro lugar del Evangelio Lucas habla de una mujer que estuvo encorvada durante dieciocho años. La teología describe nuestra condición caída con esta imagen del ensimismamiento: centrarse en uno mismo sin poder alzar la vista a Dios. En esa mujer estamos todos: también mi ministerio, que hace dieciocho años desea enderezarse en tantos sentidos. Y no es casualidad, sino un patrón propio del encuentro con Jesús, que esa mujer reaccione de la misma manera que el ciego: glorificando a Dios. Te pido Señor que mi sacerdocio esté al servicio del paso más importante en la vida de todo ser humano: el que va de la humillación del pecado a la Gloria de la santidad. Amén.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

El secreto del amor verdadero

"Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo»" (Lc 14,25-27).

Si me amo más que a Jesús, me amo menos de lo que me amaría si lo amara a Él más que a mí mismo.

Si te amo más que a Jesús, te amo menos de lo que te amaría si lo amara a Él más que a ti.

En resumen: sólo cuando amo a Jesús por encima de todo, me amo o te amo de la mejor manera, es decir, con la mayor intensidad.

jueves, 7 de agosto de 2025

El amor cristiano mira siempre al más allá

Hace unos días leí un párrafo del teólogo griego Ioannis Zizioulas, que me llamó la atención por su contundencia. Inobjetable. Me hizo pensar en el desafío que enfrentamos hace tiempo en nuestra diócesis, como en tantas otras: no reducir la caridad de la Iglesia a la provisión de comida o ropa, o, en el mejor de los casos, a la promoción social mediante la enseñanza de algún oficio. Por supuesto que todo eso es necesario y en muchos ocasiones urgente. Pero no debería excluir ni dejar en penumbras la otra gran dimensión de la caridad: compartir la fe, a Cristo mismo, que es el Pan vivo que sacia el hambre más radical, el hambre de comunión y eternidad, el hambre de vida en abundancia. Todo esto lo sabemos y quisiéramos mejorarlo. Pero sencillamente no logramos reaccionar. Que el Señor nos inspire la respuesta evangélica que corresponde. 

Transcribo este texto en la memoria de san Cayetano, cuando el pueblo fiel se encomienda a Dios, a la Virgen y al santo patrono del pan y del trabajo. El mismo día en que, otro año más, sectores de la sociedad se valen de esta fiesta religiosa para -presuntamente- avanzar un casillero en su carrera política. Una cosa es preocuparse por los que menos tienen, reconociendo que se necesita ayuda de lo alto, y otra es mezclar el poder temporal con la piedad popular. Como yo lo veo, eso constituye una forma de usar el nombre de Dios en vano. Estaría bueno que se elevara al respecto una corrección fraterna o una denuncia profética. 


«Amar es decirle a un ser: Tú no morirás para siempre». La esencia moral de la escatología es el amor, porque la escatología trata de la resurrección y el amor no puede contentarse con nada que no sea la superación de la muerte. Dar de comer al hambriento es un acto de amor, pero no de amor verdadero si se limita a eso. El propósito fundamental de comer es no morir, y dar de comer a quien tiene hambre lo único que hace es retrasar su muerte. Es evidente que alguien podría responder que «esto es lo único que se puede ofrecer al semejante, lo que no se le puede dar es la vida eterna». Observación razonable, sin ninguna duda, pero que no agota el amor. El amor no se contenta con lo que se puede hacer, busca lo imposible. En este sentido no puede separarse de la fe y de la esperanza (1 Cor 13,13). Es «más grande» y, no obstante, son «estas tres cosas» las que permanecen (fe, esperanza y amor), pues el amor siempre va acompañado de «la garantía de lo que se espera y de la prueba de lo que no se ve» (Heb 11,1). La fe y la esperanza en la resurrección surgen como exigencia del amor.

I. Zizioulas, Teología en perspectiva escatológica, Salamanca, Sígueme, 2024, 72.

Dice san Máximo el Confesor: "La caridad no se manifiesta solamente en entregar dinero, sino sobre todo en comunicar a los demás las enseñanzas divinas y prodigarles cuidados corporales". Centuria 1, cap.1.

domingo, 3 de agosto de 2025

El cardenal Newman: Doctor de la Iglesia

Se comentaba como algo que podía ocurrir. Y ocurrió nomás. Los que se acercan a la figura de Newman perciben pronto la luminosidad de su camino: una teología sólida, una piedad fervorosa y una entrega generosa, donde no faltó la cruz. La Iglesia acaba de anunciar que el cardenal inglés será declarado Doctor de la Iglesia, lo cual significa que su magisterio no sólo merece confianza sino que es ejemplar. Desde ya que esto no implica que se lo deba seguir en todos los detalles, pero sí se lo reconoce como un guía seguro en Cristo.

Tal vez más adelante escriba otro poco sobre las razones y las consecuencias de este nombramiento. Pero ahora quisiera detenerme brevemente en la fecha en que se dio a conocer: 31 de julio, memoria de san Ignacio de Loyola. Deliberado o no, el hecho cae bajo el designio de la Providencia y corresponde plantear la pregunta: ¿hay algún sentido en que el día del anuncio haya sido precisamente ese? No me resultó difícil establecer un nexo entre el discernimiento de espíritus, tan característico de Ignacio, y la biografía teológica de Newman. En efecto, quien fuera fellow de Oxford buscó la verdad con pasión e inteligencia, no como un mero ejercicio académico sino como un auténtico ejercicio espiritual orientado a una decisión que respondiera a la mayor gloria de Dios. Y así corresponde comprender no sólo su ingreso al catolicismo romano, sino toda su vida, tanto antes como después de su conversión. El aporte de Newman a la espiritualidad ignaciana, por así decir, residiría en una mejor integración de la dogmática. Esto no significa que cada fiel debe ser un teólogo, pero sí que el discernimiento no puede obviar el principio doctrinal. En sentido inverso, Ignacio le aporta al camino newmaniano una peculiar atención a las mociones interiores. En tiempos de cambio el discernimiento resulta crucial, y la integración de Newman tiene mucho para aportar respecto del auténtico desarrollo doctrinal, a fin de distinguir -como diría Yves Congar - la verdadera y la falsa reforma en la Iglesia.


Cor ad cor loquitur 

domingo, 20 de abril de 2025

Vigilia Pascual 2025

Ciclo C – Evangelio: Lc 24,1-12

 

 

En vísperas de viernes celebramos la cena del Señor: el gozo de la Hora, el lavado de pies y el mandamiento del amor, la eucaristía y el sacerdocio. ¡Cuánta luz! Jesús anticipaba el misterio de su entrega con palabras y gestos sencillos, pero a la vez algo enigmáticos para nosotros. Luego vino la pasión: la agonía del huerto, el sueño de los íntimos y la traición del amigo; las acusaciones falsas, los golpes y las burlas; la furia de la masa, el pragmatismo de Herodes y la tibieza de Pilato; la condena, el camino al Calvario y la Cruz. Y la homilía terminó así: “nos amó hasta el fin” (Jn 13,1). 

 

En vísperas de sábado celebramos la muerte del Señor: desnudo y llagado, elevado para el morbo, aunque también, como una advertencia para todos aquellos que se atreven a desafiar el pensamiento único. Un don nadie: despreciado y humillado. Un bandido más; peor aún, un blasfemo. Siente sed y le dan vinagre. Pero en todo ese mar de violencia encuentra la ternura de su madre, la fidelidad del discípulo amado y la compasión de unas pocas mujeres. Finalmente entiende que todo está cumplido, que todo ha ocurrido según el designio del Padre. Y expira: entrega el espíritu con una confianza que logra conmover la dureza de un soldado romano curtido en mil batallas. Luego la lanza en el costado, el descenso y la sepultura. La Iglesia nos invitó a la postración y al silencio. En la vida hay que saber callar. Y esperar. Aunque entendamos poco o nada. Y la homilía terminó, nuevamente, así: “nos amó hasta el fin” (Jn 13,1).

 

En vísperas de domingo, ahora mismo, estamos celebrando la resurrección del Señor: la piedra está removida y el sepulcro vacío. A Jesús no lo vemos, al menos por el momento, pero las mujeres que fueron nos dicen que recibieron el anuncio de que Él está vivo. Y acá empieza nuestra hora, nuestro partido. Jesús ya dijo, hizo y sufrió todo. No se guardó nada. Se partió por nosotros, como María de Betania había en su momento quebrado para él un frasco de valioso perfume. Comentando ese gesto profético, Juan evangelista escribió: “Y la casa se colmó con la fragancia del perfume” (Jn 12,3). Nosotros decimos: la Iglesia se colmó, se inundó, con la gracia de la pascua. La oscuridad del pecado y de la muerte ha sido vencida por la luz del amor. Ese amor vulnerable, ridiculizado por los sabios y los poderosos de este mundo, tiene finalmente la última palabra. 

 

El punto es si queremos darle la última palabra. Ése es nuestro partido. En un primer momento los apóstoles se negaron a creer. Lucas tiene una expresión fuerte, única en toda la Escritura: “les pareció que deliraban” (Lc 24,3). ¿Es un delirio creer que Jesús resucitó? Tendríamos que discutir primero qué entendemos por sensatez. Lo cierto es que ellos ni siquiera van al sepulcro a corroborar el relato de las mujeres, cosa que sí hace Pedro. Entonces digamos de entrada que negarse a verificar los hechos no parece muy razonable. ¿Pero por qué no van? ¿Temen acaso que la novedad de la resurrección los obligue a reconfigurarlo todo? También nosotros podemos caer en esa postura descreída, que en el fondo es miedo a ilusionarse en vano. Quizás no reneguemos abiertamente de la fe, pero puede que vivamos un cristianismo mediocre, de baja intensidad, donde la falta de compromiso nos ahorraría –eso creemos– sufrir un desencanto. Pero la tibieza es peor. Porque así quedamos defraudados de nosotros mismos, víctimas de nuestra propia mezquindad.



En este año jubilar de la esperanza queremos ponernos en camino, como las mujeres, que salen de madrugada movidas por el amor; como Pedro, que tras vacilar un instante se levantó, corrió al sepulcro y contempló con admiración el testimonio silencioso de las sábanas. Todo es signo para el que conoce el lenguaje del amor divino. Queremos renovar nuestra fe. Queremos apostar fuerte por Jesús y su Iglesia, que muchas veces no está a la altura, es verdad, pero que sigue siendo nuestra Madre, la que nos engendró por el Bautismo y nos alimenta con la Eucaristía; la Madre que en estos mismos días sufre persecución abierta en tantos lugares, sin que nadie lo publique: aproximadamente 1 de cada 7 cristianos sufre a causa de su fe –en Nicaragua, en China, en África, en la India, y en muchos otros lugares. En todos esos cristianos maltratados o asesinados se prolonga la pasión de Cristo; y también su resurrección. 

 

Cristo venció la muerte. Y quiere vencerla en mí, en vos, en todos los hombres. Cada uno de nosotros tiene su cementerio interior, esa zona abandonada, lúgubre y oscura, de donde surge un vaho nauseabundo. Una zona clausurada y remachada, que aparentemente no tiene remedio. Cuántas veces intentamos en vano llevarle algo de luz, y no pudimos. Pero Jesús sí puede y quiere. Como repetía magníficamente el Pregón Pascual que cantó el padre José: ésta es la noche. Ésta es la noche de la nueva creación, la noche en que Jesús hace nuevas todas las cosas (cf. Gn 1; Ap 21,5). Ésta es la noche en que se inmola el verdadero cordero pascual, cuya sangre consagra los corazones (cf. Ex 12). Ésta es la noche en que somos rociados por el agua pura del Espíritu Santo (cf. Ez 36,25). Sí: “ésta es la noche en que Cristo rompió los lazos de la muerte y subió victorioso de los abismos” (PP).

 

Padre, no nos dejes caer en la tentación de la desesperanza, de la nostalgia que asegura que todo tiempo pasado fue mejor. Enciende la luz de tu Hijo Jesús en cada uno de nosotros; la luz de la fe, de la esperanza y del amor. Ese amor loco y débil que es la suprema fuerza y la suprema sabiduría (cf. 1 Co 1,18-25). “¡Qué admirable es tu bondad con nosotros! ¡Qué inestimable es la predilección de tu amor: para redimir al esclavo, entregaste a tu propio Hijo!”(PP); que nos amó hasta el fin (Jn 13,1).

jueves, 17 de abril de 2025

Jueves Santo 2025

En esta hora de gozo hacemos memoria agradecida del servicio de amor de Jesús.

 

Gozo de la Hora 

Llegamos a esta celebración habiendo caminado una Cuaresma intensa. Fue una experiencia de desierto, como la de Israel. Conocimos mejor nuestros pecados, es verdad, pero también conocimos mejor la misericordia de Dios. Y eso importa más. Por eso en nuestro corazón late el gozo de la Hora. Una Hora inmerecida pero real. Una Hora que es ante todo de Jesús, pero que nosotros sentimos como propia, porque somos sus hermanos. Y porque todo lo suyo tiene resonancia universal. 

 

El evangelista empieza su narración con el tono solemne que lo caracteriza: “… sabiendo Jesús que había llegado su Hora de pasar de este mundo al Padre…”.(1) La Hora nos habla de su destino, su meta, la razón de su vida, el sentido último de su misión. Más adelante se lo dirá a Pilato con toda claridad: “para esto he nacido, para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”.(2) Jesús está en llamas:(3) una eternidad esperó este instante, en que finalmente podrá revelar las profundidades del Misterio del Padre. 

 

Pero esta Hora de luz es también la hora del poder de las tinieblas.(4) No sólo lo dice Jesús en la pasión de Lucas, que escuchamos el domingo de Ramos, sino que hoy nos lo recuerda Juan: la traición de Judas fue inspirada por el demonio.(5) Es así nomás: la Hora implica una contienda, un encuentro dramático entre la luz de Dios y las tinieblas de este mundo. No tenemos ninguna intención de darle prensa al Maligno, sino tan sólo registrar la seriedad de lo que se juega en la Pascua. En un mundo incrédulo, que únicamente valora lo que se ve, tenemos que decir las cosas como son. Y hacemos nuestras las palabras de san Pablo: “nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra… los espíritus del mal”.(6)

 

Está muy bien luchar contra la inflación y la pobreza: eso es economía. Está muy bien luchar contra el cáncer y la enfermedad: eso es medicina. Está muy bien luchar contra el analfabetismo y la ignorancia: eso es educación. Pero la madre de todas las batallas, la que está detrás de todas esa luchas nobles, es la que Jesús encara en esta Hora: la lucha contra el pecado y la muerte segunda: eso es redención. Tal vez nos hagamos los distraídos, pero en el fondo lo sabemos de sobra. La humanidad puede mucho por sí sola, sin duda, pero no tiene respuestas para el mal que anida en el corazón. Sólo Jesús puede triunfar en medio de la oscuridad diabólica. Y lo hace del modo más insólito. 

 

 

Servicio del amor

Podemos imaginar el desconcierto de los discípulos, cuando Jesús “se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura”.(7) El Maestro los tenía acostumbrados a novedades, pero nada como esto. Y entonces ocurrió. Jesús empezó a lavarles los pies, inclinándose ante cada uno de ellos. El Rey-Mesías hecho un esclavo. El Creador del universo doblado ante su creatura; esa creatura que tantas veces lo ignoró, la misma que confundida en su soberbia pensó que grandeza es sinónimo de autosuficiencia. 

 

Con este gesto sencillo pero fuerte, Jesús nos enseña a todos que la autoridad es servicio. Un servicio que nace del amor. Y como dice san Juan de la Cruz, “el que anda en amor, no cansa ni se cansa”. El amor es fuerte, es libre y es audaz. No piensa en el qué dirán, sino que sale al encuentro del hermano tirado al costado del camino. 

 

Pedro se escandaliza de ver a Jesús limpiando su mugre. Quisiera ahorrarle la penosa tarea, como si dijera: mis pecados son míos. En su resistencia también hay algo de vergüenza y de orgullo herido. Pero Dios insiste porque sabe que solos no podemos. Necesitamos su perdón, que es la única puerta que lleva a la paz.

 

Jesús da el ejemplo para que hagamos lo mismo con los demás. El amor cristiano se traduce en obras concretas, delicadas, donde el otro nunca es un número, un caso, sino un hermano, un rostro donde asoma el misterio de Dios. Pero el lavado no es sólo el origen de un mandamiento, sino también una verdadera profecía. El agua nos habla del bautismo, más aún, del Espíritu Santo; y el abajamiento, de su muerte en Cruz. En este gesto oculto de servicio doméstico Jesús adelanta el servicio de la redención del mundo.  

 


 

Memoria de la gratitud

La noche santa de la última cena, Jesús no sólo lavó los pies, sino que también instituyó la Eucaristía, dejándonos así la memoria viva de su entrega. En otras palabras: el Salvador no sólo se hizo esclavo por amor, sino que por amor también se hizo comida y bebida: cuerpo entregado, sangre derramada; pan que nutre, vino que alegra. No nos acostumbremos nunca a este milagro, a esta verdadera genialidad divina, que quiso que el acontecimiento único de la pascua estuviera siempre a nuestra disposición, por el ministerio de los sacerdotes. 

 

La comida está para ser consumida. Ese es su fin. Del mismo modo, la vida está para ser entregada. La felicidad no consiste en guardarse sino en donarse. Si lo pensamos bien, ya la lógica natural del sacramento nos dice que comulgar es entrar en una dinámica pascual: algo muere para que otros tengan vida. ¡Y cuánto más desde la lógica de la fe! Porque esta comida es Cristo mismo entregándose por nuestra salvación. No es un mero símbolo, sino un signo eficaz, que realmente nos une a la libertad del Hijo, que no regatea sino que se brinda por entero. 

 

Pero hay algo más: en Cristo, la muerte ofrecida no es muerte definitiva, sino un paso hacia una vida plena. “El que pierda su vida por mí la salvará”.(8) El milagro de la pascua, que se nos ofrece en cada Misa, es que la muerte no sólo engendra vida en otros, sino también en uno mismo. De allí la gratitud, la eucaristía que se respira en esta noche. Cristo da gracias al Padre, y en ese contexto se ofrece a los hombres, buenos y malos, sin distinción. Y nosotros damos gracias a Cristo, y con Él al Padre, por dejarnos entrar en su carne bendita, en su sangre pura y en su corazón inocente de cordero manso. Gracias Padre porque en la fe de la Iglesia la pascua de tu Hijo no es ayer sino hoy; y así experimentamos, día tras día, la verdad fundamental de nuestras vidas: “nos amó hasta el fin”, hasta el extremo.(9)

 

 



(1) Jn 13,1.

(2) Jn 18,37.

(3 Cf. Lc 22,15

(4) Cf. Lc 22,53.

(5) Cf. Jn 13,2.

(6) Ef 6,12.

(7) Jn 13,4.

(8) Mt 10,39; 16,25; Mc 8,35; Lc 9,24; 17,33. 

(9) Jn 13,1.